La vida de Emma cambia cuando el señor Rodrigo, tras más de 40 años trabajando en la empresa, decide jubilarse. Buscando a alguien joven y conocedor de su área para sustituirlo, elige a su asistente, quien ya tiene más de 10 años de experiencia trabajando a su lado. Aunque su elección podría convertir a Emma en la candidata perfecta para convertirse en la nueva madre de los hijos del presidente.
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Capítulo 20
La noche pasaba rápidamente, atrapados por el ambiente tan reconfortante, como si de verdad fueran una familia. La comida era deliciosa y, para culminar la velada, Dominic pidió postres mientras miraba las risas entusiastas de su pequeña y de Emma. El pequeño Dominic se había quedado dormido en los brazos de Emma, tan cómodo que no se movía, y cada vez que intentaba ponerlo en su cochecito, despertaba para aferrarse a ella.
Las risas se escuchaban como una melodía exquisita, algo que Dominic no había experimentado en mucho tiempo. Emma, queriendo llamar al camarero, se dio la vuelta y levantó la mano para hacerle una señal. Sin embargo, como si el destino quisiera mostrarle algo, vio a su ex con la mujer de la tienda, en ese mismo restaurante. El restaurante al que él nunca pudo llevarla, pero sí a esa otra mujer.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, que rápidamente intentó secar. No quería hacer una escena, no con un bebé en sus brazos y una niña a su lado. Sin embargo, la suerte no estaba de su lado, ya que Aiden la vio de inmediato y se quedó paralizado. Emma le lanzó una mirada llena de rencor. La novia de Aiden también se dio la vuelta al notar que él miraba hacia atrás, y su expresión cambió al reconocer a su familia.
Dominic, que no estaba ajeno a lo que ocurría, vio a la madre de sus hijos feliz en los brazos de otro hombre. Le lanzó una mirada fría y mordaz. Aiden se levantó para dirigirse hacia Emma, queriendo explicarle la situación, como si su relación no pudiera terminar así. Emma, al ver lo que se avecinaba, quiso huir, pero Dominic la tranquilizó tomándola de la mano. Sabía que ese hombre era el ex de Emma, por lo que no le sorprendía la situación.
—Emma, déjame explicarte, por favor… —dijo Aiden intentando justificarse.
Dominic se levantó, colocándose delante de Emma para evitar que Aiden tuviera contacto con ella.
—Vete —fue lo único que dijo, con una mirada que parecía haberlo matado unas veinte veces.
—Quiero hablar con mi novia —insistió Aiden, renuente.
—¿Su novia? Creo que ella está sentada en esa mesa —dijo Dominic, señalando la mesa de atrás, donde Amelia intentaba ocultar su rostro—. Mándele saludos de parte de sus hijos.
—Señor, no se meta. Le pido que se retire.
—No tengo nada que hablar contigo —dijo Emma, mientras sostenía al bebe de un brazo y a Arabella de la otra—. Mi amor, debemos irnos — le dijo a la pequeña mientras avanzaba hacia la salida, dejando sus cosas en el suelo.
—¡Emma, no!
—Le advierto que deje en paz a mi prometida, antes de que pierda la paciencia —dijo Dominic con firmeza.
—¿Prometida? Emma es mi novia, ella jamás estaría con alguien como usted.
—¿Por qué no podría? Él tiene todo lo que tú no tienes. ¿Por qué no podría estar con él? —dijo Emma, enfadada, sin medir sus palabras—. Amor, vámonos, por favor.
Sin perder el tiempo, Dominic tomó las bolsas que estaban en el suelo y comenzó a caminar en dirección a Emma. Arabella, por su parte, había visto a su madre, pero no le importó; no quiso correr hacia ella, ya que sabía que la rechazaría. En cambio, reforzó su agarre a la mujer que, en ese momento, no la abandonaría. Volteó la cabeza y caminó a la par de Emma.
Emma, por su parte, estaba roja de rabia y vergüenza. Sentía tantos sentimientos atrapados que no sabía si quería gritar, llorar o desplomarse. Pero tenía un bebé en sus brazos, así que sus posibilidades eran nulas. Lo que más vergüenza le daba era haber llamado a Dominic "presidente" en medio de la euforia del momento.
Al llegar afuera del restaurante, Emma tomó grandes cantidades de aire, intentando respirar bien, ya que sentía que le faltaba. Sintió una mano pasar por su cintura y notó la presencia de Dominic detrás de ella. Al levantar la mirada, vio los profundos ojos azules de él, que la miraban de una forma indescriptible.
—El auto está adelante —dijo Dominic, guiándola con la mirada. Emma lo entendió y comenzó a caminar, con el bebé en un brazo y Arabella de la mano, ya que no quería separarse de ella.
—Déjeme acompañarla hasta su…
—Apartamento, vivo en un apartamento.
—Bien, déjeme acompañarla hasta allí.
—Tía, no nos dejes, por favor. No hasta que nos quedemos dormidos. Lo último que quiero ver antes de dormir es a ti —dijo Arabella.
Emma se sintió acorralada. Esas palabras tan inocentes de una niña, saber que la querían, hacían que su corazón se acelerara. Y más que nunca sentía que estaba usurpando un lugar que no le pertenecía.
—Si me permiten, me gustaría quedarme —dijo Emma, mirando a Dominic, consciente de que su respuesta era arriesgada.
Dominic, sin embargo, no estaba en contra de la idea. Asintió sin dejar de mirarla, como si algo en él le impidiera negarse ante la petición de su pequeña. Si Emma hubiera dicho que no, probablemente habría hecho lo posible para que se quedara. Sin apartar su mano de la cintura de Emma, la llevó hasta el auto, abriéndole la puerta para que entrara y acomodara al pequeño Dominic, que permanecía dormido en sus brazos ya cansados.
Durante todo el trayecto hacia la mansión de Dominic, Emma no dejó de sentir su mirada clavada en ella, lo que la incomodaba bastante. Al llegar, bajó del coche cargando al bebé, mientras admiraba la enorme mansión que se alzaba imponente ante ella.
Arabella la guió, tomando su mano, mientras Emma se adentraba en la casa, maravillada por cada detalle tan sofisticado. La primera planta era exuberante, pero el recorrido no terminaba allí. Arabella la guió hasta el segundo piso, donde estaban las habitaciones del bebé y de ella. Al entrar en la habitación del pequeño, Emma quedó asombrada; juraba que su cuarto era del tamaño de esa habitación.
Dejó al pequeño en la mesita especial para cambiarlo, le quitó la ropa y le puso el pijama con una maestría que revelaba experiencia. Dominic la observaba desde el umbral de la puerta, pensando que esa era la madre que sus pequeños necesitaban. Si tan solo su verdadera madre hubiera hecho eso...
Emma, intentando encontrar el baño del bebé, se adentró con él en brazos para cepillarle los dientes, los pocos que tenía. Luego lo dejó en la cuna, donde quedó profundamente dormido.
Después, siguió a Arabella hasta su habitación. Emma la tomó en brazos mientras Arabella se aferraba a ella, sin querer separarse. La acostó en la cama, y la niña le dijo cuánto deseaba que se quedara. Emma la escuchaba con atención mientras le acariciaba la cabeza, como lo hacía su propia madre cuando ella era pequeña.
—Por favor, tía, te ruego que te quedes. Quiero que lo último que vea antes de dormir seas tú, y al despertar también —suplicó Arabella.
Emma no dijo nada, solo le regaló una sonrisa tranquilizadora, pensando que ese sería el único momento que compartirían. Sabía que el presidente jamás permitiría que algo así volviera a suceder. Cuando Arabella se durmió, Emma le dio un beso en la cabeza y se levantó de la cama.
—Gracias por permitirme esto, presidente. Siento mucho haberle causado inconvenientes.
—No tienes por qué disculparte, Emma. Gracias a ti por hacer esto por mis pequeños, lo necesitaban.
—Fue un placer para mí compartir este momento con ellos. Tiene unos hijos hermosos. Bueno, me despido.
—...Emma... ¡Sé la madre de mis hijos! —dijo Dominic, inesperadamente.