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LÍNEAS CRUZADAS

LÍNEAS CRUZADAS

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor-odio / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

De día, Valeria Vidal y Dante De Rossi son los titanes más implacables de la arquitectura europea: una batalla campal de titanio contra hormigón donde cada licitación se disputa como un duelo a muerte. De noche, despojados de sus armaduras corporativas, son «TintaBlanca» y «PlanoCero», dos almas insomnes que se desahogan y se enamoran a ciegas a través de una plataforma anónima, sin sospechar que su confidente ideal es su peor pesadilla diurna.
Mientras sus socios montan un palco cómico cada fin de semana para verlos batirse en ridículas apuestas —desde carreras en bicicleta de paseo hasta guerras de karaoke—, sus padres deciden intervenir. Enemigos frente a la prensa pero compinches de toda la vida en privado, los patriarcas urden una trampa maestra: un falso matrimonio corporativo por contrato con amenaza de intercambio de mando. Obligados a convivir bajo el mismo techo entre desplantes, planos cruzados y un ataque de celos incontrolable, Valeria y Dante descubrirán que la estructura

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Capítulo 8: El anexo cuatro y la emboscada matutina

El desafío quedó suspendido en el aire con la densidad de una mezcla de fraguado rápido.

Valeria sintió el frío del borde del roble clavándose en sus muslos a través de la seda del kimono, pero cualquier noción de incomodidad física quedó sepultada bajo el calor sofocante que desprendía el cuerpo de Dante. Estaba tan cerca que ella podía contar las pestañas oscuras que enmarcaban sus pupilas dilatadas; podía sentir el pulso desbocado en el cuello del hombre, compitiendo a muerte contra el suyo propio.

—Dije... que eres un cobarde —susurró Valeria, separando los labios con una lentitud suicida, negándose a pestañear—. Un cobarde con miedo a perder el control.

La última palabra fue devorada antes de que terminara de vibrar en la estancia.

Dante no discutió. No buscó una réplica técnica ni una metáfora hiriente. Con un gruñido sordo que nació desde el fondo de su pecho, deslizó las manos grandes y calientes alrededor de la cintura de ella, la levantó en vilo unos centímetros y la sentó de golpe sobre la mesa de roble, justo encima de la línea divisoria de cinta azul.

Su boca cayó sobre la de Valeria con la fuerza implacable de un tensor hidráulico cediendo bajo mil toneladas de presión.

No fue un roce protocolar ni una caricia tímida: fue una invasión hambrienta, furiosa y desesperadamente postergada durante años de discursos y miradas de soslayo en salas de juntas. Dante la besó como si quisiera devorarle los argumentos, saboreando el café, la menta y la insolencia pura de sus labios. Una de sus manos subió con firmeza por su espalda desnuda, enredándose en el moño deshecho de ella para inclinarle el rostro hacia arriba, profundizando el contacto con una posesividad salvaje que le arrancó a Valeria un gemido ahogado contra la garganta.

Valeria intentó empujarlo. Apoyó las palmas abiertas contra el pecho desnudo del arquitecto con la intención de mantener la trinchera, pero el contacto con la piel caliente, tensa y marcada por los músculos la desarmó en una fracción de segundo. La resistencia se evaporó. Sus dedos se cerraron sobre sus hombros anchos, enterrándose en la carne firme mientras abría la boca para devolverle el beso con la misma furia desbocada que llevaba semanas intentando sepultar bajo capas de arrogancia.

Dante dio un paso más, metiéndose entre las piernas de ella, pegando su torso contra la seda de su kimono hasta que no quedó un solo milímetro de aire entre ambos. Respiraban al unísono, jadeando en un compás violento mientras los labios de él bajaban por la comisura de su boca hasta la línea vulnerable de su mandíbula, depositando besos ardientes y pesados que le hicieron arquear la espalda con un temblor incontrolable.

—Dime otra vez que me escondo, Vidal —murmuró Dante con la voz rota contra la piel de su cuello, mordisqueándole suavemente el lóbulo de la oreja.

Valeria clavó las uñas en sus omóplatos, con la mente girando en un torbellino donde las maquetas, las licitaciones y el orgullo corporativo se disolvían en cenizas.

—Esto... —logró articular ella con la respiración entrecortada, apoyando la frente contra el hombro del hombre para no perder el equilibrio—... esto viola el anexo cuatro del contrato conyugal. Cláusula de no agresión física.

Dante levantó el rostro despacio. Sus ojos azules brillaban en la penumbra con una llamarada oscura, febril y triunfante. Sus labios, hinchados y enrojecidos por el contacto, se curvaron en esa media sonrisa letal que a ella le encendía las entrañas:

—Que tu abogado me demande a primera hora, esposa mía.

Estaba a punto de volver a capturarle la boca cuando una vibración violenta y continua sobre la encimera de cuarzo rompió el hechizo como un disparo de fogueo.

Bzzzz. Bzzzz. Bzzzz.

El teléfono de Dante, que había quedado boca abajo junto al frutero de diseño, iluminaba el techo con el destello intermitente de una alarma de alta prioridad del sistema domótico del edificio.

El mundo real regresó con la violencia de un balde de agua helada sobre el microcemento.

Valeria parpadeó, aturdida, empujando el pecho de Dante con ambas manos. Esta vez el arquitecto cedió el espacio, dando dos pasos tambaleantes hacia atrás mientras se pasaba una mano por la nuca, respirando con la fuerza de un corredor de fondo que acaba de cruzar la meta al borde del colapso.

Valeria se deslizó fuera de la mesa en un segundo. Se ajustó el cuello del kimono con dedos temblorosos, dándole la espalda para que él no pudiera ver el rubor escarlata que le cubría el escote y las mejillas. Miró la mesa de reojo: la cinta azul de carrocero estaba despegada y arrugada justo donde ella había estado sentada, una metáfora perfecta y humillante de sus fronteras desmoronadas.

—Fue una sobrecarga de adrenalina por la carrera de karts —soltó Valeria con una voz que intentó sonar ejecutiva, aunque el temblor en las cuerdas vocales la delató por completo—. Nada más.

Dante la miró fijamente desde las sombras. Se cruzó de brazos, con la mandíbula apretada y la mirada fija en los labios humedecidos de ella:

—Claro, Vidal. Una simple anomalía en el coeficiente de fricción. Buenas noches.

Sin esperar respuesta, recogió su teléfono de la encimera y caminó hacia su dormitorio con zancadas largas, cerrando la puerta corredera con un golpe seco que resonó en todo el ático.

Valeria se quedó sola en la cocina, apoyada contra el mármol, llevándose dos dedos a los labios que todavía le ardían con la huella del arquitecto. El corazón le retumbaba en las costillas con tanta fuerza que casi no escuchó el zumbido de su propia tableta sobre la banqueta del salón.

A las ocho de la mañana, la paz no era una opción en CityLife.

Valeria salió de su habitación vestida para la guerra: un traje sastre en tono camel de corte cruzado, stilettos oscuros y el cabello recogido en una coleta tan tirante que casi le estiraba los párpados. Dante ya estaba en la cocina, con una camisa blanca inmaculada con las mangas remangadas y una taza de café negro en la mano.

Ninguno de los dos mencionó los acontecimientos de las dos y media de la madrugada. Se limitaban a mirarse de reojo con la cautela de dos pistoleros en un callejón sin salida, esquivando cuidadosamente el área de la mesa donde la cinta azul seguía arrugada.

El timbre del ascensor privado emitió tres pitidos histéricos seguidos.

Las puertas de acero se abrieron de golpe y Bianca y Enzo irrumpieron en el vestíbulo con la sutileza de una brigada antidisturbios. Bianca traía un maletín de cuero colgando del hombro y un cruasán a medio comer en la boca; Enzo sostenía su tableta con las dos manos y la cara desencajada por el pánico.

—¡Código rojo! ¡Defcon uno! ¡Desalojen la pista! —gritó Enzo, frenando en seco frente a la isla de la cocina.

—¿Qué demonios pasa ahora? —gruñó Dante, bajando la taza con fastidio.

—Don Bernardo y Don Massimo acaban de aparcar su bólido en el garaje subterráneo —soltó Bianca, tragando el bocado de golpe—. Vienen subiendo por el montacargas principal con un notario de la curia y una cesta de mimbre llena de quesos de Como.

Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus tacones:

—¿Qué hacen aquí a las ocho de la mañana?

—Se enteraron de la cena de Valeria con Jean-Paul Laurent anoche —explicó Enzo con una velocidad frenética—. El consorcio de Bruselas filtró una nota interna diciendo que la comisión técnica sospecha que este matrimonio es una fachada comercial para inflar la cotización previa al Corredor Mediterráneo. Los patriarcas vienen a realizar una «inspección ocular de convivencia conyugal auténtica» antes de la junta extraordinaria de las diez.

—¡Y tenemos la casa dividida con cinta de carrocero y caras de querer degollarnos! —chilló Bianca, señalando el suelo con ademán dramático—. ¡Tienen exactamente noventa segundos antes de que las puertas del ascensor se abran de nuevo!

El caos estalló con la precisión de una comedia de enredos de alta gama.

—¡Arranca la cinta, Dante! —ordenó Valeria, arrojando su carpeta sobre el sofá y arrodillándose en el suelo para tirar del adhesivo azul con desesperación.

—¡No me des órdenes en mi casa, Vidal! —rugió Dante, pero se arrodilló al otro extremo de la mesa para tirar de la cinta con tanta fuerza que casi se lleva el barniz del roble—. ¡Enzo, esconde las maquetas separadas en el cuarto de servicio! ¡Que no vean que estamos trabajando en proyectos rivales!

—¡Tus cepillos de dientes! —gritó Bianca desde el pasillo superior—. ¡Están en vasos separados a tres metros de distancia como si tuvieran peste bubónica! ¡Dante, sube tu colonia al baño de Valeria ahora mismo!

Dante subió la escalera de tres en tres, tirando su chaqueta sobre la barandilla, mientras Valeria corría hacia el recibidor para apilar los zapatos de ambos en el mismo zapatero, pateando un mocasín de él hacia adentro para que pareciera un hogar armonioso.

—¡Una foto! —gritó Enzo desde el salón—. ¡No hay una sola foto de ustedes dos juntos en cuatrocientos metros cuadrados! ¡Parece el piso franco de un cartel de espías!

Valeria sacó de su bolso la acreditación plastificada del circuito de Monza del día anterior, donde aparecían los dos cascos juntos en la línea de meta, y la encajó en el marco de metal de la consola de entrada junto a las llaves.

Ding.

El ascensor emitió el tono de llegada a la planta superior.

Dante bajó las escaleras de un salto, aterrizando junto a la isla de la cocina en el instante exacto en que las puertas corredizas se abrían. Con un movimiento reflejo y desesperado, pasó un brazo ancho y pesado por los hombros de Valeria, atrayéndola contra su costado con una fuerza descomunal. Valeria, tragándose el orgullo con una sonrisa de dientes apretados que casi le quiebra el esmalte, rodeó la cintura de Dante con un brazo y apoyó la cabeza contra su pecho como si fueran dos tórtolos recién salidos de una postal de bodas.

Don Bernardo Vidal y Don Massimo De Rossi entraron al ático con sendos abrigos de lana oscura, boinas de paño y miradas inquisidoras que barrieron el espacio como radares militares.

Detrás de ellos venía el anciano notario de la Piazza del Duomo, cargando una carpeta de piel con cara de querer estar en cualquier otro lugar del planeta.

—¡Miren qué estampa tan bucólica! —exclamó Don Massimo, deteniéndose a medio camino y entrecerrando los ojos con una suspicacia que se le notaba a leguas—. Qué armonía conyugal tan conmovedora para dos arquitectos que hace cuarenta y ocho horas juraban que se prenderían fuego antes de compartir el felpudo.

—Papá, Massimo... qué sorpresa tan... encantadora —dijo Valeria con una voz melosa que sonó a veneno puro, mientras sus dedos enterraban las uñas con disimulo en el costado de Dante bajo la tela de la camisa—. Estábamos justo repasando los planos del corredor sur mientras Dante me preparaba mi café favorito.

Dante apretó el agarre sobre el hombro de ella, bajando la cabeza para rozarle la coronilla con los labios en un gesto que hizo que a Bianca se le cayera la libreta al suelo:

—Valeria no puede empezar el día sin mi café, papá. Ya sabes cómo son las mentes creativas: necesitan combustible de primera calidad.

Don Bernardo se acercó a la gran mesa de roble. Pasó un dedo enguantado por la superficie pulida, deteniéndose en una pequeña marca pegajosa donde la cinta azul había sido arrancada hacía menos de un minuto. Miró el residuo, luego miró a su hija con una ceja blanca alzada:

—Veo que la madera tiene marcas de tensión superficial, hija.

—Es... una técnica de decapé contemporáneo, papá —improvisó Valeria sin pestañear—. Minimalismo brutalista. A Dante le encanta.

Massimo soltó una risita seca, dejó la cesta de quesos sobre la isla y se cruzó de brazos, clavando la vista en su hijo:

—Nos alegra enormemente ver que la convivencia es tan... fluida. Porque el comité de Bruselas acaba de notificarnos un cambio de planes de última hora.

Dante frunció el ceño, manteniendo el brazo firme alrededor de Valeria:

—¿Qué cambio de planes?

—El señor Jean-Paul Laurent solicitó formalmente una visita técnica exclusiva a la Villa d'Este en Como para este mediodía —anunció Don Bernardo con una solemnidad ensayada—. Van a evaluar la viabilidad de instalar un centro de conferencias flotante sobre el lago. Y el señor Laurent fue muy específico en su requerimiento: solicitó que la directora creativa de Vidal Vanguard sea quien lo guíe personalmente durante la inspección en barco privado.

El brazo de Dante alrededor de los hombros de Valeria se tensó de golpe como una barra de hierro.

—Laurent no tiene atribuciones para exigir guías privadas —soltó Dante con un tono que perdió de inmediato cualquier rastro de dulzura conyugal, sonando gélido y peligroso—. La propuesta para el lago la diseñó mi equipo de ingeniería. Si alguien tiene que subirse a ese barco con el francés, soy yo.

—El señor Laurent dice que la ingeniería sin sensibilidad paisajística es solo hormigón estéril —contraatacó Don Massimo, conteniendo una sonrisa pícara bajo el bigote—. Dice que prefiere la visión orgánica de tu esposa. A menos, claro está... que el señor De Rossi tenga algún inconveniente personal o conyugal en que su talentosa mujer comparta un almuerzo sobre las aguas de Como con un distinguido diplomático de París.

Valeria levantó el rostro despacio, buscando los ojos de Dante.

Vio la tormenta azul oscuro rugiendo de nuevo en sus pupilas, la vena latiéndole en la sien y esa posesividad salvaje que le crispaba las facciones ante la sola mención del francés. La tentación de usar a Jean-Paul como combustible para ver arder a su enemigo jurado fue demasiado dulce para dejarla pasar.

Se soltó del abrazo de Dante con una lentitud teatral, acomodándose la solapa de su traje camel:

—No creo que a mi querido esposo le moleste en absoluto, papá. Somos socios profesionales maduros. Y la Villa d'Este luce maravillosa desde el agua en un día soleado como hoy. Me vendrá bien un poco de aire fresco.

Dante dio medio paso hacia ella, ignorando por completo la presencia de los patriarcas, de los amigos y del notario. La acorraló con la mirada, bajando la voz a un susurro denso que vibró con la promesa de una guerra abierta:

—Ponte el chaleco salvavidas, Vidal. Porque el lago de Como tiene corrientes muy traicioneras... y te juro que no vas a navegar sola en esas aguas.

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Saira Macias
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