Un contrato de sangre. Un matrimonio obligado. Un pecado imposible de ocultar.
Para su padre, ella es solo una pieza de ajedrez en un juego de poder. Para Arturo Rial, el hombre con el que debe casarse por obligación, ella es un frío contrato de negocios.
Pero todo cambia cuando aparece el hermano mayor de Arturo, un hombre que no conoce la palabra "no". Él no quiere un acuerdo; la quiere a ella. Entre los rincones oscuros de la mansión, él la marca, la reclama y la convierte en su mundo, desatando una obsesión que amenaza con destruirlo todo.
En este juego de traiciones, ella es la niña dulce que se convertirá en la caída del hombre más peligroso de la mafia.
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Capitulo 15
El decreto de Don Silvano se cumplió sin que Arturo pudiera oponer la más mínima resistencia. A partir de esa misma tarde, la seguridad de Isabella pasó formalmente a manos de la facción de Vincenzo. Los hombres pulcros de traje gris que antes vigilaban sus pasos fueron reemplazados por tipos de miradas duras, chaquetas de cuero y tatuajes en las manos; los soldados de "La Sombra", la mafia personal del hermano mayor.
A las cuatro de la tarde, el rugido de un motor potente rompió la monotonía del ala oeste. Al asomarse al balcón, Bella vio un imponente todoterreno negro mate estacionado frente a la escalinata. Vincenzo la esperaba apoyado en la puerta del conductor, con los brazos cruzados sobre su pecho robusto y una cazadora de cuero que acentuaba su descomunal tamaño.
—Sube, niña dulce. Nos vamos de aquí —ordenó Vincenzo cuando ella bajó los escalones con timidez, llevando un vestido sencillo de flores oscuras.
—¿A dónde vamos? Arturo dijo que hoy venía el sastre para...
—Me importa una mierda lo que dijera Arturo —la interrumpió él, tomándola de la cintura con una sola mano para impulsarla hacia el asiento del copiloto. El toque fue firme, posesivo, dejándole claro que en ese coche las órdenes eran suyas.
El trayecto duró poco más de una hora. Vincenzo conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en la palanca de cambios, muy cerca de la rodilla de Bella. Ella mantenía la mirada fija en el paisaje, sintiendo que cada kilómetro que recorrían la alejaba de su antigua vida de sumisión obligada y la adentraba en una libertad peligrosa. El aroma a tabaco, cuero y la colonia intensa de Vincenzo llenaba el habitáculo, asfixiándola de deseo.
Finalmente, se desviaron por un camino privado rodeado de densos pinos hasta llegar a una cabaña de piedra y madera oscura situada al borde de un acantilado que daba al río. No había cámaras, ni servicio, ni rastro de la opulencia estéril de la mansión Rial. Era el refugio personal de Vincenzo.
Al bajar del coche, el viento frío del río hizo que Isabella temblara. Vincenzo caminó hacia ella y, sin decir una palabra, se quitó la pesada cazadora de cuero y se la colocó sobre los hombros. El peso de la prenda y el calor corporal de él atrapado en la tela la envolvieron como una armadura.
—Entra —dijo él, empujando la pesada puerta de madera.
El interior era rústico pero sofisticado. Una gran chimenea apagada presidía el salón, rodeada de sillones de piel y paredes cubiertas de trofeos de caza y armas cortas expuestas en vitrinas de cristal. Era un santuario de pura testosterona y peligro.
Bella se adentró en la estancia, frotándose los brazos sobre la cazadora de Vincenzo.
—¿Por qué me has traído aquí? Tu padre dijo que debías escoltarme, no secuestrarme.
Vincenzo cerró la puerta con llave y el sonido del pestillo encajando resonó en los oídos de Bella como una sentencia de muerte para su cordura. Se giró lentamente, despojándose de sus intenciones de cortesía. Su figura grandota y masiva bloqueó la única salida.
—Te traje porque no soportaba ver la marca de los dedos de mi hermano en tu muñeca un segundo más —gruñó Vincenzo, su voz profunda y rasposa vibrando en las paredes de madera. Caminó hacia ella con esa zancada pesada de lobo—. Te traje porque en esa mansión te marchitas, Bella. Y porque aquí... aquí no hay contratos, ni bodas, ni un imbécil que crea que puede comprarte con un anillo de oro.
—Vincenzo... esto está mal —susurró ella, retrocediendo hasta que sus pantorrillas chocaron contra el borde de la gran mesa de madera del comedor. Quedó atrapada—. La semana que viene me caso con Arturo. Mi padre me matará si esto se sabe...
—Tu padre no va a hacer nada, porque para cuando termine contigo, sabrá que meterse conmigo es buscar su propio entierro —sentenció Vincenzo, acortando la distancia hasta quedar a milímetros de ella.
El gigante se inclinó, atrapándola entre sus brazos colosales apoyados en la mesa. Isabella tuvo que echar la cabeza hacia atrás, sintiendo el calor abrasador que emanaba de su pecho tatuado bajo la camiseta negra. Vincenzo extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, metió los dedos bajo el cuello del vestido de flores, tirando de la tela hacia abajo para exponer la base de su cuello y su clavícula pálida.
—Mírate —susurró él, sus ojos grises encendidos en un fuego salvaje—. Estás temblando, pero no es de frío. Es de ganas. Llevas todo el día muriéndote por esto, mi Bella.
—No... —intentó mentir ella, pero el jadeo que escapó de sus labios delató su sumisión total hacia él.
Vincenzo no la dejó hablar más. Se apoderó de su boca con un beso que redefinió la palabra intensidad. No fue un roce prohibido como los anteriores; fue un reclamo absoluto, una tormenta de posesión que le robó el alma a Isabella en el primer segundo. Su lengua invadió el territorio con una urgencia implacable, devorando sus quejas y transformándolas en gemidos de pura rendición.
Bella arqueó la espalda sobre la mesa, perdiendo el control de sus propios sentidos. Sus manos abandonaron toda resistencia y subieron con desesperación por los hombros gigantes de Vincenzo, enredándose en su cabello oscuro, atrayéndolo aún más hacia ella. El contraste entre la dulzura de ella y la fuerza bruta del hermano mayor era devastador. Vincenzo bajó una de sus manos grandes y callosas por su cintura, apretando su cadera con una fuerza que le garantizaba nuevas marcas, levantándole el vestido de flores para sentir la calidez de su piel desnuda.
El beso bajó por su barbilla, directo al cuello que tanto había intentado esconder de Arturo. Vincenzo mordió con suavidad la piel pálida, succionando hasta dejar su huella grabada a fuego, una marca de posesión que ningún vestido de cuello alto podría ocultar al día siguiente.
—Dilo, Bella —gruñó él contra su piel, su respiración agitada golpeando su clavícula—. Di de quién eres.
—Tuya... soy tuya, Vincenzo —lloró ella en un susurro, completamente quebrada por la pasión y la culpa que se desvanecía ante la inmensidad de su deseo—. Siempre he sido tuya.
Vincenzo se separó unos milímetros, mirándola desde lo alto con una sonrisa lobuna y llena de un triunfo oscuro. Sus ojos grises brillaban con la certeza de que el tablero de ajedrez de su padre ya no existía. Había sacado a la reina de la jaula, y ahora, Arturo Rial no tendría más remedio que ver cómo su imperio y su prometida eran devorados por el verdadero dueño de la mafia.