Hay amores que duelen más que cualquier golpe. Leo lo sabe bien: ama a una madre que lo abandonó, que lo eligió última vez, que lo cambió por un monstruo. Sobre el escenario aprende a llorar y reír bajo comando, pero fuera de él sigue siendo ese niño que espera en la puerta a que ella regrese. Cuando finalmente vuelve, Leo está dispuesto a perdonarlo todo. Pero el pasado no miente, y las heridas mal cerradas siempre sangran de nuevo. Esta es la historia de un hijo que aprendió a soltar, aunque le arrancaran el alma en el intento.
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Capítulo 22: La grieta se abre
Los días pasaron y la tensión en la mansión comenzó a notarse. Valeria se esforzaba por demostrar que había cambiado, pero su pasado la perseguía como una sombra. Las llamadas anónimas al teléfono fijo, las cartas sin remitente que aparecían en el buzón, los ruidos extraños en la noche. Todo indicaba que Fabián no se había ido. Solo estaba esperando el momento adecuado.
—Tenemos que hacer algo —dijo Leo, en una reunión de emergencia con Héctor y los guardias de seguridad—. No podemos quedarnos sentados esperando a que ataque.
—La policía está haciendo todo lo posible —respondió el jefe de seguridad, un hombre robusto llamado Vargas—. Pero Fabián conoce la ciudad como la palma de su mano. Tiene contactos en el bajo mundo. Es difícil encontrarlo.
—Entonces hay que tenderle una trampa —propuso Leo—. Usarme a mí como cebo.
—Eso es demasiado peligroso —intervino Héctor—. No voy a permitir que te pongas en riesgo.
—No hay otra opción. Si no lo atrapamos ahora, va a seguir acechándonos. Y eventualmente, va a lastimar a alguien. A mí, a los niños, a mamá. No puedo vivir con ese miedo.
Valeria, que había estado en silencio durante toda la reunión, levantó la mano.
—Yo puedo ayudar —dijo—. Lo conozco mejor que nadie. Sé cómo piensa, cómo actúa. Puedo decirles dónde suele esconderse.
Todos la miraron con incredulidad.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —preguntó Leo.
—No —respondió ella—. Pero es lo correcto. Por primera vez en mi vida, quiero hacer lo correcto.
El plan se urdió en las siguientes horas. Valeria contactaría a Fabián a través de un intermediario y le diría que quería verlo para "arreglar las cosas". La reunión sería en un almacén abandonado en las afueras de la ciudad, donde la policía estaría esperando para detenerlo.
—Si algo sale mal —dijo Héctor, mirando a Leo—, tienes que prometerme que no vas a intervenir. Deja que la policía haga su trabajo.
—Lo prometo —respondió Leo, aunque ambos sabían que era una promesa vacía.
La noche del operativo, Leo no pudo quedarse en casa. Se escondió en un coche estacionado a dos calles del almacén, con un teléfono en la mano y el corazón latiendo con fuerza. Desde allí, podía ver la entrada del edificio, iluminada por una tenue luz de la calle.
Valeria llegó puntual. Vestía un abrigo negro y caminaba con pasos lentos, como si estuviera midiendo cada movimiento. Fabián apareció minutos después, con su sonrisa de depredador y las manos en los bolsillos.
—Sabía que volverías —dijo, abrazándola—. Siempre vuelves.
—Esta vez es diferente —respondió ella, con una voz que Leo apenas podía escuchar—. Quiero terminar con esto.
—¿Terminar? ¿Y qué vas a hacer? ¿Irte con tu hijo actriz? No sabes nada de él, Valeria. Nunca lo supiste.
—Pero puedo aprender. Y tú no vas a impedírmelo.
Fabián rió, una risa fría y metálica.
—Eres patética. Siempre lo fuiste. Pero bueno, si quieres terminar, terminemos.
En ese momento, la policía salió de sus escondites. Los gritos, los disparos de advertencia, el ruido de los pasos. Leo vio cómo Fabián tomaba a Valeria por el cuello y la usaba como escudo.
—¡No se acerquen o la mato! —gritó.
Leo sintió que el pánico se apoderaba de él. Saltó del coche y corrió hacia el almacén, ignorando los gritos de Héctor que le pedía que se detuviera.
—¡Suelta a mi madre! —gritó, enfrentándose a Fabián—. ¡Esto es entre tú y yo!
—Leo, no —dijo Valeria, con la voz entrecortada—. Vete.
—No voy a dejar que te lastime.
Fabián sonrió, una sonrisa cruel.
—Qué bonito. El hijo héroe. Pero no sabes nada, Leo. No sabes que tu madre me pidió que te echara de casa. No fue idea mía. Fue de ella.
—¿Qué? —dijo Leo, sintiendo que el mundo se tambaleaba.
—Así es. Ella me lo pidió. Dijo que eras un estorbo. Que no quería tener que cuidarte. Que prefería estar conmigo antes que contigo.
Leo miró a su madre. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no negaba.
—¿Es verdad? —preguntó, con una voz que apenas era un susurro.
—Leo, yo…
—¡Dime la verdad! —gritó, con toda la rabia acumulada durante años.
—Sí —dijo ella, y su voz era apenas un hilo—. Fue mi idea. Yo le pedí que te echara.
El mundo se derrumbó.
Leo dio un paso atrás, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Todo lo que había creído, todo lo que había esperado, todo lo que había perdonado, se desmoronó en un instante.
—¿Por qué? —preguntó, y su voz era un grito roto—. ¿Por qué, mamá?
—Porque no sabía cómo quererte —respondió ella, llorando—. Y tenía miedo. Miedo de fallarte. Miedo de que crecieras y me odiaras. Y preferí que te fueras antes de enfrentar ese miedo.
Leo la miró como si la viera por primera vez. Y en sus ojos no había amor, ni perdón, ni compasión. Solo un vacío inmenso.
En ese momento, Fabián soltó a Valeria y corrió hacia la salida. La policía lo persiguió, disparando. Leo no los vio. Solo vio a su madre, arrodillada en el suelo, pidiendo perdón.
Pero él ya no tenía palabras para ella.
—Adiós, mamá —dijo, y dio media vuelta.
Caminó hacia la salida, sin mirar atrás. Las lágrimas caían por su rostro, pero no las limpió. Porque esta vez, no eran lágrimas de dolor. Eran lágrimas de despedida.
Y supo que, aunque el amor no se apaga de un día para otro, había llegado el momento de dejar de esperar.