Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.
Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.
Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.
Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.
Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.
La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.
Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.
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Capítulo 20
Capítulo 20
La UBA tenía cada año pocos cupos de intercambio con universidades de Estados Unidos. Repartidos por facultad y carrera, quedaban todavía menos.
Para cualquiera que quisiera hacer un posgrado afuera, ese cupo era oro: viajar, conocer profesores, dejar una buena impresión y volver con una recomendación que podía bajar a la mitad la dificultad de una aplicación.
En Administración sólo había un lugar.
La competencia miraba notas, desempeño y, en teoría, conducta. Pero todos sabían que las notas pesaban más que cualquier discurso sobre valores.
Abril Peralta quería ese cupo.
Lo necesitaba.
Su plan era hacer una maestría en Estados Unidos, volver con chapa internacional y mirar desde arriba a todos los que se quedaran peleando por una entrada local. Se veía con ropa de marca, cartera cara y un futuro donde nadie volviera a decirle segunda.
Porque eso era lo que más le ardía.
Desde que Sol Linares publicó aquel paper en inglés y le sacó la beca, Abril había quedado segunda.
Segunda en notas.
Segunda en brillo.
Segunda en todo.
Esta semana de parciales era clave.
Pensó en los papelitos que llevaba preparados y miró el perfil de Sol con una sonrisa pequeña.
El parcial no era difícil.
Para Sol, al menos.
Terminó en cuarenta minutos, repasó una vez y entregó. Abril levantó la vista justo cuando Sol salía del aula.
Se quedó helada.
Había preparado machetes para incriminarla, pero Sol se había ido demasiado rápido.
Esa materia no servía.
Quedaba el último parcial del viernes. Ahí sí iban a compartir aula otra vez.
Abril bajó la cabeza y siguió escribiendo, con una sonrisa chica.
Sol, mientras tanto, salió al campus vacío. Todos estaban rindiendo. Los árboles se movían con poco viento y casi no había nadie en los senderos.
Encendió el celular.
Rodrigo: Señorita Linares, cuando termine, acérquese a la entrada. Estoy esperando.
Sol miró el botiquín que todavía llevaba en la mano.
¿Qué quería ahora?
Caminó hasta la puerta principal.
Una ambulancia estaba estacionada junto al cordón.
Rodrigo, rígido al lado de la puerta trasera, la vio y le hizo una seña.
A Sol se le vació el pecho.
Bruno.
¿Lo habían matado?
¿Lo habían atacado mientras ella rendía?
La caja del botiquín se le cayó de la mano.
Rodrigo frunció el ceño y fue a recogerla.
—Señorita Linares, el señor Bruno está adentro.
Sol tragó saliva.
—¿Está...?
No pudo terminar.
—Venga.
Ella se obligó a caminar.
—No tengas miedo. Hiciste lo que pudiste.
Subió un pie al escalón de la ambulancia y miró hacia adentro.
Bruno Alcázar la estaba mirando.
Despierto.
Tenía la piel pálida, el pelo un poco largo cayéndole sobre la frente, las cejas oscuras y una mirada profunda que parecía tocar todo lo que veía. Estaba más delgado de lo que debía, pero aun así llenaba el espacio con una autoridad fría.
Tosió apenas.
—Entrá.
La voz era baja, ronca, como si llevara meses sin usarse.
Sol se quedó con un pie arriba y otro abajo.
—Usted...
Bruno estiró el brazo, le cubrió la boca con la mano y la tiró suavemente hacia adentro.
Rodrigo cerró la puerta.
—Al sanatorio.
Sol cayó sentada junto a Bruno, con la espalda recta y los ojos enormes.
Él estaba despierto.
Más aterrador que verlo muerto era verlo vivo, mirándola.
¿Eso significaba que su deuda estaba paga? ¿Que ella lo había ayudado a despertar? ¿Que podía irse?
Bruno apartó la mano y miró por la ventana.
Por fin podía verla.
La piel clara con color en las mejillas, la boca entreabierta por el susto, los ojos limpios, demasiado expresivos. Las manos pequeñas. La rodilla vendada bajo el pantalón deportivo.
Su esposa.
La palabra le cayó encima con una satisfacción peligrosa.
En el sanatorio, Rodrigo llevó a Bruno a un piso privado. Había reservado todo el sector por seguridad.
Bruno quedó semiacostado en una cama amplia, con un teléfono en la mano. Sol se sentó en un sofá pegado a la pared, lo más lejos posible.
Entre ambos había una distancia ridícula.
El aire parecía congelado.
Sol juntó valor.
—Señor Alcázar... ¿cuándo despertó?
Bruno bajó la vista al celular.
Pregunta difícil.
Si decía la verdad, ella sabría que había escuchado demasiado. Que la había dejado cuidarlo cuando ya podía moverse un poco. Que le ocultó cosas.
Si mentía, empezaba mal.
No dijo nada.
Sol entendió otra cosa: no quería hablar con ella.
La puerta se abrió y entraron una médica y una enfermera.
—Rodrigo nos dijo que tiene lastimada la rodilla —dijo la médica.
Sol se miró la pierna.
—No es nada.
—Igual vamos a verla.
Tuvo que arremangarse el pantalón. La rodilla estaba morada, hinchada, con raspaduras feas. Bruno miró de costado. El pecho se le apretó.
Esa chica se había lastimado trepando por su casa.
Por él.
La médica revisó.
—No parece grave. Golpe y lesión superficial. Nada de correr, nada de agua directa, cambio de cura mañana.
La enfermera empapó un algodón con antiséptico.
—Va a arder.
Sol mordió el labio.
El algodón tocó la herida.
—Ah...
Bruno levantó la cabeza.
—Más suave.
La voz salió fría, con filo.
La enfermera casi dejó caer la pinza.
—Sí, señor.
Sol se quedó quieta, sorprendida.
Bruno volvió a mirar el celular como si no hubiera dicho nada.
La enfermera terminó la venda con manos más delicadas de lo necesario.
—Mañana hay que cambiar la cura.
—Gracias —dijo Sol, todavía pálida por el ardor.
La enfermera salió casi huyendo.
me estoy aburriendo 😡