Despertar en época moderna
"Viví dieciocho años en una jaula de oro, creyendo que el desprecio de mi esposo era mi única realidad. Fui la esposa sumisa, la dama que lavaba los pies de su suegra y la mujer que ocultaba sus lágrimas tras un abanico."
Lorena Casas, la hija de una familia prestigiosa, lo sacrificó todo por un hombre que consideraba un erudito brillante. Pero mientras ella se consumía en la soledad de la mansión Vila, su esposo Marco tejía una red de mentiras, traiciones y malversaciones, planeando reemplazarla con su amante y hundir a su familia.
Todo habría sido perfecto para él... si no hubiera nacido Aurora.
Mi hija no es una bebé común. Con una mente que desafía la lógica y la capacidad de leer los secretos más oscuros de quienes nos rodean, ella es la única que sabe lo que Marco hace en las sombras.
Mientras Marco cree que estamos atrapadas en su red, Aurora está moviendo los hilos. Desde su cuna, esta bebé genio me guía, revelando los fraudes, exponiendo a los espía
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Capítulo 20: La Sombra del Rayo y el Silencio de los Engranajes
El aire en la habitación olía a ozono y a leche tibia. Mientras Aurora terminaba de alimentarse, Lorena la observaba con una intensidad que casi rozaba el miedo. No era el miedo a la bebé, sino el miedo a lo que esa pequeña criatura significaba para el futuro de la capital industrial.
La tormenta del día anterior no había sido natural. Las crónicas del Gremio del Acero hablaban de una descarga atmosférica de una magnitud nunca antes vista, una anomalía que había fundido los pararrayos de éter de la zona norte. Pero Lorena recordaba el deseo de su hija. «Debería ser alcanzado por un rayo».
—¿Qué eres, pequeña? —susurró Lorena, acariciando la mejilla sonrosada de la niña. Aurora solo soltó un pequeño eructo y bostezó, sus ojos brillantes ocultando un intelecto que, por momentos, parecía eclipsar al de cualquier adulto.
La puerta se abrió con brusquedad. Tea entró, con el rostro pálido y las manos temblorosas.
—Señora... el Marqués ha regresado. Está en el vestíbulo principal. No está herido, pero... ha perdido la razón. Dice que el rayo no fue un accidente, que fue un ataque dirigido. Está rompiendo todo lo que encuentra en su camino.
Lorena se levantó, entregando a Aurora a Julia con una orden muda: «No la pierdas de vista. Pase lo que pase, ella no debe ser parte de esta conversación».
Bajó las escaleras con la calma de una reina que marcha hacia una ejecución, no hacia una pelea. En el vestíbulo, el panorama era desolador. Jarrones de la dinastía anterior yacían hechos añicos, y los tapices de seda estaban desgarrados. Marco, el Barón Kaelen, caminaba de un lado a otro, su ropa de gala llena de hollín y sus manos quemadas por el manejo de materiales eléctricos en la Villa de los Lirios.
—¡Han sido ellos, Lorena! —rugió Marco al verla, sus ojos inyectados en sangre—. ¡Los saboteadores de la competencia! Han utilizado un dispositivo de focalización orbital. Han destruido mi estudio, mis libros de cuentas... ¡Todo ha desaparecido!
Lorena se detuvo a unos metros de distancia, cruzando los brazos.
—¿Tus libros de cuentas? ¿Es eso lo que te preocupa, Marco? ¿No te preocupa la seguridad de tu... otra familia?
Marco se detuvo en seco. Su respiración era errática.
—Están a salvo. Pero el daño financiero... ¡el Gremio me pedirá explicaciones por lo que había en esa casa! Necesito que busques en los archivos de la familia Casas. Tienes acceso a sus registros de patentes antiguas. ¡Necesito cubrir el agujero fiscal antes de que el Príncipe Heredero envíe a sus auditores!
Lorena sintió una náusea profunda al escuchar la desfachatez de su marido. En medio de la tragedia, solo buscaba cómo usarla a ella y a su familia para salvarse del desastre que él mismo había provocado.
—No tengo acceso a los archivos de los Casas, Marco. Están bajo custodia imperial —dijo ella, con una voz desprovista de emoción.
—¡Entonces búscalos! —gritó él, acercándose peligrosamente—. ¡Si los Zabaleta no nos apoyan, tú tienes que hacer algo! Eres mi esposa, es tu deber.
Lorena lo miró a los ojos. Por un segundo, pudo sentir el pulso de la mansión, el mismo pulso eléctrico que había sentido durante la tormenta. Imaginó, solo por un instante, qué pasaría si Aurora volviera a desear que el rayo cayera, pero esta vez, mucho más cerca. El aire a su alrededor comenzó a vibrar, un zumbido estático que hizo que el cabello de Marco se erizara.
Marco retrocedió un paso, confundido por el fenómeno.
—¿Qué... qué es este ruido?
—Es el peso de tus mentiras, Marco —respondió Lorena, dando un paso hacia adelante. Sus ojos brillaban con una determinación nueva—. No te daré los archivos. Y te sugiero que te prepares, porque la Princesa Real llegará esta tarde. Y si ella pregunta por los "libros de cuentas" que se quemaron en la Villa de los Lirios, espero que tengas una mejor historia que la del rayo.
Marco la miró como si no la reconociera. Había miedo en sus ojos, un miedo primitivo. No era el miedo a una esposa despechada; era el miedo a algo que no podía comprender.
—¿Quién eres? —susurró él.
—Soy la madre de la niña a la que intentaste usar como moneda de cambio —dijo ella, girándose para subir las escaleras—. Y te sugiero que reces, Marco. Porque no creo que el cielo haya terminado contigo todavía.