Durante dos años, Arabella lo dio todo por el hombre al que amaba: su jefe, el frío y poderoso heredero del Grupo Altamira. Creyó en cada beso a escondidas, en cada promesa susurrada dentro del ascensor. Hasta la mañana en que otra mujer abrió la puerta del apartamento de él... y lo llamó "cariño".
Traicionada y con un secreto latiéndole en el vientre, Arabella desaparece sin dejar rastro. No habrá aborto, no habrá súplicas, no habrá una segunda humillación: se marcha para reconstruirse lejos, dispuesta a criar sola a su bebé.
Cinco años después regresa convertida en otra mujer: una diseñadora exitosa, dueña de sí misma y de una niña de sonrisa idéntica a la del hombre que la abandonó. Pero la capital es pequeña para dos corazones rotos, y Mateo —arrepentido, obsesionado, decidido a recuperar lo que perdió— está a punto de descubrir que la mujer a la que dejó ir nunca estuvo sola.
Él quiere una segunda oportunidad. Ella quiere justicia. Y entre los dos hay una niña que no piensa compartir a su papá con nadie.
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Estado crítico
—¡Ara!
Chela gritó al ver a Arabella tendida en el suelo del baño, bañada en sangre. Sus alaridos histéricos hicieron acudir a varias personas para ver qué ocurría.
—¡Rápido, llamen una ambulancia! —vociferó un hombre que cargó de inmediato el cuerpo de Arabella, inerte y sin conocimiento.
Chela lo seguía por detrás, llorando sin parar.
La ambulancia salió disparada hacia el hospital más cercano, con la sirena resonando a lo largo de todo el camino. Tardaron veinte minutos en llegar; a Arabella la ingresaron directo a urgencias para atenderla sin demora.
—¡Ara! —Chela seguía llorando al ver el estado lamentable de su amiga. No sabía qué le había pasado para acabar así.
Al poco rato salió el médico, y tanto Chela como el hombre que había ayudado a Arabella se acercaron.
—¿El esposo o algún familiar? —llamó el médico desde el umbral.
—Somos allegados, doctor. ¿Cómo está? —preguntó el hombre, cuya ropa estaba manchada de sangre por haberla cargado.
—La paciente está en estado crítico. Tenemos que intervenir de inmediato.
—Haga lo que pueda, doctor. Sálvelas a las dos.
—Firme estos papeles para autorizar la operación; hay que actuar cuanto antes. —Una enfermera le tendió unos documentos al hombre que estaba frente al médico.
Sin pensarlo dos veces, con la sola idea de salvar a Arabella y a su bebé, el hombre firmó todo lo que le indicaron. En cuanto terminó, el médico volvió a entrar para operar.
—Señor, ¿qué va a pasar? —Chela no podía más que llorar, aterrada de que algo le sucediera a Arabella.
—Solo nos queda rezar para que salgan bien —respondió él, igual de angustiado.
Dentro de aquella sala fría, Arabella se jugaba la vida junto con su bebé; ambas luchaban entre la vida y la muerte.
En otro lugar, a Mateo le sobrevino de golpe un dolor punzante en el pecho, una opresión tan intensa que le arrancó una mueca de sufrimiento.
—Ahhh... —Se aferró el pecho con la mano; el dolor era tan atroz que sentía llegar su hora.
—Mateo, ¿qué te pasa? —Delia, que justo entraba con la comida, se le acercó con el rostro descompuesto. Las lágrimas le brotaron al verlo así de adolorido—. Cariño, ¿qué tienes? ¡Adán! ¡Adán! —gritó con todas sus fuerzas para que su marido la oyera.
Ante los gritos no solo acudió Adán; Maira, que se disponía a salir, dio media vuelta, y los abuelos también se alarmaron al oír a Delia.
—¡¿Qué pasa, Delia?! —Adán irrumpió en la habitación con la respiración agitada; había venido corriendo al oír a su esposa llamarlo a gritos.
—Es Mateo, le duele muchísimo —sollozó ella, abrazando la cabeza de su hijo.
Maira, al ver a su hermano retorcerse de dolor, llamó al médico sin perder un segundo; entre todo el pánico, fue la única que reaccionó a tiempo.
—A-Ara... —balbuceó Mateo con un hilo de voz entrecortada, antes de desplomarse sin sentido.
—¡Mateo!
En el hospital, Chela y el hombre llevaban más de una hora sentados, carcomidos por la angustia; la luz sobre la puerta de urgencias no se apagaba.
Ambos se volvieron y cruzaron una mirada al oír, apenas perceptible, el llanto débil de un recién nacido. El corazón les latió con fuerza, entre la alegría y el miedo.
Tras otra espera, la luz por fin se apagó y el médico salió con el rostro cubierto de sudor.
—Doctor, ¿cómo están? —preguntó el hombre, que llevaba todo ese tiempo consumido por la inquietud.
El médico dejó escapar un suspiro pesado, como si le costara dar la noticia.
—La bebé sobrevivió, pero necesita cuidados especiales, porque nació antes de tiempo. Además, está muy débil, así que requerirá atención particular —explicó.
Ambos respiraron aliviados, aunque con el corazón encogido. Al menos la niña resistía, por más frágil que fuera su estado.
—¿Y la madre?
Chela y el hombre tragaron saliva al ver la mirada abatida del médico.
—Eso ya está en manos de Dios. La paciente perdió mucha sangre y su estado crítico la ha dejado en coma.
A Chela el corazón le dio un vuelco.
—Ara... —murmuró, con las lágrimas cayéndole de nuevo.
El hombre se pasó la mano por la cara con brusquedad, el semblante desencajado.
—Está bien, doctor. Gracias —dijo, conteniendo la opresión del pecho.
Los dos se dejaron caer, agotados, en las sillas de la sala de espera, cada uno sumido en sus pensamientos. La vida de Arabella era desoladora: desde que había llegado hasta que había dado a luz en aquellas circunstancias tan tristes, y ahora tenía que quedar en coma, dejando atrás a una bebé recién nacida.
—¿Tú conoces a la familia de Arabella? —preguntó el hombre, sentado a dos sillas de Chela.
Ella negó con la cabeza.
—No, señor, pero podemos buscar en el celular de Ara —respondió con la voz ronca.
—Dámelo. —El hombre lo pidió, pues el bolso de Arabella lo tenía Chela desde hacía rato.
Chela le entregó lo que su jefe le pedía. Y es que el hombre que había socorrido a Arabella era el dueño de la fábrica donde ambas trabajaban.
—"Sam" —leyó él, al hallar entre las llamadas de hacía unos meses un contacto que bien podía ser un pariente de Arabella.
—Ara alguna vez me contó que tenía un hermano mayor, señor —recordó Chela. Aunque, en su momento, Arabella se había apresurado a inventar una excusa al darse cuenta de que se le había escapado.
Chela nunca había hurgado en el pasado de Arabella; prefería no hacerlo. Lo importante era que su amiga era una buena mujer; solo que la suerte no la había acompañado.
—Llámelo, señor Aldo. Quizá sea de veras un familiar de Arabella.
El hombre, que se llamaba Aldo, asintió y marcó el número que aparecía en la pantalla. Tardó en contestar; ya en el último tono se oyó una voz al otro lado de la línea.
—¿Hola, Ara?
Aldo miró un instante a Chela antes de hablar con quien estaba del otro lado.