A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 15
Después del desayuno subí al cuarto y me di un baño. Aunque me daba vergüenza usar cualquier cosa de aquella casa, me dejé llevar por la forma en que me habían tratado. Por un segundo, solo un segundo, olvidé lo que va a pasarme cuando sepan la verdad, y me permití creer que tengo una oportunidad de ser feliz. Qué tonta soy, ¿verdad?
Después del baño fui hasta mi bolso y, cuando iba a abrirlo, vi que encima había un sobre. Me pareció muy extraño, porque no era mío.
Tomé el sobre y noté que atrás tenía mi nombre en letras bien grandes. Y, dicho sea de paso, qué fea letra, pensé, pero eso no era importante.
Abrí el sobre y dentro había una tarjeta negra y una carta. Enseguida pensé en devolver el sobre y no tocar nada más, pero mi nombre estaba escrito ahí, aquello era para mí, así que al menos necesitaba leer la carta.
"Por lo poco que te conozco, sé que no vas a aceptar nada que mi madre te quiera comprar, y no quiero que vuelvas a casa con las manos vacías, así que te dejo esta tarjeta de crédito como regalo. Compra lo que quieras con ella, esta tarjeta es tuya para que hagas lo que se te antoje.
Cuando le conté a Arthur, un amigo mío, que te daría una tarjeta, me dijo: '¿y si la usa para huir?', y yo pensé: 'mientras sea feliz, por mí está bien, porque solo quiero verla bien'. Así que, más que nunca, úsala como prefieras. Pero si eliges quedarte, has de saber que estaré aquí, esperando que vuelvas, dispuesto a cuidarte y a ser el marido que siempre soñaste.
Sé que no fue algo planeado, créeme, para mí tampoco lo fue, pero te fuiste metiendo en mi vida de una forma loca y, cuando me di cuenta, ya sentía cierto encanto por ti.
Disfruta tu día al lado de las locas de mi familia.
Sócrates
P. D.: Puedes mentir y decir que esta tarjeta te la dejó tu padre, o simplemente decir la verdad; no me importa qué le digas a mi familia, solo quiero de verdad que no te contengas y compres todo lo que te guste o tengas ganas de tener.
P. D. 2: La contraseña es el día y el mes en que nos conocimos: 2307."
Yo estaba temblando, quería morirme, quería desaparecer y al mismo tiempo quería llorar; no sabía qué pensar ni qué sentir, eran demasiadas emociones a la vez.
Esa carta me dejó confundida: una parte de mí la ve como una declaración de amor —caray, hasta recuerda el día en que nos conocimos, hace más de ocho meses—; pero otra parte de mí tiene recelo, recelo de confiar, de dejarme llevar, porque sé lo que va a pasar cuando descubra que no seré capaz de cumplir mi papel y manchar las sábanas en nuestra noche de bodas.
Me puse a llorar y, mientras pensaba en un millón de cosas, recordé el beso que me dio al irse; aquel simple roce de labios fue algo irreal. Nunca en la vida había besado a nadie, jamás había sentido esas mariposas en el estómago como las sentí esta mañana. ¿Será esto estar enamorada? Si lo es, creo que al menos podré morir en paz, sabiendo que un día sentí algo por alguien, y que, aun siendo fea y gorda, él fue capaz de escribirme una carta hermosa que voy a guardar para siempre.
Me arreglé rápido porque no quería hacer esperar a nadie y me llevé la tarjeta conmigo. ¿Pienso usarla? No. Pero aun así me la llevé.
Vi que Giordana se me quedó mirando unos segundos apenas me vio al pie de la escalera, pero enseguida disimuló.
—Ya nos vamos, ¿sí? Solo esperamos a mi suegra. Doña Isabel es campeona en tardar para arreglarse. —Asentí y me senté en el sofá a esperar junto a Giordana.
Pasaron algunos minutos y entonces se abrió la puerta y por ella entró un hombre; era mayor, pero tenía un parecido tremendo con Sócrates. Un hombre apuesto, con una pinta de malo que hasta me dio miedo.
—Buenos días, mi amor. —dijo dándole un beso a Giordana.
—Buenos días, querido. Joana, este es Marcos, mi esposo y padre de Sócrates. —Me presentó al hombre que en realidad ya me imaginaba. El parecido entre los dos gritaba que eran padre e hijo.
—Es un placer, señor. —dije levantándome y extendiéndole la mano.
—Un placer, señorita. —Correspondió el apretón de manos—. Pero, discúlpeme si le parezco grosero, ¿usted es…? —Yo estaba eligiendo las palabras para responder, pero Giordana se me adelantó.
—Ella es Joana, la novia de nuestro hijo. —Él frunció el ceño y miró a Giordana, incrédulo.
—¿Novia? ¿Qué historia loca es esta? —Me senté de nuevo y evité el contacto visual; quedó claro que el señor Marcos no aprobaba la elección de su hijo. Pero lo entiendo, ¿qué padre aceptaría a su hijo casándose con una chica gorda como yo?—. Voy a esperar a que llegue Sócrates para entender esto; al fin y al cabo, yo no sabía nada. ¿Tú lo sabías?
—Nos presentó a Joana en el desayuno. —Hablaban como si yo no estuviera ahí, lo que volvió las cosas un poco más incómodas—. Bueno, nos vamos al centro comercial, vamos a almorzar fuera y a hacer algunas compras, ¿sí?
—Está bien, solo lleven a los guardias, no quiero que anden solas por ahí. —Giordana asintió—. Y mi madre, ¿dónde está?
—Aquí estoy, más linda y más bella cada día. —dijo doña Isabel, ya casi al pie de la escalera, llamándonos la atención.
—Buenos días, mamá. —dijo Marcos dándole un abrazo.
—Buenos días, hijo. —Correspondió y enseguida se sumó a nosotras para salir.
—Cuídense, chicas. —oí decir a Marcos mientras salíamos de la casa y subíamos a un auto con dos hombres altos y bien vestidos.