Faltaban veintitrés días para mi boda cuando descubrí que el príncipe Cassiel planeaba matarme después de convertirse en emperador.
Esa misma noche, mi padre apareció muerto.
Solo tenía una forma de escapar de mi prometido: casarme con su hermano mayor.
Killian, el príncipe maldito que todo el Imperio temía.
Creí que estaba eligiendo al menor de dos monstruos.
Hasta que llegué al Norte y miles de soldados se arrodillaron ante mi esposo.
—Bienvenido a casa, mi rey.
Entonces se arrodillaron ante mí.
—Bienvenida, mi reina.
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Capítulo 20: El hombre detrás del lobo.
La puerta se cerró detrás de mí. Durante unos segundos pensé seriamente que acababa de cometer una estupidez; no habría sido la primera desde que conocí a Killian, ni probablemente la última.
La habitación estaba casi completamente a oscuras, con las cortinas cubriendo las ventanas y el fuego de la chimenea reducido a brasas, dejando ver una mesa volcada, una silla rota y marcas profundas sobre la madera de una de las paredes. Killian estaba al otro extremo, sin camisa, descalzo y encadenado con una gruesa cadena que rodeaba una de sus muñecas y estaba fijada a una argolla de hierro. Lo miré con incredulidad.
—¿Otra vez? —pregunté.
—Precaución —su voz era más profunda.
Las marcas negras cubrían su pecho, palpitando bajo su piel al mismo ritmo que su respiración, mientras sus ojos completamente negros se clavaban en mí.
—Todavía puedes irte.
—Acabo de entrar.
—Eso no significa que tengas que quedarte.
Di un paso, la cadena se tensó y Killian retrocedió, consiguiendo detenerme.
—¿Me tiene miedo?
—No.
—Entonces ¿qué ocurre?
Tardó unos segundos en responder.
—Tengo miedo de olvidar por qué debo mantenerme lejos de ti.
Mi corazón dio un golpe.
—La Fiebre no controla su voluntad.
—No.
—Entonces sigue siendo usted.
Una sonrisa amarga apareció en sus labios.
—Ese es exactamente el problema, Alamea.
Fruncí el ceño, y él cerró los ojos al decir:
—Morvath no está creando esto.
Recordé sus palabras de la noche anterior.
—Solo lo intensifica.
—Sí.
—Entonces míreme.
Sus ojos volvieron a abrirse.
—No deberías haber venido.
—Probablemente.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
Me acerqué otro paso mientras la luz plateada aparecía alrededor de mis dedos, haciendo que las marcas de Killian reaccionaran inmediatamente.
—Alamea...
—¿Le duele?
—No.
—¿Qué siente?
Su mirada descendió hasta mis manos y después volvió a mi rostro.
—Todo —la palabra fue apenas un murmullo—. Puedo escuchar tu respiración. Tu corazón. Sé exactamente dónde estás incluso cuando cierro los ojos. Y llevo dos días intentando convencerme de que todo esto desaparecerá cuando termine la Fiebre.
—¿Lo cree?
Killian guardó silencio, y aquello fue respuesta suficiente. Me acerqué hasta quedar a pocos pasos.
—Quiero tocarlo.
Todo su cuerpo se tensó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque las marcas retrocederán.
—Eso parece bueno.
—Y yo voy a querer que sigas.
—Puede pedírmelo.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Y si quiero más que eso?
Sentí calor subir por mi cuello, pero no aparté la mirada.
—También puede preguntarme.
Algo cambió en su expresión; no era hambre, era vulnerabilidad, y resultaba mucho más inquietante verla en él que cualquier rastro de Morvath.
—¿Puedo tocarte?
Asentí.
—Sí.
Killian se acercó lentamente, su mano se detuvo junto a mi rostro y esperó. Fui yo quien cerró la distancia y apoyó la mejilla contra su palma, haciéndole soltar una respiración temblorosa. La luz plateada recorrió nuestros brazos y las marcas comenzaron a retroceder, pero él ni siquiera las miró, limitándose a acariciar mi mejilla con su pulgar.
—Alamea...
—Estoy bien.
—Yo no.
Sonreí apenas.
—Eso ya lo había notado.
Killian soltó una risa baja y durante un instante volvió a ser simplemente él: no el Rey en el Norte, no el portador de Morvath, no el monstruo de Vhalen, sino mi esposo.
—Hay algo que necesito saber —dijo.
—Pregunte.
—¿Por qué entraste?
La pregunta me sorprendió.
—Porque quería verlo.
—Podías verme mañana.
—No quería verlo mañana.
Killian frunció ligeramente el ceño.
—Quería verlo ahora.
Comprendió, y su mano se quedó inmóvil sobre mi mejilla.
—No necesito que me salves de la Fiebre.
—No vine para salvarlo.
—Entonces ¿por qué?
Solté lentamente el aire, quizá porque durante semanas ambos habíamos utilizado la guerra, Morvath, Cassiel y cualquier desastre disponible para evitar aquella conversación.
—Porque quería estar con usted.
Killian no se movió.
—Eso es peligroso.
—Casarme con usted fue peligroso.
—Eso fue diferente.
—Sí. Entonces no tenía elección.
La frase cayó entre nosotros, y Killian bajó lentamente la mano.
—¿Y ahora?
Lo miré.
—Ahora sí.
Por primera vez desde que lo conocía, Killian no tuvo respuesta, así que me acerqué y apoyé una mano sobre su pecho, sintiendo su corazón golpear violentamente mientras las marcas negras retrocedían bajo mis dedos.
—Lo estoy eligiendo a usted, Killian.
Sus ojos se cerraron.
—No diga eso durante la Fiebre —murmuró.
—¿Por qué?
—Porque llevo demasiado tiempo queriendo escucharlo.
Mi respiración se detuvo.
—¿Cuánto?
Una sonrisa cansada apareció en sus labios.
—No pienso responder.
—Entonces retiraré mi declaración.
Sus ojos se abrieron.
—No te atrevas.
Me reí, y algo en él cedió cuando apoyó la frente contra la mía, permaneciendo así unos segundos.
—Cuando te propuse matrimonio —dijo— pensé que eras una mujer desesperada intentando sobrevivir.
—Qué romántico.
—Estoy intentando decirte algo.
—Continúe.
—Después descubrí que eras insoportable.
—Va empeorando.
Su sonrisa rozó la mía.
—Ruidosa.
—Killian.
—Imprudente. Incapaz de obedecer una orden sencilla.
Intenté apartarme, pero su brazo rodeó mi cintura.
—Y entonces empezaste a convertirte en la primera persona que buscaba cada vez que entraba en una habitación.
Dejé de luchar.
—Cuando regresé a Draeven y me dijeron que habían intentado matarte... —su expresión se endureció— entendí algo.
—¿Qué?
Killian tardó en responder.
—Que ya no sabía cómo imaginar este lugar sin ti.
Algo dentro de mí se desarmó.
—Killian...
—No sé hacer esto —aquella confesión me dolió más que cualquier declaración perfecta.
—¿Hacer qué?
—Necesitar a alguien —su mano permanecía sobre mi cintura—. Toda mi vida he sabido exactamente qué hacer cuando alguien amenaza al Norte. Sé dónde colocar soldados. Sé cuándo retirarme. Sé cuánto puedo perder antes de que una batalla deje de tener sentido —sus ojos encontraron los míos—. Contigo no sé dónde está ese límite.
Recordé sus palabras: Por ti podría entregar la de todos los demás.
—Eso no suena particularmente saludable.
Killian soltó una pequeña risa.
—Nunca afirmé serlo.
Esta vez fui yo quien levantó la mano hacia su rostro.
—Entonces tendremos que aprender.
—¿Tendremos?
—Sí.
El gris comenzó a regresar lentamente alrededor de sus pupilas.
—Porque yo tampoco sé hacer esto.
—Pareces bastante segura.
—Estoy aterrada.
Eso lo sorprendió.
—¿De mí?
Negué.
—De cuánto empieza a importarme.
Killian dejó de respirar, y entonces comprendí que quizá ninguno de los dos necesitaba una declaración grandiosa, aunque quería dársela igualmente.
—Creo que me estoy enamorando de usted.
El silencio fue absoluto. Killian me observó durante tanto tiempo que comencé a arrepentirme.
—Puede decir algo.
—Estoy intentando asegurarme de que realmente dijiste eso.
—Olvídelo.
Intenté retroceder, pero no me dejó.
—Alamea.
—¿Qué?
—Yo no creo.
Fruncí el ceño.
—¿No cree qué?
Su mano subió hasta mi nuca.
—Que me estoy enamorando de ti.
Sentí que el pecho se me hundía, hasta que terminó:
—Sé que ya lo hice.
No tuve oportunidad de responder porque Killian me besó. Esta vez no había desesperación, ni miedo, ni ninguna criatura antigua tomando decisiones por nosotros; solo él y yo. Cuando nos separamos, apoyó la frente contra la mía.
—Dime que quieres quedarte.
—Quiero quedarme.
—Aunque la Fiebre termine mañana.
—También.
—Aunque descubras que ronco.
—Eso podría cambiar las cosas.
Killian rio con una risa verdadera, mientras la cadena caía al suelo no porque Morvath la hubiera roto, sino porque él simplemente había tomado la llave que llevaba alrededor de su cuello y abierto el grillete. Lo miré con asombro.
—¿Tenía la llave todo este tiempo?
—Por supuesto.
—Entonces podía liberarse.
—Sí.
—¡Killian!
—Te dije que podía controlarme.
Le golpeé el pecho, pero él me atrapó la mano y besó mis dedos, haciendo que mi indignación perdiera bastante fuerza.
—Tramposo.
—Reina problemática.
Volvió a besarme, y aquella noche no necesitamos decidir nada más ni hablar de guerras, coronas o maldiciones. Permanecimos juntos, hablando durante horas, a veces abrazados y otras riéndonos de cómo habíamos terminado allí, entre besos, caricias y silencios que por primera vez no resultaban incómodos. En algún momento dejé de preguntarme si aquello seguía siendo un matrimonio de conveniencia; la respuesta estaba bastante clara.
Desperté con la cabeza sobre el pecho de Killian. Las marcas habían desaparecido y sus ojos eran grises otra vez.
—Buenos días —murmuró.
—¿Terminó?
—La Fiebre, sí.
Lo estudié con atención.
—¿Y sigue enamorado de mí?
Killian levantó una ceja.
—Lamentablemente.
Sonreí.
—Solo comprobaba.
—¿Tú?
Me acomodé contra él.
—Pregúnteme mañana.
—Alamea.
Me reí, pero entonces golpearon la puerta.
—¡Mi rey!
Killian cerró los ojos.
—Si es Ronan, voy a desterrarlo.
—¡Noticias de Veridian!
Nos miramos y Killian se incorporó.
—¿Cassiel?
Hubo una pausa al otro lado.
—El emperador acaba de anunciar su compromiso.
Sentí una extraña certeza antes de preguntar.
—¿Con quién?
Ronan respondió desde el pasillo:
—Rosie Aster.
El silencio cayó sobre la habitación. Cassiel había perdido a una Aster, y acababa de decidir coronar a la otra.
gracias me dejas sin palabras, hermosa y misteriosa historia ❤️❤️❤️🥰🥰🥰