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El Lamento De Las Flores

El Lamento De Las Flores

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.

Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...

Novela romántica.

Novela extensa.

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: La Llama Bajo la Nieve

La mañana se abrió sobre el castillo como un ojo gris y entrecerrado, la luz filtrándose entre cortinas de bruma que se aferraban a las torres como recuerdos que no saben irse. Harriette despertó con un escalofrío que le recorrió la columna vertebral de golpe, tan frío y repentino que la hizo sentarse en la cama con el corazón golpeándole las costillas, aunque el aire de la estancia estaba templado, la chimenea encendida desde el amanecer soltaba un calor perezoso que apenas lograba calar en los huesos. No le dio importancia. Atribuyó el temblor al recuerdo del jardín, al frío que se le había metido en la piel la noche anterior, y se dejó ayudar por sus doncellas sin quejarse, sin mencionar la pesadez que sentía en los párpados ni la garganta que le ardía como si hubiera tragado hielo seco.

La vistieron con esmero, con un vestido de lana azul oscuro, de corte recatado que le cubría el cuello y las muñecas, tejido con hilos de seda que brillaban apenas cuando se movía, como el agua de un lago profundo bajo la luna. Su cabello, largo y dorado como trigo maduro, fue peinado con paciencia, trenzado en finas cintas que se entrelazaban y luego caían sueltas y esponjosas por su espalda, hasta la cintura, enmarcando un rostro que las doncellas declararon hermoso, aunque ella sentía que algo la consumía por dentro, un fuego sutil y silencioso que no se veía, pero se sentía. Se miró en el espejo un instante: sus ojos azules eran profundos, sí, pero un poco vidriosos; su piel, de por sí pálida, tenía un tono ligeramente apagado, como si la luz se estuviera apagando en ella. Sacudió la cabeza, reprendiéndose por la debilidad. Había trabajo que hacer. El castillo no se mantiene solo, y nadie la haría si ella no lo hacía.

Salió de sus aposentos y encontró a Thorne esperándola en el pasillo, erguido y serio como siempre, con una hoja de pergamino en las manos, pero con una sombra de preocupación en los ojos que ella no alcanzó a notar. Comenzaron a caminar juntos, ella al frente, él un paso atrás, recitándole cifras y nombres con voz clara: cuántas reses habían sido sacrificadas para el banquete, cuántos barriles de vino se habían servido, cuántas flechas y espadas habían sido revisadas en la armería, cuánta leña quedaba para los meses más crudos del invierno. Harriette escuchaba, asentía, hacía preguntas, anotaba mentalmente lo que debía corregir, y a su paso, los pasillos se llenaban de reverencias y saludos. Los caballeros, aquellos hombres que la noche anterior habían brindado por su señor, ahora la miraban a ella con sonrisas sinceras, con el sombrero en la mano, con un respeto que iba más allá del protocolo. Algunos se quedaban mirándola un instante más de lo debido, hechizados por aquella gracia que parecía no pertenecer a un lugar tan duro y sombrío como aquellas tierras, y ¿cómo culparlos? Era la luz que alguien había encendido en medio de la penumbra, la mano que reparaba lo roto, la voz que hablaba sin altivez ni miedo. Nadie recordaba que era esposa del Archiduque cuando la tenían delante; solo veían a Harriette, y eso era peligroso, aunque ninguno se atreviera a decirlo en voz alta.

Caminó durante horas, recorriendo salones en reparación, patios donde los obreros apilaban piedras y madera, cocinas que hervían con olores de pan y carne, y cada paso le costaba un poco más que el anterior. El aire frío se colaba por las rendijas de las ventanas, y ella estornudó —una, dos, tres veces—, rápidas y suaves, como si pudiera ocultarlas si las hacía lo bastante pequeñas. Su doncella, Lila, la miró con los ojos muy abiertos, preocupada.

—Mi señora, deberíais volver a la cama —le dijo bajito, tocándole el brazo—. Tenéis la piel muy caliente y a la vez tembláis. No es solo alergia.

Harriette sonrió, pero le dolió la garganta al hacerlo.

—No es nada, Lila —respondió, pasándose una mano por la frente para apartar un mechón de cabello que se le había soltado—. El polvo de las obras, nada más. Si me detengo, todo se detiene conmigo. No podemos permitirlo.

Siguió caminando, aunque el suelo parecía moverse levemente bajo sus pies, como si el castillo mismo estuviera respirando demasiado deprisa. Los sirvientes intercambiaban miradas inquietas a su paso, y Thorne, que la observaba en silencio, sintió un nudo en el estómago. No era su lugar contradecirla, ni obligarla a descansar, pero tampoco podía quedarse de brazos cruzados viéndola consumirse. Así que, con una excusa bien ensayada sobre unos documentos que debía entregar al Archiduque, se apartó discretamente y salió a buscarlo.

Lo encontró en el patio de entrenamiento, bajo un sol pálido que apenas lograba calentar la tierra helada. Aleric Duskbringer vestía una túnica de lino ajustada, de mangas cortas, tan ligera que parecía imposible que no temblara; su piel brillaba con un sudor fresco, y sus brazos, anchos y marcados por cicatrices antiguas, sostenían una espada que había partido el aire tantas veces que el movimiento era parte de él, como respirar. Se detuvo al ver acercarse al mayordomo y limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano, sin perder la postura.

—¿Thorne? —dijo, su voz grave y firme—. ¿Qué os trae por aquí? ¿Falta algo?

El mayordomo le ofreció un paño limpio, y Aleric lo tomó con un gesto de agradecimiento, pero no se movió. Lo miró, esperando, y vio que el anciano permanecía allí, con las manos entrelazadas, sin irse.

—Mi señor —empezó Thorne, con una sinceridad que rara vez mostraba—. Es la Archiduquesa. No se encuentra bien. Ha pasado la mañana entera de un lado a otro, a pesar de que tiembla sin descanso. Ha estornudado varias veces y se niega a descansar. Dice que no es nada, pero yo la he visto, mi señor. Tiene los ojos brillantes de fiebre y camina como si cada paso le costara. No he logrado convencerla.

Aleric permaneció en silencio un instante, el paño apretado en su mano. La preocupación del mayordomo era clara, y debajo de ella, algo más: el temor a que algo le ocurriera a la mujer que había devuelto la vida a aquel lugar. Aleric sintió una punzada de culpa mezclada con irritación —culpa por no haber pensado en que el frío de la noche anterior pudiera haberla afectado, irritación por su terquedad, por exponerse así, por no saber cuidarse—.

—Debí entregarle el abrigo antes —murmuró, más para sí mismo que para el mayordomo, con la mandíbula apretada—. Y ella debió quedarse dentro. Es imposible que alguien tan... frágil soporte este clima sin consecuencias. Llevadme con ella. Ahora.

Caminaron deprisa, Thorne guiándolo por los pasillos traseros, y cuando llegaron al gran salón que estaba en reparación, la vio. Estaba de pie junto a una ventana, dando instrucciones a dos albañiles, con la cabeza alta y la voz firme, aunque se notaba que hacía un esfuerzo por mantenerla así. Las mejillas, normalmente pálidas, tenían un sonrojo intenso, casi febril, y la punta de su nariz estaba enrojecida, sus ojos azules brillaban con un brillo inusual, demasiado intenso. Las criadas la rodeaban, ansiosas, sin saber qué hacer, y cuando vieron llegar al Archiduque, se apartaron en silencio, abriéndole paso como las aguas se abren ante una montaña que avanza.

Él se detuvo justo detrás de ella. Harriette, pensando que era Lila, se giró deprisa, con una sonrisa que se le congeló en los labios cuando lo vio. Aleric la miraba con una expresión que no lograba descifrar: sus ojos violeta eran oscuros, profundos, llenos de algo que parecía enfado y temor a la vez.

—Mi señor —dijo ella, sorprendida, y su voz sonó más débil de lo que quería—. No esperaba veros aquí.

—Yo sí esperaba encontraros descansando —respondió él, y su tono fue duro, cortante, como el viento que azota las ventanas—. Thorne me ha dicho que os negáis a guardar cama. ¿Creéis que la resistencia es un juego? ¿Que podéis desafiar el clima y vuestro propio cuerpo sin pagar precio?

Harriette enderezó la espalda, la terquedad encendiéndose en ella como una pequeña llama.

—No es nada grave, os lo aseguro —insistió, aunque le costaba respirar con normalidad—. Solo un poco de frío acumulado. Se me pasará. Tengo mucho que hacer todavía. No puedo dejarlo todo a medias.

—¿Y si caéis enferma de verdad? —preguntó él, dando un paso hacia ella, y su voz bajó, se volvió más peligrosa, más intensa—. ¿Quién lo hará entonces? ¿Creéis que el castillo se derrumbará si descansáis un solo día?

—No quiero ser una carga —respondió ella, y sus ojos se llenaron de un brillo húmedo que no eran lágrimas, sino el calor que la consumía—. No quiero que penséis que solo sirvo para ocupar espacio. He venido a hacer algo, no a ser cuidada como una niña.

Aleric abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en sus labios. Ella llevó una mano a la frente, con un gesto lento y pesado, y sus dedos se apretaron contra la sien, como si algo le doliera allí, algo profundo y palpitante. Sus párpados se entrecerraron, y dio un paso inseguro hacia un lado, buscando apoyo en el aire.

—La cabeza... —murmuró, y su voz se quebró—. Da vueltas...

Y entonces, todo se oscureció. Sus ojos se cerraron, sus rodillas cedieron, y cayó hacia adelante, sin un grito, sin un suspiro, como una flor que se dobla bajo el peso de la lluvia.

Aleric se movió antes de que su mente procesara lo que estaba pasando. La atrapó en sus brazos antes de que su cuerpo tocara el suelo, sosteniéndola contra sí con una fuerza desesperada, y la sensación lo heló: pesaba tan poco, tan increíblemente poco, que parecía que si la soltaba, el viento podría llevársela. La sostuvo por un instante, sin respirar, mirando su rostro: pálida, inerte, con las mejillas ardiendo y una mueca de dolor entrecebada en la frente, como incluso en la inconsciencia seguía luchando.

—¡Llamad al médico! —ordenó, y su voz tronó en la estancia, tan autoritaria y feroz que las criadas dieron un respingo—. ¡Ahora mismo!

Thorne ya corría hacia la puerta, y Aleric la alzó en brazos, sintiendo el calor que emanaba su cuerpo, un calor que no debía estar ahí, tan intenso que le quemaba a través de la ropa. La miró, y por un segundo, la máscara de dureza se le resquebrajó. No era solo su esposa, no era solo la Archiduquesa. Era la mujer que había devuelto la luz a su hogar, la que había limpiado lo sucio y reparado lo roto, la que lo miraba a los ojos sin retroceder. Y ahora estaba allí, débil y frágil, y la culpa lo mordía por dentro, afilada y cruel: debió haberla obligado a quedarse. Debió haberla protegido.

Caminó deprisa hacia sus aposentos, con ella en brazos, sin detenerse ante nadie, sintiendo la mirada de todos clavada en él, pero sin importarle. Al entrar, la depositó en la cama con una delicadeza que nadie habría creído capaz de él, acomodando su cabeza sobre las almohadas, cubriéndola con mantas pesadas, mientras las doncellas llegaban con agua tibia y paños limpios. La chimenea ardía con fuerza, iluminando su rostro pálido, y Aleric se apartó un paso, viendo cómo la lavaban, cómo le cambiaban el vestido por una camisa suave y cálida, cómo le colocaban paños frescos en la frente y en el cuello para bajar aquella fiebre que la devoraba. Se quedó allí, en la penumbra junto a la puerta, con los puños cerrados, sintiéndose inútil, furioso, aterrado, todo a la vez. Cuando vio que iban a cubrirla por completo, que necesitaban privacidad para terminar de acomodarla, asintió brevemente y se retiró al pasillo, esperando, vigilando, como un guardián ante una puerta que no se atrevía a cruzar del todo.

Allí estaba, el hombre que no temía a la guerra ni a la muerte, temblando por una mujer que apenas conocía, preguntándose si el destino, que los había unido tan a la fuerza, sería tan cruel como para arrebatársela antes de que aprendieran a ser algo más que extraños. Y mientras la puerta se cerraba suavemente, dejándolo fuera, Aleric Duskbringer comprendió con una claridad que le heló la sangre: ya no era indiferente a ella. Y esa verdad, oscura y aterradora, lo cambiaría para siempre.

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A.B.G.L
estoy trabajando en los próximos capitulo para una publicación sin demora, gracias por tu apoyo y espera ☺️
Ichuu
cómo siempre muy buenas tus novelas, actualiza más seguido! ♥️
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