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Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.
Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.
Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.
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VÍNCULO EN LA TORMENTA CAPÍTULO 19: EL MENSAJE DESDE LA CIMA
La luz no volvió a parpadear más en toda la noche. Después de esos dos destellos rápidos y blancos, de ese apagón brevísimo y de encenderse de nuevo con mucha más fuerza y frialdad que antes, recuperó al instante su inmovilidad de siempre, clavada en el mismo punto exacto de la cima más alta, como si nada hubiera pasado, como si hubiera sido solo un juego de sombras, de nubes o de nuestra propia imaginación cansada por tantas horas de vigilia y tensión. Pero ninguno de los tres tuvo la menor duda de lo que habíamos visto, ni de lo que significaba de verdad. No había sido el viento moviendo alguna lona o alguna linterna mal puesta, no habían sido nubes pasando por delante, ni fallo de la luz ni accidente de ningún tipo. Había sido deliberado, calculado y enviado con un solo propósito: decirnos sin pronunciar una sola palabra que allá arriba sabían perfectamente que nosotros estábamos aquí abajo mirando hacia ellos, y que la vigilancia ya no era algo pasivo ni a ciegas, sino un diálogo silencioso, frío y desigual que acababa de empezar de verdad.
Dante no se movió del lugar durante largo rato. Permaneció de pie pegado al marco de la ventana pequeña, con todo el cuerpo todavía tenso y rígido como una estatua de piedra oscura, el cabello negro revuelto cayéndole sobre la frente y los ojos negros fijos con intensidad absoluta en aquel punto brillante muy lejano en la montaña. Tenía los puños cerrados con tanta fuerza a los lados del cuerpo que se le marcaban los nudillos blancos bajo la piel, y su aroma natural, siempre cálido, amaderado y tranquilo, se había vuelto denso, pesado y cargado de una furia contenida tan profunda que casi se podía tocar en el aire de la estancia. Yo estaba a su lado izquierdo, apoyado buena parte de mi peso contra su brazo fuerte para aliviar el dolor sordo y constante que ya vivía en la parte baja de mi espalda, con una mano puesta siempre firme y protectora sobre la curva grande, dura y abultada de mi vientre. Todavía faltaban cuatro meses exactos para la fecha que el médico del pueblo nos había dado como probable del nacimiento, y sin embargo cada noche, cada susto, cada momento de tensión fuerte hacía que sintiera con más claridad el peso, el volumen y la vida fuerte que crecía sin parar dentro de mí. A mi derecha, pegada fuerte a mi costado y abrazada con todas sus fuerzas a su osito de peluche viejo y desgastado, estaba Mia, mi hermana menor de apenas ocho años, delgada, de piel extremadamente pálida y transparente que siempre delataba lo débil y delicado que estaba su corazón desde el día en que nació. No lloró, no gimió ni se escondió la cara como otras veces habría hecho: solo mantenía los grandes ojos oscuros, idénticos a los míos, muy abiertos y clavados también en la luz de la altura, respirando muy lento y muy suave para no cansar su pecho, con una madurez en la mirada que ninguna niña de su edad debería tener jamás.
—Eso no fue un error —dijo Dante por fin, rompiendo el silencio largo y espeso con una voz tan baja, ronca y grave que casi sonó como un gruñido muy contenido en el fondo de la garganta—. No fue casualidad, ni el viento, ni nada de lo que quisiéramos decirnos para calmarnos. Fue una señal. Un mensaje muy claro. Un te veo, enviado a propósito para que supiéramos que ya no solo buscan, ya no solo vigilan al azar. Ahora saben que los estamos mirando también. Ahora es un juego para ellos.
Mia tragó saliva con mucha dificultad por el nudo que tenía en la garganta y apretó aún más fuerte el peluche contra su pecho huesudo. Preguntó muy quedita, con la voz temblorosa pero firme, si eso significaba que ya sabían exactamente dónde estábamos, entre qué árboles y detrás de qué maleza, y que por lo tanto podrían bajar de un momento a otro a por nosotros. Dante se giró muy despacio hasta quedar frente a nosotras, y en el mismo instante en que sus ojos pasaron de la luz lejana a nuestros rostros, toda la dureza, toda la furia y toda la fuerza de alfa que lo dominaban unos segundos antes se derritieron por completo hasta volverse solo ternura infinita, cansancio profundo y una preocupación tan grande que casi se le salía por los poros. Se arrodilló despacio en el suelo de madera frente a nosotros, tomó una de mis manos entre las dos suyas grandes, ásperas y muy calientes, y con la otra acarició muy suavemente la mejilla fría y pálida de la niña, eligiendo cada palabra con mucho cuidado para decir la verdad sin asustarla más de lo que ya lo estábamos los tres.
—No saben el punto exacto —le explicó con calma, mirándola primero a ella y luego a mí fijamente a los ojos—. Si lo supieran con total seguridad, no estarían allá arriba mandando luces ni mensajes. Bajarían de inmediato, con toda la gente y todo lo que tienen, y no perderían ni un minuto más. Lo que pasa es que tienen la zona muy reducida, saben con certeza que estamos en este valle, en algún lugar de estas laderas y entre esta masa de bosque, pero la vegetación es tan cerrada, tan espesa y hemos camuflado tan bien todo lo que se ve desde fuera, que no logran dar con la ubicación precisa. Por eso hacen esto: prueban, mandan señales, cambian la intensidad de la luz, esperan ver si cometemos algún error, si encendemos algo de más, si nos movemos demasiado o si reaccionamos de alguna forma que les delate justo dónde estamos parados. Mi madre es así. Nunca ataca a ciegas. Primero desgasta, primero vigila, primero juega con la mente hasta que el otro se cansa, se equivoca y se entrega solo.
Pasó el resto de la noche en silencio, moviéndose muy poco y solo lo indispensable dentro de la cabaña. No volvió a encender ni siquiera las velas pequeñas que usábamos a veces para ver mejor, y mantuvo el fuego reducido solo a brasas rojas y sin llama alguna, para que ni el más mínimo resplandor pudiera filtrarse por las rendijas ni por debajo de las mantas gruesas con las que habíamos cubierto por completo todas las ventanas. Cada cierto tiempo, sin hacer ruido alguno, se acercaba a cada una de las aberturas, escuchaba largo rato pegado a la madera y salía unos segundos al porche cubierto para olfatear el aire y revisar que todo siguiera igual en la oscuridad. Yo me recosté lo más cómodo que pude sobre el banco ancho de madera, con una almohada gruesa de paja bien acomodada detrás de la espalda para calmar el dolor, y Mia se recostó sobre mis piernas, medio dormida pero sin querer cerrar del todo los ojos, con una mano puesta muy suavemente sobre mi barriga redonda y la otra aferrada fuerte a mi muñeca. Varias veces, en lo más hondo de la madrugada, sentí de nuevo esos endurecimientos breves, suaves y sin dolor que el médico me había dicho que eran totalmente normales a los cuatro meses, sobre todo cuando el cuerpo pasa por emociones muy fuertes, tensión prolongada o cansancio acumulado durante días sin descanso verdadero. Cada vez que ocurría, dejaba de respirar un instante, me quedaba muy quieta y hacía el ejercicio de respiración lenta que nos habían enseñado, y antes siquiera de que yo pudiera llamarlo, Dante ya estaba a mi lado de rodillas en el suelo, con la palma grande y tibia puesta con delicadeza exacta sobre el lugar donde se había sentido la contracción, susurrándome muy bajito al oído que respirara con él, que todo estaba bien, que el pequeño solo estaba notando la tensión y que pasaría rápido, que no había nada de qué preocuparse en serio.
Cuando por fin la luz grisácea, suave y difusa del alba empezó a colarse muy poquito por los bordes de las coberturas de las ventanas, la luz blanca de la cima se apagó poco a poco, mezclándose con la claridad del día tal como lo había hecho cada mañana desde que la vimos por primera vez. Esa rutina mecánica, fría y puntual era lo que más pesaba en el pecho: saber que era un ciclo, que no se iban, que no descansaban, que allí seguirían noche tras noche, esperando, observando y probando hasta que algo fallara de nuestro lado. A penas hubo suficiente luz para distinguir formas bien entre los árboles, Dante salió fuera con la chaqueta abrigadora puesta, el cuchillo pequeño en una de las bolsas internas y un rollo más de cuerda delgada pero muy resistente que guardábamos de reserva. Antes de cruzar el marco de la puerta se detuvo, se volvió hacia nosotras dos y nos dijo con la mayor seriedad del mundo que hoy no solo revisaría y reforzaría las tres líneas de seguridad que ya teníamos colocadas alrededor de todo el perímetro, sino que abriría también caminos falsos nuevos mucho más largos, que se adentrarían en la parte más cerrada, oscura y difícil de transitar de todo el bosque, llenos de raíces salientes, zarzas y maleza impenetrable, de forma que si alguien lograba cruzar todas las alertas y seguía cualquier rastro que pudiera encontrar, terminaría yéndose cada vez más lejos de la cabaña, sin darse cuenta ni siquiera de que lo estaban desviando a propósito. Me miró directo a los ojos y agregó muy bajo que esa noche, cuando volviera a encenderse la luz allá arriba, ellos verían que nada había cambiado por fuera, que todo seguía igual y quieto, pero que por dentro, entre los árboles, nosotros habíamos subido un escalón más en la defensa y ya no estábamos solo esperando sin hacer nada.
Mientras él anduvo fuera durante casi toda la mañana y buena parte del mediodía, recorriendo palmo a palmo todo el terreno alrededor, yo me quedé dentro sentado en el lugar más protegido y cómodo, ordenando y volviendo a contar una vez más todo lo que teníamos guardado: víveres secos, legumbres, conservas, agua guardada en las tinajas de barro, las cajitas cerradas con los medicamentos exactos que Mia debía tomar cada día en horarios muy fijos para su corazón, ropa abrigadora, mantas y todo lo necesario para cuando llegara el momento del nacimiento. Hice las cuentas despacio, con calma y sin prisas, y llegué a la conclusión de que, si hacíamos las cosas bien, si no desperdiciábamos nada y nos manteníamos estrictamente encerrados sin necesidad de salir a buscar nada, todo lo que había allí alcanzaba perfectamente para cubrirnos sobradamente durante los cuatro meses completos que faltaban, e incluso un tiempo prudencial más después, por si tuviéramos que permanecer ocultos todavía un buen rato una vez que el bebé ya hubiera nacido. Mia estuvo a mi lado todo ese tiempo, sentada en el suelo sobre su manta doblada varias veces para que la tierra dura no le lastimara los huesos, con su caja metálica de lápices de colores y hojas en blanco delante, y dibujó sin parar de principio a fin. Ese día agregó a todos sus dibujos algo nuevo: alrededor de los círculos oscuros que representaban las líneas de protección que Dante iba colocando, dibujó ahora muchas líneas finas y quebradas que se alejaban de la cabaña en todas direcciones, perdiéndose entre los árboles muy altos que llenaban todo el resto del papel, y me explicó muy seria y quedita cuando terminó, que esas eran las sendas trampa que él estaba haciendo afuera, los caminos que llevaban a ninguna parte y que harían que quien quisiera hacerles daño se perdiera para siempre sin lograr nunca encontrarlos.
Hacia la tarde, cuando el sol ya empezaba a bajar otra vez y su luz se volvía dorada, larga y suave entre las ramas, él volvió por fin. Traía la ropa llena de hojas secas, tierra y pequeñas zarzamoras, el cabello negro lleno de restos de vegetación, la cara marcada por el cansancio y unas ojeras cada vez más profundas y oscuras bajo los ojos negros, pero en la mirada tenía esa calma firme de quien sabe que ha cumplido bien y a fondo con lo que se había propuesto. Nos contó sentado en el escalón bajo de la entrada, bebiendo agua a sorbos cortos y lentos, que había recorrido más de seis kilómetros caminando entre la maleza, que todo estaba reforzado, duplicado, camuflado y desviado como quería, que ahora había cinco líneas de alerta en total, cada una más sensible y más difícil de cruzar en silencio que la anterior, y cuatro caminos falsos largos y muy confusos que terminaban todos en riscos o en zonas tan cerradas que era casi imposible seguir avanzando sin darse cuenta de que se ha ido por el lado equivocado. Dijo también que en todo ese trayecto no había encontrado ni una sola huella de pisadas humanas frescas, ni rastro de que hubieran bajado de la cima ni se hubieran acercado realmente al valle durante la noche, solo las marcas grandes y profundas de la manada de lobos que ya conocíamos y huellas de animales pequeños y comunes del lugar.
—Están todavía allá arriba —concluyó, secándose la boca con el dorso de la mano y mirando en dirección a la sierra que se recortaba oscura y alta contra el cielo todavía claro—. Tienen todo instalado allí, carpas, víveres, abrigo, instrumentos para ver de lejos. No tienen prisa por bajar. Mi madre está convencida de que el tiempo juega a su favor, de que el frío, el miedo, el cansancio y la incertidumbre harán su trabajo por ella mucho mejor que cualquier grupo de hombres bajando al bosque. Cree que antes de que se cumplan esos cuatro meses de los que hablamos siempre, nosotros mismos habremos cometido el fallo que ella está esperando.
Al caer la noche, en cuanto el último rayo de sol se ocultó detrás de la línea de montañas y el azul oscuro fue tiñendo todo el cielo de forma gradual, allá en el punto más alto y despejado de la cima, puntual como un reloj de precisión, la luz blanca y fría encendió de nuevo de golpe. Esta vez ninguno de los tres dio un salto, ninguno contuvo la respiración de golpe ni se quedó paralizado por la sorpresa como las primeras noches. Nos acercamos los tres muy juntos, despacio y en silencio, al pequeño espacio libre que habíamos dejado sin cubrir en la ventana más alta, y miramos hacia allá arriba al mismo tiempo. Estaba allí, brillante, inmóvil e impasible, exactamente igual que siempre. Estuvimos observándola largo rato, esperando si volvía a parpadear, si cambiaba de intensidad o si mandaba alguna otra señal nueva como la noche anterior, pero permaneció invariable, seria y callada durante horas enteras.
Dante me rodeó por detrás con sus dos brazos fuertes y anchos, acomodándome con muchísimo cuidado para que todo el peso de mi cuerpo y el del embarazo descansara cómodamente contra su pecho caliente y firme, y puso ambas palmas grandes y tibias una a cada lado de mi vientre redondo, justo en el momento preciso en que el pequeño dio una patada larga, fuerte y muy clara que se sintió con toda facilidad a través de la tela de la ropa. Mia se acomodó bien pegada a mi costado izquierdo, metiendo ambas manos dentro del abrigo de Dante para calentárselas del frío de la noche, y sin apartar la mirada ni un instante de aquel resplandor lejano y helado.
—Ella piensa que el tiempo está de su lado —susurró Dante muy bajito, solo para nuestros oídos, con la voz cargada de una convicción de acero que no tembló ni un ápice—. Piensa que cuatro meses son demasiado tiempo para estar escondidos, asustados, sin ver a nadie y sin salir de aquí. Y tiene razón en algo: es mucho tiempo. Pero lo que ella nunca ha llegado a entender en toda su vida, es que el tiempo también se pone del lado de lo que se ama de verdad. Cuatro meses es exactamente lo que nos hace falta. Y por más que miren, por más que esperen y por más señales que manden desde allá arriba… nada de lo que hagan va a lograr acortar ni alargar ni un solo segundo lo que ya está escrito para nosotros.
Justo cuando terminó de hablar, muy lejos, mucho más allá de la última línea de seguridad que habíamos colocado, se oyó el aullido largo, profundo y melancólico de uno de los lobos de la manada, subiendo despacio desde el valle hacia las laderas altas, como si también él estuviera respondiéndole a la luz, reclamando el bosque como suyo y marcando un límite que nadie debía cruzar impunemente. La luz siguió brillando, blanca, fría e inmóvil sobre la cima, y supimos con toda claridad que la prueba más larga, la de la paciencia y la resistencia día tras día, noche tras noche, acababa de entrar en su etapa más dura.
FIN DEL CAPÍTULO 19