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LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna) / Completas
Popularitas:23.1k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20 — El hombre detrás de la corbata

El restaurante se llamaba La Garza y estaba en la planta superior de un edificio de oficinas que cerraba a las siete. Después de las siete, el último piso se reservaba como restaurante privado para una sola mesa, una sola pareja, una sola noche. No había menú impreso. El chef cocinaba lo que se le pedía con doce horas de anticipación. Las botellas las elegía el sumiller con una llamada previa. La cuenta no se imprimía: el cliente pagaba la suma acordada por transferencia el lunes siguiente.

Dante lo había reservado el lunes mismo.

Lían entró a las ocho y media.

Había escogido un vestido negro de cuello cerrado, manga larga, falda hasta media pantorrilla. Nada provocador. Nada que dijera esto no es una cena de trabajo. Pero llevaba el cabello recogido en alto con dos horquillas de plata, y al cuello una cadena fina que dejaba ver la clavícula cuando giraba la cabeza. Pequeñas concesiones a una mujer que ya había aceptado, sin decirlo en voz alta, que no era una cena de trabajo.

Dante la esperaba parado al lado de la mesa. Traje negro. Camisa blanca. Sin corbata por primera vez desde que ella lo conocía.

Le adelantó la silla.

—Señora Saggese.

—Rivas.

Lían se sentó. Dante se sentó frente a ella. La mesa era circular, no rectangular. Detalle.

—Pedí lo de siempre —dijo él—. Si no le gusta, mando cambiar el plato.

—¿Lo de siempre suyo?

—Lo de siempre mío.

—Probémoslo.

Dante hizo un gesto al mesero. El hombre desapareció.

Empezaron por el vino. Tinto. Lían lo bebió como Valentina lo bebía —sin oler, sin balancear la copa, directo a la boca— porque el cuerpo de Valentina sabía hacerlo así y el cuerpo de Lían no sabía hacerlo de ninguna manera. Era una de las pocas costumbres de Valentina que Lían había decidido conservar sin discutir.

Dante levantó las cejas.

—¿No huele el vino?

—No.

—¿Por qué?

—Porque si me lo trajo usted, asumo que está bien. Si está mal, lo devuelvo. Pero no pierdo tiempo oliéndolo.

Dante sonrió.

Una sonrisa rara en él. Le iba bien. Lían lo registró. Cuidado, vieja.

La primera media hora fue de trabajo.

Casa Verde. Confirmaciones. Identidades. Última revisión del sobre con dinero. Ruta de salida del norte. Plan B en caso de que el organizador cambiara de horario a última hora. Cosas que ya habían repasado tres veces pero que repasaron una cuarta porque se acercaba la fecha y porque hablar de trabajo era más fácil que mirarse a los ojos.

A las nueve y cuarto, llegó el segundo plato.

A las nueve y veinte, Dante apoyó los codos en la mesa.

—Señora Saggese.

—Rivas.

—¿Le molesta si nos saltamos lo de señora?

—Depende del salto.

—Valentina.

—Valentina, sí.

Pausa.

—¿Y usted, Dante? ¿Le digo Dante?

—Dante.

—Bien.

Lían bebió otro sorbo. Esperó.

Dante se quedó mirando la copa un momento. Después la dejó. Habló mirando la mesa, no a ella.

—Quiero contarte algo.

—Te escucho.

—Mi padre se murió cuando yo tenía veinticinco. Estaba en la oficina del piso treinta, la misma donde trabajo ahora. Infarto. Llegué al hospital a los cuarenta minutos. Ya no respiraba. Tenía cincuenta y dos años.

Lían no contestó. Apoyó el tenedor sobre el plato. Despacio.

—Camila tenía nueve años. Mi mamá tenía cincuenta. Yo estaba en el último año de la facultad. Iba a estudiar arquitectura. Quería trabajos pequeños. Casas. Edificios chicos. No iba a tener nada que ver con el consorcio.

Pausa.

—Mi padre murió un martes. El lunes siguiente, dejé la facultad. El martes siguiente, entré a la oficina del piso treinta a sentarme en la silla que él había usado durante treinta años. No sabía nada. Tenía veinticinco años y no sabía nada. Aprendí trabajando. Hubo gente que se quiso aprovechar. Hubo gente que pensaba que iban a hundirme en tres meses y quedarse con el consorcio. No lo lograron.

—¿Por qué no?

—Porque empecé a no dormir.

Otra pausa.

—Cuatro horas por noche. Dos años seguidos. Trabajaba dieciocho horas al día. Aprendía a leer balances en el desayuno. Aprendía a despedir gente en el almuerzo. Aprendía a contratar abogados a las once de la noche. A los veintisiete, el consorcio valía un treinta por ciento más que el día que mi padre murió. A los veintinueve, valía el doble.

—Te lo ganaste a pulso —dijo Lían.

—Me lo gané sin dormir. Que es distinto.

Lían no contestó.

—Pero esa no es la parte difícil.

—¿Cuál es la parte difícil?

Dante levantó los ojos. La miró.

—Cuando yo tenía treinta, Camila tenía catorce. Era la única hermana que tenía. Era una niña feliz. Le gustaba la pintura, las películas viejas, los gatos. Yo trabajaba dieciocho horas al día, no la veía nunca. Solo los domingos. Los domingos íbamos a almorzar las tres. Mi mamá, Camila y yo. Era el único día.

Lían asintió.

—Cuando yo tenía treinta y tres, Camila desapareció. Tenía dieciocho. Fue una noche, salió con amigas, no volvió. La policía dijo que era una fuga. Yo sabía que no. Pero la policía dijo que era una fuga.

—¿Y tu mamá?

—Mi mamá aguantó dos años. Después una mañana no se levantó. Se había tomado un frasco entero de las pastillas que tomaba para dormir. Tenía sesenta años.

Silencio.

Lían dejó la copa sobre la mesa.

Dante seguía mirando algún punto entre los dos.

—Lo encontré yo —dijo—. Llegué a su casa el domingo a las once, como siempre. Toqué el timbre. No me abrió. Tenía llave. Entré. Estaba en la cama. Llevaba ocho horas muerta. Tenía una carta en la mesita de noche. La carta decía solo cuatro palabras: No puedo más, hijo. Y las pastillas vacías.

—Lo siento.

—Lo sé. Gracias.

Lían no supo qué hacer con las manos.

En once años de palacio había escuchado mil historias de dolor de mujeres que venían a pedirle favores. Le habían contado de hijos muertos, de maridos asesinados, de hermanas vendidas. Siempre había contestado con la frase exacta que la corte esperaba, la frase modulada, imperial, vacía. Lamento tu pérdida. Que los dioses te acompañen. Después firmaba el favor o no, según le convenía. Nunca sentía nada.

Esta noche no tenía la frase modulada. No le salía.

Estiró la mano sobre la mesa.

Le tocó la mano a Dante un segundo. La piel tibia. Los dedos largos. Una cicatriz pequeña en el dorso, la que Lían ya había notado de lejos en la primera reunión sin entender por qué la había notado.

Le tocó un segundo entero.

Después la soltó.

Dante no se movió.

Pero miró la mano.

La mano que ella había soltado.

Y siguió mirándola toda la cena.

A las diez y media trajeron el postre.

A las once Dante pidió la cuenta. El mesero hizo una inclinación leve y se fue. No iba a traer nada. La cuenta se pagaba el lunes por transferencia.

Lían recogió la cartera. Dante se levantó. Le adelantó la silla.

Caminaron juntos al ascensor.

Dante apretó el botón. Las puertas se abrieron. Los dos entraron. Las puertas se cerraron.

Bajaron treinta pisos en silencio.

Lían se miró las uñas. Dante se miró los zapatos.

Cuando faltaba un piso, Dante habló.

—Valentina.

—¿Sí?

—Una cosa más.

—Dime.

Las puertas se abrieron en la planta baja. El portero hizo una reverencia leve. Lían salió primero. Dante la siguió. Caminaron por el vestíbulo vacío hasta la puerta de la calle. Andrés estaba afuera con el auto encendido.

Dante se detuvo a tres pasos antes de la salida.

—Valentina.

—¿Qué pasa, Dante?

Dante respiró una vez. No mucho. Apenas. Lían lo notó otra vez. Once años de palacio.

—Voy a cambiar el baile privado de la Dama del Fénix.

—¿Cómo lo vas a cambiar?

—Quiero ofrecerle algo mejor primero.

—¿Qué cosa?

Pausa.

—Quiero que cene conmigo.

Lían se quedó muy quieta.

—¿Que cene contigo?

—Una sola cena. La Dama del Fénix. Aquí, en este restaurante. Una hora. Dos. Las que ella quiera. Sin baile. Con el antifaz puesto, si lo prefiere. Sin tocar. Sin preguntas que no quiera contestar. Solo cenar y hablar. La pago aparte de los diez millones.

Lían no contestó.

Por dentro, algo le subió a la garganta. No era furia. No era pena. Era una cosa intermedia que no sabía cómo nombrar.

¿Una cena? ¿En vez del baile? ¿Tú quieres conocerla, no quieres verla bailar?

Tú quieres a la mujer, no al cuerpo.

A la mujer.

Que soy yo.

Dante esperaba.

Lían se aclaró la garganta. Mantuvo la cara.

—¿Y a la Dama también la quieres pagar aparte de los diez?

—Aparte.

—¿Cuánto?

—Lo que ella ponga.

—Dante, ya gastaste casi quince millones en negociaciones con una mujer que no te conoce.

—Lo sé.

—¿Por qué?

Dante la miró desde tres pasos de distancia. La calle, detrás de ella, brillaba con luces de tráfico. El portero del edificio fingía no oír.

—Porque hace tres meses dormía cuatro horas por noche. Desde que la vi bailar duermo siete. Y hace una semana, sin saber por qué, empecé a soñar con ella hablando.

—¿Hablando contigo?

—Hablando conmigo. Con ese tono que tiene. Modulado. Como si midiera cada palabra.

Lían se quedó muda.

Por dentro pensó algo que la asustó.

Yo no le hablé en ningún baile, Dante. Yo no le hablo a la Fénix. Es Valentina la que te habla así. Es a mí. Es a esta voz a la que estás soñando. Y no lo sabes.

—Voy a transmitirle la oferta —dijo Lían, calmada.

—Gracias.

—Buenas noches, Dante.

—Buenas noches, Valentina.

Lían salió. Andrés le abrió la puerta del auto. Lían subió. Andrés cerró.

Dante se quedó parado en el vestíbulo del edificio, mirando el auto blanco alejarse por la avenida.

El auto dobló dos esquinas. Andrés condujo en silencio. Sabía cuándo no hablar.

A los diez minutos Andrés miró por el espejo retrovisor.

—¿Jefa?

—Dime.

—¿Está bien?

—Estoy bien.

—¿Segura?

—Andrés.

—¿Sí?

—Sigue manejando.

Andrés asintió. Siguió manejando.

Lían se quedó mirando la ventana. Las luces de la ciudad pasando en franjas naranjas y amarillas. El siglo del que no entendía la mitad. El cuerpo del que estaba aprendiendo a ser dueña. El hombre que acababa de abrirle el pecho con una historia que no le había contado a nadie en diez años.

Le pasó las manos por la cara. Despacio.

Sintió las mejillas mojadas.

No mucho. Apenas.

Las secó con el pañuelo que Sofía le había metido en la cartera por la tarde, como por costumbre.

Y por dentro, en mandarín antiguo, le habló a la voz que llevaba meses advirtiéndole.

Querida Valentina. Lo lamento.

No pude.

1
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
jajaja me encantaría ver si bien no sus bailes al menos sus vestuarios la corona esa hermosa máscara que la cuida 🥰🥰
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
esto se puso sospechoso
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
excelente
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
alguien me explica cómo se hizo famosa tan rápido jajaja los reservados del viernes debes cobrar todo al triple sacan plata pero sin vender su cuerpo y eso te dará mucho más capital para ayudar a más chicas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
me encanta la novela amaría que tuviera imágenes o fotos para disfrutar mas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
y cobrales con intereses a todos mi ciela
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
al menos está Clarita que lo va a mandar a freír espárragos si es que vuelve🤬
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
hablando de cobardes 🤷🏼‍♀️
Roxana C Añez
Me enamoré de la historia, fue... refrescante leer algo tan original.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Roxana C Añez
Podrá haber sido un pendejo... pero está parte me dolió 🥺
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺
Corina Galantti
una historia hermosa, muy triste, pero con final FELIZ! ME ENCANTÓ. BENDICIONES ESCRITORA
Celia Maza
muy pero muy buena. tenía tiempo que no leía una novela asi
Elizabeth Delvicier
bien fuerte en época machista donde los hombres comían de cada plato y las mujeres tenían que esperar para ser visitadas en sus alcobas
Evelyn
Me encanta como escribes yo leo desde México y me encanta la protagonista una mujer empoderada y que no se dela dominar por nadie
Guadalupe Flores
👏👏👏👏👏👏 Que bonito final. Se fue en paz Valentina. No me gustó que muriera Lucía. Y me quede con ganas de ver más sufrir a Remata. Jajaja felicidades escritora muy bonita novela
Guadalupe Flores
Imaginate jaja3 dos niñas y un niño. Lucia, Lin Hua y el niño que no recuerdo el nombre del papá de Dante. Sería perfecto 👏👏👏👏
Guadalupe Flores
Desde la primera vez que dijiste verdad vieja me recordó a mi mamá ella tenía esa costumbre de decir esas mismas palabras y hablarse a si misma así. 😭
MariaVG😘
hermosísima historia. Te hace sentir muchas cosas emociones. Me encantó la vieja y su hijo de puta🤭🤭 felicidades autora tienes un talento increíble 👏👏👏💐💐💐
MariaVG😘
hermosísima historia. Te hace sentir muchas cosas emociones. Me encantó la vieja y su hijo de puta🤭🤭 felicidades autora tienes un talento increíble 👏👏👏💐💐💐
Lucia Feliciano Falcao
Este pandillero cobarde y ladrón está charlado, no ve que cuando la limosna es grande el ciego desconfía y el cree que la mafiosa de la mujer va le regalar esa suma de dinero por su cara demacrada sin querer nada a cambio.😸😸😸
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