En el majestuoso Imperio de Valoria, Mariana Mancilla, duquesa viuda de Monteluna, creía que su destino era proteger a su familia y disfrutar de la tranquilidad junto a su hijo y su pequeño nieto. Pero el destino le concede una segunda oportunidad para impedir la ruina que una vez destruyó todo lo que amaba.
Cuando viaja a la capital para desenmascarar las intrigas de un conde ambicioso, conoce a Roberto Cáceres, el poderoso Gran Duque y consejero del joven emperador. Treinta años de edad, admirado por todas las nobles y heredero de un poder inmenso… pero incapaz de resistirse a una mujer quince años mayor que él.
Pronto, los murmullos de la corte se convierten en escándalo. Mientras sus enemigos conspiran para destruirlos, Mariana deberá decidir si se atreve a vivir el amor que creyó perdido.
¡Porque esta vez no permitirá que nadie le robe su felicidad!
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Las pruebas de Monteluna
Al amanecer del cuarto día, Teresa entró en la casa grande de Monteluna. Los administradores y los viejos sirvientes la recibieron con sorpresa y alivio, pues sabían que su llegada significaba que la situación era grave y que no había tiempo que perder. Sin detenerse siquiera para descansar o tomar algo caliente, descendió de inmediato a la pequeña bóveda bajo la biblioteca, un espacio de piedra fresca y seca que solo se abría en contadas ocasiones y donde se guardaban los documentos más preciados de la familia. Allí, en un rincón apartado, detrás de unos archivos de cuentas antiguas que nadie había revisado en años, encontró lo que buscaba: un cofre de hierro oscuro, pesado y cubierto de una fina capa de polvo, con el emblema de los Mancilla grabado en la tapa. El cerramiento permanecía intacto. Con manos cuidadosas y algo temblorosas, lo abrió y allí estaban: los pergaminos amarillentos pero perfectamente conservados, con las firmas de ambas familias y los sellos de cera roja aún reconocibles y firmes. Los leyó rápidamente para asegurarse de que eran los correctos, los envolvió con cuidado en una tela de lino limpio y los guardó contra su pecho, ocultos bajo su ropa, como si llevara un tesoro que no pudiera perderse por ningún motivo del mundo.
—Debemos partir de inmediato —les dijo a sus acompañantes con voz firme—. No nos quedamos ni una noche más. Cada hora que pasa es una ventaja para nuestros enemigos. Si Peredo sospecha que estamos aquí, enviará gente a cerrar todos los caminos y no podremos salir con vida.
Sin embargo, la partida no sería tan sencilla como esperaban. Al salir al atardecer, cuando ya se preparaban para montar en las mulas que los esperaban discretamente en la parte trasera de la casa, vieron que el camino principal hacia la capital estaba bloqueado por un grupo de hombres armados con los colores de Peredo. Habían llegado poco antes, ocultando sus armas a la vista de los aldeanos pero vigilando cada paso con ojos atentos y desconfiados. Teresa se detuvo entre los árboles del jardín trasero, lejos de sus miradas, y sintió que el corazón se le encogía en el pecho. Estaban atrapados. No podían avanzar sin ser vistos, y si se quedaban, pronto los buscarían casa por casa hasta encontrarlos.
—No podemos quedarnos aquí —dijo uno de los guardias en voz baja, mirando hacia el camino donde los jinetes patrullaban de un lado a otro—. Si anochecemos aquí, nos rodearán antes de que salga el sol mañana. Saben que hemos venido. Solo están esperando a que intentemos salir por la ruta más fácil.
Teresa miró hacia los campos que se extendían al oeste, donde los valles verdes de Monteluna se elevaban lentamente hacia colinas cubiertas de brezo y senderos que solo conocían quienes vivían allí toda la vida.
—Hay otro camino —dijo con decisión, recordando las historias que escuchaba de niña en aquellas tierras—. Es más largo, mucho más difícil y nadie lo utiliza porque atraviesa zonas altas y desoladas, pero nos llevará al otro lado de la montaña sin pasar por ningún puesto de vigilancia. Sin embargo, necesitaremos guías. Nadie conoce esos senderos como los pastores de la zona alta, y sin ellos podríamos perdernos o caer por los desfiladeros antes de llegar al otro lado.
Enviaron a un joven pastor de confianza con una nota breve y discreta a las cabañas de la sierra, y para su alivio, antes de que saliera el sol siguiente, llegaron tres hombres del valle con mulas resistentes, mantas gruesas y provisiones para varios días. Conocían el peligro que corrían y no preguntaron demasiado; la lealtad a los Mancilla era algo que se transmitía de padres a hijos en aquellas tierras, y cuando una familia había tratado bien a su gente durante décadas, esa gente estaba dispuesta a arriesgarlo todo por ella.
—Los llevaremos sanos y salvos —dijo el mayor de ellos, un hombre de rostro curtido por el viento y mirada firme que hablaba poco pero con seguridad—. Pero deben confiar en nosotros. Donde vayamos nosotros, ustedes nos siguen sin hacer preguntas y sin detenerse. Esas tierras altas no perdonan a quien no las respeta, y cuanto menos ruido hagamos, mejor para todos.
El viaje de regreso fue mucho más duro de lo que nadie imaginaba. El camino serpenteaba entre riscos y zonas de pasto donde el viento soplaba con tal fuerza que apenas podían mantenerse en pie, y el frío calaba los huesos incluso bajo varias capas de ropa. Dormían al aire libre, protegidos solo por sus mantas y el fuego que encendían con prudencia, usando solo ramas secas para que el humo no los delatara desde lejos. Teresa no se quejaba, aunque cada músculo le dolía y el cansancio pesaba sobre sus párpados como plomo derretido. Cada noche, antes de cerrar los ojos, sacaba los documentos de su escondite secreto y los revisaba a la luz tenue de las llamas, asegurándose de que el viento ni la humedad ni la lluvia los dañaran. No eran simplemente papeles; eran el futuro de toda una familia, la dignidad de personas buenas que no merecían perderlo todo por la codicia de un hombre ambicioso.
Mientras tanto, en la capital, la angustia de Mariana crecía con cada día que pasaba sin noticias. Los rumores en la corte se habían vuelto más insistentes y crueles: se decía que Teresa había huido con los documentos, que los Mancilla no tenían pruebas reales y que simplemente estaban ganando tiempo antes de perder todo lo que poseían. Peredo sonreía cada vez que la veía, con esa satisfacción silenciosa de quien cree que ya ha ganado la batalla sin necesidad de levantar una espada. Un día, al cruzarse con él en uno de los amplios pasillos del palacio, se detuvo brevemente y le dijo con voz suave pero cargada de una amenaza apenas velada:
—Su mensajera tarda mucho en regresar, ¿no le parece, Doña Mariana? A veces los caminos son mucho más peligrosos de lo que parecen cuando uno los planea desde lejos. A veces las personas simplemente deciden no volver cuando encuentran un lugar donde nadie las conoce. Sería una lástima que perdiera lo único que podría salvar a su familia de la desgracia.
Mariana sostuvo su mirada sin inmutarse, aunque por dentro sentía cómo la rabia y el temor se mezclaban en su pecho.
—Teresa es la persona más leal y valiente que conozco. No se perderá, y no me fallará. Y cuando regrese, sabremos la verdad ante todos. Tenga cuidado, Conde Peredo: a veces las trampas que uno prepara para otros terminan atrapando a quien las puso. La verdad puede tardar, pero siempre encuentra el camino de vuelta.
Peredo se rió por lo bajo, un sonido seco y frío, y se alejó con paso tranquilo, seguro de sí mismo. Pero Mariana no se engañaba: él estaba convencido de que Teresa no llegaría. Y esa seguridad suya era lo que más la inquietaba. Si sus hombres no la habían interceptado en el camino principal, ¿qué le habría ocurrido en su lugar? ¿Acaso habían descubierto el camino secreto también? ¿O simplemente el viaje por las montañas era mucho más difícil de lo que cualquiera de ellos había imaginado?
Esa noche, se asomó al balcón de su habitación mirando hacia el norte, donde las montañas se recortaban oscuras contra el cielo estrellado. Deseó con toda su alma poder enviar un mensaje invisible que llegara hasta su amiga, dándole fuerzas y diciéndole que no importaba cuánto tardara, que aquí la esperarían con los brazos abiertos. No sabía que en ese preciso instante, Teresa y sus acompañantes avanzaban por el paso más alto de las montañas, bajo una luna pálida y fría, con el viento helado cortándoles la respiración y un pequeño fardo de lino contra el pecho que valía más que todas las riquezas del mundo juntas. No sabía que cuando amaneciera, ya habrían cruzado la parte más peligrosa y que en dos días más, tocarían las puertas de la capital por una entrada oculta que nadie vigilaba porque nadie creía que fuera posible cruzar aquellas montañas en esa época del año. Solo podía esperar, confiar y mantener la cabeza alta cada vez que alguien la miraba con compasión o con malicia, porque si ella perdía la esperanza, todos los demás también la perderían.
Y lejos, en lo alto del paso, Teresa levantó la vista hacia las mismas estrellas que Mariana miraba y sonrió con determinación, apretando el paquete contra su pecho como si fuera el corazón mismo de su señora.
—No nos detendrán —susurró al viento que aullaba entre las rocas—. Estamos casi allí. Solo un poco más. Y cuando lleguemos, nadie podrá decir que la verdad no vale nada.
Helena está casada con Andrés hijo de Mariana,.
ya cambiaste la historia ?
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