Hace tres siglos, la joven reina Isolda fue traicionada la noche antes de firmar un tratado que habría salvado su reino.
En su última hora, una mujer misteriosa le prometió: “Tendrás otra oportunidad, pero no en este tiempo.”
En el 2025, Tomás Vidal, es un arquitecto urbano y orgulloso escéptico de todo lo sobrenatural, encuentra en la restauración de un antiguo palacio europeo a una mujer desorientada, vestida como si acabara de salir de una pintura. Dice ser reina. No recuerda cómo llegó allí.
Entre intentos por adaptarse a un mundo sin carruajes, sin criadas y con “pantallas mágicas”, Isolda se convierte en un fenómeno viral.
Tomás intenta protegerla de la prensa y de sí misma, pero acaba descubriendo que lo imposible tiene su propia lógica y que está empezando a enamorarse de alguien que, literalmente, no pertenece a su tiempo.
Mientras tanto, los fragmentos de la traición que la condenó comienzan a resurgir.
¿Sobrevivirán al pasado o al presente?
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIA
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CAPÍTULO 20
La noche había caído sobre la ciudad, pero en el departamento de Tomás la luz seguía encendida.
El suelo estaba cubierto de documentos impresos, capturas de archivos y varias tazas de café que habían dejado de ser calientes hacía horas.
Tomás estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el sofá y una computadora abierta sobre las piernas.
Isolda observaba el desastre desde arriba.
—Debo admitir algo —dijo finalmente.
—¿Qué cosa?
—Tu forma de investigar parece una batalla perdida.
Tomás levantó la vista.
—Es arqueología histórica.
—En mi época lo llamábamos caos.
Él suspiró.
—Si te molesta, puedes ayudar.
Isolda se sentó junto a él con una dignidad sorprendente para alguien rodeado de papeles.
Miró la pantalla como si fuera una criatura sospechosa.
—Sigo sin entender cómo funciona este artefacto luminoso.
—Computadora.
—Sí, eso.
—Sirve para encontrar traidores muertos hace cuatro siglos.
Ella inclinó la cabeza.
—Entonces empiezo a respetarla.
Tomás sonrió y volvió al documento que estaba leyendo.
—He encontrado algo más sobre Merek.
El nombre hizo que el ambiente cambiara ligeramente. Isolda no lo interrumpió.
Tomás abrió un archivo digitalizado.
—Era comandante de la guardia interior. Muy cercano a la familia Idolen.
Isolda frunció el ceño.
—Eso es correcto.
—Pero hay algo extraño.
—¿Qué?
Tomás amplió el documento.
—No aparece en ningún registro después de la rebelión.
—Eso también es correcto —respondió ella—. Porque murió.
Tomás levantó la vista lentamente.
—No hay ningún documento que diga eso.
Isolda lo miró con atención.
—Murió —repitió—. Yo lo vi caer.
Tomás dudó un momento.
—¿Estás segura?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Isolda cerró los ojos por un instante.
Las imágenes regresaron con una claridad inesperada. El castillo iluminado por antorchas. El sonido de la lluvia golpeando las murallas. El olor metálico de la sangre.
Y Merek frente a ella, con su armadura oscura y el rostro inexpresivo.
—Recuerdo la traición —murmuró ella—. Recuerdo el veneno.
Tomás esperó.
—Pero… —continuó Isolda lentamente— …no recuerdo verlo morir.
Abrió los ojos.
—Recuerdo que cayó.
Tomás frunció el ceño.
—Eso no es lo mismo.
Ella negó suavemente.
—No.
Tomás volvió a mirar la pantalla.
—Si sobrevivió… pudo desaparecer.
Isolda observó el nombre en el documento. Un nombre que durante siglos había quedado enterrado bajo versiones incompletas de la historia.
—No era un hombre fácil de matar —dijo finalmente.
—¿Lo conocías bien?
Ella lo miró con una expresión difícil de interpretar.
—Lo suficiente para confiar en él.
Tomás hizo una mueca.
—Eso debió ser incómodo.
—Lo fue.
Durante unos segundos ninguno habló. Luego Tomás cerró el archivo.
—Hay otra posibilidad.
Isolda levantó la mirada.
—¿Cuál?
—Que nunca haya abandonado el juego.
Ella lo miró con atención.
—Han pasado cuatro siglos, Tomás.
—Lo sé.
Señaló la carta que habían encontrado en los archivos.
—Pero tú tampoco seguiste las reglas normales del tiempo.
El silencio volvió a instalarse. Isolda apoyó la espalda contra el sofá.
—Si Merek sobrevivió…
Tomás terminó la frase.
—Entonces pudo haber esperado.
Ella sonrió ligeramente.
—Esperar cuatro siglos requiere paciencia.
Tomás la miró de lado.
—¿Crees que alguien capaz de traicionar a su reina tendría problemas con la paciencia?
Isolda dejó escapar una pequeña risa.
—Tienes un punto.
Tomás la observó unos segundos antes de hablar.
—Hay algo más.
—Siempre lo hay.
—He estado revisando registros modernos.
Ella lo miró con curiosidad.
—¿Modernos?
—Sí. Donaciones, fundaciones antiguas, sociedades históricas…
—Eso suena peligrosamente aburrido.
Tomás giró la pantalla hacia ella.
—Tal vez no tanto.
En la pantalla aparecía el nombre de una organización privada que financiaba investigaciones históricas desde hacía más de un siglo.
Isolda leyó el nombre en silencio. Luego levantó la vista.
—¿Qué tiene de especial?
Tomás señaló una línea.
—El fundador.
Isolda volvió a leer. Y el aire en la habitación pareció detenerse.
El apellido era breve, antiguo. Y peligrosamente familiar, llamado Merek.
Tomás la miró.
—Creo que tu traidor no desapareció.
Isolda permaneció en silencio unos segundos. Luego se levantó y caminó hacia la ventana.
Las luces de la ciudad se extendían hasta el horizonte.
Un mundo completamente diferente al que había dejado atrás.
—Cuatro siglos —murmuró.
Tomás se acercó.
—¿Qué piensas?
Isolda lo miró con una serenidad inquietante.
—Que si Merek sigue jugando (sus ojos brillaron ligeramente) —entonces esta vez cometió un error.
Tomás levantó una ceja.
—¿Cuál?
Ella sonrió.
—Dejarme volver.