Un joven sufre un accidente automovilístico después de una noche Que se borracha porque pierde la mujer que amaba y queda en coma durante dos años. En el hospital, una doctora se encarga de su cuidado diario y nunca pierde la esperanza de que despierte.
Con el tiempo, su dedicación crea un vínculo especial entre ambos, más allá de lo médico. Cuando el chico finalmente despierta, comienza una nueva etapa de recuperación donde poco a poco ambos descubren que lo que los une se convierte en amor.
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Capítulo 20: No me dejes
Meses después…
cumplimos cinco meses de novios.
Cinco meses que sinceramente se sintieron como toda una vida.
Porque amar a Valeria era eso…
sentir demasiado en muy poco tiempo.
Después de lo que pasó en el hospital todo cambió.
Ella estaba mucho más débil.
Ya casi no salía.
Pasaba días enteros acostada.
Y aun así…
seguía intentando sonreírme.
Eso era lo que más me rompía.
Que incluso enferma pensaba primero en hacerme sentir bien a mí.
Ese día decidí invitarla a salir.
Quería darle un día bonito.
Un recuerdo feliz.
Aunque sinceramente ella no quería salir.
Cuando llegué a la casa estaba sentada en la cama con una cobija encima.
Se veía cansada.
Demasiado delgada.
Pero igual seguía siendo la niña más hermosa que yo había visto.
—“¿Lista?” —pregunté intentando sonreír.
Ella hizo una carita pequeña.
—“Amor… no quiero salir hoy.”
Yo me senté al lado de ella.
—“Vamos un ratito.”
Ella negó suave.
—“Estoy cansada.”
Le agarré la mano despacio.
—“Por favor.”
Ella me miró.
Y yo sabía que esa mirada significaba que me iba a terminar diciendo que sí.
—“Edwin…”
—“Solo un rato. Te prometo que si te sientes mal nos devolvemos.”
Ella suspiró rendida.
—“Usted siempre termina convenciéndome.”
Yo sonreí suave.
—“Porque te conozco.”
Después de ayudarla a arreglarse salimos.
Y manejé durante horas.
No me importó manejar lejos.
No me importó el cansancio.
Nada.
Con tal de estar con ella haría cualquier cosa.
Cuando llegamos a la playa ya estaba atardeciendo.
El sonido del mar se escuchaba suave y el viento movía el cabello negro de Valeria mientras miraba el agua.
Y verla sonreír ahí…
hizo que todo valiera la pena.
—“Está bonito…” —dijo bajito.
Yo la miré sonriendo.
—“Tú estás más bonita.”
Ella soltó una pequeña risa.
—“Coqueto.”
La ayudé a caminar despacio por la arena.
Y durante un rato intenté hacerla reír.
Jugamos un poquito con el agua.
La molestaba.
Ella me empujaba suave.
Y por un momento…
parecía que la enfermedad no existía.
Parecía que todo estaba bien otra vez.
Hasta que después de un rato ella se quedó más callada.
La miré preocupado.
—“¿Te sientes bien?”
Ella asintió despacio.
Pero se veía cansada.
Muy cansada.
Luego me miró.
Y dijo algo que me confundió.
—“Amor… estoy cansada.”
Yo sentí un nudo horrible en el pecho.
Pero intenté mantener la calma.
Entonces le dije suave:
—“Entonces sentémonos.”
Ella asintió.
La ayudé a sentarse en la arena mientras el sol terminaba de esconderse.
Después ella se acomodó entre mis piernas.
Y yo la abracé por detrás.
Ella recostó la cabeza sobre mi pecho mientras yo le rodeaba la cintura con los brazos.
El mar sonaba suave frente a nosotros.
Y sinceramente…
ese momento se sentía demasiado triste aunque estuviera bonito.
Ella jugaba despacito con mis dedos.
Y luego comenzó a hablar.
—“¿Sabes algo?”
—“¿Qué, princesa?”
Ella respiró profundo.
—“Gracias.”
Yo fruncí el ceño.
—“¿Gracias por qué?”
—“Por todo.”
Sentí el corazón pesado.
—“No tienes que agradecerme nada.”
Ella sonrió leve.
—“Sí tengo.”
Silencio.
Luego habló otra vez.
—“Tú me hiciste muy feliz.”
Yo cerré los ojos un segundo.
Porque había algo en la forma en que estaba hablando que no me gustaba.
Sonaba como despedida.
—“Y tú a mí.”
Ella levantó un poquito la mirada hacia el mar.
—“Te amo demasiado.”
Yo la abracé más fuerte.
—“Y yo a ti.”
Ella sonrió suave.
Pero sus ojos ya estaban llenándose de lágrimas.
—“Prométeme algo.”
Sentí miedo inmediato.
—“¿Qué cosa?”
Ella tragó saliva.
—“Que vas a ser feliz.”
Yo negué de una.
—“No me hables así.”
Ella respiró temblando.
—“Edwin…”
—“No.”
La abracé más fuerte.
—“No me gusta cuando hablas como si te fueras a ir.”
Ella comenzó a llorar bajito.
Y eso me estaba destruyendo.
—“Solo promételo…”
Yo sentía el pecho apretado horrible.
—“No digas eso, princesa.”
Ella cerró los ojos.
—“Te amo mucho…”
Yo le besé la cabeza nervioso.
—“Y yo a ti, mi amor. Muchísimo.”
Silencio.
El sonido del mar.
El viento.
Y ella entre mis brazos.
Pero de repente…
sentí su cuerpo más pesado.
Demasiado quieto.
—“¿Vale?”
No respondió.
Mi corazón se aceleró horrible.
—“Princesa…”
La moví suave.
Nada.
—“Valeria.”
Ahí el miedo me explotó completo.
La acomodé rápido entre mis brazos.
—“Ey… mírame…”
Nada.
Toqué su pulso desesperado.
Y sentí el cuerpo helarse completo.
No tenía pulso.
—“No…”
Volví a buscarlo.
Nada.
—“NO…”
Las manos comenzaron a temblarme horrible.
—“Princesa… no…”
La abracé desesperado.
—“No me hagas esto…”
Las lágrimas comenzaron a caerme sin control.
—“No me dejes…”
Le acariciaba la cara temblando.
—“Despierta por favor…”
Nada.
—“¡VALERIA!”
El mar seguía sonando alrededor.
La gente a lo lejos.
El viento.
Y yo ahí…
rompiéndome completamente mientras abrazaba al amor de mi vida en la arena.