Noah Sullivan lleva años preparándose para obtener la beca internacional más prestigiosa de la universidad. Cada examen, cada trabajo y cada sacrificio han tenido un único objetivo: ganar.
Todo parece ir según lo planeado hasta que aparece Leo Moreau.
Popular, talentoso y desesperadamente encantador, Leo se convierte en el único rival capaz de disputarle la beca. Desde el primer encuentro, la tensión entre ambos es inmediata. Cada clase se transforma en una competencia y cada conversación en un desafío.
Cuando el director del programa anuncia que los dos candidatos finales deberán colaborar en un proyecto conjunto para demostrar sus capacidades de liderazgo, Noah siente que es una condena.
Sin embargo, cuanto más tiempo pasan juntos, más difícil resulta ignorar lo que hay detrás de las máscaras que ambos han construido.
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18
Noah se despertó no con el sonido de una alarma, sino con la sensación del sol de la mañana acariciando su rostro y el peso del brazo de Leo sobre su cintura. Durante una fracción de segundo, el viejo Noah, el de las rutinas y los horarios, entró en pánico. Estaba fuera de su cama, a una hora no programada, en un espacio que no era el suyo. Pero luego, el nuevo Noah, el que Leo había ayudado a construir, sintió una calma profunda. Abrió los ojos y vio a Leo dormido a su lado, su expresión serena, libre de la carga de la sonrisa encantadora que solía llevar como armadura. En ese sueño, Noah no veía al capitán del equipo ni al aspirante a beca. Veía a Leo. Y el mundo volvía a tener sentido.
Se quedó quieto, observando el lento ascenso y descenso de su pecho, la forma en que un mechón de pelo caía sobre su frente. Quería memorizar cada detalle, grabar este momento en su mente con la misma precisión con la que grababa sus datos de laboratorio. Este era su nuevo experimento, el más importante de todos: aprender a amar.
Leo se movió, sus ojos parpadeando hasta abrirse. —Buenos días —murmuró, su voz ronca por el sueño—. Te estaba viendo. Eres menos intimidante cuando duermes. Más humano.
—Y tú eres menos ruidoso —replicó Noah, con una sonrisa que no pudo contener—. Es un buen look para ti.
Leo se rio, un sonido bajo y vibrante que Noah sintió en su propio pecho. Se inclinó y lo besó, un beso suave y perezoso que sabía a café matutino y a promesas. —¿Qué hacemos hoy, genio? ¿Resolvemos la paz mundial? ¿Descubrimos una nueva partícula subatómica?
—Hoy —dijo Noah, su mente, por primera vez, completamente en blanco de planes—. Hoy no hacemos nada. O quizás... lo hacemos todo. No lo sé.
La incertidumbre, antes su mayor enemigo, ahora se sentía como un campo abierto, lleno de posibilidades.
La festividad de esa noche en el apartamento de Sarah fue un torbellino de ruido, luces y afecto. El equipo del festival los recibió como héroes. Maya, con una cerveza en la mano, los arrinconó junto a la nevera. —Bueno, miren los dos. Parecen un par de gatos satisfechos que se han comido todo el canario. ¿Fue todo por la beca o hay algo más que debamos saber?
Noah sintió el calor subir a sus mejillas, pero fue Leo quien respondió, con una calma que desarmó. —Hay algo más, Maya. Mucho más. Y le debo a ti, en parte, el haberlo descubierto.
La sinceridad de Leo pareció desconcertar a Maya, que por una vez se quedó sin una réplica cáustica. —Bueno... maldita sea. Supongo que te agradezco por no arruinarlo todo, Sullivan. Y tú, Moreau, por ser menos idiota de lo que pareces. Era el cumplido más elevado que Maya podía ofrecer, y Noah lo recibió con una sonrisa.
Más tarde, cuando la fiesta estaba en su apogeo, Leo tomó la mano de Noah y lo llevó a un pequeño balcón que daba al campus iluminado. La música del interior era un murmullo distante, y el aire de la noche era fresco y limpio.
—Mira —dijo Leo, señalando la biblioteca, el laboratorio de física, el gimnasio—. Ese era nuestro mapa de batalla. Cada edificio, un frente diferente. Cada aula, una escaramucia.
—Y ganamos —dijo Noah, su voz suave—. Ganamos la guerra.
—¿Ganamos? —preguntó Leo, volviéndose hacia él, su expresión seria—. ¿O simplemente nos dimos cuenta de que estábamos luchando en el bando equivocado?
La pregunta golpeó a Noah con la fuerza de una revelación. Siempre había visto su vida como una serie de batallas que ganar, de fortalezas que defender. Pero Leo la veía como un viaje, como una búsqueda.
—No estoy seguro de entender —dijo Noah, sinceramente.
Leo sonrió, su mano encontrando la de Noah, sus dedos entrelazándose. —La batalla no era contra mí, Noah. La batalla era contra ti mismo. Contra tu miedo a dejar entrar algo que no podías controlar. Yo solo fui el catalizador. La variable que desató la reacción.
Noah lo miró, su mente procesando la verdad de sus palabras. Siempre había visto a Leo como un obstáculo, como una fuerza disruptiva en su mundo ordenado. Pero quizás Leo no era el obstáculo. Quizás era la puerta. La puerta a una vida que no había sabido que estaba esperando.
—¿Y tú? —preguntó Noah—. ¿Cuál era tu batalla?
Leo suspiró, su mirada perdida en las estrellas. —La mía era contra la expectativa. Contra la necesidad de ser siempre el chico encantador, el líder, el que nunca falla. Contigo... no tenía que ser nadie. Simplemente podía ser. Y eso era aterrador. Y liberador.
Se quedaron allí, en el silencio de la noche, dos almas desnudas, no físicamente, sino emocionalmente. Dos rivales que habían descubierto que su mayor fortaleza era su vulnerabilidad compartida.
—Te quiero, Leo Moreau —dijo Noah, y esta vez, las palabras no se sentían como una confesión, sino como una verdad fundamental, como la ley de la gravedad—. Te quiero con tu caos y tu magia, con tu sonrisa y tu fuerza. Te quiero más de lo que mi lógica puede comprender.
—Y yo te quiero, Noah Sullivan —replicó Leo, sus ojos brillando con lágrimas que no se atrevía a derramar—. Te quiero con tu lógica y tu orden, con tu mente brillante y tu corazón escondido. Te quiero más de lo que mi pasión puede expresar.
Se besaron bajo las estrellas, un beso que no era de deseo, sino de pertenencia. Un beso que sellaba un pacto, un futuro, un destino.
Las semanas siguientes fueron un torbellino de preparativos. Había formularios que rellenar, visas que solicitar, pasajes que comprar. Pero esta vez, Noah no lo hizo solo. Leo estaba a su lado, en su apartamento, rodeado de sus pizarras de ecuaciones, aportando su propio tipo de orden. Organizaba los documentos en pilas con nombres como "Cosas Aburridas pero Necesarias" y "Papeles que Podrían Hacernos Deportados si los Perdemos".
—Eres un caos organizado —dijo Noah, una tarde, mientras intentaba encontrar su pasaporte entre una pila de folletos turísticos de Cambridge que Leo había impreso "para inspirarnos".
—Y tú eres un orden con un poquito de magia escondida —replicó Leo, encontrando el pasaporte en el bolsillo de la chaqueta de Noah, donde lo había guardado Noah mismo—. Nos complementamos. Somos como... la relatividad general y la mecánica cuántica. No encajamos perfectamente, pero juntos, explicamos todo el universo.
Noah se rio, un sonido que se había vuelto más frecuente, más libre. —Esa es, sin duda, la peor y más hermosa analogía que he oído nunca en mi vida.
La noche antes de su vuelo, cenaron en un pequeño restaurante italiano cerca del campus. Era el mismo lugar donde Noah había planeado celebrar solo, si ganaba la beca. Ahora, estaba aquí, con Leo, y el futuro sabía a ajo y pan recién hecho.
—¿Tienes miedo? —preguntó Leo, sorbiendo su vino—. De Cambridge. De todo esto.
—Sí —admitió Noah, y la palabra no le costó—. Tengo miedo de no estar a la altura. Tengo miedo de que este... esto que tenemos... no sobreviva a la presión, a la distancia, a un nuevo país.
—Yo también tengo miedo —dijo Leo, su mano encontrando la de Noah sobre la mesa—. Pero más me daría miedo no intentarlo. Más me daría miedo volver a la persona que era antes de ti. A ese chico que sonreía para todos y no sentía nada por dentro.
—No volveremos a ser esas personas —prometió Noah, su apretón firme—. No podemos. Nos hemos cambiado el uno al otro. Demasiado.
En el aeropuerto, mientras esperaban para abordar, el Dr. Henderson se les acercó, con una sonrisa. —Sullivan, Moreau. Quería desearles lo mejor. No solo en Cambridge, sino en todo lo que hagan. Recuerden, la beca no es el final. Es el principio. Úsenlo bien. Hagan algo grande.
—Gracias, doctor —dijo Noah, sinceramente—. Lo haremos.
—Sé que lo harán —dijo el Dr. Henderson, y antes de irse, añadió con una sonrisa pícara—. Y traten de no revolucionar la física y el deporte mundial al mismo tiempo. Denle al mundo una oportunidad de ponerse al día.
Mientras volaban hacia el otro lado del océano, Noah miraba por la ventana, viendo cómo su país, su vida anterior, se reducía a un mapa de luces. Leo dormía a su lado, su cabeza apoyada en el hombro de Noah, y Noah sintió una paz profunda. No estaba huyendo de su pasado. Estaba volando hacia su futuro. Hacia su futuro.
El primer día en Cambridge fue un torbellino de asombro. Las calles empedradas, los edificios antiguos, el peso de la historia que parecía impregnar cada piedra. Noah se sentía como si hubiera entrado en una de sus ecuaciones, en un lugar perfecto y ordenado.
—Es... hermoso —dijo Noah, su voz llena de reverencia—. Es todo lo que siempre imaginé.
—Es demasiado viejo —dijo Leo, mirando a su alrededor con una expresión divertida—. Me da la sensación de que si toco una pared, se va a desmoronar en polvo.
—Esa es la belleza de ello, Moreau —dijo Noah, con una sonrisa—. Es la evidencia física de que las cosas pueden durar, de que el orden y la estructura pueden sobrevivir a los siglos.
—O es evidencia de que es hora de una renovación —replicó Leo—. Un poco de caos moderno no le vendría mal a este lugar.
Esa noche, en su pequeño apartamento cerca del río Cam, con cajas por todas partes, se acurrucaron juntos en el suelo, sobre un colchón que aún no tenían marco.
—Lo logramos —dijo Leo, su voz suave en la oscuridad—. Realmente lo logramos.
—Sí —dijo Noah, su cabeza en el pecho de Leo, escuchando el latido de su corazón—. Lo logramos.
—Pero esto es solo el principio, ¿verdad? —preguntó Leo—. De esto. De nosotros.
Noah levantó la cabeza, y en la luz tenue de la lámpara de la calle, vio el futuro en los ojos de Leo. Vio los desafíos, las alegrías, las discusiones sobre física y hockey, las mañanas perezosas, las noches apasionadas. Vió una vida. Su vida.
—Sí —dijo Noah, y besó a Leo, un beso que prometía un millar de mañanas más—. Esto es solo el principio.
Y mientras se quedaban allí, en su nuevo hogar, en un nuevo país, con un futuro tan vasto e impredecible como el universo que Noah tanto amaba, supo que había encontrado su constante. No estaba en las ecuaciones, ni en las estrellas, ni en el prestigio académico. Estaba junto a él, en los brazos de un jugador de hockey idealista que le había enseñado que el amor era la única variable que importaba. Y esa era la verdad más hermosa de todas.