🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.
No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.
Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.
Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.
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CAPÍTULO 4
La luna se filtraba entre las cortinas de seda, dibujando franjas plateadas sobre la cama donde Kassandra seguía sentada, con los dedos apretados alrededor del borde del colchón. El aroma a gardenias, antes un simple recordatorio, ahora se volvía asfixiante, como si las flores hubieran crecido en sus pulmones y le robaran el aire. Cerró los ojos, pero el pasado no se detuvo. Al contrario, la arrastró de vuelta con una fuerza que le quemaba en el pecho.
Después de la celebración, el coche se movía en silencio por las calles, iluminadas por faroles que parpadeaban como estrellas moribundas. Fabián, a su lado, no había pronunciado una palabra desde que salieron de la recepción. Kassandra miraba por la ventana, contando los segundos entre cada respiración, como si el tiempo pudiese estirarse lo suficiente para que todo aquello no estuviera pasando. Pero el auto frenó. La mansión se alzaba frente a ellos, imponente, con sus columnas de mármol y las puertas talladas que parecían cerrarse sobre ella como una tumba.
El mayordomo, un hombre de rostro impasible y manos blancas como el almidón, se inclinó en un gesto que no era cortesía, sino protocolos. —Bienvenida, señora —dijo, y la palabra señora sonó como un candado al cerrarse.
Kassandra bajó la mirada hacia sus manos. Los dedos aún tenían marcas rojizas de la aguja que se le clavó el día anterior. Se las llevó a los labios, como si pudiera saborear en ellas el último rastro de su vida anterior. Recuerda quién eres, se ordenó en silencio, aunque el nombre que le correspondía ahora era otro. Kassandra Álvarez de Toledo. Un título que sonaba a propiedad ajena.
La puerta de la habitación matrimonial se cerró con un clic definitivo. Fabián no encendió las luces; la penumbra solo se rompía por la claridad que se filtraba desde el pasillo, suficiente para ver cómo él se desabrochaba la corbata con movimientos lentos, deliberados, como si cada gesto fuera una lección. El vestido de novia yacía en el suelo, un montón de tul y encaje que ya no servía para nada. Kassandra se quedó inmóvil junto a la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si eso pudiera detener el temblor que le recorría la columna.
El perfume de las gardenias, el mismo que ahora inundaba su habitación años después, flotaba en el aire, mezclado con el sudor frío de los nervios. Fabián se acercó, y ella sintió el calor de su cuerpo antes de que la tocara. Sus dedos, fríos y precisos, rozaron su hombro, deslizándose hacia abajo hasta encontrar el cierre del corsé que aún llevaba puesto. No hubo prisa, ni impaciencia. Solo el método de quien sabe que el tiempo está de su lado.
—Desvístete —ordenó, sin elevar la voz.
Kassandra obedeció, aunque sus dedos torpes tardaron más de lo necesario en soltar los broches. La tela cedió, cayendo a sus pies como una piel muerta. Quedó frente a él en enagua y medias, con los brazos pegados a los costados, exponiendo cada centímetro de su cuerpo a esa mirada café que la recorría como un escáner. No buscaba deseo; buscaba defectos, grietas en el producto que acababa de adquirir.
Cuando sus ojos se detuvieron entre sus muslos, Kassandra supo que lo había encontrado.
El silencio que siguió fue peor que un grito. Fabián no se movió, pero su mandíbula se tensó, como si estuviera masticando algo amargo. —Vaya —murmuró al fin, con una calma que helaba más que un insulto—. Pensé que llegaría intacta.
El rubor le subió por el cuello, quemándole las mejillas. No era una pregunta. Era un veredicto. —No me preguntaste —logró decir, aferrándose a la sábana que cubría el colchón como si fuera un salvavidas—. No estaba en el contrato.
Fabián soltó una risita seca, sin humor. —No hace falta que digas nada —deslizó los dedos por su brazo, apretando justo donde la piel era más sensible—. Solo recuerda: me costaste demasiado cara para ser barata.
La mano de él se cerró alrededor de su muñeca, tirando de ella hacia la cama. Kassandra cayó sobre el colchón con un gemido ahogado, el cuerpo tenso como un arco a punto de romperse. Fabián no la besó. No hubo ternura, ni siquiera la fingida. Solo el peso de su cuerpo sobre el de ella, la presión de sus rodillas separándole los muslos, y el dolor seco cuando la penetró sin preparación, como si quisiera borrar con violencia lo que otro había dejado allí antes.
—Aprende a callar —le susurró al oído, mientras el ritmo de sus embestidas se volvía más brutal—. El placer es mío. Tú solo existes para dármelo.
Kassandra mordió el labio hasta saborear sangre. No gritó. No lloró. Pero en algún lugar dentro de ella, donde ni siquiera Fabián podía llegar, una chispa se encendió. Pequeña, casi invisible, como la brasita que queda bajo las cenizas de un incendio. No lo sabía aún, pero esa chispa no se apagaría. Y con el tiempo, quemaría todo.