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La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Edad media / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.

Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.

Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La mujer vestida de rojo.

Evelyn había aprendido que las noticias desagradables rara vez llegaban solas.

En su primera vida, solían aparecer en forma de cartas perfumadas, visitas inesperadas o rumores susurrados detrás de los abanicos. Había aprendido a reconocer las sonrisas que escondían desprecio y las palabras dulces que precedían a una humillación.

Sin embargo, nunca había imaginado que volvería a experimentar aquella sensación al escuchar el nombre de Lady Isabella Langford.

—¿Está segura de que ha pedido ver al duque? —preguntó Evelyn mientras Margaret terminaba de acomodarle la capa.

—Completamente segura, mi señora. El mayordomo ha enviado a dos criados para acompañarla hasta el ala oeste.

Evelyn se miró en el espejo.

Llevaba un vestido color marfil, con bordados azules en el cuello y las mangas. Su cabello estaba recogido en un moño bajo, sujeto por una peineta de plata.

No tenía intención de competir con otra mujer por la atención de Adrian.

Si él deseaba casarse con Isabella, sería libre de hacerlo.

Evelyn no volvería a pasar una vida entera intentando convencer a un hombre de que la eligiera.

Pero había algo que no podía ignorar.

La memoria de su primera vida le decía que aquella mujer estaba relacionada con uno de los secretos más dolorosos de la familia Blackthorne.

Y Evelyn necesitaba saber por qué.

—Margaret, acompáñame.

—¿A los aposentos del duque?

—No. Al salón principal. Si Lady Isabella ha venido a visitar esta casa, supongo que podremos recibirla como corresponde.

La doncella asintió, aunque su expresión revelaba que preferiría encontrarse en cualquier otro lugar.

Evelyn salió al corredor.

No tenía miedo.

Pero, por primera vez desde su regreso al pasado, comenzaba a sospechar que su segunda vida no solo le permitiría corregir sus errores.

También la obligaría a enfrentarse a verdades que jamás había conocido.

El salón principal estaba iluminado por la luz de la mañana cuando Evelyn entró.

Una mujer se encontraba de pie junto a la chimenea.

Vestía de rojo.

No un rojo discreto, sino un tono profundo y llamativo que contrastaba con la sobriedad del castillo. Su cabello rubio estaba recogido con elegancia y un collar de rubíes descansaba sobre su cuello.

Lady Isabella Langford.

Era hermosa de una manera calculada. Cada detalle de su apariencia parecía escogido para atraer miradas, desde los pendientes hasta la delicada sonrisa que ofreció cuando Evelyn se acercó.

—Lady Evelyn Ashbourne —saludó, inclinando apenas la cabeza—. Finalmente tengo el placer de conocer a la futura duquesa de Blackthorne.

Evelyn le devolvió la reverencia.

—Lady Isabella. Bienvenida a Blackthorne.

—Es usted más joven de lo que imaginaba.

—Y usted es exactamente como la describen.

La sonrisa de Isabella se tensó.

—Espero que eso sea un cumplido.

—Depende de quién la describa.

Durante un instante, ambas mujeres se observaron en silencio.

Isabella fue la primera en reír, aunque su risa no alcanzó sus ojos.

—Comprendo por qué Adrian la ha elegido. Tiene una lengua bastante afilada.

—Y yo comprendo por qué la gente habla tanto de usted.

La expresión de Isabella cambió.

Fue apenas un segundo, pero Evelyn lo vio.

Aquella mujer no estaba acostumbrada a que le respondieran de la misma manera.

—¿Puedo preguntarle algo, Lady Evelyn?

—Por supuesto.

—¿Está enamorada del duque?

La pregunta era tan directa que Evelyn casi sonrió.

—No llevamos el tiempo suficiente conociéndonos como para hablar de amor.

—Qué respuesta tan sensata. Aunque quizá debería saber que Adrian no es un hombre sencillo.

—Eso ya lo sé.

—Es frío. Orgulloso. A veces, incluso, cruel.

Evelyn sostuvo su mirada.

—¿Habla por experiencia?

Isabella apretó los dedos alrededor de su abanico.

—Digamos que conozco aspectos de su carácter que usted todavía ignora.

—Entonces espero que tenga la cortesía de explicármelos si considera que son importantes para mi futuro.

La rubia soltó una pequeña carcajada.

—Es usted encantadoramente ingenua.

Evelyn sintió que algo se endurecía en su interior.

Había escuchado aquella palabra demasiadas veces en su primera vida. La habían llamado ingenua cuando creyó en Lucien, débil cuando soportó sus infidelidades y tonta cuando decidió permanecer a su lado.

No volvería a permitir que nadie utilizara su juventud como excusa para menospreciarla.

—Prefiero ser ingenua antes que cruel, Lady Isabella.

El silencio cayó sobre el salón.

La sonrisa de Isabella desapareció por completo.

Y Evelyn comprendió que acababa de encontrar una enemiga.

—¿Qué está ocurriendo aquí?

La voz de Adrian resonó desde la entrada.

Ambas mujeres se volvieron.

El duque había aparecido en el umbral, vestido con una camisa blanca y un chaleco oscuro. No llevaba la chaqueta que acostumbraba utilizar en público, y el cabello ligeramente despeinado le daba un aspecto menos formal.

A Evelyn le sorprendió descubrir que aquella versión de él le resultaba todavía más intimidante.

Isabella, en cambio, pareció encantada.

—¡Adrian!

Se acercó a él con una familiaridad que hizo que Evelyn alzara las cejas.

—Ha pasado demasiado tiempo —continuó Isabella—. Temía que hubieras olvidado por completo a tus viejos amigos.

Adrian no retrocedió, pero tampoco le ofreció un abrazo.

—Lady Isabella. No esperaba recibirla hasta mañana.

—He decidido adelantar mi viaje. Espero que no te moleste.

—Habría agradecido que me avisara.

La respuesta fue cortés, aunque carente de calidez.

Isabella pareció no advertirlo.

O quizá decidió ignorarlo.

—Siempre tan ocupado —murmuró—. Aunque imagino que ahora tienes asuntos mucho más interesantes de los que ocuparte.

Su mirada se deslizó hacia Evelyn.

—Permítame felicitarla por su compromiso —añadió—. Debe de ser emocionante convertirse en la esposa de un hombre como Adrian.

—Lo es —respondió Evelyn.

Isabella ladeó la cabeza.

—¿No tiene miedo?

—¿De qué?

—De descubrir que el hombre con el que se ha comprometido no es exactamente quien usted cree.

Evelyn no tuvo tiempo de contestar.

—Lady Isabella —intervino Adrian—, si tiene algún asunto que tratar conmigo, podemos hacerlo en mi despacho.

—Por supuesto. Pero antes me gustaría hablar con Evelyn. De mujer a mujer.

—No es necesario —respondió el duque.

Isabella lo miró con fingida sorpresa.

—¿No confías en mí?

La expresión de Adrian se volvió glacial.

—No he dicho eso.

—Entonces no veo por qué…

—Porque esta es mi casa y no permitiré que conviertas una visita social en un interrogatorio.

La voz del duque no se elevó.

No hizo falta.

Isabella palideció ligeramente.

Evelyn observó a Adrian con atención. No había levantado la voz ni realizado un movimiento brusco, pero el cambio en su expresión bastó para transformar por completo el ambiente.

Ahora comprendía por qué sus enemigos lo temían.

Adrian no necesitaba gritar para imponer su autoridad.

Le bastaba con mirar a alguien como si ya hubiera decidido cuánto tiempo estaba dispuesto a tolerarlo.

—Por supuesto, Adrian —respondió Isabella, recuperando la sonrisa—. No pretendía molestarte.

—Me alegra saberlo.

El duque se volvió hacia Evelyn.

—¿Me acompañaría un momento, milady?

Ella asintió.

Antes de abandonar el salón, sin embargo, Isabella se acercó lo suficiente para murmurar unas palabras junto a su oído.

—Disfrute de su compromiso mientras pueda, Lady Evelyn. Algunas mujeres han esperado mucho tiempo para ocupar su lugar.

Evelyn se detuvo.

Giró lentamente la cabeza.

—Entonces espero que esas mujeres hayan aprendido a aceptar una decepción.

Los ojos de Isabella destellaron.

Adrian, que había escuchado el final del intercambio, no dijo nada.

Pero cuando Evelyn pasó junto a él, notó que la comisura de sus labios se había curvado ligeramente.

Y aquella pequeña sonrisa, tan fugaz como inesperada, hizo que su corazón tropezara con un latido.

El despacho del duque era una estancia amplia, dominada por una enorme biblioteca y un escritorio de madera oscura. Había mapas militares sobre una mesa lateral y varios documentos cuidadosamente ordenados junto a una lámpara de bronce.

Adrian cerró la puerta.

—Le pido disculpas por el comportamiento de Lady Isabella.

Evelyn se volvió hacia él.

—No tiene que disculparse por las palabras de otra persona.

—No obstante, ha venido a mi casa y ha intentado incomodarla.

—He conocido mujeres bastante peores.

Adrian la observó.

—¿De verdad?

Evelyn comprendió que había hablado demasiado.

—En las reuniones sociales, Su Gracia. Algunas damas son capaces de convertir un cumplido en una ofensa sin despeinarse.

—Adrian —corrigió él.

Evelyn suspiró.

—Adrian.

El duque pareció satisfecho.

—En cuanto a Isabella, nuestra relación se limita a una antigua amistad entre familias. Su tía lleva años intentando concertar un matrimonio entre nosotros.

—¿Y usted nunca ha considerado aceptar?

—No.

—¿Por qué?

Adrian se quitó los guantes y los dejó sobre el escritorio.

—Porque no deseo casarme con ella.

La sencillez de la respuesta la sorprendió.

—¿Se lo ha dicho?

—En más de una ocasión.

—¿Y ella continúa insistiendo?

—Algunas personas confunden la perseverancia con el derecho a obtener lo que desean.

Evelyn lo miró con atención.

Aquella frase parecía referirse a algo más que a Isabella.

—¿Y qué ocurre cuando alguien insiste demasiado? —preguntó.

Adrian levantó los ojos.

—Depende de cuánto me importe esa persona.

La respuesta dejó un silencio extraño entre ambos.

Evelyn bajó la mirada, fingiendo examinar uno de los mapas.

No debía interpretar cada frase como una declaración oculta. Adrian no estaba enamorado de ella. Se casaban por un acuerdo, y era necesario recordar que la confianza podía construirse sin necesidad de convertirla inmediatamente en romance.

Sin embargo, no pudo evitar preguntarse qué haría el duque si algún día llegaba a importarle de verdad.

—Hay algo más —dijo Adrian.

Evelyn volvió a mirarlo.

—¿Qué ocurre?

—Isabella ha mencionado asuntos relacionados con el pasado de mi familia. Quiero que sepa que no tiene motivos para preocuparse por nuestro compromiso.

—No me preocupa nuestro compromiso.

—¿No?

—Me preocupa que alguien esté intentando manipularlo.

Adrian guardó silencio.

Evelyn continuó:

—No necesito que me cuente todos sus secretos. Pero, si existe algo que pueda poner en peligro a nuestras familias, prefiero conocerlo antes de que sea demasiado tarde.

El duque se acercó al escritorio.

—¿Siempre piensa varios pasos por delante?

Evelyn sonrió sin alegría.

—No. Solo he aprendido lo que ocurre cuando uno no lo hace.

Adrian la contempló durante un largo instante.

Después, habló con una sinceridad que pareció costarle esfuerzo.

—Mi madre murió hace diez años. Durante mucho tiempo, algunas personas han intentado utilizar su muerte para perjudicarme.

Evelyn sintió que el corazón le daba un vuelco.

La habitación cerrada.

La carta.

El recuerdo de su primera vida.

Todo comenzaba a encajar, aunque todavía faltaban piezas.

—¿Y Lady Isabella tiene alguna relación con aquello?

Adrian apartó la mirada.

—No lo sé.

Fue la primera respuesta que Evelyn le escuchó pronunciar sin la seguridad habitual.

Y comprendió que, por mucho poder que tuviera el duque, existían heridas que ni siquiera él sabía cómo cerrar.

Aquella tarde, Evelyn encontró a Adrian en la biblioteca.

Estaba sentado junto a la ventana, con un libro abierto sobre las rodillas y una expresión tan distante que, por un momento, ella consideró marcharse sin interrumpirlo.

Pero entonces vio el objeto que descansaba sobre la mesa.

Un medallón de plata.

Era antiguo, con un grabado delicado y una pequeña piedra azul en el centro.

Evelyn lo reconoció de inmediato.

Lo había visto en el retrato que recordaba de su primera vida, una pintura de la difunta duquesa viuda que había permanecido durante años en una galería de la capital.

—Es hermoso —comentó.

Adrian levantó la cabeza.

Su mirada se dirigió al medallón.

—Pertenecía a mi madre.

Evelyn se acercó despacio.

—¿Puedo verlo?

Adrian dudó.

Fue una vacilación breve, pero ella la notó.

Finalmente, asintió.

Evelyn tomó el medallón entre los dedos. La plata estaba fría y el grabado mostraba una pequeña flor rodeada por una corona de espinas.

—¿Qué significa? —preguntó.

—No lo sé. Mi madre nunca me lo explicó.

Evelyn lo examinó con atención.

En el reverso había una inscripción casi borrada.

La verdad permanece, aunque el tiempo la sepulte.

Sintió un escalofrío.

No recordaba aquella frase.

Ni siquiera recordaba que el medallón existiera fuera del retrato.

—¿Qué ocurre? —preguntó Adrian.

Evelyn le mostró la inscripción.

El duque la leyó y su expresión se ensombreció.

—Nunca había reparado en esas palabras.

—Quizá la inscripción se ha desgastado con el tiempo.

Adrian tomó el medallón.

Durante varios segundos, lo sostuvo en silencio.

—Mi madre solía decir que los secretos siempre terminan encontrando la manera de salir a la luz.

Evelyn sintió que aquellas palabras se le quedaban grabadas en la memoria.

—Entonces quizá debería averiguar qué secreto intentaba proteger.

Adrian levantó la mirada.

—¿Me está aconsejando que investigue la muerte de mi propia madre?

—Le estoy aconsejando que no permita que otras personas decidan qué verdades merece conocer.

El duque se puso de pie.

Por un instante, Evelyn creyó que se enfadaría.

En cambio, Adrian se acercó a ella y extendió la mano.

—Quédese con el medallón.

Evelyn lo miró sorprendida.

—¿Está seguro?

—Por supuesto.

—Pero pertenecía a su madre.

—Precisamente por eso quiero que lo conserve.

Ella aceptó el objeto con cuidado.

Sus dedos se rozaron.

Fue un contacto insignificante, apenas un instante de piel contra piel, pero ninguno de los dos apartó la mano inmediatamente.

Adrian bajó la mirada hacia ella.

Evelyn sintió que el aire se volvía demasiado denso.

Por primera vez, fue plenamente consciente de la cercanía del duque: de su altura, de la calidez de su mano y de la forma en que sus ojos grises parecían haber olvidado por completo el resto del mundo.

Él fue quien se apartó primero.

—Debería regresar a sus aposentos —murmuró.

Evelyn cerró los dedos alrededor del medallón.

—Sí. Por supuesto.

Se dirigió hacia la puerta, intentando ignorar el latido acelerado de su corazón.

Pero antes de salir, escuchó la voz de Adrian.

—Evelyn.

Se volvió.

El duque permanecía junto a la ventana, con una expresión que ella todavía no sabía interpretar.

—Gracias por no hacer preguntas que no estoy preparado para responder.

Evelyn lo contempló durante un instante.

—Gracias por confiar en mí lo suficiente como para decirme que todavía no está preparado.

Y salió de la biblioteca.

Esa noche, Evelyn colocó el medallón sobre su escritorio.

No podía dejar de pensar en la inscripción.

La verdad permanece, aunque el tiempo la sepulte.

Era una frase extraña, especialmente en una familia que parecía haber dedicado diez años a ocultar una parte de su pasado.

Abrió su diario y comenzó a escribir todo lo que recordaba sobre Adrian, su madre y Lady Isabella.

En su primera vida, había escuchado que la duquesa viuda murió después de una enfermedad repentina. También recordaba que Isabella había abandonado la capital poco después de un escándalo que involucraba a varios miembros de la nobleza.

Nunca había conocido los detalles.

Ahora empezaba a sospechar que ambas cosas estaban relacionadas.

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—Adelante.

Margaret entró con una bandeja.

—Le he traído té, mi señora.

Evelyn cerró el diario.

—Gracias, Margaret.

La doncella dejó la bandeja sobre la mesa y reparó en el medallón.

—Qué joya tan bonita. ¿Es nueva?

—Perteneció a la madre del duque.

Margaret abrió mucho los ojos.

—¿Su madre le ha dado una joya?

—No exactamente. Adrian me ha pedido que la conserve.

La doncella se quedó mirándola.

Después, lentamente, sonrió.

—Mi señora, creo que el duque empieza a tenerle cariño.

Evelyn sintió que las mejillas se le calentaban.

—No digas tonterías.

—No son tonterías. Mi señora, ningún hombre entrega una joya de su madre a una mujer que le resulta indiferente.

Evelyn abrió la boca para responder.

No encontró las palabras.

Margaret sonrió todavía más.

—Y, si me permite decirlo, usted también empieza a mirarlo de una manera diferente.

—Margaret.

—No he dicho nada.

—Has dicho demasiado.

La doncella soltó una carcajada y se apresuró a salir.

Evelyn volvió a quedarse sola.

Contempló el medallón durante varios minutos.

No estaba enamorada de Adrian.

Todavía no.

Pero había algo en aquel hombre que despertaba en ella una ternura inesperada. Algo que le hacía desear conocerlo, comprenderlo y descubrir qué se escondía detrás de su reputación.

Y eso era peligroso.

Porque Evelyn había regresado al pasado para elegir una vida mejor.

No para volver a perderse en los sentimientos de un hombre.

Sin embargo, cuando apagó la vela y se acostó, fue el rostro de Adrian lo último que cruzó por su mente.

A varios kilómetros del castillo, un carruaje avanzaba por el camino del norte.

En su interior, Lady Isabella Langford contemplaba un pequeño retrato que llevaba oculto entre las páginas de un libro.

La pintura mostraba a una mujer de cabello oscuro y ojos grises.

La duquesa de Blackthorne.

Isabella pasó un dedo por el borde del retrato.

—Diez años —susurró—. Diez años creyendo que aquel secreto desaparecería conmigo.

Sacó una carta del bolsillo de su vestido.

El papel estaba amarillento y el sello había sido roto hacía mucho tiempo.

En la última línea, una frase escrita con tinta desvaída parecía observarla desde la oscuridad.

Si Adrian descubre la verdad sobre la noche en que murió su madre, ninguna de nuestras familias estará a salvo.

Isabella cerró los ojos.

No había viajado a Blackthorne para conquistar al duque.

Había viajado porque alguien, en la capital, había comenzado a hacer preguntas.

Y porque la futura duquesa de Blackthorne acababa de recibir un objeto que jamás debería haber abandonado aquella habitación cerrada.

El medallón.

La única prueba que todavía podía destruirla.

___________🌸

1
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Que abra pasado???

Quede en suspenso.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Dayana Fuchs
🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.

Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.

En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.

Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Oooooooo cielos.

En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳

Me encanta la Historia

👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
Dayana Fuchs
Me super, encanta esta novela, me tiene en constante suspenso y eso me fascina.

🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me volví masoquista.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
🌸SugarBloom🌸: Amo que te encante gracias por leerla😊😊
total 1 replies
Dayana Fuchs
😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.

👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
Dayana Fuchs
Me parece super interesante la personalidad del Duque.

😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Dayana Fuchs
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me encanta Margaret,.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Anonimus✨
Aaah que interesante😊
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