Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.
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Capítulo 21
(Sara)
El olor a café recién hecho inundaba el local mientras terminaba de limpiar la barra.
La campana de la entrada sonó, pero no era un cliente. Era Pablo, el dueño de la cafetería, que venía con una carpeta bajo el brazo y una expresión seria.
—Sara, qué bueno que ya estás aquí. ¿Tienes un minuto? Necesito hablar contigo —dijo, tomando asiento en una de las banquetas.
—Claro, Pablo. Dime, ¿pasa algo malo con los turnos?
—Al contrario. He estado revisando las cuentas y el desempeño del local. Desde que estás a cargo de las mañanas, todo está más organizado y los clientes están encantados contigo. Eres una trabajadora increíble, Sara.
—Muchas gracias, Pablo. Me gusta mucho estar aquí, me ayuda a despejar la mente.
—Por eso mismo no quiero que te vayas —admitió él, mirándome fijamente—. Sé que estás con los trámites de Boston, pero te necesito aquí por los próximos trimestres. Si te quedas, te subiré el sueldo a 700 dólares al mes. ¿Qué dices?
Me quedé helada por un segundo. 700 dólares al mes era una oferta excelente para un empleo de medio tiempo en el campus. Pensé en Jhon, en Boston, y en todo lo que habíamos hablado, pero el dinero me vendría de maravilla para asegurar mis gastos antes del gran traslado.
—Es una gran oferta, Pablo... —dije, asimilando la propuesta—. De acuerdo, acepto. Me quedaré los próximos trimestres.
—¡Excelente! Me quitas un peso de encima —sonrió él, levantándose—. Ah, por cierto, la junta de la facultad dejó esto para ti en la oficina.
Me tendió un papel oficial de la universidad. Al abrirlo, sentí que el mundo se me venía encima. Debido a la reestructuración de mi beca, me habían asignado tres clases más durante este mismo trimestre.
—No puede ser... —susurré para mí misma.
Entre las nuevas clases, la investigación y las horas en la cafetería, mi horario quedaba completamente saturado. Estaría más que ocupada desde el amanecer hasta la noche. Prácticamente, no tendría un segundo libre.
Las horas pasaron volando entre pedidos de espresso, apuntes y clases abarrotadas. Para cuando dieron las cuatro de la tarde, mis pies dolían y el cansancio empezaba a pasarme factura. Pero lo que más me dolía era otra cosa: el teléfono.
Miraba la pantalla cada cinco minutos. Nada. Ni una llamada de Jhon.
—¿Todo bien, Sara? Estás muy distraída hoy —me preguntó una de mis compañeras mientras limpiaba una mesa.
—Sí, solo... esperando una llamada importante.
A las siete de la noche, justo cuando salía de la última clase académica, el celular vibró en mi bolsillo. Lo saqué con el corazón en la garganta, esperando escuchar su voz. Pero solo era un mensaje de texto.
“Estoy bien, no te preocupes. Surgieron cosas con el equipo. Luego te llamo.”
Me quedé mirando la pantalla, sintiendo un nudo amargo en el estómago. ¿"Luego te llamo"? Ni siquiera un "te amo" o un "te extraño".
Intenté marcarle de vuelta, pero el teléfono me mandó directo al buzón de voz.
Regresé a mi apartamento sola.
El lugar se sentía inmenso y helado sin su presencia.
Pasé toda la noche dando vueltas en la cama, con el teléfono aferrado en mi mano, esperando un timbre que nunca llegó.
La incertidumbre me carcomía por dentro. ¿Qué podía estar haciendo Jhon que lo mantuviera tan distante? Finalmente, el agotamiento físico venció a la ansiedad y me quedé dormida.
Ring, ring.
Me desperté de golpe, un tanto desorientada.
Miré el reloj de la mesa de noche: eran las cinco de la mañana.
El teléfono parpadeaba con el nombre de Jhon en la pantalla.
Respondí de inmediato, con la voz entrecortada por el sueño.
—¿Jhon? ¡Hola! Estaba cansadísima y muy preocupada por ti. No me llamaste en toda la noche...
—Hola, genio —su voz sonaba extraña, un poco distante y cansada, pero se notaba que estaba en un lugar con bastante ruido—. Lo siento, de verdad. He estado muy ocupado.
—¿Dónde estás? Se escucha mucho alboroto.
—Estoy con el equipo, resolviendo unos asuntos de la pretemporada y los nuevos horarios —respondió él apresuradamente.
De repente, a través de la línea, el ruido de fondo se aclaró y escuché risas nítidas.
No eran voces de jugadores de hockey.
Eran voces femeninas.
—¡Jhon, cariño ven aquí un segundo! Flor dice que ya tiene listos los papeles —gritó una voz de mujer al fondo.
—Espera, Miriam, dile a Flor que aguarde en la barra —respondió otra voz femenina, riendo cerca del teléfono.
El corazón se me congeló por completo.
Me incorporé en la cama, perdiendo todo el sueño de golpe.
—¿Jhon? ¿Quiénes son ellas? ¿Quiénes son Miriam y Flor? —pregunté, sintiendo cómo los celos y el pánico me cerraban la garganta.
—No te preocupes por eso, Sara. Solo son las encargadas... las encargadas de aquí —dijo Jhon, con un tono extrañamente evasivo—. Escucha, me tengo que ir, se me hace tarde y me están llamando.
—Pero Jhon, espera...
—Que tengas un lindo día, genio.
Click.
La llamada se cortó.
Me quedé estupefacta, con el teléfono pegado a la oreja y el sonido del silencio inundando mi habitación.
Miriam y Flor. ¿Las encargadas? ¿A las cinco de la mañana? ¿cariño? Una tormenta de dudas comenzó a desatarse en mi mente.