Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.
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El rastro del ángel caido
El despacho de Julián olía a café amargo y a desesperación. Eran las tres de la mañana, pero las luces del edificio corporativo no se apagaban. Alessandra lo observaba desde la acera de enfrente, oculta en la penumbra de su auto. Veía la silueta de él, apoyada contra el escritorio, con la cabeza entre las manos. Él no sabía que la quiebra que amenazaba con hundir el apellido de su familia no era un accidente; había sido una trampa orquestada por los socios de su propio padre, pero Julián era demasiado orgulloso para ver la traición de los suyos.
Alessandra suspiró, empañando el cristal del coche. Su mano acarició el maletín de cuero en el asiento del copiloto. Allí estaba el rastro de su "ayuda secreta".
La operación en las sombras
Dos años atrás, Alessandra había fundado, bajo un nombre falso y una red de abogados extranjeros, una firma de inversiones llamada Blue Phoenix. Nadie, ni siquiera sus padres que la llamaban "incapaz" cada cena de domingo, sabía que ella era el cerebro detrás de la recuperación de varias empresas locales.
—Es hora —susurró para sí misma.
Salió del auto, cubriéndose con una gabardina oscura. No entró por la puerta principal. Tenía una llave que había conseguido sobornando al conserje semanas atrás. Subió por las escaleras de servicio, evitando las cámaras que ella misma había ayudado a piratear para que no quedara registro de su entrada.
Llegó al piso de contabilidad. Sabía que Julián estaba arriba, en la oficina principal, luchando con hojas de cálculo que no cuadraban porque le faltaban diez millones de dólares para cubrir el desfalco de la mañana siguiente. Si no aparecía ese dinero antes de las 8:00 AM, la policía llamaría a su puerta.
Con movimientos ágiles, Alessandra se sentó frente a la terminal principal. Sus dedos volaron sobre el teclado. No solo estaba inyectando capital; estaba borrando las huellas de los verdaderos culpables.
Mientras hackeaba el sistema, Alessandra recordó un verano, hace quince años. Julián la había defendido de un grupo de niños que se burlaban de su ropa vieja, la ropa que Isabella se negaba a heredarle. "No llores, Ale, yo siempre te voy a cuidar", le había dicho él. Ahora, el destino se había reído de ellos: ella lo cuidaba desde las sombras, y él la odiaba bajo la luz.
El milagro amargo
Terminó la transferencia. Diez millones de dólares provenientes de una cuenta fantasma en las Islas Caimán aterrizaron suavemente en las cuentas de la empresa de Julián. Para él, parecería un error bancario a su favor o un inversor anónimo de último minuto.
Se puso de pie, pero antes de salir, dejó un pequeño sobre blanco sobre el escritorio del contador principal. Dentro no había dinero, solo una nota con letra de imprenta: "No mires atrás, el fuego ya se apagó".
Justo cuando salía por la puerta de emergencia, escuchó pasos. Se pegó a la pared, conteniendo el aliento. Era él.
Julián bajó al área de contabilidad, seguramente buscando una respuesta que no encontraba en los libros. Alessandra lo vio a través de la rendija de la puerta. Él se acercó a la computadora, vio la notificación de "Transferencia Exitosa" y se desplomó en la silla. Sus ojos se llenaron de lágrimas, no de alegría, sino de alivio absoluto.
—¿Quién...? —murmuró él, mirando al techo como si buscara un Dios que lo hubiera escuchado—. Gracias... sea quien sea, gracias.
Alessandra, detrás de la puerta, cerró los ojos y dejó que una lágrima solitaria rodara por su mejilla. "Soy yo, Julián. Soy la mujer que desprecias porque crees que solo tengo dinero para comprarte, cuando en realidad, te estoy regalando mi vida entera".
Se escabulló por el pasillo frío, sabiendo que mañana, cuando se casaran, él la miraría con asco pensando que ella lo está obligando a unir sus vidas, sin sospechar que horas antes, ella le había devuelto su libertad.