Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."
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Capítulo 18: El Silencio del Oro
Las semanas en Neo-Luxor se arrastraban con una pesadez asfixiante. En la cúspide de la Torre Ra, Maximilian Al-Mansur se había convertido en una sombra de sí mismo. Aunque su imperio seguía creciendo y el oro fluía por sus venas industriales con más fuerza que nunca, el penthouse se sentía como un mausoleo de cristal. El CEO apenas dormía, consumido por una mezcla de odio ardiente y una soledad que no lograba llenar ni con el trabajo más extenuante ni con el alcohol más caro. Cada rincón de la torre le recordaba a Amara, pero el recuerdo de su supuesta traición actuaba como un escudo que impedía cualquier atisbo de arrepentimiento.
Mientras tanto, en la zona baja, la situación de la familia de Amara era crítica. Omar, el padre de Amara, veía cómo su mundo de lujos y comodidades se desmoronaba. Sin la asignación mensual de Maximilian, las deudas empezaban a asfixiarlos y el estigma del repudio de la reina los convertía en parias sociales. Omar, un hombre cuya salud siempre había sido frágil y cuya ambición superaba su moral, decidió que no podía permitir que su hija y su futuro nieto vivieran en la miseria. Cegado por la desesperación y el orgullo herido, se presentó en la Torre Ra exigiendo una audiencia con el hombre que alguna vez llamó "yerno".
Yusuf, por orden directa de un Maximilian harto de las súplicas, permitió que Omar subiera al despacho. Cuando el anciano entró en la oficina de obsidiana, se encontró con un Maximilian gélido, sentado tras su escritorio como un juez implacable.
—¿Qué haces aquí, Omar? —preguntó Maximilian, sin levantar la vista de sus documentos—. Te envié un mensaje claro. Mi relación con tu hija terminó. No soy un banco de caridad para familias que no saben educar a sus mujeres.
—¡Maximilian, por favor! —exclamó Omar, con la voz temblando por el esfuerzo—. Mi hija está sufriendo. Está embarazada, lleva a tu heredero en su vientre. No puedes lanzarnos al olvido de esta manera. Tienes una responsabilidad con nosotros, con tu propia sangre. Tienes que hacerte cargo de tu familia.
Maximilian se levantó lentamente, su imponente figura proyectando una sombra amenazante sobre el despacho. Sus ojos café brillaron con un destello de furia contenida.
—¿Familia? ¿Mi sangre? —preguntó Maximilian con una risa gélida—. No me hables de sangre, Omar. Tú me vendiste a tu hija por unos lingotes de oro. Y ella, fiel a su naturaleza, me traicionó con el primer muerto de hambre que encontró en los muelles. Ese hijo que espera no es mío. Es la semilla de Dario, su amante. No voy a gastar un solo gramo de mi fortuna en mantener al bastardo de otro hombre. ¡Dile a Amara que le pida cuentas a su verdadero dueño y lárgate de mi vista!
La crueldad de las palabras de Maximilian golpeó a Omar con la fuerza de un martillo de acero. El anciano sintió una presión súbita en el pecho, un dolor agudo que le robó el aire. Sus ojos se abrieron con desmesura, reflejando el horror ante la indiferencia total del hombre que sostenía su destino en sus manos. Intentó articular una palabra, un último ruego, pero su voz se apagó en un estertor seco. Omar se llevó las manos al corazón, sus rodillas flaquearon y se desplomó sobre la alfombra de seda, justo a los pies del escritorio de Maximilian.
Maximilian, por un instante, se quedó inmóvil, creyendo que era una táctica desesperada de manipulación. Pero al ver la palidez cadavérica de Omar y sus labios tornándose azules, la realidad lo golpeó como una bofetada.
—¡Yusuf! ¡Llama al equipo médico ahora mismo! —rugió Maximilian, saltando sobre el escritorio para intentar auxiliar al hombre.
El equipo médico privado de la torre llegó en cuestión de minutos. Intentaron maniobras de reanimación, aplicaron descargas y adrenalina mientras Maximilian observaba desde la distancia, con el rostro petrificado. El CEO, en un acto de urgencia tardía, ordenó que lo llevaran de inmediato al Hospital Central de Neo-Luxor en su helicóptero privado. Pero fue en vano. Al aterrizar en la azotea del hospital, el médico jefe solo pudo mirar a Maximilian y negar con la cabeza.
—Lo siento, señor Al-Mansur. El corazón del señor Omar se detuvo antes de que saliéramos de la torre. Fue un infarto masivo. Ya no hay nada que hacer. Está muerto.
Maximilian se quedó solo en el pasillo del hospital, rodeado de paredes blancas y luces frías. El hombre al que le había gritado su odio hacía unos momentos acababa de morir por su causa. La noticia llegaría a Amara pronto, y Maximilian supo, en lo más profundo de su ser, que esta muerte era el último clavo en el ataúd de cualquier posible perdón. El Faraón acababa de ganar una guerra, pero a cambio, el silencio de la muerte era todo lo que le quedaba en su imperio de cristal.