una chica y un chico
ambos tiene una vida en sus hogares, una familia
pero la pasión y el amor será más fuerte por luchar por lo que sienten o se dejarán vencer y volveran a la realidad en la que viven y renunciarán a este amor.?
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Capítulo 19: La grieta en el cristal
La mansión de los Ferrara siempre había funcionado con la frialdad eficiente de una galería de arte. Sin embargo, para Solangel, los espacios vacíos empezaban a decir más que las palabras. No era algo obvio; no había descuidos groseros ni llamadas a medianoche. Era una disonancia en el ritmo de Maximiliano: un silencio que no era de paz, sino de una ausencia mental profunda. Él estaba allí, sentado a la mesa, pero sus ojos estaban fijos en un punto invisible más allá de los muros de mármol.
Esa noche, mientras se preparaban para la gala benéfica de la Fundación "Futuro Brillante", Solangel lo observó a través del reflejo del espejo del vestidor. Maximiliano se anudaba la corbata de seda negra con una torpeza impropia de un hombre que había hecho del protocolo su segunda piel. Tenía los hombros ligeramente caídos y una fatiga en la mirada que ningún traje a medida podía ocultar.
—Has estado cancelando tus sesiones de squash con los directivos, Maximiliano —dijo Solangel, mientras se colocaba unos pendientes de diamantes con movimientos precisos—. Y Julián mencionó que apenas te ha visto por el club esta semana.
—Demasiado trabajo con el cierre de la auditoría de la editorial, Solangel. Lo sabes —respondió él, evitando encontrarse con sus ojos en el espejo.
—El trabajo siempre ha estado ahí, pero tu rigor no. Estás... disperso. Ayer pasé por tu despacho y la puerta comunicante estaba abierta, algo que detestas. Pareces un hombre que espera algo que no termina de llegar.
Maximiliano tensó la mandíbula, sintiendo el escrutinio de su esposa como una luz de interrogatorio.
—Solo es cansancio acumulado. La cena de hoy será corta, ¿verdad? No tengo energía para protocolos extendidos.
—Es la gala de la fundación, Max. Somos los benefactores principales. La imagen de estabilidad de los Ferrara es el pilar de este evento. Necesito que estés presente, no solo físicamente —ella se acercó y le acomodó la solapa con una firmeza que pareció una advertencia—. Sonríe. El mundo necesita creer que somos tan sólidos como nuestro patrimonio.
El evento se llevó a cabo en el gran salón de un hotel histórico, un espacio saturado de perfumes caros y conversaciones sobre fondos de inversión. Solangel se movía por el salón como una reina en un tablero de ajedrez, saludando a embajadores y empresarios con una gracia milimétrica. Maximiliano la seguía, estrechando manos y asintiendo, pero sentía que el esmoquin le apretaba el pecho, recordándole la libertad salvaje que sentía en el departamento del casco antiguo.
A mitad de la cena, mientras el presidente de la fundación daba un discurso sobre la "importancia de los cimientos institucionales", Solangel notó que Maximiliano revisaba su teléfono por debajo de la mesa. Fue un gesto rápido, furtivo, con el brillo de la pantalla iluminando por un segundo su rostro ansioso.
—¿Alguna emergencia editorial un viernes por la noche? —preguntó ella en un susurro gélido, sin dejar de mirar al orador con una sonrisa profesional.
Maximiliano guardó el dispositivo de inmediato, sintiendo que el secreto le quemaba el bolsillo.
—Un ajuste de textos de Elizabeth. Nada que no pueda esperar a mañana.
Solangel no respondió, pero su intuición, entrenada en detectar inconsistencias en balances financieros, se encendió. Recordaba a Elizabeth Moore de la cena en L'Étoile; una mujer de talento innegable, pero que esa noche parecía cargar con un peso invisible. "Demasiada atención personal a una colaboradora externa", pensó Solangel.
Durante el brindis, observó a su marido con una atención renovada. Maximiliano no bebía su vino; simplemente lo observaba. No participaba en las bromas de sus colegas; simplemente esperaba que el tiempo pasara. Parecía un hombre que contaba los minutos para escapar de su propia vida de éxito.
—Maximiliano —dijo ella cuando regresaban en el coche blindado hacia la mansión—, el lunes iré a la oficina. Quiero revisar personalmente el presupuesto final de la campaña de "humanización". Siento que hay ciertos gastos de representación que no están del todo claros en los informes de la editora.
Maximiliano sintió un vuelco en el estómago. La sola idea de Solangel auditando los movimientos de Elizabeth era un peligro inminente.
—No es necesario, Solangel. Yo ya lo aprobé todo. Elizabeth está trabajando desde casa estos días para agilizar la redacción final sin interrupciones.
—¿Desde casa? —Solangel arqueó una ceja, su voz subiendo un tono en señal de incredulidad—. ¿Desde cuándo permites que el personal estratégico falte a la oficina en la etapa crítica de cierre? Eso no suena a ti, Max. Tú eres un hombre que exige control y presencia absoluta.
—Las reglas cambian cuando se busca el alma de un proyecto, no solo la obediencia —replicó él, tratando de sonar firme, aunque el corazón le latía con una violencia traidora.
Solangel guardó silencio el resto del camino. Miró por la ventanilla hacia las luces de la ciudad, procesando la información con la frialdad de una computadora. Maximiliano defendiendo excepciones laborales, Maximiliano ausente en sus círculos sociales, Maximiliano mintiendo sobre correos nocturnos. Los puntos empezaban a formar una línea, y esa línea no conducía a la eficiencia empresarial que ambos habían jurado proteger.
Al llegar a casa, Maximiliano fue directo a su estudio, buscando refugio en la penumbra. Solangel, por su parte, se quedó en el vestíbulo principal, observando la figura de su marido desaparecer escaleras arriba. Su rostro no mostraba dolor, sino una determinación gélida.
—Talento, no obediencia... —susurró ella para sí misma, con una sonrisa que no auguraba nada bueno.