Kristen Whittaker y Dante Macade se conocen desde que tenían seis años. Se han odiado desde entonces. Un odio a primera vista que, con los años, solo se ha vuelto más divertido… y mucho más peligroso.
Porque Dante sabe exactamente qué decir para hacerla enfurecer, y Kristen sabe perfectamente cómo devolverle el golpe. Han crecido peleando, provocándose y jurando que jamás sentirían nada diferente el uno por el otro.
Hasta que una noche, algo entre ellos cambia.
Algo que ninguno de los dos esperaba. Algo que ambos creyeron que podían olvidar.
Pero no todo se olvida tan fácilmente.
Ahora Kristen tendrá que decidir si confía en Dante lo suficiente para descubrir qué significa realmente lo ocurrido entre ellos.
Porque quizá aquella noche no cambió solo su relación.
Quizá cambió todo.
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INVITACIÓN MCCADE
KRISTEN WHITAKER
Durante los días siguientes descubrí que los adultos tenían una extraña facilidad para convertir algo pequeño en algo mucho más grande de lo necesario.
Al principio, nuestras madres solamente se saludaban cuando coincidían afuera de sus casas. Si una salía a recoger el periódico, la otra levantaba la mano desde la entrada y se acercaban unos minutos a conversar. Si alguna estaba regando las plantas, la otra encontraba alguna razón para detenerse junto a la cerca.
Eran encuentros breves, o al menos eso parecía al principio, y yo no les prestaba demasiada atención porque todavía confiaba en que, después de unos minutos, cada una regresaría a sus cosas.
Sin embargo, las conversaciones comenzaron a hacerse más largas.
Primero hablaron de las plantas que tenían en sus jardines y de cuáles necesitaban más agua. Después descubrieron que a las dos les gustaba cocinar y empezaron a intercambiar recetas. Una tarde, mi madre regresó a casa con la receta de un pastel que la señora McCade preparaba con manzanas, y al día siguiente fue mi madre quien le explicó cómo hacía las galletas que tanto le gustaban a mi padre. Yo observaba todo aquello con creciente desconfianza, porque no entendía cómo podían encontrar tantos temas de conversación en tan poco tiempo.
Lo peor era que también se reían.
No eran solamente conversaciones de vecinos que se saludaban por educación. Cada vez que mi madre entraba después de pasar un rato junto a la cerca, parecía estar de mejor humor. A veces incluso seguía hablando de la señora McCade durante la cena, contándole a mi padre alguna anécdota que había escuchado ese día. Mi padre también había comenzado a conversar con el señor McCade cuando coincidían afuera, y aunque ellos no pasaban tanto tiempo juntos como sus esposas, parecía que también se llevaban bien.
Yo veía cómo todo aquello avanzaba y empezaba a sentir que mi problema se hacía cada vez más grande.
Porque una cosa era que Dante viviera en la casa de al lado. Podía soportarlo. Podía quedarme dentro de mi habitación, cerrar la puerta o buscar alguna manera de mantenerme ocupada cuando él estuviera afuera. Pero si nuestros padres se hacían amigos, ya no habría ninguna posibilidad de evitarlo.
Y eso era precisamente lo que parecía estar ocurriendo.
Dante, por su parte, no parecía preocupado en absoluto. Cuando nos encontrábamos en el jardín, seguía comportándose como siempre. A veces encontraba alguna manera de fastidiarme, como cuando tomó mi pelota y la lanzó detrás de unos arbustos solamente para obligarme a buscarla.
Otras veces se limitaba a hacerme una mueca cuando nuestros padres no estaban mirando y después recuperaba su expresión inocente en cuanto alguno de ellos se acercaba. Yo intentaba ignorarlo, aunque casi siempre terminaba enfadándome, porque parecía disfrutar mucho más de mis reacciones que de cualquier juego que pudiera hacer solo.
Una tarde estaba sentada en los escalones de mi casa con mi muñeca cuando él apareció en la entrada de la suya. Llevaba una pequeña pelota bajo el brazo y tenía el cabello revuelto, como si acabara de estar jugando. Me miró durante unos segundos antes de acercarse a la cerca que separaba nuestros jardines.
--¿Qué haces?
--Nada
--Siempre estás con esa muñeca
Miré la muñeca que tenía entre las manos y después a él.
--Porque es mía
Dante se quedó pensando un momento, como si aquella respuesta tuviera alguna importancia.
--Yo tengo una pelota
--Ya la vi
--Es nueva
--Qué bueno
Esperaba que se marchara, pero no lo hizo. Se quedó apoyado en la cerca observándome mientras yo acomodaba el cabello de mi muñeca. Después, sin decir nada, levantó la pelota y la dejó caer al otro lado de la cerca.
La pelota rodó hasta quedar junto a mis pies.
Lo miré.
Él señaló hacia ella.
--Pásamela
--Ven a buscarla
--No puedo pasar
--Entonces no la tires
Dante se quedó callado unos segundos y después empezó a reírse. No entendí qué tenía de gracioso, pero terminé sonriendo también, aunque no quería hacerlo. En cuanto me di cuenta, volví a poner cara seria y empujé la pelota hacia él con el pie.
Él la atrapó y salió corriendo.
Aquella fue probablemente la primera vez que hicimos algo parecido a jugar juntos, aunque ninguno de los dos habría aceptado llamarlo así.
Por desgracia, nuestros padres sí parecían estar convencidos de que aquello era una señal maravillosa.
--Cariño, ya están empezando a llevarse bien-- le comentó mi madre a papá aquella noche
No respondí.
Preferí concentrarme en mi postre.
Unos días después, las conversaciones entre nuestras madres terminaron produciendo aquello que yo más había temido. Era una tarde tranquila y mi madre estaba regando las plantas cuando la señora McCade salió de su casa con una cesta en las manos. Hablaron durante varios minutos sobre una receta que habían estado comentando el día anterior y después comenzaron a reírse de algo que yo no alcancé a escuchar.
Yo estaba sentada en el porche cuando vi que mi madre dejaba la manguera a un lado y se acercaba más a la cerca.
--Podríamos hacerlo el viernes-- dijo la señora McCade
--Sí, me parece perfecto-- respondió mi madre
Aquella respuesta consiguió llamar mi atención.
Me levanté y me acerqué un poco, intentando escuchar sin que pareciera que estaba espiando.
--Entonces los esperamos a cenar-- dijo la señora McCade-- No hace falta que traigan nada. Ya somos vecinos, después de todo
Mi madre sonrió.
--Nos encantará
Sentí que el estómago se me apretaba.
Cenar... otra vez.
Y esta vez no sería solamente una cena improvisada porque nuestros padres habían coincidido. Sería una invitación. Una cena preparada especialmente para nuestras familias.
Cuando mi madre entró en casa, fui detrás de ella.
--¿Vamos a cenar con los McCade?
--Sí, el viernes
--¿Por qué?
Mi madre me miró mientras dejaba las llaves sobre la mesa.
--Porque nos invitaron y porque nos llevamos muy bien con ellos
--Pero podemos cenar aquí
--Claro que podemos, pero será agradable compartir una noche con nuestros vecinos
No encontré ninguna respuesta que pudiera cambiar su opinión, así que me quedé callada. Mi padre tampoco tuvo ninguna objeción cuando mamá se lo contó durante la cena. Al contrario, pareció encantado con la idea y empezó a hablar con ella sobre qué podríamos llevar como agradecimiento.
Yo escuchaba en silencio, cada vez más convencida de que aquello era una mala idea.
Entonces miré por la ventana y vi a Dante en su jardín. Estaba jugando con la pelota, pero cuando levantó la cabeza y me vio, se quedó quieto.
Yo pensé que quizá él tampoco estaría contento con la cena.
Sin embargo, después de unos segundos, Dante sonrió y volvió a jugar como si aquella noticia no pudiera importarle menos.
Eso me hizo sospechar que quizá, después de todo, él no veía la situación como un problema.
Y si Dante no consideraba un problema que nuestras familias empezaran a pasar tiempo juntas, yo estaba casi segura de que era porque todavía no había descubierto cuánto podía llegar a molestarme durante una sola tarde.
Yo sí lo sabía.
Y la cena del viernes todavía estaba a varios días de distancia.