TEMPORADA 2 DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 20
Mi respiración se detuvo.
El interior del Árbol del Mundo era inmenso, como una catedral viva formada por raíces antiguas y ramas gigantes que brillaban con suaves luces azules y doradas.
De aquellas ramas colgaban numerosos capullos luminosos, translúcidos como cristal. Dentro de ellos podían verse diminutos fetos élficos dormidos, flotando tranquilamente mientras el árbol los protegía.
Pero entre todos ellos destacaban cinco capullos dorados.
Su luz era más cálida e intensa, brillando como pequeños soles suspendidos entre las ramas.
Me quedé mirando todo aquello completamente confundida.
Mis cejas se fruncieron.
No sabía exactamente qué estaba viendo.
Entonces Aethon levantó una mano y señaló los capullos dorados.
—Estos son nuestros hijos.
Me quedé completamente en silencio.
Parpadeé varias veces.
No entendí de inmediato a qué se refería.
—¿Nuestros… hijos? —murmuré confundida.
Entonces Aethon comenzó a explicarlo con calma.
—En la raza élfica, la gestación es distinta a la de los humanos o los hombres bestia.
Su voz era suave mientras hablaba.
—Después de que la hembra queda embarazada… el macho lo sabe inmediatamente debido a los síntomas del embarazo.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo las náuseas?
Él asintió.
—Pero la hembra no los siente. Los siente el macho.
Me quedé mirándolo completamente sorprendida.
—Aunque esos síntomas solo duran un mes —continuó.
Luego levantó la mirada hacia los capullos dorados que se balanceaban suavemente.
—Después de eso, el feto que se encuentra en el vientre de la hembra es transportado por la magia del Árbol del Mundo hacia las ramas de su corazón.
Sus ojos brillaron suavemente.
—Y en nuestro caso… al tratarse de hijos que llevan sangre de la familia real élfica… los capullos son dorados.
Miré nuevamente aquellas cinco luces cálidas suspendidas entre las ramas.
Mi mente intentaba procesarlo todo.
—Entonces… —dije lentamente— ¿no los llevaré en mi vientre?
Aethon negó suavemente con la cabeza.
—No los llevarás en tu vientre —respondió con ternura—, pero sí tendrás una conexión con ellos.
Sus mano sostuvo las mías.
—Debes alimentarte bien, estar saludable y cuidarte… como lo haría cualquier madre embarazada de otra especie.
Su mirada se suavizó aún más.
—Porque todo lo que hagas afectará el crecimiento de nuestros hijos.
Yo seguía procesando toda aquella información.
Mis ojos volvieron a los capullos dorados.
Cinco.
Cinco pequeñas vidas creciendo allí.
Entonces escuché la voz de Aethon nuevamente.
—Aún no puedo creer que sean cinco —dijo con una sonrisa llena de incredulidad—. Normalmente los elfos suelen tener uno o dos como máximo en una camada.
Guardó silencio unos segundos.
Luego volvió a mirarme.
Directamente a los ojos.
En su mirada había amor, orgullo y una felicidad profunda.
Entonces sonrió con ternura.
—Definitivamente… —dijo suavemente— eres mi estrella de la fortuna.
Aunque los niños no entendían del todo lo que estaba ocurriendo, estaban inmensamente felices.
Para ellos solo significaba una cosa:
Más hermanitos.
Fenrael movía su pequeña colita con entusiasmo mientras miraba los capullos dorados.
—¿Cuándo podremos jugar con nuestros hermanitos? —preguntó con inocencia.
Naevira, con los ojos brillando de emoción, levantó la cabeza de inmediato.
—¡Yo quiero enseñarles a fabricar los pergaminos que hace mamá! —dijo con orgullo.
Fenrael la miró de lado y se burló.
—Ni siquiera te salen bien.
Su expresión tenía ese tono travieso de hermano que solo quiere molestar.
Naevira abrió los ojos indignada.
—¡Claro que sí! ¡Sí sé hacerlos y me quedan muy bien! —respondió ofendida.
Fenrael comenzó a repetir con una sonrisa burlona:
—No sabes… no sabes… no sabes…
Solo para provocarla.
La reacción fue inmediata.
—¡Fenraeel!
Naevira se lanzó sobre él sin pensarlo y le mordió la oreja.
Los dos cachorros comenzaron a rodar por el suelo entre pequeños gruñidos y chillidos, peleando como si estuvieran en la batalla más importante del mundo.
Todo eso justo en un momento tan importante.
Incluso olvidándose completamente de la duda que tenían segundos antes.
Suspiré suavemente.
Luego miré a Aethon, que aún me sostenía en sus brazos, y pregunté:
—¿El tiempo de embarazo es el mismo?
Aethon negó suavemente con la cabeza.
Su voz fue tranquila cuando respondió.
—No.
Levantó la mirada hacia los capullos dorados que brillaban entre las ramas.
—La gestación de los hijos con sangre real élfica dura diez años.
Mis ojos se abrieron un poco más.
Entonces añadió con calma:
—Los embarazos normales de los elfos solo duran dos años... Pero nuestros hijos son distintos, tienen un linaje real.
El silencio cayó por un instante.
Mientras detrás de nosotros…
Dos pequeños cachorros seguían peleando rodando por el suelo, completamente ajenos a la magnitud de todo lo que estaba ocurriendo.
—Acércame a ellos —le dije a Aethon.
Él no respondió con palabras.
Simplemente caminó conmigo aún en sus brazos hasta quedar justo frente a los capullos dorados que colgaban suavemente entre las ramas del corazón del Árbol del Mundo.
Allí estaban.
Nuestros hijos.
Cinco pequeñas luces doradas balanceándose con suavidad.
Sentí que mi corazón latía con fuerza al verlos tan cerca.
—Levántame un poco… —le pedí en voz baja—. Quiero verlos más de cerca.
Aethon me sostuvo con firmeza y me levantó un poco más, lo suficiente para quedar casi a la altura de los capullos.
La luz dorada iluminaba nuestros rostros.
Dentro de cada capullo podía distinguirse el pequeño cuerpo élfico dormido, acurrucado en paz mientras flotaba en aquella energía cálida.
Tragué saliva suavemente.
—¿Puedo tocarlos? —pregunté con cuidado.
Aethon sonrió con ternura.
—Sí —respondió con suavidad—. Eres su madre.
Entonces levanté la mano.
Con el mayor cuidado del mundo acaricié a cada uno de los capullos dorados.
La superficie era cálida, como si tuviera vida propia.
Mis dedos temblaban ligeramente mientras observaba a los cinco pequeños seres que crecían dentro.
Sentí algo profundo en el pecho.
Algo nuevo.
Algo inmenso.
Entonces susurré con ternura:
—Mamá cuidará bien de ustedes.
En ese instante…
Los pequeños fetos dentro de los capullos se movieron ligeramente.
Mi corazón dio un salto.
—¡Aethon…! —empecé a decir, preocupada.
Pero él habló primero, con calma.
—Es normal. No te asustes.
Su voz era tranquila y cálida.
—Están reaccionando a tu voz.
Mis ojos volvieron a los capullos.
—Más adelante —continuó— también podrás hablarles desde tu vientre.
Respiré más tranquila.
Miré a mis hijos una última vez.
Cinco pequeñas vidas doradas creciendo bajo la protección del Árbol del Mundo.
Una sonrisa suave apareció en mi rostro.
Les dediqué una última mirada llena de cariño.
Luego Aethon me sostuvo con firmeza entre sus brazos y, juntos…
nos marchamos del corazón del Árbol del Mundo, dejando atrás el suave resplandor de nuestros hijos.