Alessio De Luca compró un esposo omega para que fuera un adorno en su vida de capo, pero esa noche Renato Vieri murió de miedo. En su cuerpo despertó Dante, un alfa estratega que perdió su vida en otro mundo.
Ahora, fingiendo sumisión, Renato usará a Alessio para escalar hasta la cima del hampa. Su plan: ser la mano en la sombra que guíe cada movimiento de su alfa. Pero su verdadera naturaleza empieza a filtrarse en su aroma, lo que debería oler solo a algodón y flor de cerezo comienza a liberar pimienta rosa, un picante que Alessio no puede ignorar.
Entre la atracción de sus feromonas y la admiración por esa mente criminal, el alfa se verá obligado a replantearse todo lo que creía sobre los omegas, el poder y la lealtad. Juntos formarán una alianza letal. Pero cuando la máscara caiga y Alessio descubra que su esposo no es quien dice ser, ¿serán dueños de la ciudad o enemigos mortales?
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Capítulo 16: El primer roce
Alessio llevaba tres días sin poder concentrarse.
Los informes se acumulaban sobre su escritorio: El del proveedor de Livorno, resuelto, el de los movimientos de Rizzuto, en espera, el de los Vieri, siempre presente, como una espina clavada.
Tres páginas. Nada.
Un omega criado en una casa en decadencia, sin educación formal, sin tutores, sin contactos. Sin mundo.
Y sin embargo, ese mismo omega había coordinado una defensa en una emboscada, había dado un consejo estratégico disfrazado de novela barata, y cada vez que Alessio lo presionaba, respondía con evasivas que bordeaban la burla.
"No sé, señor." "No lo sabía, señor." "He leído mucho, señor." Mentiras, todas mentiras. Esta noche iba a acabar con eso.
———
Encontró a Renato en el pasillo que llevaba a la biblioteca, iba solo, con un libro bajo el brazo, la cabeza baja, los hombros encogidos. La imagen perfecta del omega invisible.
Pero Alessio ya no se creía la imagen.
—Renato.
El omega se detuvo, levantó la cabeza, sus ojos avellana se encontraron con los de Alessio. Nohabía sorpresa en ellos, solo una calma exasperante.
—Señor.
—¿Adónde vas?
—A la biblioteca.
—Siempre a la biblioteca.
—Me gusta leer.
Esa respuesta otra vez, Alessio sintió que la rabia le subía por la garganta.
—No me mientas —dijo, dando un paso hacia él—. Llevas semanas mintiéndome, con tus evasivas, con tus "no sé". Con tus novelas de mierda.
Renato no retrocedió, se quedó quieto, con el libro apretado contra el pecho.
—No le miento, señor.
—Claro que mientes. —Alessio dio otro paso, ahora estaban a un palmo—. ¿Crees que soy idiota? ¿Crees que no me doy cuenta? Ese informe dice que no has salido de tu pueblo, que no has recibido educación formal. Y sin embargo, en una emboscada, actúas como un veterano, das consejos que ningún omega daría, y cuando te pregunto, te encoges de hombros y me dices que leíste una novela.
Su voz se había vuelto un gruñido. Su aroma llenaba el pasillo, denso, agresivo.
Renato sintió el impacto, su cuerpo reaccionó al instante: pulso acelerado, nuca tensa, un temblor en las piernas que controló apretando los muslos. El miedo biológico le atenazaba la garganta.
Pero no lo demostró.
Levantó la cabeza, mró a Alessio a los ojos. Su expresión era de una calma absoluta.
—Si eso cree, señor, no tengo nada más que decir.
Alessio se quedó helado.
¿Si eso cree? No era miedo, no era súplica, no era defensa. Era indiferencia. Como si las palabras de Alessio no tuvieran peso, como si su furia no fuera más que una molestia pasajera.
Algo se rompió dentro de él.
—¿Cómo te atreves? —gruñó.
Agarró a Renato de la muñeca. No fue suave, fue una garra, sus dedos rodearon la piel fina, las vendas aún visibles bajo la manga, y apretaron. Lo empujó contra la pared del pasillo, su cuerpo bloqueaba cualquier escapatoria, su aroma era una nube sofocante.
Renato sintió el dolor en la muñeca, sintió el peso del cuerpo de Alessio contra el suyo. Sintió la feromona alfa invadiéndolo todo, nublándole la mente, exigiendo sumisión. Su cuerpo quería ceder: ladrodillas le flaqueaban, la nuca se le tensaba, empujada hacia abajo.
Ya está bien, pensó, llevo semanas aguantando. No voy a doblarme, no otra vez.
—Mírame —ordenó Alessio.
Renato obedeció, levantó la cabeza, sus ojos avellana se encontraron con los de Alessio.
No había miedo en ellos.
El cuerpo de Renato temblaba, Alessio lo sentía bajo sus dedos, el pulso del omega era un tambor desbocado. Su respiración era agitada, su aroma se había vuelto ácido, delatando su ansiedad. Todo en él gritaba miedo.
Todo menos sus ojos.
Esos ojos lo miraban con una calma que no era humana. Una calma que Alessio solo había visto en hombres que habían matado y volverían a hacerlo.
—Suélteme —dijo Renato. Su voz no era un ruego, era una orden suave, casi cansada. Como si estuviera tratando con un niño que hacía una rabieta.
Alessio apretó más, su alfa interior rugía, exigiendo sumisión, quería ver a ese omega de rodillas, suplicando, llorando. Quería romper esa maldita calma.
—No —dijo—. No hasta que me digas la verdad. ¿Quién eres?
Renato no respondió, solo lo miró. Y entonces Alessio lo olió.
Debajo del algodón y la flor de cerezo, debajo del miedo ácido, algo más, algo picante. Algo que no debería estar allí. Un aroma que no era sumisión ni súplica. Era desafío. Era peligro.
Pimienta rosa.
Alessio se quedó inmóvil, sus fosas nasales se dilataron, su cerebro intentaba procesar lo que su instinto ya sabía: ese aroma no era de un omega. No del todo.
Renato vio el desconcierto en sus ojos, sintió como su garra se aflojaba ligeramente.
—He dicho que me suelte —repitió. Su voz seguía siendo suave, pero ahora había algo más. Un filo.
Alessio lo soltó.
No supo por qué, su cuerpo reaccionó antes que su mente. Retrocedió un paso, luego otro, sus ojos seguían clavados en Renato, que se apartaba de la pared y se alisaba la manga con gestos pausados.
—Buenas noches, señor —dijo Renato y se fue.
Caminó pasillo adelante con la cabeza baja y los pasos silenciosos.
Alessio se quedó solo, apoyado contra la pared, con el corazón golpeándole las costillas y el aroma de pimienta rosa aún flotando en el aire.
¿Qué coño ha sido eso?
———
Renato entró en su habitación, cerró la puerta, apoyó la espalda contra la madera.
Las piernas le fallaron, se deslizó hasta el suelo, abrazándose las rodillas. El temblor lo sacudió por completo, ya no podía controlarlo. Las manos le temblaban, los dientes le castañeteaban, el corazón galopaba como si quisiera escapar del pecho.
He estado a punto de romperme, pensó, a punto de suplicar, de arrodillarme. Pero no lo he hecho. He sostenido la mirada, he aguantado, y él me ha soltado.
Cerró los ojos. La imagen de Alessio, desconcertado, retrocediendo, se grabó en su mente.
Ha olido la pimienta rosa, la ha olido bien, ahora sabe que no soy un omega normal ¿Qué hará con esa información?
No lo sabía, pero por primera vez en semanas, sintió algo que no era miedo ni rabia. Era una pequeña victoria, una grieta en la armadura del alfa.
Y pensaba ensancharla.
Gracias por el cap🫶🫂
Ale cada día me gusta más, está aprendiendo a coexistir con todo lo que es y significa Ren. Todavía falta pero va por buen camino🤓🤓🤓