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Destinada a Cinco Bestias

Destinada a Cinco Bestias

Status: En proceso
Genre:Romance / Poli amor / Mujer despreciada / Bestia / Harén Inverso
Popularitas:24.7k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Aitana nació como la omega más débil de su manada. Sin garras, sin colmillos y sin una marca digna de respeto, fue humillada por todos, incluso por su propia sangre.
Pero la noche en que la venden como si no valiera nada, la Diosa Luna despierta en ella un poder que llevaba mil años dormido.
Aitana no es una omega cualquiera.
Es la Luna Sagrada, la Elegida destinada a cambiar el mundo de los cambiantes. Y su destino no pertenece a un solo hombre, sino a cinco bestias de clanes distintos: Leandro, la serpiente dorada que la protegería con su vida; Mateo, el curandero lince que sana sus heridas; Quirón, el halcón orgulloso que arde como un fénix; Iván, el tigre blanco que desafía todo por ella; y Nereón, el sireno que guarda secretos bajo el mar.
Mientras antiguos enemigos codician su sangre y los clanes se preparan para la guerra, Aitana deberá construir una nueva manada desde las cenizas, proteger a las hembras olvidadas y demostrar que la omega que todos rechazaron puede convertirse en la fuerza más poderosa del mundo.
Cinco vínculos. Cinco destinos. Una sola Luna.

NovelToon tiene autorización de elmira brazil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Capítulo 20: Aprendiz de la curandera, advertencia de la Diosa

Aitana hizo su juramento al amanecer.

No hubo gran ceremonia. Abuela Remedios dijo que las ceremonias grandes servían para que los cobardes encontraran público. La llevó al patio de sanación, encendió una brasa de copal, colocó frente a ella tres cosas: un cuenco de agua limpia, un manojo de hierbas frescas y una piedra blanca de luna.

Aunque la anciana insistiera en llamarlo algo pequeño, medio clan se enteró antes del primer canto de las aves.

No se acercaron demasiado. Abuela Remedios tenía una forma especial de mirar a la gente que hacía retroceder incluso a los guerreros grandes. Pero se quedaron en las orillas del patio, fingiendo cargar agua, revisar vendas o barrer la misma franja de tierra tres veces.

Aitana sintió sus ojos en la espalda.

Ser aprendiz de curandera no era un pasatiempo. En la manada, quien sabía sanar también sabía quién estaba débil, quién mentía sobre sus heridas, quién escondía embarazos, quién llegaba golpeada por la noche. Era poder. Un poder silencioso, cotidiano, difícil de arrebatar sin que todos notaran el hueco.

Por eso Bruna estaba allí.

—Agua para limpiar —dijo la anciana—. Hierbas para sanar. Piedra para recordar que no eres la fuente del poder, solo sus manos por un rato.

Aitana se arrodilló con cuidado. El embarazo seguía siendo invisible, pero ella lo sentía como una conciencia tranquila bajo el vientre. Leandro estaba a unos pasos, serio, orgulloso y preocupado en partes iguales. Paloma y Renato observaban desde la entrada. Mateo estaba junto a las mesas de vendas, con los ojos bajos.

Abuela Remedios le puso la piedra en la palma.

—Repite: no usaré el dolor ajeno para comprar obediencia.

Aitana repitió.

—No negaré auxilio por rango, especie, marca o deuda.

Repitió también.

—Y cuando no sepa, preguntaré antes de matar por orgullo.

Paloma murmuró:

—Esa debería estar en todas las profesiones.

Renato le tapó la boca con suavidad.

Abuela Remedios no sonrió, pero sus ojos se movieron hacia ellos un segundo.

—Desde hoy, Aitana será mi aprendiz.

La noticia recorrió la zona de sanación como una chispa. Algunas mujeres suspiraron aliviadas. Otras se miraron con inquietud. Bruna, de pie al otro lado del patio, no aplaudió. Tenía el rostro sereno, pero Aitana ya sabía leer el esfuerzo detrás de esa serenidad.

—Felicidades —dijo Bruna.

—Gracias.

—Será mucho peso. La manada, tu embarazo, tus vínculos, y ahora los enfermos. Espero que no sea demasiado.

Aitana sostuvo la piedra lunar.

—Si lo es, aprenderé a pedir ayuda.

Bruna inclinó la cabeza.

—Qué humilde.

—Qué necesario.

Paloma hizo un ruido sospechoso detrás de la mano de Renato.

Bruna sostuvo la sonrisa un segundo más.

—Yo también puedo ayudar, si Abuela Remedios lo permite. Llevo años viendo sus métodos.

—Ver hervir agua no te vuelve lluvia —respondió la curandera.

Varias personas bajaron la cabeza para esconder la reacción.

Aitana no sonrió. La frase era graciosa, sí, pero debajo había una advertencia: Bruna no iba a desaparecer. Solo iba a esperar mejor momento.

La primera mañana como aprendiz no fue gloriosa. Abuela Remedios le hizo lavar cuencos, ordenar raíces por olor y escribir con Renato una lista de plantas que no debía tocar durante el embarazo. Aitana esperaba secretos de Luna, visiones, quizá algún ritual solemne. Recibió una montaña de hierbas mal secadas y una reprimenda por confundir dos tallos casi iguales.

—Si querías que la Luna te diera todo en sueños, debiste dormir más —dijo la curandera.

Aitana miró a Leandro.

Él, traidor, parecía entretenido.

Al mediodía, Mateo llegó con agua del arroyo para lavar vendas. Aitana estaba sola en la mesa exterior, separando hojas de árnica. Leandro había ido con Don Romualdo a revisar los rastros de los tratantes.

Mateo dejó los cántaros.

—¿Necesitas ayuda?

Aitana miró la pila de hojas.

—Necesito otra vida.

Él sonrió.

—Eso no lo sé curar.

Trabajaron juntos en silencio cómodo. Mateo le enseñó a secar hojas sin que perdieran fuerza. Aitana le contó cómo había distinguido los hongos. Él escuchaba sin interrumpir, con esa atención que no intentaba apropiarse de nada.

Mateo no era brillante como una llama. No invadía, no exigía, no llenaba el aire con su presencia. Era más parecido al agua del arroyo: constante, atento, capaz de encontrar el espacio por donde pasar sin romper la piedra.

Aitana empezaba a entender por qué la Diosa podía elegir guardianes distintos.

Leandro era escudo.

Mateo, quizá, sería refugio.

Ese pensamiento la hizo detener los dedos sobre una hoja.

—No tienes que alejarte tanto —dijo ella de pronto.

Mateo se quedó con una hoja entre los dedos.

—Aitana...

—No digo que cambies tu promesa. Solo digo que no quiero que te borres.

Él respiró despacio.

—Estar cerca de ti no es fácil.

—Por Leandro.

—Por mí.

La honestidad la dejó callada.

Mateo bajó la hoja a la mesa.

—No quiero desear un lugar que todavía no me pertenece.

—Gracias por decirlo así.

—No sé decirlo mejor.

Aitana sonrió un poco.

—Está bien.

El vínculo en su cuello se calentó justo cuando Leandro apareció al borde del patio.

No venía furioso, pero la escena le golpeó igual: Aitana y Mateo juntos, las cabezas inclinadas sobre la misma mesa, las manos cerca entre hojas medicinales. Sus ojos fueron a Mateo, luego a Aitana, luego a la marca en su propio brazo.

—Leandro —dijo ella.

—No interrumpo.

Claramente interrumpía.

Mateo dio un paso atrás.

—Ya terminé con el agua.

Aitana soltó la hoja que tenía en la mano.

—Nadie hizo nada malo.

Leandro cerró los ojos un instante.

—Lo sé.

Pero saberlo no lo hacía fácil. Aitana se levantó y caminó hacia él. No como alguien culpable, sino como alguien que elegía no dejar crecer una sombra.

—Mírame.

Él obedeció.

—Estoy aquí. Estoy aprendiendo. Mateo me ayuda con las hierbas. Eso es todo por ahora.

Mateo bajó la cabeza ante el "por ahora", no de esperanza, sino de aceptación dolorosa.

Leandro lo vio. Sus hombros cedieron.

—Perdón —dijo.

Mateo levantó la mirada, sorprendido.

—No tienes que...

—Sí tengo. No eres Fausto. No eres Roque. No debería mirarte como si lo fueras.

El silencio que siguió valió más que una tregua.

Abuela Remedios apareció en la puerta.

—Bien. Ahora que los machos descubrieron que hablar evita idioteces, vuelvan al trabajo.

Paloma, que acababa de llegar con una canasta, levantó ambas manos.

—Yo solo vine por medicina y recibí educación sentimental gratis.

La tarde continuó con una normalidad frágil.

Frágil no significaba falsa.

Leandro terminó ayudando a Mateo a colgar vendas limpias en una cuerda alta que Aitana no podía alcanzar sin estirarse. Mateo le indicó cuáles debían quedar a la sombra. Leandro obedeció con una expresión tan seria que Paloma, desde el umbral, tuvo que morderse los labios para no reír.

—Más a la izquierda —dijo Mateo.

Leandro movió la venda.

—¿Así?

—Un poco menos.

—¿Así?

—Sí.

Aitana miró esa escena imposible: su primer guardián aceptando instrucciones del hombre que tal vez algún día sería el segundo. No era paz completa. Pero era una cuerda tendida sobre un río.

Esa noche, Aitana cayó dormida antes de terminar la infusión. Leandro la llevó a la cama, le quitó con cuidado las sandalias y se acostó a su lado sin despertarla. La marca del cuello palpitaba suave. El niño, o lo que fuera aquella vida especial, parecía tranquilo.

Entonces soñó.

Estaba de pie en un lago de plata. No había orillas. Sobre el agua flotaban cinco luces: una dorada como escama, una verde como ojos de lince, una roja como pluma encendida, una blanca como garra de tigre y una azul como el fondo del mar.

Aitana quiso llamar a Leandro, pero no tenía voz.

Una figura enorme se movió bajo la luna. No era mujer ni ave ni bestia, pero tenía algo de todas. Cuando habló, el agua tembló.

"Hija."

Aitana sintió la palabra en los huesos.

"No temas mirar."

El agua bajo sus pies se volvió transparente.

Aitana vio escenas como si el lago guardara recuerdos que todavía no habían ocurrido: Flor corriendo entre árboles negros; Bruna abriendo un frasco de polvo blanco; Leandro arrodillado con sangre en las manos; Mateo de pie frente a una puerta cerrada, impidiendo que alguien pasara aunque todo su cuerpo temblara.

Luego vio su propio vientre iluminado desde dentro por una luna pequeña.

Quiso tocarlo.

Sus manos atravesaron la imagen.

"Tu sangre despertó antes de estar protegida por completo."

Intentó preguntar qué significaba.

La figura inclinó la cabeza. Por un instante, Aitana vio ojos antiguos, llenos de amor y cansancio.

"La primera marca te sostiene. No basta."

Las cinco luces giraron alrededor de ella. La verde, la del lince, se acercó un poco más.

"Si no aceptas un segundo guardián cuando llegue la señal, tu poder llamará a quienes desean devorarlo."

El agua se oscureció.

Detrás de las luces, algo golpeó desde abajo. Una sombra con manos largas, sellada en lo profundo.

Aitana reconoció, sin saber cómo, que no era un solo enemigo. Era hambre. Era comercio de cuerpos, ambición de clanes, viejas deudas con la Luna, todo mezclado en una cosa que buscaba una grieta.

La primera grieta era el miedo.

La segunda, la soledad.

Aitana quiso retroceder, pero el lago le sujetó los pies.

La voz volvió, más grave:

"Tu sangre es demasiado especial. Sin un segundo guardián... la desgracia vendrá."

Aitana despertó con un grito.

Leandro ya estaba incorporado, una mano en su espalda y la otra buscando un enemigo que no estaba allí.

—¿Qué viste?

Aitana respiró con dificultad.

La marca ardía.

Y en su mente seguía flotando una luz verde como los ojos de Mateo.

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Maria Diosdado Velázquez
esto es lo que a mí no me gusta, porque después se pierde la novela y no se sabe en qué termina, 😞😞 repruebo esto de no poner toda la novela entera, si usted escritora pudiera no hacer eso se lo agradecería
La novela está buenísima, pero no la pone completa y eso le resta puntos
Maria Diosdado Velázquez
no, no se abren las fotos🤔🤔🤔🤔🤔
Mary Salazar
me encanta 👏👏👏🤣🤣🤣👌👌😂😂
Mary Salazar
Woow 👏👏👏
Mary Salazar
OMG 😱😱😱😭😭😭
🏳️‍🌈ZOE GIANNI 🇮🇹🇦🇷
no puedo ver las imágenes, no soy solo yo no??
Elizabeth Vargas: yo tampoco puedo 😭
total 1 replies
Mary Salazar
Woow 👏👏👏👏👏👏 fantástico
Mary Salazar
guacala 😂😂😂🤣🤣🤣👌👌👌
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