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AMOR EN UN CIELO SIN TREGUA

AMOR EN UN CIELO SIN TREGUA

Status: Terminada
Genre:Romance / Mujer poderosa / Posesivo / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
Emma Vance, condecorada piloto militar e ingeniera aeroespacial, es obligada a asumir el control del mayor imperio aéreo familiar de Estados Unidos. Negándose a mandar desde un despacho sin conocer la realidad de sus hangares, se infiltra como copiloto anónima bajo el apellido Ross para desmantelar desde adentro la cultura machista que corroe la empresa.
Su misión entra en turbulencia cuando descubre que el capitán estrella de la aerolínea es Logan Rhodes, el pupilo mimado de su padre y el hombre con quien compartió noches ardientes en escalas internacionales bajo la falsa creencia de que ella era solo una azafata. Entre cabinas hostiles, orgullos heridos y mandos compartidos al límite, ambos librarán su batalla más peligrosa a diez mil metros de altura, donde ceder el control puede ser la única forma de no estrellarse.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: Ángulo de deriva

A las seis de la mañana, la plataforma de mantenimiento de la pista 28C en O'Hare estaba cubierta por una capa fina de escarcha que reflejaba las luces de sodio amarillas. El viento del noroeste soplaba con una cortante furia invernal, arrastrando partículas de hielo que golpeaban contra el fuselaje del Boeing 737-800 programado para el vuelo VG-305 con destino a Seattle.

Bajo el intradós del ala derecha, enfundada en una parka técnica de alta visibilidad sobre su uniforme, Emma sostenía una linterna de haz concentrado.

A su lado, con las solapas del abrigo subidas y una carpeta de peritaje entre las manos enguantadas, Trevor Garrison señalaba la raíz del actuador secundario de los flaps con la punta de un destornillador dinamométrico:

—Mira aquí, Ross —la voz de Garrison sonaba ronca por el frío y despojada de cualquier vestigio de arrogancia—. La tuerca de retención del vástago no tiene el precinto de alambre de seguridad aeronáutico con el sello de fábrica de Boeing. Le pusieron un pasador galvanizado de ferretería industrial.

Emma acercó la lente de aumento de su tableta militar y tomó tres fotografías macro de alta resolución:

—El número de serie del actuador corresponde a una unidad dada de baja por fatiga de material en un lote de Phoenix hace seis meses. Alguien borró el último dígito con fresadora y lo remarcó con punzón manual.

—Fue la contrata de mantenimiento rápido que firmó el comité directivo en Dallas —confirmó Garrison, pasando una página del libro de registro digital—. Se ahorran ochenta mil dólares por cambio de pieza y declaran la aeronave como «apta para servicio sin restricciones». El comandante de línea que firma la aceptación del avión antes de las siete de la mañana se embolsa dos mil dólares limpios de prima por puntualidad en su nómina mensual. Si yo hubiera hecho este prevuelo hace una semana, no habría mirado el pasador. Habría firmado la orden con una sonrisa y me habría subido a tomar café.

Emma apagó la linterna con un chasquido seco. Se quitó las gafas de protección, clavando sus ojos castaños en el capitán con una frialdad que no dependía del termómetro:

—¿Cuántos aviones de la flota de corto y medio alcance tienen este tipo de parches, Trevor?

—Al menos doce de los reactores que cubren las rutas de la costa oeste —respondió Garrison, apretando la mandíbula—. Y tres de los triples siete que cruzan a Europa tienen prórrogas falsificadas en las válvulas de sangrado de los motores. Si una de esas válvulas se traba en altitud con turbulencia moderada, pierdes la presurización de cabina en cuatro minutos.

—Guarda este informe en el servidor aislado que te asigné —ordenó Emma, guardando la tableta en el bolsillo interior de su abrigo—. Si alguien en rampa pregunta, la aeronave queda en tierra por una pérdida en el circuito hidráulico B. Nadie toca ese actuador hasta que mi equipo tome posesión formal de las piezas.

Garrison cuadró los hombros, asintiendo con una disciplina limpia:

—Entendido. Cancelo la salida del tres-cero-cinco y reprogramo a los pasajeros en el enlace de media mañana.

Tres horas después, en el vestíbulo principal del hangar de instrucción, Logan Rhodes caminaba de un lado a otro frente al tablero de novedades con el ceño fruncido y los puños hundidos en los bolsillos de su americana de comandante.

Estaba formalmente suspendido de vuelos comerciales de pasajeros hasta que repitiera el módulo de cizalladura en el simulador. Para el hombre que durante cinco años había sido la portada dorada de las revistas de aviación corporativa, estar en tierra mientras el resto de la flota operaba era una tortura psicológica intolerable.

Pero lo que terminaba de asfixiarlo era la ausencia de Emma. Llevaba dos días intentando localizarla por los canales habituales, pero la copiloto parecía evaporarse de las salas de firmas en cuanto apagaba las turbinas.

La puerta metálica que conectaba con la rampa de mantenimiento se abrió con un golpe seco.

Trevor Garrison cruzó el umbral cargando un maletín de herramientas y el libro de bitácora técnica bajo el brazo. Caminaba con paso resuelto, desprovisto de la pesadez arrastrada que solía caracterizarlo.

Logan se plantó en medio del pasillo, cortándole el paso con una mirada cargada de recelo y agresividad contenida:

—Garrison.

Trevor se detuvo a dos metros, arqueando una ceja con calma:

—Rhodes. Tienes mala cara. Te vendría bien dormir unas horas antes de volver a entrar al simulador con Miller.

Logan apretó los dientes, sintiendo que la sangre se le subía a la cabeza ante el tono sereno del hombre:

—Déjate de bromas, Trevor. Acabo de ver el reporte de rampa. Dejaste en tierra el vuelo de Seattle por una supuesta falla hidráulica en el prevuelo y estuviste dos horas en la pista con Emma Ross. ¿A qué demonios estás jugando? ¿Qué te hizo esa mujer para que ahora andes detrás de ella como un perro faldero?

Garrison bajó el maletín de herramientas al suelo despacio. Miró a su alrededor para asegurarse de que el pasillo estuviera vacío y luego clavó sus ojos pequeños en Logan con una mezcla de compasión y desprecio que desarmó al capitán al instante:

—No me hizo nada, muchacho. Me abrió los ojos.

—¿Te abrió los ojos? —soltó Logan con una risa amarga—. Es una novata con tres barras que se cree la dueña de la aerolínea solo porque tiene reflejos en el simulador.

—Esa «novata» tiene más horas de combate real que toda tu promoción junta, Rhodes —cortó Garrison con una voz baja y cortante que hizo que Logan parpadeara, desconcertado—. Y tú eres demasiado ciego, demasiado orgulloso y estás demasiado domesticado por Richard Vance como para darte cuenta de lo que tienes delante.

Logan dio un paso al frente, acortando la distancia con los hombros tensos:

—Mide tus palabras, Garrison. Richard Vance levantó esta compañía de la nada.

—Richard Vance y mi tío crearon un club de caballeros podridos que premia la cobardía y el silencio con bonos de fin de año —escupió Trevor, sin retroceder un solo centímetro—. ¿Sabes lo que descubrió la oficial Ross en ese 737 hace una hora? Piezas falsificadas. Actuadores con fatiga de material remarcados a mano para ahorrarse auditorías. Mientras tú te dedicas a pasearte por la sala de billar hablando de lo poco femeninas que son las mujeres que vuelan, ella está metida en el barro bajo cero arriesgando su nombre para que los aviones que tú y yo pilotamos no se caigan a pedazos sobre la cabeza de la gente.

Logan se quedó paralizado. El aire se le atascó en los pulmones:

—¿Piezas falsificadas? Eso es imposible... la junta no permitiría...

—La junta lo diseñó, idiota —sentenció Garrison, recogiendo su maletín con un movimiento firme—. Así que deja de buscar a Emma para salvar tu ego herido. Si de verdad quieres ser el comandante que dicen esas cuatro barras que llevas en los hombros, empieza por mirarte al espejo y pregúntate por qué la única persona decente en este hangar tiene que ocultar quién es para no terminar aplastada por tipos como tú.

Garrison pasó junto a él con un golpe seco de hombro, dejándolo clavado al linóleo frío.

A las cuatro de la tarde, en el sótano del edificio de operaciones corporativas en el centro de Chicago, una sala de archivos en desuso había sido convertida en un búnker improvisado.

Sobre una mesa de reuniones alargada descansaban cuatro ordenadores portátiles conectados a redes independientes, decenas de carpetas contables desplegadas y planos de ingeniería estructural de la flota.

Elena Vance, con el cabello recogido y la chaqueta de su traje sastre colgando del respaldo de la silla, revisaba un fajo de contratos con un bolígrafo rojo en la mano. A su lado, Camila tecleaba sin descanso en dos pantallas financieras simultáneas, cotejando transferencias bancarias internacionales. En el rincón más alejado, Marcus Gallagher custodiaba la puerta cerrada, con los brazos cruzados y la mirada atenta al pasillo exterior.

Emma cruzó la estancia, arrojando su tableta de titanio sobre la mesa con un chasquido rotundo:

—Tenemos la confirmación física. El actuador del 737 que iba a Seattle tiene sellos adulterados y procedencia irregular. El jefe de mantenimiento de Dallas cobró una comisión de cuarenta mil dólares a través de una empresa fantasma en Delaware el mes pasado.

Camila levantó la vista de la pantalla, con el rostro pálido y los ojos empañados por la indignación:

—Coincide con mis balances, Em. Las cuentas de contingencia de operaciones tienen un desvío acumulado de catorce millones de dólares en los últimos dos años fiscales. Todo firmado por el comité de compras... con el visto bueno del abuelo Charles.

Elena soltó el bolígrafo sobre la mesa con un golpe seco, pasándose las manos por la cara:

—Esto no es negligencia, Emma. Esto es fraude corporativo mayor con dolo eventual. Si la FAA mete la nariz en estos registros antes de que hagamos la limpieza interna, Vance Global no solo perderá su certificado de operador aéreo: habrá órdenes de arresto federal para media docena de directivos... incluyendo a papá.

Emma apoyó ambas palmas en el borde de la mesa, inclinándose sobre los documentos con la mirada fija en los números de serie:

—Nadie va a llamar a la FAA todavía. No voy a permitir que el abuelo y sus directores usen un concurso de acreedores para lavarse las manos y dejar en la calle a doce mil empleados que no tienen la culpa de la codicia de sus jefes.

—¿Entonces cuál es el plan de vuelo, general? —preguntó Marcus desde la puerta, con esa devoción serena del soldado que confía ciegamente en su comandante.

Emma se enderezó despacio. La autoridad en su postura llenó el sótano con una fuerza incontenible:

—Adelantamos la reestructuración. Mañana por la mañana presento ante la comisión ejecutiva el nuevo pliego de condiciones operativas bajo mi autoridad como auditora jefe delegada. Primera medida: auditoría externa inmediata de todos los componentes de la flota pesada y suspensión de los bonos por puntualidad vinculados a mantenimiento diferido.

Elena frunció el ceño, midiendo el impacto legal:

—La junta se te va a tirar al cuello, Emma. Los accionistas aliados del abuelo van a exigir tu destitución antes del mediodía.

—Que lo intenten —respondió Emma con una media sonrisa helada—. Porque la segunda medida los va a dejar sin aire: establezco un protocolo de promoción directa para romper el monopolio de los capitanes veteranos. A partir de la próxima semana, implementamos una cuota de ingreso del quince por ciento de mujeres piloto en los cursos de habilitación de reactores de fuselaje ancho, y nombro a tres primeras oficiales con hojas de servicio intachables como comandantes en el asiento izquierdo de forma inmediata.

Camila abrió los ojos con una mezcla de pánico y orgullo desbordado:

—Emma... eso es declararles la guerra abierta en su propio terreno. Los viejos capitanes van a incendiar los hangares.

—Que ardan —decretó Emma con voz de acero—. Si quieren mantener sus alas en esta compañía, van a tener que aprender a volar al lado de mujeres que no les van a tolerar ni media falta de respeto. Y yo misma me asigno el asiento izquierdo del vuelo transcontinental del viernes. Se acabó el papel de copiloto sumisa.

El zumbido agudo y vibrante de su teléfono militar satelital rompió la solemnidad de la reunión.

Emma extrajo el terminal del bolsillo. La pantalla mostraba una secuencia alfanumérica en rojo parpadeante con el prefijo del Comando Central de Operaciones Especiales:

> PRIORIDAD ALFA-UNO / CLASIFICADO

> Teatro de operaciones: Frontera Este.

> Puesto avanzado 4 sitiado. Unidad de reconocimiento de ala rotatoria derribada.

> Cinco operadores del escuadrón original en paradero desconocido tras emboscada hostil.

> Rescate oficial vetado por protocolo diplomático.

>

Emma sintió un frío cortante bajarle por la columna vertebral, un impacto mucho más letal que cualquier conspiración de despacho.

Cinco de sus hombres. Los cinco compañeros que habían sangrado a su lado en Helmand, los mismos que le habían cosido el costado en la arena mientras los morteros estallaban a diez metros de distancia, estaban atrapados tras las líneas enemigas sin apoyo de extracción.

Marcus dio un paso hacia ella al notar el cambio imperceptible en su mandíbula:

—¿Emma? ¿Qué ocurre?

Emma apagó la pantalla del terminal con un giro rápido de muñeca, guardándolo en el bolsillo sin que sus hermanas notaran el temblor milimétrico de sus dedos. Clavó la mirada en el plano de la aerolínea con una determinación que cortaba el aire:

—Cierren los expedientes de las piezas adulteradas y preparen las notificaciones para la junta de mañana a primera hora. Tenemos una batalla que ganar en este hangar... antes de que la noche me reclame en otra parte.

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Cliente anónimo
Siento la adrenalina al limite
Cliente anónimo
Muy buena novela la recomiendo 👏✈️
Cliente anónimo
Por machista cobarde
Cliente anónimo
Miners albpoder
Cliente anónimo
Enseñemoles Emma quien manda
Cliente anónimo
Vamos Emma tomemos el control de todo😎
Cliente anónimo
Hoy me aventuro en vuelo de primera ✈️ que emocion a collar 😎
Cliente anónimo
Interesante 😎
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