**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**
Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.
Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.
Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.
Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.
El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.
Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.
**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**
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Capítulo 20
Cap 20: El acoso de Fernando
Las siete y media de la noche y la planta de creatividad parecía un pueblo fantasma con conexión a internet.
Camila era la única persona viva en ese piso. Andrea le había dejado una torre de facturas para conciliar antes del viernes —"recibos de caja chica del trimestre pasado, necesito todo en la hoja de Excel antes de mañana"— y Camila, que era diseñadora gráfica y no contadora, no tuvo más remedio que asentir.
Llevaba dos horas. La pantalla le ardía. Abrió WhatsApp y escribió en el grupo sin jefes:
"¿Soy diseñadora o contadora? Pregunta seria. Acepto respuestas con memes."
Beto contestó con un sticker de un perro frente a una computadora. Valentina mandó un corazón roto.
Camila volvió a la hoja de cálculo. Celda F47. Un taxi de Polanco al aeropuerto por $380 que no tenía fecha legible.
—¿Te ayudo con eso?
La voz vino de atrás. Camila giró la silla.
Fernando Medina estaba de pie junto a su escritorio. Cuarenta y tantos, pelo corto, carpeta de Finanzas bajo el brazo, sonrisa de vecino amable. El tipo de hombre que en una fiesta nadie recuerda pero que siempre está ahí.
—Vine a dejar unos estados de cuenta y vi tu luz encendida —dijo—. ¿Conciliando facturas?
—Sí. Estoy bien, gracias.
—Seguro, seguro. Pero es que justo los montos de caja chica son mi área. Déjame ver.
Antes de que Camila pudiera decir que no, Fernando ya había acercado una silla y se había sentado junto a ella. Medio brazo de distancia. La mitad de lo que Camila consideraba cómodo.
Diez minutos de facturas. Los números cuadraban, las explicaciones eran claras, y la situación pareció exactamente lo que Fernando decía que era: un compañero ayudando a otro.
Luego los diez minutos terminaron.
—Oye, Cami, ¿y tienes novio?
Camila no levantó la vista de la pantalla.
—Es información clasificada.
Fernando se rio. Una risa que duró un poco más de lo necesario.
—¿Cuántos años tienes? ¿Veinticuatro? ¿Veinticinco?
—Veintiséis.
—Veintiséis. Qué bonita edad. —Sus ojos la recorrieron de un modo que no era exactamente mirar pero que Camila sintió como si lo fuera—. ¿Y tu primer beso a qué edad fue?
Camila giró la silla para mirarlo de frente.
—Oye, eso no está bien.
La frase salió limpia, directa, sin adornos. Era el tipo de frase que Camila sabía decir porque había crecido con tres hermanos y una madre que le enseñó que "no" es una oración completa.
Fernando levantó las manos. Palmas abiertas. Gesto universal de "tranquila."
—Es broma, es broma. No te enojes. Solo estaba platicando.
—Pues platiquemos de las facturas —dijo Camila, girando de vuelta a la pantalla.
Silencio. Cinco minutos de números. Camila pensó que el asunto había terminado. Luego:
—Estás suavecita, Cami. Ha de ser rico darte un abrazo.
Camila cerró el Excel. Guardó. Se puso de pie.
—Ya terminé. Gracias por la ayuda.
—Espera, te acompaño. Ya es tarde, no es seguro que andes sola por ahí.
—Puedo ir sola.
—No seas así. ¿Qué tal si te pasa algo? Yo me sentiría responsable.
La frase tenía la estructura de la preocupación pero la textura de otra cosa. Camila conocía esa textura. La había sentido en el metro, en fiestas, en el pasillo de la universidad a las once de la noche. Era la textura de alguien que no va a aceptar un no pero que necesita que tú digas sí para que todo parezca consensuado.
Caminaron hacia el elevador. Fernando hablaba sin parar — el clima, un partido, algo de los taxis — mientras Camila contaba los pasos que faltaban para la salida.
En el vestíbulo, Fernando sacó su teléfono.
—Oye, pásame tu número. El personal, no el del trabajo. Por si necesitas algo, ¿no?
Camila miró el teléfono. Miró a Fernando. El vestíbulo estaba vacío. El guardia nocturno estaba en su caseta, a treinta metros, mirando su propio teléfono. Fernando sostenía el suyo con la pantalla hacia ella, el campo de nuevo contacto abierto, esperando.
"Si no le doy mi número, va a decir que soy grosera. Si le doy mi número, va a escribirme a las dos de la mañana."
El elevador sonó. Las puertas se abrieron.
Emilio Torres salió con una bolsa de gimnasio al hombro y cara de alguien que acaba de recordar que dejó algo en su oficina. Dio tres pasos, levantó la vista y vio la escena: el vestíbulo vacío, la hora, Fernando con el teléfono extendido, Camila con la postura de un animal que calcula cuándo correr.
Emilio no dudó.
Caminó hacia ellos con una sonrisa tan amplia que parecía haber ganado la lotería. Pasó el brazo por los hombros de Fernando con la familiaridad de un hermano que no has visto en años.
—¡Compadre! ¡Qué bueno que te encuentro! —Su voz resonó en el vestíbulo vacío como si estuvieran en un bar a las dos de la tarde—. Necesito que me lleves a Reforma, mi coche está en el taller y los Uber a esta hora cobran como si fueran helicópteros.
Fernando miró a Emilio. Miró a Camila. Miró a Emilio otra vez. La sonrisa de vecino amable seguía ahí, pero debajo — debajo de todo lo amable y lo vecinal — algo se tensó.
—Es que yo...
—Dale, no seas así. Son quince minutos. Te invito unas papas en el camino.
Emilio ya lo estaba guiando hacia la puerta. Un brazo sobre los hombros, la otra mano haciendo gestos mientras hablaba de algo sobre una llanta ponchada que probablemente no había existido nunca. Fernando buscó los ojos de Camila una última vez por encima del hombro de Emilio, pero Camila ya no estaba mirando.
Los dos hombres desaparecieron por la puerta giratoria.
Camila se quedó de pie en el vestíbulo. Las manos le temblaban. El nudo en el estómago tardó diez segundos en deshacerse, y cuando se deshizo, lo que quedó fue algo entre alivio y rabia — la rabia que viene después del miedo, cuando tu cuerpo procesa que lo que acaba de pasar no debería haber pasado.
Sacó el teléfono. WhatsApp. Emilio Torres.
"Gracias."
La respuesta llegó en tres segundos:
"De nada, Cami."
Con un emoji de cara sonriente. No un guiño. No un corazón. Un emoji redondo, amarillo, con una sonrisa simple. Nada más.
Camila miró la pantalla. "Cami." No Camila. No Ibarra. No "compañera." Cami. Dos sílabas que sonaban a algo cálido, como una taza de chocolate en un día de lluvia.
Su corazón dio un salto. Pequeño. Involuntario. El tipo de salto que das cuando un gato se te sube al regazo sin que lo llames.
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A las diez de la noche, Valentina estaba en su cama en Ecatepec con el teléfono pegado a la oreja y las cobijas hasta la barbilla.
—...y entonces Emilio lo sacó del edificio como si fueran mejores amigos. El tipo es un genio —decía Camila, con una voz que alternaba entre la indignación y algo más suave.
—Eso fue muy inteligente —dijo Valentina—. ¿Estás bien?
—Sí. No. Sí. Estoy furiosa pero estoy bien. —Pausa—. Val, cambié de equipo. Ya no estoy en el team Santiago. Ahora soy del team Emilio, cien por ciento, sin vuelta atrás.
Valentina sonrió. Pero por dentro la sonrisa no llegaba — lo que Fernando le hizo a Camila era exactamente el tipo de cosa que todo el mundo minimiza hasta que explota. "Es broma." "No te enojes." "Solo estaba platicando." Las palabras de siempre, las que convierten el acoso en un malentendido y al acosador en un incomprendido.
—¿Le vas a decir a alguien?
—¿A quién? ¿A Andrea? Andrea me puso a hacer facturas a las siete de la noche. No le importo. —Camila suspiró—. Mejor cuéntame algo que no me dé ganas de renunciar.
Valentina cambió de tema. Le contó lo que Santiago le había dicho esa semana sobre los horarios: que Grupo Austral no obligaba a nadie a quedarse después de la hora. Que su lógica exacta había sido: "Si no tienes trabajo, ¿para qué quedarte? Solo gastas agua y luz del microondas."
—¿Del microondas? —dijo Camila—. ¿Un CEO preocupado por la luz del microondas?
—Te lo juro.
—Val, ese hombre es increíble. Pero en un sentido muy específico de increíble.
Valentina se rio. Luego le contó la otra cosa: que Santiago había propuesto originalmente un team building de dos días de senderismo en el Desierto de los Leones. Que Valentina, con todo el respeto del mundo y un nudo en la garganta, le había sugerido cambiarlo por una actividad de escape room. Que Santiago la había mirado durante cinco segundos como si estuviera evaluando si la sugerencia tenía mérito o era una locura. Y que al final dijo: "Hazlo."
—¿"Hazlo"? —dijo Camila—. ¿Así nada más?
—Así nada más. Es mi proyecto. Me mandó el mensaje hace una hora. Dice "Tú organizas todo."
—Val. ¡Val! Eso es enorme.
—Lo sé.
Colgaron. Valentina miró la pantalla. El mensaje de Santiago seguía ahí: la tabla de actividades del team building, ahora con "Escape Room / Murder Mystery" donde antes decía "Senderismo 2D/1N." Y debajo, en una línea separada:
"Tú organizas todo. Es tu proyecto."
Valentina leyó "tu proyecto" tres veces. Desde que llegó a Grupo Austral, todo había sido sobrevivir: sobrevivir al elevador, a la estática, a la conexión emocional, a Diego, a Isabela, a las cenas de negocios, a los contratos sin OA. Pero esto era diferente. Esto era construir algo. Era la primera vez que alguien en esa torre le pedía que hiciera algo porque creía que podía hacerlo bien.
Su smartband estaba quieta. 68 lpm. La noche más tranquila desde que empezó todo.