Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
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CAPÍTULO 6
Adriano
Estuve fuera del país una semana y media.
Con Alessandro.
Quería que revisara un proyecto inmobiliario en Málaga. Negocios, números, poder… todo lo que siempre había sido mi mundo.
Pero no mi mente.
Porque, incluso estando lejos… ella no se iba.
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Cuando regresé, lo primero que hice fue ir al departamento.
Mi departamento.
El nuestro… en cierta forma.
El miércoles no estaba.
El jueves tampoco.
Y entonces lo entendí.
No iba a volver.
Era una señal.
Una advertencia de ese destino cruel que parecía divertirse conmigo.
El sábado me casaba con Alina Rinaldi.
Y la conocería… en el altar.
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Salí a caminar por la capital.
Sin rumbo.
Sin objetivo.
Solo… evitando pensar.
La ciudad estaba llena. Ocho millones de personas. Ruido, movimiento, caos.
Perfecto para perderse.
O eso creía.
Porque entonces la vi.
Al otro lado de la calle.
Mirando su teléfono.
Como si el mundo no existiera.
Como si yo no estuviera a punto de perderlo todo.
Me detuve.
El semáforo cambió.
Caminé.
Y cuando estuvimos lo suficientemente cerca… la tomé del antebrazo.
Con cuidado.
Se sobresaltó.
Pero al levantar la mirada… me reconoció.
Y sonrió.
Esa sonrisa.
La misma que me había arruinado.
Se lanzó hacia mí, rodeando mi cuello con sus brazos.
Y yo… la abracé por la cintura, como si fuera lo único real en ese momento.
—Entre ocho millones de personas… tenía que encontrarte a ti.
Acaricié su rostro.
Y sin pensar demasiado… la llevé conmigo.
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Entramos a uno de mis restaurantes.
Uno donde nadie hablaba.
Donde nadie hacía preguntas.
Ella estaba distinta.
Más callada.
Más… lejana.
—¿Qué tienes?
Negó suavemente.
Y en lugar de responder…
me besó.
Al principio suave.
Luego más profundo.
Como si quisiera decir algo que no podía poner en palabras.
Pedí que empacaran la comida.
No quería gente alrededor.
No quería interrupciones.
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La llevé a otro departamento.
Uno que nadie conocía.
Un lugar donde no existía el apellido Vassari.
Donde solo éramos… nosotros.
Apenas cerré la puerta, me quité la chaqueta.
Y la besé.
La deseaba.
Más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Ella se acercó más.
Se acomodó sobre mí.
Sus manos comenzaron a desabotonar mi camisa, lentamente…
Sus labios aún sobre los míos.
Hasta que se detuvo.
Se enderezó.
Y su expresión cambió.
Por completo.
Confusión.
Luego… horror.
Tardé un segundo en entender.
Hasta que recordé.
La marca.
Maldita sea.
Su voz salió apenas en un susurro:
—Eres un Vassari.
La miré.
No tenía sentido mentir.
—Adriano Vassari.
El silencio que siguió… fue peor que cualquier grito.
—De todas las personas del mundo… —dijo— tenías que ser tú.
Se apartó de golpe.
Y entonces lo vi todo en su rostro:
Rabia.
Dolor.
Frustración.
Y algo más…
Algo que me atravesó.
—Espera —dije, levantándome.
Pero ya era tarde.
Salió del departamento sin mirar atrás.
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La seguí.
Bajé por las escaleras de emergencia.
Rápido.
Desesperado.
Cuando llegué al lobby…
ya no estaba.
—¿La mujer que salió? —pregunté al vigilante.
Me señaló una dirección.
Corrí.
Pero no la encontré.
Y ahí…
me sentí como un idiota.
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Volví al departamento.
Y bebí.
Como no lo hacía desde hacía años.
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Desperté con alguien sacudiéndome.
—Adriano.
Abrí los ojos.
Lucca.
Estaba en mi casa.
No recordaba cómo había llegado.
La cabeza me estallaba.
Seguía con la misma ropa.
—Vaya noche —dijo.
—No me jodas…
Me incorporé y tomé una caneca.
Vomité.
—¿Qué hora es?
—Las cuatro de la tarde.
Hizo una pausa.
—Te casas en dos horas.
Maldije en voz baja.
—El traje…
—Ya lo traje —interrumpió—. Me llamaron porque no contestabas.
Asentí.
—Gracias.
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Me levanté.
Mi ama de llaves me llevó algo de comer.
No tenía sabor.
Nada lo tenía.
Porque solo pensaba en ella.
En su mirada cuando descubrió quién era.
En cómo se fue.
Como todos.
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Me duché.
Me vestí.
Me convertí otra vez en lo que debía ser.
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—Averigüé cosas sobre tu futura esposa —dijo Lucca.
No respondí.
—Es virgen. ¿Puedes creerlo?
Lo miré, molesto.
—¿Y eso a mí qué?
Se encogió de hombros.
—Podrías moldearla.
—No es un objeto —lo interrumpí—. Es una persona.
Lo miré fijamente.
—A veces parece que no nos hubieran criado los mismos padres.
Sonrió, sin vergüenza.
—Déjame estar con ella.
—Estás enfermo.
—Lo intentaré igual.
—No te acerques.
Mi tono fue claro.
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Llegamos.
La recepción estaba lista.
Mi madre me miró con desaprobación.
—Estás ebrio.
—Con resaca.
Intentó arreglarlo.
Enjuague bucal.
Gotas en los ojos.
Apariencias.
Mi padre habló.
—Siempre supiste comportarte.
No respondí.
No me importaba.
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Saludé.
Sonreí.
El yerno perfecto.
Una farsa.
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Me posicioné en el altar.
Todo estaba impecable.
Elegante.
Frío.
Perfecto.
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Y entonces…
la música comenzó.
Respiré.
Una vez.
Otra.
Y otra más.
Me giré.
Y la vi.
Y el mundo… se detuvo.
No podía respirar.
No podía pensar.
Mi mente iba a mil.
No podía ser.
No podía…
Ella.
Vestida de blanco.
Impecable.
Hermosa.
Irreal.
Avanzando hacia mí.
Alina.
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Se detuvo frente a mí.
Sus padres la entregaron.
Y en ese instante…
lo entendí todo.
El destino.
La ironía.
La condena.