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Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
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CAPÍTULO 14
La luz del sol invernal se reflejaba con fuerza sobre la nieve acumulada en los patios de la fortaleza, creando un destello blanco que iluminaba las estancias de piedra de la Manada Roja. Había pasado una semana desde la noche de la gran ceremonia de coronación, y la vida de Alondra había cambiado de una manera tan profunda que a veces le costaba creer que el pasado en el valle hubiera sido real. La marca en su cuello ya no causaba esa punzada ardiente de los primeros días; ahora se sentía como una parte natural de su propio cuerpo, un tatuaje místico que latía con un pulso suave y constante que la mantenía conectada a Caleb sin importar la distancia física que los separara.
A través del vínculo, Alondra empezaba a descifrar los intrincados matices del Alfa. Podía sentir el momento exacto en que Caleb se despertaba por las mañanas, la pesadez en su mente cuando lidiaba con las disputas territoriales de los clanes ancianos, y esa oleada repentina de calor devorador y posesivo que inundaba el espíritu del guerrero cada vez que pensaba en ella. Era una conexión tan íntima que desdibujaba las fronteras entre sus almas, transformando a la tímida hija del leñador en una mujer segura y plena, consciente de que el coloso que gobernaba las tierras altas vivía entregado por completo a sus deseos.
Esa tarde, Alondra se encontraba en la biblioteca de la fortaleza, un salón amplio y silencioso cuyas paredes estaban cubiertas por estanterías de madera de roble negro repletas de antiguos pergaminos y libros con cubiertas de cuero gastado. Intentaba aprender más sobre la historia de la manada, buscando comprender las raíces de esa raza que la había adoptado como su soberana. De pronto, un aroma denso a ozono, tormenta y madera de pino inundó el aire, interrumpiendo su lectura. Alondra sonrió antes de girarse; el lazo en su pecho ya le había anunciado que Caleb estaba cruzando el umbral.
El Alfa avanzó con pasos silenciosos y felinos, despojándose de su pesada capa de pieles y arrojándola sobre una silla de madera. Llevaba unos pantalones de cuero ajustados y una túnica oscura sin mangas que dejaba al descubierto sus brazos monumentales, cubiertos de tatuajes tribales que se tensaban con cada uno de sus movimientos. Su rostro esculpido y bronceado denotaba el cansancio de haber pasado la mañana patrullando los límites del norte, pero en cuanto sus ojos dorados se fijaron en la figura de Alondra, sus pupilas se dilataron por completo, borrando cualquier rastro de fatiga de sus facciones de guerrero.
—Sabía que te encontraría aquí, mi pequeña luna —dijo Caleb. Su voz era un gruñido espeso, una caricia ronca que hizo que el pulso de Alondra se acelerara al instante mientras él acortaba la distancia entre ambos.
—La historia de tu pueblo es fascinante, Caleb —respondió ella, cerrando el pesado libro de cuero y poniéndose de pie—. Hay tantas verdades que los humanos del valle ocultan por miedo. Aquí he encontrado una paz que jamás creí posible.
Caleb se plantó frente a ella, envolviéndola con la sombra de su imponente anatomía. Sin decir una palabra, extendió sus manos grandes y callosas, tomándola por la cintura con una fuerza posesiva pero cargada de una delicadeza abrumadora, y la levantó sin el menor esfuerzo para sentarla sobre el borde de la sólida mesa de roble de la biblioteca. Alondra soltó un leve jadeo de sorpresa, abriendo los labios, mientras sus manos buscaban instintivamente el apoyo de los hombros anchos y ardientes del Alfa.
—La única verdad que me importa es que estás aquí, y que eres mía —susurró Caleb, inclinando su rostro para enterrar la nariz en la curva de su cuello, aspirando su aroma dulce con una necesidad que rayaba en la locura. Su boca buscó de inmediato la marca del vínculo, depositando un beso ardiente, húmedo y un mordisco suave que hizo que Alondra arqueara la espalda, soltando un gemido que resonó en el silencio de la biblioteca.
El romance entre ellos se había vuelto una fuerza irresistible, un fuego febril que se encendía con el menor contacto. Caleb subió sus manos por los muslos de la joven, apartando la tela suave de su vestido verde musgo, acariciando la piel expuesta con una posesividad que hacía que Alondra temblara desde la cabeza hasta los pies. La cercanía de ese cuerpo musculoso y rebosante de energía vital la dominaba por completo, arrastrándola hacia un abismo de sensaciones apasionadas.
—Caleb... alguien podría entrar —logró articular ella entre jadeos, aunque sus dedos se enredaban firmemente en la cabellera castaña del Alfa, atrayéndolo aún más hacia su cuerpo.
—Nadie se atreverá a interrumpir al Alfa cuando está reclamando a su reina —gruñió él contra sus labios, antes de estampar su boca contra la de ella en un beso hambriento, demandante y profundamente apasionado.
Fue un beso que selló el espacio y el tiempo. La lengua de Caleb reclamó el interior de su boca con una urgencia salvaje, mientras sus caderas se presionaban contra las de la joven en un vaivén lento que encendió un torbellino de calor en el vientre de Alondra. La entrega de la joven era absoluta; el lazo místico de los mates respondía al estímulo físico, inundando la mente de ambos de una euforia compartida que hacía que sus corazones golpearan contra sus costillas con la misma violencia. Caleb continuó adorando su cuerpo sobre la mesa, recorriendo con sus manos ardientes cada curva de su silueta, recordándole con cada caricia que ya no pertenecía al mundo de los mortales, sino que era la dueña indiscutible de su vida entera.
Mientras la pasión consumía el interior de la fortaleza en un idilio perfecto, en los límites inferiores de la montaña, donde el espeso bosque comenzaba a descender hacia el valle de Oakhaven, la realidad se volvía oscura y peligrosa. La niebla de la tarde flotaba entre los pinos congelados, ocultando las siluetas de cinco hombres que se movían con una cautela extrema.
Eran los cazadores contratados por el alcalde, liderados por el mercenario de la cicatriz en el ojo. Llevaban pesadas ballestas colgadas a la espalda y guantes de cuero grueso para manipular los artefactos que estaban instalando en el sendero de caza que los lobos utilizaban habitualmente durante el invierno. Con movimientos coordinados, los hombres cavaban pequeñas zanjas en la nieve para ocultar pesadas trampas de oso fabricadas con hierro reforzado y recubiertas con láminas de plata pura, un metal que para los cambiapieles funcionaba como un veneno corrosivo que anulaba su capacidad de curación y debilitaba sus músculos al menor contacto.
—Asegúrense de cubrir bien el rastro con hojas secas y nieve —ordenó el líder de los cazadores en un susurro rasposo, revisando el filo de una flecha cuyas puntas habían sido sumergidas en un extracto pastoso y oscuro de acónito—. Los lobos tienen un olfato sobrenatural, pero el olor de la resina de pino de estos árboles jugará a nuestro favor. Si el Alfa o sus patrullas caen en esto, no tendrán oportunidad de reaccionar.
—¿Estás seguro de que la muchacha bajará hasta aquí? —preguntó uno de los cazadores, un hombre joven que miraba nerviosamente hacia las cumbres de la montaña—. Dicen que el Alfa la mantiene encerrada bajo siete llaves en su fortaleza.
El líder soltó una risa seca, una mueca grotesca que acentuó la cicatriz de su rostro.
—Las mujeres humanas se cansan rápido del encierro, por más lujos que tengan. Tarde o temprano, sentirá nostalgia por el bosque o querrá recolectar las hierbas que usaba en el valle. Y si ella no baja por su cuenta, provocaremos una situación que obligue al Alfa a traerla hacia el perímetro. El alcalde ya está preparando a sus hombres en el pueblo; crearán un disturbio en la frontera sur, un simulacro de ataque que atraerá la atención de los guerreros principales de la manada, dejando los senderos laterales desprotegidos. Es cuestión de tiempo para que la Manada Roja descubra lo que ocurre cuando desafías a los hombres del valle.
Los cazadores terminaron de asegurar la última trampa, borrando sus propias huellas con ramas de abeto antes de retroceder hacia las sombras de la espesura, transformándose en fantasmas invisibles que acechaban la paz que Caleb y Alondra habían construido con tanto esfuerzo.
De vuelta en la biblioteca de la fortaleza, la intensidad del encuentro romántico había dado paso a una complicidad silenciosa y dulce. Alondra descansaba la cabeza sobre el hombro de Caleb, mientras el Alfa la mantenía abrazada contra su ancho pecho, trazando círculos perezosos sobre la piel de su brazo con sus dedos callosos. Su respiración se había normalizado, pero el calor febril de su anatomía seguía siendo un escudo reconfortante contra el invierno.
Sin embargo, a través del eco del vínculo, Alondra sintió una sutil y repentina punzada de inquietud, un frío helado que no provenía de la ventisca del exterior, sino de un presentimiento oscuro que hizo que se tensara levemente entre los brazos de su compañero.
Caleb lo notó de inmediato. Sus ojos dorados se entrecerraron y acarició la marca en su cuello con extrema ternura, intentando disipar la neblina en el espíritu de su compañera.
—¿Qué ocurre, mi pequeña luna? —preguntó con esa voz ronca que siempre la calmaba—. Puedo sentir que algo te inquieta.
—No lo sé, Caleb... —susurró Alondra, mirando hacia el ventanal que mostraba los densos bosques de la montaña—. Es solo que, a veces, la calma es tan perfecta que temo que el valle intente arrebatármela. Conozco al alcalde; no es un hombre que olvide una humillación.
Caleb apretó el agarre a su alrededor, y una expresión de fijeza salvaje y protectora endureció sus facciones de líder.
—Que lo intenten —declaró el Alfa, y su voz resonó con el peso de una ley inquebrantable—. Que vengan con sus flechas y sus antorchas si quieren conocer la verdadera furia de la Manada Roja. Estás marcada por mi lobo, Alondra. Eres la reina de estas tierras, y romperé los huesos de cualquiera que ose respirar el mismo aire que tú sin mi consentimiento. Duerme tranquila, mi luna. Mi vida entera cuida de ti.
Alondra asintió, permitiendo que la aplastante seguridad de su Alfa borrara los temores de su mente, entregándose de nuevo al calor de sus brazos, sin saber que en las faldas de la montaña, las trampas de plata ya estaban listas para derramar la sangre de los señores del bosque.