Cuando Valentina Rojas, una joven fotógrafa que intenta reconstruir su vida después de una dolorosa traición, conoce a Alejandro Montenegro, un exitoso arquitecto marcado por secretos familiares, ninguno imagina que sus caminos terminarán unidos por el amor. Entre encuentros inesperados, malentendidos, rivales, sueños y sacrificios, deberán descubrir si el amor verdadero es capaz de superar cualquier obstáculo.
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secretos del pasado
La semana siguiente comenzó con una energía diferente para Valentina.
Por primera vez en mucho tiempo, despertaba con ilusión.
No era únicamente por la exposición fotográfica, que avanzaba mejor de lo esperado.
Tampoco era por el reconocimiento que estaba obteniendo en la revista.
Era por Alejandro.
Y admitirlo, aunque solo fuera para sí misma, resultaba tan emocionante como aterrador.
Mientras preparaba café aquella mañana, recordó la conversación que habían tenido en la cafetería rural.
Las heridas que ambos habían compartido.
Los secretos que habían confesado.
La forma en que Alejandro la había escuchado sin juzgarla.
Sin intentar arreglar nada.
Simplemente estando allí.
Era algo que nunca había experimentado antes.
Y lo valoraba más de lo que podía expresar.
En las oficinas de Montenegro Arquitectos, Alejandro también tenía dificultades para concentrarse.
Daniel llevaba observándolo toda la mañana.
Finalmente decidió intervenir.
—Ya está.
Alejandro levantó la vista de unos planos.
—¿Qué?
—No puedo seguir viendo esto.
—¿Ver qué?
—Tu incapacidad para trabajar.
Alejandro soltó un suspiro.
—Estoy trabajando.
—Llevas veinte minutos leyendo el mismo documento.
—Exageras.
—No exagero.
Daniel sonrió.
—Solo di su nombre.
—No voy a hacerlo.
—Valentina.
Alejandro negó con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Y tú estás enamorado.
Aquellas palabras provocaron un silencio inmediato.
Alejandro se quedó inmóvil.
Porque escuchar la palabra "enamorado" hizo que algo se agitara dentro de él.
Todavía no estaba preparado para aceptar algo así.
No después de todo lo ocurrido con Camila.
No después de años evitando cualquier relación seria.
Y sin embargo...
Cada vez que pensaba en Valentina sentía algo que no lograba explicar.
Algo que crecía lentamente.
Algo que se parecía peligrosamente al amor.
Aquella tarde, Valentina visitó a su madre.
Vivía en una casa acogedora en un barrio tranquilo de la ciudad.
Desde que su padre había fallecido años atrás, ambas habían fortalecido aún más su relación.
Al llegar, encontró a su madre cuidando unas flores en el jardín.
—Hola, mamá.
—Valentina.
La mujer sonrió inmediatamente.
—Qué sorpresa.
Se abrazaron con cariño.
Y pocos minutos después estaban sentadas en la cocina compartiendo café.
—Te ves feliz.
Valentina sonrió.
—¿Tan evidente es?
—Para una madre siempre lo es.
Aquellas palabras hicieron que bajara la mirada.
Su madre la observó con ternura.
—¿Hay alguien especial?
Valentina soltó una pequeña risa.
Parecía que todo el mundo hacía la misma pregunta.
—Quizá.
—Eso significa que sí.
—Todavía no sé qué significa.
Su madre tomó una de sus manos.
—No tienes que saberlo todo de inmediato.
—Lo sé.
—Solo disfruta.
Valentina permaneció en silencio.
Porque era más fácil decirlo que hacerlo.
Después de Andrés, abrir el corazón nuevamente no resultaba sencillo.
Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, Camila Vélez observaba una fotografía sobre la pantalla de su computadora.
Era una imagen de Valentina obtenida después de varias búsquedas.
Nombre.
Profesión.
Lugar de trabajo.
Todo estaba allí.
Camila cruzó los brazos.
—Así que tú eres Valentina Rojas.
La fotógrafa parecía exactamente lo contrario a ella.
Natural.
Sencilla.
Auténtica.
Y aquello la irritó.
Porque comprendía perfectamente por qué Alejandro podía sentirse atraído por alguien así.
Durante años, Camila había intentado convertirse en la mujer ideal para él.
La más elegante.
La más sofisticada.
La más admirada.
Pero al final nada de eso había sido suficiente.
Porque Alejandro siempre había valorado cosas diferentes.
Y ahora parecía haber encontrado precisamente lo que buscaba.
Camila cerró la computadora lentamente.
No estaba dispuesta a quedarse observando desde lejos.
No esta vez.
Dos días después, Valentina se encontraba tomando fotografías para la exposición cuando recibió una llamada de Alejandro.
—Hola.
—Hola.
La familiaridad con la que ambos se saludaban ya comenzaba a sentirse natural.
—¿Cómo va el trabajo?
—Bien.
—¿Solo bien?
—Muy bien.
—Eso suena mejor.
Valentina sonrió.
—¿Y tú?
—Sobreviviendo a reuniones interminables.
—Mis condolencias.
Alejandro rió.
Y aquella risa volvió a provocar esa sensación cálida en el pecho de Valentina.
—Tengo una propuesta.
—Eso suele preocuparme.
—No debería.
—Eso también suele preocuparme.
—Confía un poco más.
Ella rió.
—Está bien. ¿Cuál es la propuesta?
—Cena esta noche.
Valentina sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Cena?
—Sí.
—¿Es otra sorpresa?
—Tal vez.
—Eso definitivamente no ayuda.
—Entonces diré que es una buena sorpresa.
Valentina observó el cielo durante unos segundos.
Y sonrió.
—Acepto.
Aquella noche, Alejandro eligió un pequeño restaurante lejos del centro de la ciudad.
No era lujoso.
Ni exclusivo.
Pero tenía algo especial.
Un ambiente cálido y tranquilo.
Cuando Valentina llegó, él ya la estaba esperando.
Y por un instante ambos simplemente se observaron.
Cada encuentro parecía hacer más difícil ocultar lo que sentían.
—Hola.
—Hola.
Alejandro se puso de pie para recibirla.
—Te ves hermosa.
Las mejillas de Valentina se colorearon ligeramente.
—Gracias.
—Siempre te sonrojas cuando te hago un cumplido.
—Porque no estoy acostumbrada.
—Tendré que solucionarlo.
Aquella respuesta provocó una sonrisa inmediata.
La cena transcurrió entre risas y conversaciones sinceras.
Hablaron durante horas.
De sueños.
De miedos.
De lugares que deseaban visitar.
De metas pendientes.
Y cuanto más hablaban, más evidente se volvía algo.
Se entendían.
De una forma que ninguno había experimentado antes.
No necesitaban fingir.
No necesitaban impresionar.
Simplemente podían ser ellos mismos.
Y eso era extraordinario.
Cuando salieron del restaurante, la ciudad estaba iluminada por miles de luces.
Caminaron lentamente por una avenida tranquila.
Y fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.
—Alejandro.
Una voz femenina los detuvo.
Ambos giraron.
Y el rostro de Alejandro se tensó inmediatamente.
Valentina lo notó.
Frente a ellos estaba una mujer elegante de cabello oscuro.
Hermosa.
Segura de sí misma.
Y claramente sorprendida de verlo acompañado.
—Camila.
La forma en que Alejandro pronunció aquel nombre fue suficiente para que Valentina entendiera quién era.
Su exnovia.
El silencio que siguió pareció eterno.
Camila observó a Valentina.
Luego volvió a mirar a Alejandro.
Y sonrió.
Pero aquella sonrisa no llegó a sus ojos.
—Qué casualidad encontrarte.
Alejandro permaneció serio.
—Sí.
Camila volvió a dirigir su atención hacia Valentina.
—No vas a presentarme.
Valentina sintió una extraña incomodidad.
Alejandro tardó unos segundos en responder.
—Camila, ella es Valentina.
Camila extendió la mano.
—Mucho gusto.
—Igualmente.
Pero ninguna de las dos creyó realmente aquellas palabras.
Porque desde el primer instante comprendieron algo.
Aquello no era un encuentro casual.
Era el comienzo de un problema.
Uno que amenazaba con traer de regreso heridas que nunca terminaron de sanar.
Y mientras Alejandro observaba a ambas mujeres frente a él, tuvo la sensación de que su pasado acababa de alcanzar su presente.