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Cuando Rezábamos Bajito

Cuando Rezábamos Bajito

Status: Terminada
Genre:Yuri / Amor prohibido / Época / Completas
Popularitas:381
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.

En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.

Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.

Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 17 - LUCÍA

Los primeros días Lucía no dormía. Yo tampoco.

Doña Rosario nos había dicho que las niñas de diciembre lloran mucho porque tienen frío aunque estén tapadas, que vienen del calor de adentro y afuera hace frío. Era diciembre de 1957 y en Triana hacía un frío húmedo que se metía por la ventana del cuarto del fondo.

Lola nos había puesto el brasero al lado de la cama grande. Ya no dormíamos en la cama chica. Dormíamos las tres en la cama grande, porque Lucía no cabía en otro lado. Yo en medio, con Lucía encima del pecho, y Zoe al lado, con una mano siempre puesta en la espalda de Lucía por si se caía, aunque no se podía caer.

Yo no sabía dar pecho. Nadie me había enseñado. En mi pueblo las mujeres no hablaban de eso. Me dolía mucho al principio. Me salían grietas y lloraba cada vez que Lucía se agarraba. Pensaba que lo estaba haciendo mal, que no tenía leche porque estaba flaca, porque había pasado hambre en Olvera.

Zoe aprendió antes que yo. Doña Rosario le enseñó.

- Así, niña - le decía a Zoe, poniéndole la mano en la mía -. No la pongas de lado. Póntela mirándote. Que te mire cuando come. Que sepa quién le da de comer.

Zoe me acomodaba a Lucía. Con sus manos que ya sabían hacer dobladillos, me acomodaba la niña al pecho sin vergüenza. Sin asco. Y se quedaba mirando cómo comía.

- Tiene tus ojos - me dijo una noche, a las tres de la mañana, cuando llevábamos tres noches sin dormir -. Pero tiene mi genio. Mira cómo aprieta el puño cuando come. Como si no quisiera que le quiten nada.

Tenía razón. Lucía apretaba el puñito alrededor de mi dedo mientras comía y no lo soltaba. Era de las dos.

De día la tienda seguía abierta. Lola decía que si cerrábamos una semana nos moríamos de hambre y Lucía también. Así que yo me quedaba atrás con Lucía en el pecho, cortando patrones sentada, y Zoe atendía adelante. Pero cada media hora Zoe entraba a la trastienda a ver si Lucía había hecho caca, si tenía frío, si yo tenía fiebre.

Las clientas de Triana empezaron a traer cosas. Sin que Lola se las pidiera. Una trajo un mantón viejo para tapar a la niña. Otra trajo un huevo duro. Otra, que era la que vendía pescado en la esquina, trajo una naranja y dijo "para que la niña no tenga asma".

Nadie preguntó quién era el padre. En Triana en 1957, si no decías quién era el padre, no te preguntaban. Si decías que eras viuda, te creían aunque no llevaras luto. Lola había dicho que yo era viuda de Sevilla y que Zoe era mi prima que me ayudaba. Y con eso bastaba.

La noche del quinto día Lucía tuvo fiebre. Poquita, pero tenía la frente caliente. Yo me asusté mucho. Pensé que se iba a morir, como se morían los niños en mi pueblo sin médico. Empecé a llorar y no podía parar.

Zoe salió corriendo descalza a casa de Doña Rosario a las dos de la mañana. Volvió con ella, con su bolsa de romero y su bata negra.

Doña Rosario la tocó, le miró el ombligo que todavía estaba negro, le olió la cabeza y dijo:

- No es nada. Es que tiene calor. Ustedes la tienen muy tapada con el brasero. Esta niña es de Triana, no de Olvera. Quítenle una manta y denle teta cada vez que llore.

Nos enseñó a bañarla en la palangana de zinc. Con agua tibia, no caliente. Zoe la agarraba con miedo, como si se le fuera a resbalar, y yo le echaba agua con la mano. Lucía lloraba al principio y después se quedaba callada, mirándonos con los ojos muy abiertos, como si entendiera que éramos nosotras.

Cuando terminamos de bañarla, Lola entró con una caja chica de cartón.

- Era de cuando yo era chica - dijo. Dentro había un vestido blanco de bebé, amarillento, con encaje roto.

- Para la Purísima - dijo Lola -. Para que tenga su primer vestido.

Se lo pusimos. Le quedaba grande. Le tapaba los pies que Doña Rosario había dicho que eran de bailaora.

Esa noche, después del baño, Lucía durmió tres horas seguidas por primera vez. Tres horas. Zoe y yo nos miramos como si hubiéramos ganado la lotería. Nos dormimos las dos con la mano en su pecho chiquito, para sentir que respiraba.

Yo soñé esa noche que estaba otra vez en la bodega de Santa Clara, entre sacos de patatas, con la piedra en la mano. Pero esta vez no estaba sola. Tenía a Lucía en brazos y a Zoe de la mano y la puerta de la bodega estaba abierta y daba a Triana, con su río y sus luces.

Me desperté y Lucía me estaba mirando. Con los ojos abiertos en la oscuridad. No lloraba. Solo me miraba.

- Hola - le dije bajito, como me decía Zoe a mí en la bodega -. Soy Ana. Soy tu mamá.

Y por primera vez no me sentí Ana Vidal Martín, la del carnet falso. Me sentí madre.

No sabía que a la mañana siguiente Lola iba a entrar corriendo a la trastienda y nos iba a decir que había dos hombres preguntando por Telas Lola en el bar de la esquina.

Y que uno de ellos no era de Olvera. Era de mi pueblo.

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