⚠️🔞Esto es sólo fantasía. Personajes e historia ficticia.🔞⚠️
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Natt, no solo renuncia a su hogar, sino a su propia naturaleza, por una conexión ni él mismo entiende...
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La leyenda del Ancla de Dion City
La lluvia de Dion City ya no se sentía como agua fría; se sentía como agujas que intentaban atravesar la piel de Dag. Corrieron durante lo que parecieron horas por el distrito industrial, un laberinto de almacenes oxidados y tuberías que escupían vapor ácido. El estruendo de la explosión de su apartamento aún resonaba en sus oídos, un recordatorio brutal de que ya no había vuelta atrás. Su vida anterior era ahora una pila de cenizas en el piso seis.
-Natt... detente un segundo.- Jadeó Dag, apoyándose contra una pared de ladrillo húmedo. Sus pulmones ardían y la marca dorada de su rostro pulsaba con una intensidad dolorosa.
Natt se detuvo, pero no lo hizo con su elegancia habitual. Se tambaleó. Su mano derecha estaba apretada contra su costado izquierdo, y a través de sus dedos, una luz dorada y espesa se filtraba, manchando su camiseta. No era sangre roja, era esencia pura, y olía a flores secas y metal caliente.
-Esa mordida...- Dag se acercó, el pánico instalándose en su pecho.
Al apartar la mano de Natt, Dag soltó un jadeo de horror. La herida dejada por el Perro de Caza no estaba sanando. Los bordes estaban negros, como si la carne se estuviera carbonizando, y unas venas de oscuridad se extendían desde el centro de la mordida, subiendo hacia el corazón del ángel.
-Es veneno de vacío.- Dijo Natt, apretando los dientes para no gritar. Sus ojos ámbar estaban nublados -Hrim... él ha bendecido a sus perros para que sus dientes corten la inmortalidad. Si no llegamos al mercado de las sombras pronto, mi cuerpo humano se pudrirá antes del amanecer.-
-¿Dónde está ese lugar? ¡Dímelo!- Dag lo rodeó con el brazo, sosteniendo el peso del ángel, que cada vez era más real, más pesado.
-Bajo la vieja estación de metro... la línea azul.- Susurró Natt.
Caminaron arrastrando los pies por los túneles de servicio. Dag sentía que su propia chispa de luz reaccionaba a la herida de Natt. El resplandor en su mano quería saltar hacia él, pero Natt lo detenía. No me des tu luz ahora, Dag. La vas a necesitar para que nos dejen entrar, le había advertido.
Finalmente, llegaron a una puerta de metal pesado, oxidada y cubierta de grafitis que parecían runas antiguas. Dag golpeó con fuerza. Una pequeña mirilla se abrió, dejando ver un par de ojos amarillos y gatunos.
-¿Qué quiere un pequeño humano en la barriga de la ciudad?- Siseó una voz chillona.
-Traigo a un caído.- Respondió Dag con una firmeza que no sabía que tenía. Alzó su mano derecha, permitiendo que la luz dorada iluminara el túnel -Y traigo el fuego que sus amos tanto temen. Abran la maldita puerta.-
La puerta chirrió al abrirse. Lo que Dag vio al otro lado no era el infierno, pero se le parecía. Era una ciudad subterránea, un mercado negro de seres que no encajaban en la luz ni en la sombra. Había hombres con escamas, mujeres con alas de polilla rotas y figuras encapuchadas que vendían frascos de sustancias prohibidas.
-¡Busco a la Sanadora!- Gritó Dag, abriéndose paso entre la multitud que se apartaba al ver el resplandor que emanaba de él.
Llegaron a una tienda hecha de lona roja y terciopelo negro. Una mujer anciana, con la piel oscura y ojos que brillaban con luz propia, salió a recibirlos. Miró a Natt y luego a Dag, deteniéndose en la marca del chico.
-Un Ancla...- Susurró la mujer -Hacía siglos que no veía una. Entren, antes de que el aroma de su luz atraiga a cosas peores que los perros.-
Depositaron a Natt sobre una mesa de madera. El ángel estaba casi inconsciente, su piel antes blanca ahora tenía un tono grisáceo. La sanadora examinó la herida y negó con la cabeza.
-El veneno está cerca del núcleo. Necesito extraer la oscuridad, pero para eso, necesito que tú, muchacho, actúes de filtro.-
-¿Qué tengo que hacer?- Dag se sentó junto a la cabeza de Natt, tomando su mano. Los dedos del ángel estaban gélidos.
-Él tiene que pasar el dolor a través de ti. Debes besarlo, tocarlo, dejar que tu luz entre en sus venas y arrastre la negrura hacia afuera. Pero ten cuidado... si no eres lo suficientemente fuerte, la oscuridad te consumirá a ti también.-
Dag miró a Natt. El ángel abrió los ojos débilmente, tratando de alejar la mano de Dag.
-No... es demasiado peligroso para ti, mi vida...- Susurró Natt.
-Cállate, estúpido ángel.- Respondió Dag con lágrimas en los ojos -Ya te lo dije: si tú ardes, yo ardo contigo. No voy a dejar que te apagues.-
Dag se inclinó sobre él. El aroma del azufre de la herida era asfixiante, pero Dag no retrocedió. Buscó los labios de Natt con una desesperación que le quemaba el alma. Cuando sus bocas se unieron, el choque fue brutal.
Dag no sintió el placer de la última vez. Sintió como si miles de agujas de hielo entraran en su boca. La oscuridad de la herida de Natt empezó a fluir hacia él. Dag soltó un gemido ahogado contra los labios de Natt, sintiendo que su propio corazón se congelaba. Las marcas doradas de su rostro se volvieron negras por un segundo antes de que su luz interna luchara por purificarlas.
Fue un beso de agonía y sacrificio. Dag chupaba la negrura de los pulmones de Natt, sintiendo el sabor amargo de la traición divina. Natt arqueó la espalda, sus manos apretando los hombros de Dag con una fuerza que le dejó marcas, mientras su cuerpo empezaba a recuperar el calor.
-¡Más! ¡No te detengas!- Gritó la sanadora, vertiendo un líquido azul sobre la herida de Natt.
Dag sentía que se desmayaba. El frío en sus venas era casi insoportable, pero siguió besándolo, moviendo su lengua contra la de Natt para mantener el flujo de energía. En ese momento, Dag vio una visión: el rostro de Hrim mirándolo desde el trono, con una sonrisa de desprecio. ¿Crees que puedes salvarlo, barro?, resonó la voz en su cabeza.
-¡Vete al infierno!- Pensó Dag con toda su furia.
Un estallido de luz dorada salió del pecho de Dag, recorriendo el cuerpo de Natt y expulsando la última pizca de veneno en una nube de humo negro que se disolvió en el aire.
Dag se desplomó sobre el pecho de Natt, exhausto, con los labios morados y temblando violentamente. Natt tomó una bocanada de aire limpia, y el color volvió a su rostro. Sus manos, ahora cálidas de nuevo, rodearon a Dag, abrazándolo con una fuerza protectora.
-Lo hiciste... me salvaste, Dag.- Susurró Natt, besando el cabello sudado del chico -Lo siento tanto... nunca debí dejar que esto te tocara.-
Dag no pudo responder; sus ojos se cerraron mientras el agotamiento lo reclamaba. Había absorbido parte de la oscuridad del Cielo, y aunque Natt estaba a salvo, Dag sentía que algo dentro de él había cambiado. El Cielo ya no solo ardía en él... ahora, la sombra también tenía un lugar.
Afuera, en el mercado de las sombras, los rumores empezaron a correr. Se hablaba de un humano que podía purificar el veneno divino. La leyenda del Ancla de Dion City acababa de nacer, y con ella, un nuevo tipo de peligro que ni siquiera Natt podía predecir.