Bellamy despierta sin recuerdos. Descubre que está casado con Ignis, un duque dragón al que teme y detesta o eso pensaba. Su matrimonio fue un arreglo político, y él tiene un huevo de dragón escondido en el sótano que necesita las feromonas de ambos padres para nacer.
Ignis es brusco y posesivo, pero por la noche lo cuida en secreto. Bellamy descubre que antes de perder la memoria hizo cosas terribles por su hijo —incluso intentó matar a Martin, el hombre que Ignis prefiere según él.
Obligado por el bien de su bebé, se acerca a Ignis y consigue lo necesario para el huevo.
Al pasar los días, Bellamy ve a Ignis como un extraño y le teme, Ignis se da cuenta de que lo perdió por culpa de su propia brutalidad. Al en contrar el huevo Ignis no se enoja solo se preocupa.
Y el huevo espera… creciendo, esperando nacer.
¿Crees que Ignis logre recuperar el amor de Bellamy?
¿Podrá Bellamy hacer que su bebé nazca sin que su padre lo descubra?
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Capítulo 20.
El caballero suplicó que lo acompañara para ver a su hijo, y Martin aceptó. Fue guiado hasta una vivienda humilde, alejada de las demás, de esas donde nadie querría vivir. Tenía pocos muebles, todos viejos y rotos, y la humedad y las telarañas reinaban en cada rincón, como si el tiempo se hubiera detenido allí.
—Santo Obispo, es aquí. Pase, por favor —dijo el caballero, con las manos entrelazadas con fuerza.
En cuanto Martin cruzó el umbral, sintió una corriente de energía que fluía desde una pequeña habitación en penumbra. Su expresión cambió por completo. De la calma a una sorpresa ávida.
Esta energía… es igual a la mía. No es mucho más fuerte, pero es idéntica, pensó, y aceleró el paso.
Allí, en un rincón, encogido contra la pared, había un niño pequeño, temblando, con los ojos llenos de un terror silencioso.
—Él es mi único hijo —empezó a explicar el caballero con voz quebrada—. Supe que usted tuvo el mismo problema cuando era pequeño. Le ruego que ayude a mi hijo. No sé qué le pasa.
—No puede ser… —murmuró Martin, acercándose lentamente—. Este niño posee mi mismo Don.
El niño estaba acurrucado, temblando de pies a cabeza. No entendía qué le ocurría, pero sus manos no dejaban de soltar un vapor cálido y brillante que lo dejaba cada vez más débil, más pálido. No lograba controlarlo.
Martin se arrodilló frente a él. Por primera vez en mucho tiempo, no tuvo que fingir dulzura. Sintió una identificación real y enferma.
—Tranquilo. Yo sé lo que sientes —susurró, y le puso la mano en la frente.
En cuanto lo tocó, el vapor cesó. El niño abrió los ojos, enormes, y lo que por meses lo atormentaba dejó de hacerlo temblar.
—Ya… no me quema —dijo el niño con un hilo de voz.
El caballero lloró de alivio. Martin, en cambio, sonrió. Pero no era una sonrisa de compasión. Era la sonrisa de quien encuentra una herramienta.
Un reemplazo perfecto, pensó Martin. Si lo entreno para que sea el próximo Santo, el Papa ya no me necesitará. Podré liberarme de mis deberes en el templo. Y entonces podré volver por lo que es mío.
—Su hijo tiene el Don de la Luz Interior. Es un Don sagrado, pero muy raro —dijo Martin, poniéndose de pie, recuperando su máscara—. Si me lo permiten, me lo llevaré al templo. Allí podré enseñarle a controlarlo. Será mi discípulo.
—¿De verdad? ¿Sería… el sucesor del Santo? —preguntó el caballero, sin creerlo.
—Será un honor para el templo —respondió Martin con dulzura.
El niño lo miró con adoración. Porfin alguien no lo veía como un monstruo.
Mientras tanto… en el Ducado.
Bellamy recorría cada estantería de la biblioteca, revisando libro tras libro con desesperación. El tiempo parecía correr en su contra.
—Señor, ya lo buscamos por todas partes —dijo Catrina, agotada—. El libro ya no está aquí.
—No, tiene que estar —insistió Bellamy, sin detenerse—. No puede desaparecer así.
Siguió revisando los volúmenes más antiguos y polvorientos, aquellos que nadie abría en años. Pero no aparecía.
Y al mismo tiempo…
Ignis estaba en su despacho, y en sus manos tenía precisamente el libro que Bellamy buscaba. Lo acarició con alivio.
—Qué bien… el trato no se concretó con exactitud —susurró, mirando el huevo que descansaba en su regazo, brillando con un suave resplandor dorado—. Lo escuchaste, pequeño. Sigues siendo libre. Nadie te ha atado. El único problema es que… sentirás una atracción hacia Martin. Eso no se puede evitar todavía, pero no es control. Es solo un eco. Y lo superaremos.
El huevo se movió levemente, como si asintiera, y su luz se hizo más cálida.
Un suave golpe sonó en la puerta.
—Señor… ha llegado una carta y una invitación desde el palacio —anunció el mayordomo.
Ignis la leyó rápidamente. Estaba dirigida a Bellamy.
—El Emperador desea que asista al banquete de la Prosperidad —dijo con voz gélida—. Y además… quiere que Bellamy le informe sobre mí. Como si fuera su espía.
Sin dudarlo, prendió fuego a la carta. Las llamas la consumieron rápido, igual que su rabia.
Si Bellamy la lee, volverá a ser su marioneta, pensó con dolor, mirando las cenizas caer. Ni siquiera pregunta cómo se encuentra su propio hijo…
Miró el huevo con ternura y acarició su cascarón.
—¿Le habrá contado Bellamy cosas sobre ti, pequeño? —susurró—Espero que si. Porque tú eres nuestro mayor tesoro. Ya quiero ver la cara de ese viejo al saber que ya es abuelo.
En la biblioteca…
Bellamy se quedó de pie entre las estanterías, con las manos vacías.
—Siento que… la respuesta está justo aquí —murmuró, pasando una mano temblorosa por el borde de un estante—. Algo me dice que no se perdió. Que alguien lo tomó.
Un pensamiento helado le recorrió la espalda. Ignis…
Salió de la biblioteca sin decir una palabra y empezó a correr por los pasillos del Ducado. Llegó hasta la puerta del despacho de Ignis y empujó la puerta sin llamar.
Ignis estaba de pie junto a la ventana, el libro cerrado sobre el escritorio, y el huevo descansando justo encima de la cubierta, como si lo protegiera. Al verlo entrar, no intentó ocultarlo.
—¿Lo tenías tú? —susurró Bellamy, con la voz quebrada—. Todo este tiempo… lo tenías tú.
—¿Qué cosa, cariño mío? —dijo Ignis, forzando una sonrisa—. ¿Estás hablando de este libro?
Bellamy llegó hasta el escritorio y vio la portada. Se detuvo en seco.
—Runas de Dominación y Vínculos Forzados —leyó en voz baja. Lo abrió con manos temblorosas hasta llegar al dibujo que lo atormentaba—. Cinco círculos entrelazados con triángulos… Es exactamente lo que Martin dibujó.
Su voz se rompió.
—La runa del Domador… Une la esencia de quien la traza con la criatura marcada. Crea un vínculo de obediencia absoluta… pero si el ritual no se completa antes del nacimiento, el vínculo se debilita. Queda una atracción, no control. El marcado conserva su voluntad.
Levantó la vista, con los ojos llenos de lágrimas.
—No lo completó —dijo, temblando—. Nuestro hijo… es libre. Gracias a los cielos… es libre. Pero… ¿a qué se refiere con atracción, Ignis?
Significa que nuestro hijo podría sentir afecto por Martin, pensó Ignis, con el corazón encogido. Y si se lo digo, Bellamy querrá ir a matarlo.
—No es nada grave —dijo con voz suave, ocultando la verdad—. Es más como si viera algo que le gusta mucho comer. Una preferencia, nada más.
Extendió el huevo hacia Bellamy.
—Puedes cargarlo. Pero solo una hora, ¿de acuerdo?
Bellamy abrazó a su hijo contra su pecho. El huevo brilló más fuerte contra su calor.
—Te refieres a que lo ve solo como comida… ¿verdad? —preguntó con una pequeña sonrisa.
—Sí, así es —dijo Ignis, apartando la mirada para ocultar su culpa—. Escucha, Bellamy… ¿qué te parece si damos a conocer a nuestro hijo en el banquete de la Prosperidad? Será perfecto para anunciar que somos padres.
Bellamy lo miró, con los ojos iluminados, y asintió.
—Me parece perfecto —aceptó, abrazando más fuerte el huevo.