Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.
En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.
Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent
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CAPÍTULO 3: SEGUNDA LUNA — LAS TRAMPAS
Al octavo día desde que el río me trajo hasta ese valle, me desperté antes que nadie, con el colgante de lobo de Turi frío contra el pecho y una idea dando vueltas en la cabeza que no me dejaba dormir.
Había salvado a Nia, sí. Ya no me miraban como a un insecto que podían aplastar en cualquier momento. Rian ya no me insultaba a cada paso, Mara no me apartaba de su lado como si yo tuviera una enfermedad, e incluso Kael me dedicaba de vez en cuando un gesto de cabeza corto, casi imperceptible. Pero seguía siendo una carga. No podía cargar leña sin cansarme en media hora, no podía lanzar una lanza sin que saliera girando por los aires, no podía hacer nada de lo que para ellos era tan sencillo como respirar. Mi fuerza no servía para nada en ese mundo. Pero mi cabeza… mi cabeza todavía era de 2026. Todavía recordaba todos esos documentales de supervivencia que veía de madrugada cuando no podía dormir por los exámenes, todas esas explicaciones de cómo los primeros hombres sobrevivieron no por ser los más fuertes, sino por ser los que mejor pensaban.
Esa mañana, cuando Kael y Rian volvieron de recorrer las trampas viejas del clan con solo dos conejos flacos para siete personas, me acerqué sin que nadie me lo pidiera y le dije a Kael que quería probar algo nuevo. No necesitaba herramientas raras, solo palos flexibles, fibra de corteza de sauce y unas piedras afiladas.
Rian soltó una carcajada corta, apoyó la lanza en el suelo y me miró con esa sonrisa suya de siempre, aunque ya no tenía la maldad de antes.
—¿Otra cosa de tu mundo de las casas en las nubes, extraño? —dijo, cruzándose de brazos—. La última vez que intentaste hacer algo con tus manos nos salió una cesta por donde se caían hasta las piedras.
—Esta vez no uso las manos para la fuerza —le respondí, sin apartarle la mirada—. Uso la cabeza. Si no funciona, te ríes de mí todo un día y no vuelvo a tocar nada que no sea mi botiquín. Pero si funciona… traeremos más comida que en toda la semana pasada.
Kael me miró unos segundos, esos ojos oscuros suyos que lo veían todo, y asintió. Me dijo que Turi me ayudaría a buscar lo que necesitara. Rian bufó, se dio la vuelta y se fue a afilar su lanza, pero no volvió a decir nada en contra.
Pasaron dos días en los que todos me veían de reojo, creyendo que estaba perdiendo el tiempo. Corté ramas de sauce joven, flexibles como arcos, deshilé corteza hasta hacer cuerdas resistentes que no se rompieran con un tirón fuerte, y armé seis estructuras sencillas: lazos que se cerraban solos cuando algo pisaba el palillo que los sostenía abiertos. No eran nada del otro mundo, nada que no hubiera visto hacer en un documental de National Geographic cuando tenía catorce años. Las coloqué por la noche en los senderos donde siempre habían visto pasar conejos y liebres, camufladas con hojas y tierra, sin dejar huellas. Rian pasó por mi lado mientras terminaba la última, escupió al suelo y dijo que a la mañana siguiente no habría nada más que seis lazos vacíos y yo con la cara roja de vergüenza.
Al amanecer del décimo día, fuimos todos juntos a revisarlas.
La primera trampa estaba cerrada. Dentro, un conejo gordo, de pelaje gris, pataleando sin poder soltarse. La segunda también. La tercera, una liebre tan grande que casi no cabía en el lazo. Al final, de las seis trampas que había armado, cuatro tenían presas. Cuatro animales en una sola noche, más de lo que ellos cazaban a veces en tres días.
Nadie dijo nada durante un buen rato. Mara abrió los ojos como platos, Turi sonrió por primera vez desde que yo llegué, una sonrisa pequeña y rápida, y Kael se agachó a mirar una de las trampas, tocó el nudo del lazo con los dedos y levantó la vista hacia mí, con algo nuevo en la mirada que antes no había: respeto. Rian se quedó quieto, mirando los conejos, y luego me miró a mí. No dijo nada. No se disculpó por haberse burlado. Pero esa noche, cuando repartieron la carne, me dio el trozo más grande y jugoso, sin que nadie se lo pidiera.
Los días siguientes no me detuve. Me di cuenta de que sus trampas eran malas porque usaban nudos que se soltaban, y sus lanzas tenían las puntas afiladas con cualquier piedra, de forma irregular, por eso a veces no penetraban bien la piel de los animales. Busqué una piedra de cuarzo más dura que las que usaban, pasé horas afilando cada punta hasta que cortara el pelo con solo rozarlo, y le expliqué a Kael que un filo fino y uniforme entraba el doble de rápido que uno desigual, con la mitad de fuerza. También armé trampas más grandes, colgadas de las ramas bajas de los árboles, para atrapar aves que bajaban a comer las bayas del suelo.
Fue entonces cuando Lira se acercó a mí de verdad.
Hasta ese día, solo me había ayudado con Nia, me había dado nueces a escondidas, se había sentado a mi lado por las noches sin hablar. Pero el duodécimo día, mientras yo estaba sentado fuera de la cueva terminando de armar una trampa nueva, apareció con una canasta llena de hierbas y flores silvestres, se sentó a mi lado sin preguntar y extendió una planta de hojas pequeñas y olor fuerte.
—Esta —dijo, con esa voz suave y baja que tenía, poniendo la hoja en mi mano—. Si la pones cerca de las trampas, los conejos vienen solos. Les gusta el olor. Esta otra —sacó una de hojas más grandes, verdes oscuros— es mala. Si se la come un animal, se muere en una hora. No la toques nunca. Y esta —una flor amarilla pequeña, de pétalos finos— cura las picaduras de las hormigas grandes. La masticas y la pones encima.
Me miró a los ojos por primera vez sin apartar la vista rápido, y sonrió. Una sonrisa tímida, que le salía solo de un lado de la boca, y que me hizo olvidar por un segundo cómo respirar.
Pasamos todo el día juntos, ella enseñándome cada planta del valle, yo contándole cosas de mi mundo que a ella le parecían magia: luces que se encendían con un dedo, máquinas que volaban por el cielo llevando gente de un lado a otro, libros que guardaban todas las historias del mundo en hojas delgadas. Me contó que sus padres habían muerto cuando ella era pequeña, atacados por un tigre de dientes largos mientras recogían fruta en la montaña, y que Kael la había criado como suya, igual que a todos los demás. Me dijo que a veces tenía miedo de que el hielo volviera, como contaba Gorn que había pasado hacía muchas generaciones, y que todo el valle se quedara sin comida. Le dije que mientras estuviéramos juntos, pensaríamos la forma de sobrevivir a cualquier cosa. No sé por qué se lo dije. Solo salió.
Cuando llegó el decimocuarto día, el último de la segunda luna, Kael reunió a todos fuera de la cueva para contar lo que habíamos cazado en esos siete días.
Diez conejos, tres liebres, siete aves grandes y un ciervo que Rian había cazado con una de las lanzas que yo había afilado, que le había atravesado el pecho con un solo lanzamiento. Era el doble de comida que en cualquier otra semana normal. Tenían suficiente para comer bien todos, incluso para guardar un poco secándose al humo por si venían días malos.
Mara se acercó a mí esa noche, cuando todos ya estaban cenando alrededor del fuego. No sonrió, ella nunca sonreía a nadie que no fuera Nia o sus hijos. Pero me dio un cuenco de madera con la infusión caliente de menta que solo le daban a los enfermos o a los que habían hecho algo importante por el clan, y me dijo, bajito, para que solo yo lo oyera:
—Lo hiciste bien, extraño.
Rian se acercó justo después, rascándose la nuca como si le costara mucho hablar, y me dijo que quería que le enseñara a hacer los nudos de las trampas al día siguiente. Que él era más fuerte, pero que mis nudos no se rompían nunca. Gorn, sentado en su piedra de siempre, me miró desde el otro lado del fuego y asintió una vez, con esa sonrisa suya de quien sabía todo esto desde antes que yo naciera.
Me quedé un rato después de que todos se durmieron, sentado mirando las brasas rojas, tocando el colgante de lobo en mi cuello. Había pasado otra luna. Quedaban cinco. Todavía no podía cortar leña como Kael, todavía no podía cazar con lanza como Rian, todavía no conocía cada hierba del valle como Lira. Pero ya no era el inútil que caía del cielo mojado y asustado. Ya no era una carga.
Había encontrado mi lugar en esa familia. No con los músculos. Con la cabeza.
Levanté la vista y vi que Lira no se había dormido del todo. Estaba acostada al otro lado del fuego, con los ojos medio abiertos, mirándome. Cuando se dio cuenta de que yo la veía, no apartó la vista rápido como siempre. Sonrió de nuevo, esa sonrisa tímida que solo me dedicaba a mí, y luego cerró los ojos, apretando su piel de ciervo contra el cuerpo.
Por fuera, el viento soplaba suave por el valle, los árboles crujían despacio, y a lo lejos se escuchaba el bramido lejano de un mamut. En cualquier otro momento, esos sonidos me habrían dado miedo. Pero esa noche, me parecieron los sonidos más tranquilos del mundo.
Ya no quería volver a casa.
Cada día que pasaba, menos.