Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...
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Capítulo XX
El día amaneció desprovisto de promesas, gris y opresivo como una condena.
La luz se filtró entre las cortinas con descaro, iluminando una habitación que aún carecía de identidad, un espacio indefinido que no sabía cómo llamarse: no era nupcial, no era compartida, no era hogar, sino un territorio en disputa, un campo de batalla donde dos almas luchaban por imponer su voluntad.
Kennedy ya estaba despierto, como un depredador en alerta constante.
Siempre lo estaba, su instinto de supervivencia agudizado por años de peligro y desconfianza.
De pie frente a la ventana, su silueta recortada contra la luz del amanecer, vestido con una camisa negra que realzaba su figura imponente, las mangas arremangadas revelando la fuerza de sus antebrazos. El cabello oscuro aún húmedo, despeinado por el sueño, enmarcaba un rostro esculpido por el tiempo y la dureza de la vida. Sus ojos azul eléctrico, intensos y penetrantes, estaban fijos en la ciudad que se extendía a sus pies, como si estuviera calculando distancias, rutas de escape, amenazas invisibles que acechaban en las sombras. No había rastro de ternura en él, ninguna señal de calidez humana. No había barba que suavizara las líneas angulosas de su rostro, que mitigara la dureza de su mirada. Todo en Kennedy Douglas gritaba peligro contenido, violencia aprendida, silencio afilado, una advertencia constante de no acercarse demasiado.
Madison apareció tras él sin hacer ruido, moviéndose con la cautela de una gata salvaje.
—¿Siempre miras el mundo como si estuvieras a punto de romperlo?, preguntó, su voz suave pero cargada de ironía, apoyándose en el marco de la puerta, desafiando su autoridad.
Kennedy no se giró, manteniendo su mirada fija en el horizonte.
—Solo lo que merece ser roto, respondió, su voz grave y cargada de una amenaza implícita.
Ella rodó los ojos con exasperación y caminó hacia la cocina con paso firme, sin importarle el peligro que emanaba de él. Descalza, envuelta en una camisa que claramente no era suya, una prenda robada que la hacía parecer aún más vulnerable. Abrió los gabinetes sin preguntar, como si conociera el lugar de memoria, y encendió la cafetera con un gesto decidido, como si ese espacio le perteneciera desde siempre, desafiando su control.
Ese era el problema, su independencia, su audacia, su negativa a someterse.
Madison no sabía caminar en puntas de pie, no conocía el significado de la sumisión.
—No tienes café colombiano, comentó con un tono de reproche, evaluando el contenido de los estantes. Imperdonable, añadió, revelando su exigencia.
—No sabía que estaba casado con una crítica culinaria, respondió Kennedy desde el otro lado de la isla, su voz cargada de sarcasmo.
—No lo estás, replicó ella, sin mirarlo, marcando la distancia entre ellos. Esto es un contrato con anillos, afirmó, despojando su unión de cualquier romanticismo.
El choque fue inmediato, un choque invisible pero brutal, una colisión de dos mundos opuestos.
Kennedy se acercó a ella con lentitud depredadora, su presencia llenando el espacio, su mirada analizándola, evaluándola. No invadiendo su espacio personal, sino observándola, midiendo su reacción, preparándose para el ataque. Ella lo sintió incluso antes de levantar la vista, una tensión palpable que erizaba su piel.
—Escucha bien, dijo él, su voz baja y peligrosa, cargada de una advertencia implícita. Aquí no haces lo que quieres, afirmó, imponiendo sus reglas. No por control, aclaró, negando su intención de dominarla. Por seguridad, sentenció, justificando su autoridad.
Madison dejó la taza sobre la encimera con más fuerza de la necesaria, desafiando su dominio.
—¿Seguridad?, rió, una risa breve, desprovista de humor, cargada de amargura. Crecí rodeada de hombres que decían exactamente lo mismo antes de encerrarme, gritarme o golpearme, reveló, exponiendo su dolor, su trauma.
Los ojos de Kennedy se endurecieron, volviéndose más oscuros, más peligrosos.
—No me compares con ellos, ordenó, su voz cargada de furia contenida.
—Entonces no me hables como ellos, replicó, negándose a ser silenciada.
Silencio, denso, incómodo, cargado de una tensión palpable. El tipo de silencio que se mete bajo la piel, que te hace sentir vulnerable y expuesto.
Madison fue la primera en romperlo, como siempre, desafiando su dominio.
—Mira, ermitaño peligroso, dijo, girándose hacia él con una sonrisa ladeada, revelando su sarcasmo. Yo hablo, me río, provoco, existo, enumeró, defendiendo su derecho a ser ella misma. No voy a apagarme porque tú prefieras vivir en una cueva emocional, afirmó, desafiando su frialdad.
—Y yo no voy a adaptarme a tu ruido, replicó, su voz cargada de exasperación. El ruido mata, sentenció, revelando su aversión al caos.
Ella lo observó con atención ahora, de verdad, intentando comprender su naturaleza. La forma en que mantenía el cuerpo tenso incluso en reposo, como si estuviera listo para atacar en cualquier momento. Las manos grandes, marcadas por el trabajo y la violencia, revelando su fuerza. La mirada que no parpadeaba demasiado, intensa y penetrante, analizando cada detalle. Kennedy no era frío, no era indiferente. Era un arma en pausa, un depredador esperando el momento oportuno para atacar.
—¿Siempre estás así?, preguntó, sintiendo una punzada de curiosidad. ¿Como si alguien fuera a atacarte?, añadió, revelando su preocupación.
—Siempre alguien quiere hacerlo, respondió, revelando su paranoia, su desconfianza.
Madison tragó saliva, sintiendo un miedo creciente, pero no retrocedió, manteniendo su posición.
—Yo no, afirmó, marcando su diferencia, negando su intención de lastimarlo.
—Todavía, replicó, su voz cargada de escepticismo.
Eso la enfureció, desafiando su confianza.
—No soy tu enemiga, Kennedy, afirmó, exigiendo su confianza.
—Eso está por verse, respondió, sembrando la duda, manteniendo la distancia.
El ambiente se volvió áspero, cargado de hostilidad. Cada palabra era una chispa que podía encender una guerra. Cada gesto, una provocación que desafiaba su control.
Madison se acercó demasiado, invadiendo su espacio personal a propósito, desafiando su autoridad.
—¿Sabes qué es lo que más te molesta de mí?, susurró, su voz cargada de sarcasmo. Que no te tengo miedo, afirmó, revelando su audacia.
Kennedy bajó la mirada hacia ella con lentitud depredadora, su intensidadLa mirada de Kennedy bajó hacia ella con una lentitud depredadora, su intensidad haciéndola temblar por dentro, pero no lo demostró, mantuvo su pose imperturbable.
—Te equivocas —dijo, su voz grave y rasposa, a escasos centímetros de su rostro—. Eso es exactamente lo que me preocupa, confesó, revelando su vulnerabilidad, su temor a perder el control.
Estaban demasiado cerca, el aire entre ambos vibraba con una tensión palpable, cargada de algo que no era deseo todavía, pero tampoco odio puro. Era fricción, una colisión de mundos opuestos que chocaban y se repelían, creando chispas de electricidad. Era una atracción peligrosa, una fuerza magnética que los atraía y los mantenía alejados al mismo tiempo.
Madison fue la primera en apartarse, rompiendo el hechizo que los envolvía.
—Tenemos que establecer reglas —dijo, su voz temblorosa pero firme, marcando una tregua. Si vamos a convivir sin matarnos, explicó, justificando su propuesta.
—De acuerdo, asintió Kennedy, aceptando la necesidad de establecer límites.
—No me encierres, exigió, estableciendo sus condiciones. No me calles, añadió, negándose a ser silenciada. No me toques cuando esté enojada, sentenció, protegiendo su integridad.
Kennedy asintió, aceptando sus términos.
—Y tú, añadió, imponiendo sus propias condiciones, no provocas donde no conoces las consecuencias, advirtió, protegiéndola de sí misma. No sales sin avisar, exigió, controlando sus movimientos. No confías en nadie de tu familia, ordenó, protegiéndola de su influencia.
—Eso último no es difícil, replicó Madison, revelando su desconfianza hacia su familia, su propia experiencia.
Se miraron un segundo más, evaluándose mutuamente. Dos caracteres imposibles, dos voluntades que no sabían ceder, dos almas heridas que buscaban refugio en la oscuridad.
No se llevaban bien, no compartían valores ni ideales.
No se entendían, no hablaban el mismo idioma.
No se gustaban, no sentían atracción el uno por el otro.
Pero estaban atados por un contrato, por un destino impuesto, por una atracción irresistible.
Y en esa convivencia forzada, en esa casa llena de silencios yY en esa convivencia forzada, en esa casa llena de silencios y choques, algo comenzaba a gestarse lentamente, como una tormenta contenida que amenazaba con desatarse.
No amor, no todavía. No era una conexión basada en la ternura o el afecto.
Algo mucho más peligroso, algo oscuro y retorcido, una obsesión mutua que los consumía por dentro.