Segunda temporada de VEINTICUATRO (BL)
Han pasado Dos años.
Dylan Lara ya no es el novato impulsivo que corría en pistas ilegales. Ahora es uno de los corredores más temidos del circuito internacional. Fama, contratos millonarios y un lugar asegurado entre los mejores. A su lado sigue Nathaniel Liu, el hombre que lo secuestro, lo protege… y lo ama con una intensidad que roza lo posesivo.
Pero el éxito siempre atrae algo más que admiradores.
Un nuevo corredor irrumpe en sus vidas. Nadie sabe de dónde salió. Nadie conoce su pasado. Solo hay un detalle inquietante: parece saber demasiado.
Mientras la competencia se vuelve más violenta, los sabotajes más precisos y viejos secretos familiares comienzan a salir a la luz, Dylan descubre que el peligro no está solo en la pista. Alguien lo observa. Lo estudia. Lo desea.
Quiere poseerlo.
Cuando el amor se mezcla con obsesión, celos y poder… ¿quién cruzará primero la línea roja?
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Capítulo 11 : Victoria para el 24!!
La carrera había entrado en su fase más intensa. Los monoplazas surcaban el asfalto a velocidades que desafiaban la lógica, y el rugido de los motores era una sinfonía ensordecedora que envolvía todo el circuito. En las pantallas gigantes distribuidas a lo largo del trazado, las imágenes en vivo mostraban cada ángulo de la competencia: los adelantamientos, las curvas cerradas, las rectas donde los coches parecían volar más que rodar.
El público estaba enloquecido. Las gradas eran un mar de banderas, gritos y manos agitándose al aire. Los nombres de los pilotos se coreaban como mantras, y la adrenalina era tan palpable que se podía respirar en el ambiente.
Dylan mantenía el liderato, pero la presión era constante. Alessandro Rossi estaba pegado a su rueda trasera, como una sombra que no se despegaba ni un centímetro. Cada vez que Dylan intentaba abrir una brecha, el italiano respondía con una precisión que parecía casi sobrenatural. Era como si Alessandro pudiera leer sus movimientos antes de que los hiciera, anticipándose a cada maniobra con una calma que resultaba inquietante.
—¡Increíble! —gritó el presentador, su voz elevándose por encima del rugido de los motores—. ¡Rossi no le da tregua a Lara! ¡Parece que el italiano conoce cada movimiento del español! ¡Esto es una batalla de titanes!
En la curva siete, una de las más técnicas del circuito, Dylan intentó una maniobra arriesgada. Frenó en el último instante, buscando el interior para cerrar el paso a Rossi y forzarlo a salirse de la línea ideal. Era una jugada que le había funcionado en el pasado, una que requería nervios de acero y una confianza absoluta en los frenos del coche.
Pero Alessandro no mordió el anzuelo.
El italiano mantuvo su posición, ajustando su trayectoria con una suavidad que parecía imposible a esa velocidad. No se desvió, no perdió tiempo. Simplemente se mantuvo ahí, firme, esperando su momento.
—¡No puede ser! —exclamó Marcos por la radio del equipo, su voz cargada de incredulidad—. Dylan, ese tipo está leyendo tus movimientos. No sé cómo, pero lo está haciendo.
Dylan apretó los dientes, sintiendo la frustración burbujear en su pecho. No era la primera vez que se enfrentaba a un rival difícil, pero había algo en la forma de conducir de Rossi que lo desconcertaba. Era demasiado perfecto. Demasiado calculado. Como si ya hubiera estudiado cada una de sus carreras, cada una de sus estrategias.
—Mantén la calma —respondió Dylan por la radio, su voz firme a pesar de la tensión—. Solo necesito encontrar su punto débil.
—No sé si tiene uno —murmuró Sebastian al fondo, casi para sí mismo.
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En las gradas, la tensión era insoportable.
Valeria se mordía las uñas, un hábito que había abandonado hacía años pero que la carrera había resucitado con fuerza. Sus ojos no se despegaban de la pantalla gigante, donde los coches número 24 y 7 se mostraban en un duelo de alta velocidad.
—No puedo mirar —dijo Lucas, aunque no apartaba la vista ni un segundo—. Pero no puedo no mirar. ¿Esto es normal?
—No —respondió Nathan, con la voz más tensa de lo que cualquiera de ellos había escuchado antes—. Esto no es normal.
Nathan tenía las manos apoyadas en sus rodillas, los nudillos ligeramente blancos por la presión. Su mirada estaba fija en la pantalla, siguiendo cada movimiento de Dylan con una intensidad que rayaba en lo obsesivo. No era solo el deseo de que ganara; era la necesidad de que estuviera a salvo. Cada curva cerrada, cada adelantamiento arriesgado, era un latido que se saltaba en su pecho.
—Ese italiano es muy bueno —dijo Valeria, con un tono que mezclaba admiración y preocupación—. ¿De dónde salió?
—No lo sé —respondió Nathan, y por primera vez, había un dejo de incertidumbre en su voz—. Pero voy a averiguarlo.
Lucas, por su parte, estaba completamente absorto. Tenía las manos apretadas contra el pecho, los ojos tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus órbitas. Cada vez que los coches se acercaban a una curva, contenía la respiración. Cada vez que Dylan lograba mantener su posición, exhalaba con un suspiro de alivio.
—Es como si... supiera lo que va a hacer antes de que lo haga —murmuró Lucas, casi para sí mismo—. ¿Cómo es posible?
—Eso es lo que me pregunto yo —respondió Nathan, su mirada endureciéndose—. Es extraño.
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En la pista, Dylan estaba llegando a su límite. No físico, sino mental. La concentración que requería mantener su posición contra un rival tan implacable era agotadora. Cada curva era una batalla, cada recta una oportunidad que se escapaba. Alessandro no cometía errores. No daba tregua. Era como una máquina perfectamente calibrada, diseñada para desgastar a su oponente.
—Dylan, escúchame —la voz de Sebastian sonó por la radio, más calmada de lo que Dylan esperaba—. Está presionando, pero también está desgastando sus neumáticos. Si logras mantenerte cerca hasta las últimas vueltas, tendrás una oportunidad. No te desesperes.
—No me estoy desesperando —respondió Dylan, aunque su voz delataba lo contrario—. Solo necesito que cometa un error.
—No va a cometerlo —dijo Sebastian, con una honestidad que dolía—. Así que tendrás que crearlo tú.
Dylan entendió el mensaje. No podía esperar a que Rossi fallara. Tenía que forzarlo a fallar. Pero, ¿cómo se hace eso contra alguien que parece saber exactamente lo que vas a hacer?
La respuesta llegó en la vuelta dieciocho.
Dylan cambió su estrategia. En lugar de buscar el interior en las curvas, comenzó a presionar desde el exterior, forzando a Rossi a cubrir ambos lados. Era un juego de desgaste, una apuesta a que el italiano no podría mantener ese nivel de precisión indefinidamente.
Y por un momento, funcionó.
En la curva doce, Rossi se abrió ligeramente, apenas unos centímetros. Pero para Dylan, eso fue suficiente. Apretó el acelerador y se lanzó hacia el hueco, su coche deslizándose con una precisión que solo la experiencia podía dar.
—¡Dylan Lara lo logra! —gritó el presentador, su voz elevándose al unísono con el rugido del público—. ¡Lara adelanta a Rossi en la curva doce! ¡Esto no ha terminado!
En las gradas, Valeria soltó un grito de alegría que se mezcló con los aplausos de la multitud. Lucas saltó de su asiento, agitando los brazos como si hubiera ganado él mismo.
—¡Eso es, Dylan! ¡Así se hace! —gritó, con la voz ronca por la emoción.
Nathan, por su parte, no se movió. Pero sus labios se curvaron en una sonrisa apenas perceptible, y sus dedos se relajaron ligeramente sobre sus rodillas.
—Bien, gatito —murmuró, tan bajo que nadie pudo oírlo—. Bien.
Pero la carrera aún no había terminado.
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La carrera había llegado a su momento culminante. Los altavoces retumbaban con la voz del presentador, que apenas podía contener su emoción mientras narraba los segundos finales de la competencia.
—¡Última vuelta, señoras y señores! —gritó, su voz elevándose por encima del rugido de los motores—. ¡Dylan Lara mantiene el liderato, pero Alessandro Rossi está ahí, a solo medio segundo! ¡Esto es el momento de la verdad!
El público estaba de pie. Las gradas eran un mar de cuerpos en movimiento, banderas agitándose, manos alzadas, gritos que se mezclaban en un solo clamor. La adrenalina era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Todos sabían que estaban presenciando algo especial, una de esas carreras que quedarían grabadas en la memoria de los aficionados.
En la pista, los monoplazas volaban sobre el asfalto. Dylan sentía cada vibración del coche, cada irregularidad del terreno, cada latido de su propio corazón. Su respiración era rítmica y controlada, pero su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa, calculando distancias, ángulos y posibilidades.
—Última vuelta, Dylan —la voz de Sebastian sonó por el auricular, firme pero con un dejo de tensión que no podía ocultar del todo—. Mantén la línea. No te arriesgues innecesariamente. Rossi está cerca, pero si mantienes el ritmo, lo tienes.
—Lo sé —respondió Dylan, su voz concentrada—. Pero no va a rendirse.
—Entonces no le des ninguna oportunidad.
Dylan apretó el acelerador en la recta principal, sintiendo cómo el coche respondía con una potencia que solo los mejores monoplazas podían ofrecer. El viento silbaba a su alrededor, y el paisaje se convertía en una mancha borrosa de colores. Pero en el espejo retrovisor, la silueta del coche número 7 seguía ahí, implacable.
Alessandro Rossi no cedía. Su monoplaza se mantenía pegado a la rueda trasera de Dylan, esperando el más mínimo error, la más pequeña vacilación. Era un depredador acechando a su presa, paciente y calculador.
—¡Rossi está presionando! —gritó el presentador—. ¡El italiano no quiere perder esta oportunidad! ¡Se acerca a la curva trece, la más peligrosa del circuito! ¡Esto es todo o nada!
La curva trece era conocida por ser una de las más técnicas y traicioneras del trazado. Una chicane cerrada que exigía una precisión absoluta y un control perfecto de los frenos. Cualquier error podía significar salirse de la pista o, peor aún, perder la posición definitivamente.
Dylan llegó a la curva con la velocidad justa, trazando la línea que había ensayado cientos de veces en los entrenamientos. Su coche se inclinó hacia la izquierda, luego hacia la derecha, con una fluidez que parecía casi coreografiada.
Pero Alessandro estaba justo detrás, y en lugar de frenar, el italiano hizo algo inesperado. En lugar de seguir la misma línea, Rossi se lanzó hacia el exterior, buscando un ángulo diferente, más agresivo. Era una maniobra arriesgada, casi suicida, que requería un control absoluto del coche y una confianza total en sus neumáticos.
—¡Rossi va por fuera! —exclamó el presentador, su voz elevándose a un tono casi histérico—. ¡Está intentando un adelantamiento imposible!
Dylan lo vio en el espejo retrovisor. Vio cómo el coche número 7 se lanzaba hacia el exterior, desafiando la física y la lógica. Por un instante, su corazón dio un vuelco. No era miedo, era la conciencia de que estaba a punto de perder el liderato en la última curva de la última vuelta.
Pero entonces, algo cambió.
En lugar de cerrarse como cualquier otro piloto habría hecho, Dylan hizo lo contrario. Abrió ligeramente el volante, cediendo espacio en el interior. No era una rendición, era una trampa.
Alessandro, que esperaba que Dylan defendiera su posición con uñas y dientes, no anticipó ese movimiento. Su monoplaza se deslizó hacia el exterior, pero al hacerlo, perdió la línea ideal. Para cuando intentó corregir, ya era demasiado tarde.
—¡Increíble! —gritó el presentador—. ¡Lara no ha cerrado el paso, ha dejado que Rossi se abra y el italiano ha perdido la trazada! ¡Esto es una estrategia de maestro!
Dylan aceleró con todo lo que tenía, su coche saliendo de la chicane con una velocidad que parecía imposible. El morro de su monoplaza se alineó con la recta final, y por un segundo, el mundo se detuvo.
La línea de meta estaba a solo unos metros.
—¡Dylan Lara cruza la meta en primer lugar! —la voz del presentador estalló en un grito de éxtasis—. ¡Victoria para el equipo Kovač! ¡Victoria para el número 24!
El público explotó. Las gradas se convirtieron en un mar de gritos, aplausos y lágrimas de emoción. Las banderas del equipo de Dylan ondeaban por todas partes, y el nombre de Lara resonaba como un eco imparable.
morí olvidada reviví intocable 🤭