Valentina Morales está acostumbrada a que la gente juzgue su cuerpo antes de conocer su corazón.
Después de perder su empleo y descubrir que su hermano tiene una enorme deuda con un hombre peligroso, Valentina acepta trabajar para el único hombre capaz de ayudarlos: Damián Ferrer, el mafioso más poderoso y temido de la ciudad.
Damián está acostumbrado a conseguir todo lo que quiere. Las mujeres se acercan a él por su dinero, su poder y su apellido.
Pero Valentina es diferente.
Ella no se deja intimidar.
No intenta conquistarlo.
No acepta sus órdenes sin discutir.
Y, sobre todo, no permite que nadie vuelva a hacerla sentir menos por tener curvas.
Lo que comienza como una relación basada en una deuda terminará convirtiéndose en una historia de amor, celos, traiciones y secretos.
Damián juró que jamás se enamoraría.
Valentina juró que jamás permitiría que un hombre controlara su vida.
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mi hermana pérdida
Valentina permaneció frente a la pantalla apagada.
No podía moverse.
La mujer que acababa de aparecer en la videollamada tenía sus mismos ojos.
Su misma mirada.
Incluso la misma sonrisa que recordaba de las fotografías de su madre.
—Es imposible —susurró.
Mateo tomó la fotografía.
—¿Realmente crees que es Isabela?
Rafael permaneció en silencio.
Damián lo miró.
—Tú sabías algo.
Rafael negó.
—Sabía que existía una segunda niña, pero creí que había muerto.
Valentina se volvió hacia él.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
—Porque eso fue lo que me dijeron.
—¿Quién?
Rafael respiró profundamente.
—Tu padre.
Valentina quedó confundida.
—Entonces tenemos que hablar con él.
Encontraron al padre de Valentina en el despacho.
Cuando mencionaron el nombre de Isabela, su rostro cambió.
—¿Dónde escuchaste ese nombre?
Valentina respondió:
—Ella me llamó.
El hombre se levantó bruscamente.
—¿La viste?
—Sí.
—¿Cómo está?
Valentina lo miró sorprendida.
—¿Sabías que estaba viva?
Su padre cerró los ojos.
—Sí.
El silencio fue absoluto.
—¡Nos mentiste! —gritó Valentina.
—Lo hice para protegerte.
—¡Toda mi vida me han protegido con mentiras!
Su padre bajó la mirada.
—Isabela no debía encontrarte.
—¿Por qué?
—Porque ella está relacionada con La Sombra.
Damián frunció el ceño.
—¿Trabaja para ellos?
—No exactamente.
—Entonces explica.
Su padre caminó hasta la ventana.
—Cuando ustedes nacieron, La Sombra quería quedarse con ambas niñas.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque sus identidades podían utilizarse para ocultar una fortuna.
Mateo preguntó:
—¿Y qué pasó?
—Logramos sacar a Valentina del hospital.
—¿Y a Isabela?
Su padre permaneció callado.
—Fue llevada por otra persona.
Valentina comenzó a llorar.
—¿Quién?
—Una mujer llamada Victoria Salazar.
Rafael abrió los ojos.
—Mi madre.
Todos lo miraron.
—¿Tu madre? —preguntó Damián.
Rafael asintió lentamente.
—Victoria era mi madre y conocía a Lucía.
Valentina se quedó helada.
—Entonces Isabela creció con ella.
—Sí.
Horas después, Valentina recibió otro mensaje.
“Ven a verme. Esta vez sin Damián.”
Ella sabía que no debía hacerlo.
Pero necesitaba respuestas.
—Voy a encontrarme con Isabela —dijo.
Damián negó inmediatamente.
—No.
—Tengo que hacerlo.
—Puede ser una trampa.
—Es mi hermana.
—Eso no significa que sea segura.
Valentina lo miró.
—¿Y si ella sabe dónde está mamá?
Damián permaneció callado.
Finalmente dijo:
—Voy contigo.
—Ella dijo que fuera sola.
—Entonces no sabrá que estoy cerca.
Valentina sonrió.
—Sabía que dirías eso.
La cita fue en una cafetería pequeña.
Valentina llegó primero.
Minutos después, Isabela apareció.
Por unos segundos se quedaron mirándose.
Ninguna sabía qué decir.
Finalmente Isabela sonrió.
—Te pareces mucho a mamá.
Valentina sintió lágrimas en los ojos.
—Tú también.
Isabela se sentó.
—¿Sabes cuánto tiempo esperé este momento?
—No.
—Toda mi vida.
Valentina tomó su mano.
—¿Por qué nunca me buscaste?
Isabela bajó la mirada.
—Porque me dijeron que tú habías muerto.
—¿Quién?
—La mujer que me crió.
—Victoria.
Isabela asintió.
—Me dijo que nuestros padres habían muerto y que tú también.
Valentina sintió tristeza.
—Pero tú sabías quién eras.
—No.
Isabela negó.
—Lo descubrí hace apenas un año.
—¿Cómo?
—Encontré una caja escondida entre las cosas de Victoria.
Isabela sacó una fotografía.
Era la misma que Valentina había visto.
Las dos bebés.
—También encontré esto.
Era una carta.
Valentina la abrió.
La letra era de su madre.
“Si algún día mis hijas se encuentran, quiero que sepan que nunca las abandoné.”
Valentina comenzó a llorar.
—Mamá nos amaba.
—Sí.
Isabela tomó su mano.
—Y todavía está viva.
Valentina levantó la mirada.
—¿Sabes dónde?
Isabela asintió.
—Sí.
A varios metros de allí, Damián observaba desde un automóvil.
No podía escuchar la conversación.
Pero algo llamó su atención.
Un hombre se acercó a la mesa de las hermanas.
Le entregó algo a Isabela.
Damián salió inmediatamente.
—¡Isabela!
La mujer se levantó.
El hombre escapó.
Damián corrió detrás de él, pero desapareció entre las calles.
Cuando regresó, Isabela estaba pálida.
—¿Qué te dio?
—No lo sé.
Damián tomó el sobre.
Dentro había una fotografía.
Era de Lucía.
Pero en la parte posterior decía:
“La próxima vez no será una advertencia.”
Valentina sintió miedo.
—¿Qué significa?
Isabela respondió:
—Que saben que nos encontramos.
De regreso en la mansión, Isabela contó todo.
—Hay un lugar donde mamá podría estar.
—¿Dónde? —preguntó Valentina.
—En una casa antigua cerca del lago.
Rafael frunció el ceño.
—Conozco ese lugar.
—¿Dónde queda? —preguntó Damián.
Rafael dio la dirección.
—Pero hay algo que deben saber.
—¿Qué?
—Esa casa pertenecía a Victoria.
Isabela palideció.
—Entonces ella sabía dónde estaba mamá.
Rafael asintió.
—Probablemente.
Damián tomó las llaves del automóvil.
—Nos vamos.
Valentina lo detuvo.
—Esta vez no.
Damián la miró.
—¿Qué?
—Quiero que Isabela venga con nosotros.
Damián observó a la joven.
Después asintió.
—De acuerdo.
Llegaron a la casa al caer la noche.
La puerta estaba entreabierta.
Entraron lentamente.
Había polvo por todas partes.
Pero sobre una mesa había una taza todavía tibia.
Valentina sintió un escalofrío.
—Alguien estuvo aquí.
Isabela señaló una puerta.
—Allí.
La abrieron.
Dentro había una habitación pequeña.
Y sobre la cama...
Una fotografía.
Valentina la tomó.
Era una imagen reciente de su madre.
Lucía aparecía sentada, mirando directamente a la cámara.
En el reverso había una dirección.
Isabela comenzó a llorar.
—Está viva.
Valentina la abrazó.
Pero Damián observó algo más.
En una esquina de la fotografía aparecía una figura masculina.
Un hombre con un anillo negro.
El símbolo de La Sombra.
Damián levantó la mirada.
—No estamos solos.
Las luces se apagaron.
Y una voz salió de la oscuridad:
—Bienvenidas, hermanas.
Valentina apretó la mano de Isabela.
—¿Quién eres?
La voz respondió:
—El hombre que conoce toda la verdad sobre su nacimiento.
Un disparo resonó dentro de la casa.
Y Damián gritó:
—¡Todos al suelo!