Miranda y Laura han sido inseparables desde la infancia. Sin embargo, su amistad se ve puesta a prueba cuando Laura se enamora del novio de Miranda, David, y queda embarazada. La traición de Laura hiere profundamente a Miranda, quien decide llevar a cabo una venganza bien planificada, que culminará en una inesperada revelación
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El Sótano de los Secretos
Miranda
El galpón abandonado en las afueras de Catia se alzaban frente a mi campo de visión con cada paso que daba hacia el interior de ese lugar, llegaban los recuerdos de años anteriores, y el olor que se filtraba por mis fosas nasales me recordaba a un tiempo lejano en Sicilia, el olor era el mismo excepto que la persona era diferente, porque este tenía rango, el otro era apenas un simple doctor el lugar olía a óxido, aceite quemado y al miedo rancio que emanaba del hombre atado a la silla de hierro. Las paredes de concreto filtraban la humedad de la noche caraqueña, creando un eco perfecto para los lamentos que nadie escucharía.
Entré en el recinto con el paso firme de quien es dueña del mundo y sabe que con un chasquido de dedos puede ver todo arder en llamás. Llevaba un enterizo de negro con estampado militar que se adhería a mi cuerpo como una segunda piel de combate, mi cabello recogido en una coleta alta y tirante que acentuaba mis pómulos, y mis labios teñidos de un rojo mate tan intenso que parecía sangre seca.
Esta noche no era la prestigiosa psicóloga Miranda Rinaldi, era la mujer que tanto se empeño mi famila en crear, hoy haría justicia con mis propias manos.
Ethan, mi jefe de seguridad, se cuadró al verme. Sus ojos de exmilitar no mostraban juicio, todo lo contrario parecían brillar, como si estuviera orgulloso de mi, su lealtad hacia mi era intangible.
—Está listo, señorita Rinaldi—informó Ethan, apartándose para dejarme pasar—. Ha intentado negociar, pero le recordamos que aquí su rango no vale más que el metal de la silla.
Me acerqué a Valdemar. El General, aquel hombre que se creía un dios en Fuerte Tiuna, ahora era solo un despojo humano con el uniforme desgarrado y algunos que otros golpes propinados por mi persona de seguridad.
—Miranda... por favor —gimió, intentando enfocar la vista—. Puedo darte nombres, cuentas en el exterior...
—No quiero tu dinero, Valdemar —le interrumpí, mi voz era un susurro gélido mientras me colocaba unos guantes de látex negro—. Quiero que sientas el mismo vacío que sintió Lucero. Esa sensación de que tu cuerpo no te pertenece.
Tomé un bisturí quirúrgico de la mesa metálica que Ethan había preparado. No iba a matarlo; la muerte era un regalo demasiado piadoso que no le pensaba conceder. Iba a marcarlo como a un animal, pero no sería cualquier marca, sería la de traición. Con una precisión clínica, realicé una incisión superficial pero dolorosa en su hombro, justo donde antes descansaba su insignia de General.
—Esto es por cada lágrima de Lucero —dije, mientras él soltaba un alarido que rebotó en las vigas del techo, al tiempo que introducía mi dedo en la incisión —. Mañana irás a la cárcel de Santa Ana. He hablado con el director. Te darán una "bienvenida" especial en el pabellón de máxima peligrosidad. Digamos que los internos no son muy amables con los violadores, y menos con los que visten de verde.
Valdemar temblaba descontroladamente. Le hice una señal a Ethan, quien le inyectó una solución salina concentrada en la herida para prolongar la agonía.
—Llévatelo — ordené, limpiando el bisturí—. Que el traslado sea esta misma noche. Asegúrate de que llegue vivo, pero roto.
Alvaro qué estaba entre las sobras, observando mi actuar, con un tranquilidad tomo a Valdemar, me dedico una sonrisa de aprobación antes de empezar a llevarse a Valdemar del lugar, yo por mi parte me quedé viendo a la nada, fracturar a Valdemar fue fácil, pero no satisfactorio.
— Tendré que buscar otra forma de liberar este estrés — le dije a Ethan qué permanecía atento a mis órdenes. — Creo que visitaré el lugar donde crecí — le dije cuando empezamos a caminar.
Mientras caminaba hacia mi camioneta blindada, noté un destello metálico a lo lejos, entre los escombros de una construcción aledaña. Un obturador de cámara.
—Ethan —dije sin girar la cabeza—, a las diez, entre las columnas de acero. Alguien tomó una fotografía. Tráelo. Ahora.
En menos de tres minutos, Ethan regresó arrastrando a un hombre delgado que portaba una cámara profesional. El sujeto temblaba como una hoja. Ethan le arrebató el equipo y revisó la memoria digital.
—¿Quién te envió? —pregunté, acercándome tanto que podía oler su terror.
—Doctora... yo... —el hombre miró a Ethan y luego a mí—. Fue el señor Cristian. Él me contrató.
Me quedé helada. El aire se volvió pesado en mis pulmones.
—¿Cristian? —repetí, mi voz cargada de un veneno nuevo y una mosca de incredulidad.
El no sería capaz de hacer algo así, el confía en mí, a menos de que no lo hiciera.
—Dijo que era por su seguridad —intervino el hombre, con una nota de precaución en su tono—. El señor se preocupa por usted, doctora. Sabe que se desde que llegó al país, algo pasa con usted y el nos mandó a cuidarla, el solo quería asegurarse de que siempre tuviera respaldo si algo salía mal,no podría soportar que algo le pasara a usted o a la niña.
Esa revelación dolió más que cualquier traición política o golpe físico. La furia y la indignación comenzaron a burbujear en mi pecho. ¿Seguridad? No, eso era falta de confianza. Era vigilancia. Cristian, el hombre al que había abierto y con el que conversaba cada noche, me estaba tratando como a una sospechosa o, peor aún, como a una niña incapaz de protegerse.
Esta traición la podía esperar de mi propia familia que creía que no tenía las capacidades suficientes, pero... pero jamás lo esperé de Cristian. Con un leve asentimiento de cabeza le hice saber a Ethan qué lo mejor era acabar con la vida de es hombre, no podía permitirme que Cristian se enterará de que tengo un lado oscuro, turbio y peligroso.
— Yo me encargaré de tu familia — fueron mis palabras antes de que Ethan disparará el arma.
Subí a la camioneta, donde Yhonatan me esperaba con un informe impecable, me preguntaba porque estaba en mi camioneta, si el dentista estar con mi primo Alvaro. Su rostro, usualmente impasible, mostraba una sombra de cansancio que solo tenía un nombre y era el de mi prima: Charlotte.
—He terminado con los registros de la fundación —dijo Yhonatan sin mirarme—. Todo está en orden. Pero... Miranda, necesito saber de ella. De Charlotte.
Me recosté en el asiento de cuero, cerrando los ojos. Charlotte, mi prima, la mujer que tuvo que huir del país porque Yhonatan, en un acto de cobardía, no confió en ella cuando más lo necesitaba. Ahora ella estaba en un lugar de Europa, reconstruyendo su vida lejos de él,ahora ella estaba cumpliendo sus sueños.
— Quieres arreglar las cosas, ¿verdad? —pregunté con sarcasmo.
—Cometí un error —admitió él, su voz apenas un susurro—. No debí dejarla ir. Pensé que era lo mejor para los dos, pero solo la rompí. Quiero traerla de vuelta. Quiero que ella me escuche y me perdone Miranda.
Lo mire por unos segundos,años atrás yo misma le dije a Charlotte que el tenía miedo, que estaba confundido y que debía darle una oportunidad, y cuando eso paso, Yhonatan jamás llegó al lugar acordado.
—Déjala en paz, Yhonatan —sentencié, mirándolo con firmeza—. Charlotte ya te olvidó. Está viviendo una vida donde es feliz y hace lo que más le gusta en esta vida. Ella no quiere volver a verte, y yo no voy a permitir que la hagas sufrir más. Una sola vez interviene por ti y le defraudaste, no solo rompiste su confianza en ti,si no la mía.
Mentía. Sabía que Charlotte lloraba su nombre en las noches de soledad en Milán, pero la lealtad hacia mi prima era mayor que mi compasión por el arrepentimiento de Yhonatan. En este mundo, los errores se pagan con ausencias. Y el error más grande de Yhonatan fue no escuchar la versión de mi prima y dejarse llevar por el dolor y los recuerdos.
El no dijo nada más, solo bajo de la camioneta y se marcho, mientras que yo miraba a Ethan — vamos a casa, tengo algo que resolver algo con Cristian.