Bajo una identidad falsa, Dante se infiltra en la mansión de su mayor enemigo como el nuevo y frío guardaespaldas de su hija, Dana Smith. Dana, una hermosa mujer de veintisiete años, no sabe nada del oscuro pasado de su padre ni del monstruo que financia sus lujos. Ella solo sabe que su nuevo protector es un hombre misterioso, imponente y peligrosamente atractivo que parece odiarla sin razón.
El plan de Dante es perfecto: ganarse su confianza, descubrir los secretos del negocio y destruir a los Smith desde adentro. Pero un Alfa no puede luchar contra el destino, y cuando el instinto salvaje le revele que la hija de su enemigo es, en realidad, su Luna destinada, Dante tendrá que elegir entre la sangrienta venganza o el lazo prohibido que amenaza con consumirlo.
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Capítulo 13
En la mesa del fondo, las risas y el tintineo de las copas de vino blanco dictaban el ritmo de la noche, pero la atención de las chicas no tardó en desviarse hacia el imponente hombre que permanecía estático cerca de la barra, vigilando el lugar como un halcón.
—Oye, Dana... ¿pero quién es ese bombón? —preguntó una de las amigas de Dana, inclinándose hacia adelante en la mesa y mirando descaradamente hacia la barra con una sonrisa pícara.
Dana imitó el gesto de su amiga, desviando la vista de reojo por una fracción de segundo. Ahí estaba Alex, con su traje oscuro impecable, la mandíbula tensa y esos ojos grises que parecían escanear los pensamientos de cualquiera que se le acercara. Al sentir la mirada de ella, Mendoza ni siquiera parpadeó, manteniendo su postura de piedra.
—Es mi nuevo guardaespaldas... es un Alfa y es sumamente extraño, la verdad —dijo Dana, regresando la atención a su copa, tratando de ocultar el sutil rubor que amenazaba con aparecer en sus mejillas.
—Pues es muy guapo —comentó otra de sus amigas entre risas, abanicándose dramáticamente con la mano—. Si mi padre me pusiera una sombra así, te juro que no volvería a quejarme de la falta de privacidad.
Las bromas continuaron un momento hasta que una de las chicas cambió radicalmente el rumbo de la conversación, adoptando un tono más cotilla y directo.
—Y bien... háblanos de tu compromiso con Ricardo —preguntó una de las chicas, apoyando los codos en la mesa con evidente curiosidad.
La sonrisa de Dana se borró de inmediato, reemplazada por una mueca de fastidio absoluto. Se reclinó en su asiento, cruzándose de brazos mientras soltaba un suspiro cargado de frustración.
—No, no existe ningún compromiso, Johana —respondió ella con firmeza, elevando un poco la voz por el enojo—. Mi padre está loco por que me case con ese desagradable, y la verdad... no va a pasar. Prefiero que me amarren a una avioneta y me hagan tirarme sin paracaídas antes que darle el "sí" a ese tipo.
—Ay, vamos, Dana, no exageres —intervino otra de sus amigas, encogiéndose de hombros—. Ricardo es guapo y es un Alfa de mucho dinero. Tu padre solo está buscando lo mejor para el estatus de la corporación. Unir dos imperios de esa magnitud los haría intocables.
—Pero apesta —sentenció Dana con una mueca de pura repulsión, sin molestarse en ocultar el asco que le provocaba el solo recordar al pretendiente que su padre intentaba imponerle—. Siempre huele a tabaco barato y a whisky de mala calidad. Me da una repulsión increíble. No me importa el dinero ni el estatus, realmente; no voy a casarme con ese tipo —concluyó, visiblemente incómoda, dando un trago largo a su copa para quitarse el mal sabor de boca.
Desde la barra, a varios metros de distancia, el oído lobuno de Alex Mendoza procesaba cada una de las palabras de la conversación con una nitidez asombrosa. El barítono de su lobo interior soltó un gruñido sordo, una vibración de posesividad salvaje que reverberó en su propio pecho al escuchar el nombre de "Ricardo" vinculado al de su Luna destinada.
Una sonrisa gélida y peligrosa se dibujó en los labios del Alfa de la mafia. Así que Arthur Smith estaba intentando vender a su preciada hija para asegurar una alianza financiera. Alex apretó el vaso de agua mineral que sostenía, sintiendo una satisfacción oscura. No solo iba a arrebatarle la corporación al asesino de su padre; también iba a encargarse de que ese tal Ricardo no se acercara a Dana jamás. El lazo místico ya había decidido el destino de la joven, y el verdugo de la mafia no pensaba compartir su reclamo con nadie.