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El magnate y la mariposa

El magnate y la mariposa

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:19.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Elena Paz

Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.

Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.

Pero entonces aparece él.

Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.

Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.

Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.

Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.

"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."

¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?

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NovelToon tiene autorización de Elena Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Capítulo 19: El sobre

Santiago no contestó la llamada de Don Fernando.

El nombre desapareció de la pantalla y dejó un silencio más pesado que cualquier tono. Valentina no preguntó de inmediato. Estaban en el estacionamiento del hospital, con lluvia fina cayendo sobre los coches y el olor a asfalto mojado subiendo desde el piso.

—¿No vas a contestar?

Santiago guardó el celular.

—No aquí.

—¿Porque estás conmigo?

—Porque si contesto ahora, voy a decir cosas que mi madre no necesita escuchar desde una habitación de hospital.

La respuesta fue honesta, pero no tranquila.

Valentina no insistió. A veces una no empujaba una puerta porque sabía que al otro lado había cristales rotos.

Don Fernando llamó otra vez esa noche. Santiago salió al balcón de Narvarte para contestar. Valentina se quedó dentro, doblando ropa que no necesitaba doblarse. No escuchó todo. Solo fragmentos.

—No voy a ir mañana.

Pausa.

—No, papá.

Otra pausa, más larga.

—No uses a Mamá para esto.

Valentina dejó una camiseta sobre la mesa y cerró los ojos.

Cuando Santiago entró, traía la cara de quien había ganado una discusión perdiendo algo en el proceso.

—¿Está todo bien? —preguntó ella.

Él soltó una risa sin humor.

—No con mi padre.

—¿Quiere que vayas a Pedregal?

—Quiere que obedezca.

Valentina esperó, pero él no dijo más. Esa vez no lo presionó. Le pasó una taza de té y se sentó junto a él en silencio. Santiago tomó su mano debajo de la mesa, como si necesitara comprobar que seguía ahí.

Dos días después, Doña Mariana pidió hablar con Santiago a solas.

Valentina estaba en la habitación acomodando unas revistas cuando la mujer le tocó la muñeca.

—Mija, ¿me harías el favor de traerme un té de manzanilla? El de la cafetería, no el de máquina. Ese sabe a tristeza.

Santiago levantó la mirada.

—Mamá.

—¿Qué? Estoy enferma, no sin criterio.

Valentina entendió la maniobra. Tomó su bolsa.

—Vuelvo en un rato.

Al salir, no cerró del todo la puerta. No por chisme. Al menos eso se dijo. Pero el pasillo estaba silencioso y la voz de Doña Mariana llegaba baja, clara.

—Mijo, tu padre ya la vio.

Santiago no respondió enseguida.

—Lo sé.

—No personalmente. Pero la vio en tu vida. Eso basta para que empiece.

Valentina se quedó inmóvil junto a la pared.

—No voy a dejar que se acerque a ella.

—No se trata solo de impedirle acercarse. Fernando no siempre entra por la puerta. A veces entra por tus miedos.

La voz de Santiago sonó más ronca.

—No quiero que Valentina pague por ser parte de mi vida.

—Entonces no la castigues tú primero.

Silencio.

—Mamá...

—Escúchame. Yo conozco a tu padre desde antes de que aprendiera a usar el poder con voz baja. Va a decirte que ella no pertenece. Que la estás poniendo en peligro. Que el amor es bonito, pero la familia es estructura. Va a usar mi enfermedad si puede. No porque no me quiera, sino porque cree que querer también da derecho a decidir.

Valentina sintió la garganta cerrarse.

Doña Mariana respiró con dificultad, pero siguió:

—No dejes que tu padre la aleje de ti.

Santiago dijo algo que Valentina no alcanzó a oír.

—Y no la alejes tú creyendo que la proteges.

Esa frase sí la escuchó completa.

Valentina se apartó antes de que alguno saliera. Caminó hasta la cafetería con el corazón golpeándole demasiado rápido. Compró el té de manzanilla y tardó más de lo necesario en volver, solo para poder entrar con una cara que no delatara todo.

Doña Mariana recibió el vaso como si no hubiera pasado nada.

—Gracias, mija.

Santiago la miró. Supo que había oído. No dijo nada.

Esa noche, él la llevó a casa. Frente al edificio, apagó el motor y se quedó mirando el volante.

—Mi padre va a intentar verte.

Valentina ya lo sabía y aun así se le enfrió la espalda.

—¿Por qué?

—Porque cree que si te asusta a ti, me controla a mí.

—¿Y tú qué crees?

Santiago giró hacia ella.

—Creo que no quiero que estés sola frente a él.

—¿Y si él no me da opción?

—Me llamas.

Valentina miró la entrada de su edificio, las paredes conocidas, la luz vieja del pasillo.

—Santiago, no soy nueva en que me miren por encima del hombro.

—Mi padre no solo mira.

La advertencia no era teatral. Por eso funcionó.

—Entonces dime qué no debo hacer.

Él negó con la cabeza.

—No. No voy a darte instrucciones como si fueras a una entrevista. Solo... no le creas si intenta hacerte sentir pequeña.

Valentina recordó la frase de Doña Mariana: merecer no era pedir permiso.

—Eso intentaré.

El intento de Don Fernando llegó antes de lo que ambos esperaban.

Al día siguiente, Valentina salió de CDV a las seis. Lucía se había quedado terminando un reporte y Garza discutía por teléfono con un cliente, así que bajó sola. La tarde estaba clara, de esas en que Reforma parece más amable de lo que es.

Un hombre de traje oscuro esperaba junto a la entrada del edificio.

No parecía chofer de aplicación. No miraba el celular. No dudó cuando la vio.

—Señorita Herrera.

Valentina se detuvo.

—¿Sí?

—Vengo de parte de Don Fernando Montero.

El estómago se le tensó, pero no dio un paso atrás.

—¿Qué necesita?

El hombre sacó un sobre color marfil, grueso, con su nombre escrito a mano.

—Don Fernando le espera mañana a las dos en la residencia.

No era una invitación. Tampoco una pregunta. Era una orden envuelta en papel caro.

Valentina no tomó el sobre de inmediato.

—Puede decirle a Don Fernando que si quiere hablar conmigo, puede llamarme.

El hombre no se movió.

—Me indicaron entregarle esto personalmente.

Alrededor, empleados de CDV empezaban a salir. Dos se quedaron mirando. Valentina sintió, con una claridad incómoda, que Don Fernando había elegido ese lugar por una razón. Público. Laboral. Su territorio cotidiano invadido por el suyo.

Tomó el sobre.

—Mensaje recibido.

El hombre inclinó la cabeza.

—Buenas tardes.

Se alejó hacia un auto estacionado en doble fila. Valentina se quedó con el sobre en la mano hasta que el vehículo desapareció.

Lucía salió del edificio y vio su cara.

—¿Qué pasó?

Valentina miró el nombre escrito sobre el papel.

—Creo que el padre de Santiago acaba de citarme.

Lucía le quitó el sobre de las manos sin abrirlo, solo para mirar el sello, el papel, la caligrafía perfecta.

—Esto no es una cita, amiga. Esto es teatro de poder.

—Lo sé.

—¿Santiago sabe?

—No todavía.

Lucía miró hacia la calle por donde el auto se había ido.

—Qué conveniente que mande al mensajero a tu oficina, justo cuando salen todos. Para que te vean recibiendo una orden de la familia Montero.

Valentina sintió que la vergüenza intentaba subirle al rostro y la empujó de vuelta.

—No hice nada malo.

—Exacto. Por eso no vas a actuar como culpable.

Lucía le devolvió el sobre.

—Lo abres, le tomas foto, se lo mandas a Santiago y no vas sola a ningún lado elegante donde un señor con dinero quiera hacerte sentir chiquita.

Valentina apretó el borde del papel.

—Primero quiero saber qué dice.

El celular le vibró en la bolsa.

Santiago.

Valentina no contestó todavía.

Primero abrió el sobre.

1
Zaira
Bella me encanto.
Aida Rodriguez
q feo fin
MANATE
💯🤗
AYA
😒😒😒 que boba🙄
Elena Yobany Santacruz Alejandria
dios q hombre terco..pero mas ella no afloja solo se complica.
Rosa Rodelo
Foto
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
Elena Yobany Santacruz Alejandria
q paciencia tiene nuestro protagonista 🥰🥰
milagros perales
Me encantó
Yanira Aguilar
hermosa novela
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