Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
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Capitulo 16
La noche de bodas se respira entre sábanas de seda blanca y un silencio cargado de frialdad. Alejandro, aún vistiendo los pantalones del traje, observa a Rubí desde el borde de la cama. Ella está de pie frente al gran ventanal, de espaldas, dejando que la brisa nocturna mueva el encaje de su camisón. La tensión romántica en la habitación es un imán asfixiante; hay un deseo ardiente que los empuja a estar juntos, pero la sombra de la sospecha levanta un muro invisible entre los dos.
Alejandro se pone de pie y se acerca con pasos lentos. Rodea la cintura de Rubí con sus brazos, hundiéndose en el aroma de su cuello.
—Estás aquí conmigo… pero siento que te vas a desvanecer, Rubí —susurra Alejandro, besándole el hombro con una desesperación devoradora.
Rubí no se mueve, pero sus ojos se clavan en el reflejo del vidrio. Su mano viaja hacia el rostro de Alejandro, acariciándole la mandíbula con una mezcla de ternura y gélida advertencia.
—Estoy atrapada contigo, Alejandro —responde ella en un hilo de voz—. Te amo, pero cada vez que me abrazas, me pregunto si mañana serás tú quien despierte con el hilo negro en la boca. En esta cama dormimos tres: tú, yo… y la muerte.
Alejandro la gira bruscamente para sellar sus labios en un beso salvaje, cargado de la adrenalina del miedo, un lazo tóxico que amarra sus almas.
***
Henrique guarda el último fajo de billetes en su maletín. El documento que faltaba —el de Alejandro— ya no le importa; planea escapar del país esa misma madrugada con lo que ya ha robado de las cuentas de Elena. El lugar está a oscuras, iluminado solo por los faros de los autos que pasan por la avenida.
Click.
El sonido del seguro de la puerta principal cerrándose por dentro hace que a Henrique se le hiele la sangre al momento.
Al voltear, la silueta de la Mujer del Velo Negro ya bloquea la salida. Desde las sombras del archivo, el cómplice misterioso avanza con un pesado pisapapeles de mármol, golpeando a Henrique en la cabeza. El gerente cae al suelo, aturdido, perdiendo el control de sus extremidades.
Con una parsimonia demoníaca, el hombre lo sujeta contra la alfombra, mientras la mujer del luto saca una enorme daga ceremonial. Henrique intenta suplicar, pero la frialdad de los asesinos no conoce la piedad. La mujer hunde la hoja en su pecho de manera quirúrgica, arrastrándola por la piel.
Usando los dedos marcadas para empaparlos en la misma sangre caliente que brota de la herida, la Mujer del Velo Negro escribe una frase única y perturbadora directamente sobre la piel del pecho desnudo de Henrique:
“EL PRECIO DE UN AMOR SE PAGA EN EFECTIVO.”
La pareja contempla el cadáver con un idilio retorcido, tomándose de las manos sobre el charco de sangre, antes de retirarse hacia los muelles subterráneos sin dejar un solo rastro.
Las paredes acolchadas de la “casa de locos” parecen cerrarse sobre Valeria. El regreso de su trastorno mental psicológico la ataca con una violencia brutal en medio del aislamiento. Está sentada en el suelo, con la camisa de fuerza puesta, balanceándose frenéticamente de un lado a otro mientras golpea la cabeza contra la lona.
—¡Las acciones no son de Henrique! ¡Las acciones son de la novia! —delira Valeria, con los ojos desorbitados y la saliva corriendo por su barbilla—. El hilo negro… el hilo negro está cosiendo los barcos en el puerto. Mamá trajo los lirios para tapar el olor a muerto, pero el sándalo es más fuerte. ¡Saquen al hombre del luto de mi almohada! ¡Samuel, bájalo de la cruz!
Una enfermera la observa desde la mirilla de la puerta de hierro, anotando en una libreta el colapso absoluto de la joven, cuyo trauma psicológico ha alcanzado el punto de no retorno.
***
El Padre Damián revisa los viejos libros de bautizos de la parroquia, con las páginas amarillentas deshaciéndose entre sus dedos. Su mirada se detiene en una partida de nacimiento de hace treinta años. En el margen del documento, hay una nota marginal escrita por el sacerdote anterior que desvela una pista crucial.
—No puede ser… —murmura el Padre Damián, persignándose con manos temblando de miedo—. Ella está viva.
La anotación menciona a una vieja conocida, una vecina del pueblo que estuvo directamente implicada en el escándalo de la naviera original antes de que Arturo Vicentelli tomara el poder. El gran problema es el vacío de la investigación: esa mujer dejó de vivir en el pueblo hace muchísimos años y nadie sabe su paradero actual, convirtiéndola en un fantasma del pasado que podría ser la clave de la identidad de la costurera del velo negro.
La neblina de la tarde cubre las lápidas grises. Rubí camina sola, arrastrando la cola de su vestido negro de luto sobre la tierra húmeda entre lodo. Se detiene frente a la tumba de Julián, su anterior esposo. El mármol de la lápida está agrietado por el abandono.
Rubí se desploma de rodillas frente a la tumba. Sus manos se clavan en la lápida y una dramatización brutal, desgarradora y única —con la pura esencia de las grandes villanas sufrientes como una actriz que demuestra su lado frágil— se apodera de ella. Las lágrimas limpian el maquillaje de sus mejillas mientras su cuerpo tiembla por un dolor indomable.
—¡¿Por qué me dejaste sola en este infierno, Julián?! —grita Rubí, golpeando la piedra con sus puños, con una voz desgarrada que rompe el silencio del camposanto—. ¡Ellos creen que yo te maté! ¡Creen que me quedé con tu maldito dinero! Si supieran que mi único pecado fue amarte… ¡Si supieran el secreto que nos enterramos ese día en el sótano!
Rubí se abraza a la lápida fría, llorando con una desesperación humana y descarnada, mientras la detective Samtina la observa desde la distancia detrás de un ciprés, con los ojos llenos de intriga al ver que el dolor de la viuda no parece una actuación, sino el lamento de una víctima más del tablero de luto.
***