Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 19
Capítulo 19
El 26 de septiembre
El día empezó con sol.
Valentina se despertó a las seis, se vistió, desayunó pan con queso en el lobby del hotel y salió hacia el refugio con la cámara al hombro. El cielo de Hapir estaba limpio — un azul pálido que parecía lavado con agua. El gato del lobby había vuelto al mostrador. Los pájaros cantaban en el techo de un edificio sin techo. Todo parecía normal.
Nada era normal.
Llegó al refugio a las siete. Amira estaba preparando el desayuno en la cocina improvisada. Layla barría el piso del patio con una escoba que tenía la mitad de las cerdas. Los niños dormían en el segundo piso, amontonados en colchones compartidos bajo mantas que olían a jabón barato y a infancia interrumpida.
Samir llegó diez minutos después. Traía café en un termo y una expresión que Valentina no le conocía — una tensión en los ojos que era nueva.
—¿Dormiste?
—No mucho —dijo Samir—. Estuve escuchando las explosiones del norte. Más cerca que ayer.
Valentina asintió. Las explosiones se habían ido acercando durante toda la semana como los pasos de algo enorme que caminaba hacia ellos sin prisa.
Los niños bajaron a las ocho, ruidosos y desordenados como todos los días. Valentina los filmó desayunando — treinta y cuatro caras con sueño, treinta y cuatro pares de manos rompiendo pan, treinta y cuatro voces que hablaban todas al mismo tiempo en un idioma que ella no entendía pero que sonaba a vida. El niño de la cicatriz en la frente se sentó junto a ella y le preguntó si tenía chicles. Valentina le dio tres.
A las nueve y cuarto, los niños salieron al patio a jugar. Valentina estaba dentro, filmando a Amira organizando las donaciones del segundo piso. Desde la ventana interior podía ver el patio — los niños corriendo con la pelota de trapo, Layla sentada en una silla vigilándolos, el sol cayendo sobre todo como una manta dorada.
Un hombre apareció en la puerta del patio.
Valentina lo vio desde la ventana. Era joven — veinte, veinticinco años. Vestía ropa civil, una camisa holgada sobre pantalones oscuros. Llevaba una bolsa de plástico en la mano. Los niños se detuvieron a mirarlo. Él abrió la bolsa y les mostró el contenido.
Dulces.
Dulces envueltos en papel de colores — rojos, azules, verdes, amarillos. Los niños corrieron hacia él. Valentina vio al niño de la cicatriz extender la mano. Vio a otros tres rodearlo. Vio la sonrisa del hombre — una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Algo se le congeló dentro del pecho. Una alarma animal, primitiva, anterior a la razón. Valentina abrió la boca para gritar.
El hombre detonó.
La explosión borró el mundo. El sonido fue tan grande que dejó de ser sonido — se convirtió en presión, en golpe, en blancura. La onda expansiva reventó las ventanas del refugio. Los cristales volaron como cuchillos horizontales. Valentina se tiró al suelo. Amira cayó a su lado con un grito que se ahogó en el polvo.
Cuando Valentina levantó la cabeza, el patio ya no existía.
Donde había habido niños jugando ahora había un cráter. Fragmentos de cosas que no quería identificar salpicaban las paredes. El humo era negro y espeso y olía a pólvora y a algo más — algo dulce y terrible que ella nunca iba a poder olvidar.
Valentina deseó haberse quedado ciega. Lo deseó con cada célula del cuerpo — deseó que los ojos se le cerraran, que la retina se le quemara, que el cerebro dejara de procesar lo que le enviaban los nervios ópticos. Pero el cerebro no obedece esas órdenes. El cerebro graba.
No estaba ciega. Veía todo. Veía demasiado. Los colores, las formas, los pedazos de tela y de carne y de papel de dulces que cubrían el piso del patio como confeti de una fiesta en el infierno. Los gritos empezaron — no los de los niños, porque los que estaban más cerca ya no gritaban. Los gritos venían de adentro del refugio, de los que habían estado en el segundo piso, de Amira a su lado que gritaba un nombre que Valentina no conocía.
Layla salió corriendo por la puerta lateral hacia la calle. Amira la siguió. Valentina gritó: "¡No! ¡Esperen!" Pero las dos salieron.
Los disparos sonaron antes de que llegaran a la esquina. Ráfagas. Cortas. Precisas. Layla cayó primero — de frente, con los brazos extendidos, como si estuviera corriendo hacia algo y el suelo la hubiera tragado. Amira cayó un segundo después, de espaldas, con una expresión de sorpresa que se le congeló en la cara.
Los terroristas bajaban por la calle. Tres, cuatro, cinco — con rifles, con chalecos, con la eficiencia mecánica de quien limpia una zona casa por casa. Puerta por puerta. Disparo por disparo.
Valentina temblaba. Todo el cuerpo le temblaba — no del frío, no del miedo, sino de algo más profundo, un temblor que nacía en los huesos y se expandía hacia afuera como las ondas de un impacto. Quería levantarse. Quería correr. Quería hacer algo, lo que fuera, pero los músculos no obedecían.
Samir la sacudió por los hombros. La miró a los ojos. Le dijo algo que ella no escuchó. Después agarró un rifle que había caído al suelo — de un soldado, de un guardia, de alguien que ya no lo necesitaba. Se asomó por la puerta y disparó. Una vez. Dos veces. Tres. Al cuarto disparo, una bala le entró por el abdomen. Samir se dobló como una hoja de papel. Valentina lo agarró por el chaleco y lo arrastró hacia adentro. La sangre le empapaba la camisa y le mojaba las manos a ella — caliente, espesa, demasiada.
—Déjame aquí —dijo Samir.
—Cállate.
—Valentina, déjame.
—Dije que te calles.
Le presionó la herida con la palma de la mano. La sangre le salía entre los dedos como agua de un grifo roto. Samir apretó los dientes. Sus ojos perdieron el foco un segundo, se recuperaron, lo perdieron otra vez.
Una mano le tocó la cabeza.
Valentina levantó la vista. Santiago estaba de pie junto a ella. Tenía el rifle en una mano y la otra sobre la coronilla de Valentina — los dedos hundidos en su pelo sucio de polvo y de sangre ajena. No la miraba. Miraba la calle. Pero la mano estaba ahí — firme, pesada, real.
—Todo va a estar bien —dijo. La voz era tranquila. La mano era firme. Los ojos desmentían ambas cosas — Valentina vio en ellos algo que no había visto antes: no miedo, sino la furia controlada de alguien que ha visto lo peor que pueden hacer los humanos y ha decidido seguir de pie.
Valentina supo que era mentira. Santiago supo que ella sabía. Pero la mano no se movió.
Un ruido detrás de ellos. Camila irrumpió por la puerta trasera del refugio, jadeando, con el pelo revuelto y la ropa cubierta de polvo. Había corrido desde el hotel.
—¡Santiago! ¿Qué está...?
—Atrás —cortó Santiago. Su voz era la del soldado, no la del hombre. La del soldado no admitía preguntas.
Una figura se acercaba por la calle. Una mujer — embarazada, aparentemente. Caminaba hacia el refugio con las manos sobre el vientre y la boca abierta en un grito silencioso de auxilio.
Santiago levantó el rifle.
—Santiago, ¡es una civil! —gritó Camila.
Santiago no bajó el rifle. Valentina lo miró. Vio lo que él veía — los detalles que un civil no sabría leer: las callosidades en las manos de la mujer, el tipo de callosidades que deja un arma automática. La forma en que caminaba — no como una embarazada, sino como alguien que carga algo pesado y rígido debajo de la ropa. La dirección de la mirada — no buscaba ayuda, buscaba el centro del grupo.
Santiago disparó.
Camila gritó. La mujer cayó. El vientre falso se abrió al golpear el suelo y los cables y los tubos se desparramaron por el asfalto como las entrañas de un animal mecánico.
El silencio duró tres segundos.
Después, la segunda explosión.
No fue la mujer — fue algo más. Un coche, un paquete, algo a treinta metros que alguien detonó por control remoto. La onda expansiva entró por la puerta del refugio como un tren de aire sólido. Valentina salió despedida hacia atrás. Su espalda golpeó una columna. Algo le cortó la cara — cristal, escombro, metralla. El mundo se volvió blanco, después rojo, después negro.
Lo último que escuchó fue la voz de Santiago gritando su nombre.
Lo último que vio fue el techo agrietado del refugio, con un rectángulo de cielo azul que se oscurecía como si alguien estuviera cerrando una puerta.
Lo último que pensó fue: los dulces. Los dulces envueltos en papel de colores — rojos, azules, verdes, amarillos. "Señora, ¿tiene dulces?" La voz del niño de la cicatriz resonaba dentro de su cráneo como el eco de una campana que no deja de sonar. Los dulces. Los dulces que un hombre usó para atraer a los niños como un pastor usa un silbato para llamar a las ovejas. Los dulces que eran la palabra más inocente del mundo y que ahora iban a significar lo contrario para el resto de su vida.
Después, nada. Oscuridad completa. Silencio absoluto. Un vacío negro y sin fondo donde no existían ni los dulces ni los niños ni el patio ni el sol ni las fosas comunes al borde de la carretera ni el olivo blanco ni Santiago ni nada.
187 civiles murieron en Hapir el 26 de septiembre. 68 de ellos eran niños.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.