Sin spoiled
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Capitulo 20.
El silencio de la montaña, que al principio nos pareció un bálsamo, empezó a revelarse como una presión física. En la profundidad de la mina de San Judas, el tiempo no se medía en horas, sino en el goteo rítmico del agua filtrada y en el parpadeo de la lámpara de aceite. Habíamos pasado tres meses en la penumbra. Mis manos, antes acostumbradas al tacto del cuero y las armas, estaban ahora callosas de remover piedras y buscar leña seca en la entrada de la cueva.
Araxie se había vuelto una presencia etérea. Sin el ruido de la red, hablaba poco, como si estuviera reaprendiendo el valor de las palabras que no son datos. Pero algo estaba cambiando.
—Elías —dijo una noche, su voz surgiendo de la oscuridad—. La montaña no está quieta.
—Es el asentamiento de la piedra, Araxie. No hay nada ahí fuera —respondí, aunque yo también lo sentía. Una vibración de baja frecuencia, un zumbido que no se oía con los oídos, sino con los dientes.
—No es la piedra. Es la magnetita. No nos está ocultando... nos está procesando.
Me levanté y tomé la lámpara. Al acercarme a las paredes de la cámara principal, noté algo que no estaba allí el mes anterior. Las vetas de hierro magnético, que antes eran opacas y oscuras, ahora brillaban con una luminiscencia cobalto. La estructura del mineral parecía haberse reorganizado en patrones geométricos perfectos, similares a los circuitos integrados de La Atalaya.
—Maximilian —susurré, sintiendo un frío que no venía del clima—. Él no eligió este lugar porque fuera un punto ciego. Lo eligió porque era su copia de seguridad física.
En ese instante, el suelo de la cámara vibró con una sacudida violenta. No fue un terremoto; fue una secuencia de ignición. De las grietas del suelo empezaron a emerger cilindros de cromo pulido: antenas de transmisión ocultas bajo capas de sedimentos de décadas.
—¡Tenemos que salir de aquí! —grité, agarrando a Araxie del brazo.
Pero ella no se movió. Sus ojos habían vuelto a ese azul eléctrico, pero esta vez era más intenso, más violento. La magnetita de las paredes estaba actuando como un amplificador gigante. El refugio se estaba convirtiendo en una antena de alta potencia diseñada para una sola función: el reinicio del Administrador.
—No puedo... Elías... la montaña tiene voz —balbuceó Araxie, mientras sus pies se elevaban unos centímetros del suelo, sostenidos por un campo magnético invisible—. Es el protocolo "Fénix". Mi padre... él sabía que el Consorcio intentaría borrarlo todo. Dejó esta mina como un virus de hardware. Si el sistema global caía, la magnetita despertaría para reconstruir La Médula desde aquí.
—¡Araxie, lucha contra eso! —intenté acercarme, pero una descarga estática me lanzó contra la pared de piedra.
En las paredes de la mina, las vetas de mineral empezaron a proyectar imágenes holográficas. Vimos planos de la ciudad, registros financieros, y finalmente, el rostro de Maximilian Vesper-Zandrón. Pero no era una grabación. Era una construcción algorítmica alojada en el magnetismo de la montaña.
—Bienvenido a la fase final, Elías —la voz del viejo resonó en toda la cueva, vibrando en la piedra misma—. Pensaste que el exilio era una huida. Fue solo el tiempo de incubación. La Médula no es un programa, es una ley de la naturaleza que yo descubrí. Y para que la ley se cumpla, el Sujeto 0 debe integrarse con el núcleo de hierro de la tierra.
—¡Ella no es una pieza de tu máquina! —rugí, levantando un pico de minero y golpeando una de las antenas de cromo. Saltaron chispas, pero el metal era una aleación desconocida, indestructible.
—Ella es la red, y tú eres el testigo —continuó la voz—. La magnetita está descargando la conciencia colectiva que Araxie robó al Consorcio. Estamos reiniciando el mundo, muchacho. Desde este agujero de barro, vamos a reescribir la civilización.
Araxie gritó. Su cuerpo se arqueó en el aire, conectada a las paredes por hilos de luz azul que salían de sus poros. Estaba siendo usada como un puente biológico para que el "fantasma" de Maximilian volviera a la red global. La traición de la magnetita era total: no nos había protegido del Consorcio; nos había mantenido frescos para el regreso del creador.
—¡Elías! —logró gritar Araxie entre espasmos—. ¡El detonador... en la entrada! ¡Maximilian tenía un protocolo de emergencia por si la mina era descubierta! ¡Vuela el pilar central!
Corrí hacia la entrada, esquivando los rayos de energía estática que brotaban del suelo. Allí, oculta tras una vieja caja de herramientas de los años 50, encontré la consola de demolición. Era mecánica, vieja, analógica. La única cosa que el magnetismo no podía controlar.
Tenía que elegir. Si detonaba las cargas, la montaña colapsaría. Enterraría a Maximilian y su red para siempre, pero también enterraría a Araxie. Y probablemente a mí.
Miré hacia el fondo de la cueva. Araxie me miraba a través del resplandor azul. No había miedo en sus ojos, solo una súplica de libertad. Prefería morir como una mujer bajo toneladas de roca que vivir mil años como el procesador de un dios loco.
—No lo harás, Elías Solo —dijo la voz de la montaña—. Eres un superviviente. No estás hecho para el sacrificio. Quédate a mi lado y verás el amanecer de un siglo de orden.
—Tienes razón, Maximilian —dije, apoyando mi mano en la palanca del detonador—. Soy un superviviente. Y he aprendido que la única forma de sobrevivir a un hombre como tú es quemando todo lo que amas.
—¡Hazlo! —aulló Araxie.
Cerré los ojos y tiré de la palanca.
El sonido no fue una explosión, fue el rugido de la tierra misma reclamando lo que le habían robado. El techo de la mina empezó a desmoronarse en bloques gigantescos. Las proyecciones de Maximilian se distorsionaron, gritando en un lenguaje de estática mientras la red de magnetita se fracturaba.
Me lancé hacia Araxie. La alcancé justo cuando el campo magnético colapsaba y ella caía al suelo. La cubrí con mi cuerpo mientras el mundo se volvía polvo y oscuridad. El estruendo fue tan vasto que el silencio que siguió pareció la muerte misma.
Pasaron lo que parecieron horas. El aire estaba saturado de polvo de piedra y el olor acre de la magnetita quemada. Estábamos vivos, atrapados en una burbuja de espacio creada por el colapso de unas vigas de acero antiguas que habían formado un ángulo protector.
Araxie tosía débilmente a mi lado. La luz azul de sus ojos se había apagado por completo. Eran grises de nuevo. Grises humanos.
—¿Se ha ido? —preguntó en un susurro.
—La mina ha colapsado. Maximilian, La Médula... todo ha quedado bajo un millón de toneladas de hierro. Estamos a oscuras, Araxie. De verdad a oscuras.
Ella buscó mi mano en la negrura y la apretó. Ya no estaba fría. Tenía el calor de la sangre y el miedo. Habíamos destruido la última reliquia del Nuevo Orden, pero al hacerlo, habíamos sellado nuestra salida.
—¿Y ahora qué, Elías? —preguntó ella.
—Ahora... buscamos una grieta —respondí, sintiendo una corriente de aire fresco que venía de algún lugar entre los escombros—. Porque los supervivientes no se quedan a esperar el final. Los supervivientes cavan hasta encontrar la luz.
Habíamos sobrevivido a la traición de la piedra. Pero afuera, en un mundo que ya no tenía a Maximilian ni al Consorcio para dictar las reglas, el caos estaba a punto de reclamar su turno. Y nosotros, el cobrador de deudas y la interfaz fallida, éramos los únicos que sabíamos cómo navegar en las ruinas.