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Desprecié al ciego que hoy es millonario

Desprecié al ciego que hoy es millonario

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Doctor / Maltrato Emocional / Malentendidos / Reencuentro / Enfermizo / Completas
Popularitas:37k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.

Seis años después, todo se invirtió.

Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.

—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.

Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.

Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.

Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?

Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?

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Capítulo 16

Capítulo 16: La trampa de Rodrigo

La suite olía a rosas, y eso fue lo primero que le avisó que algo andaba mal.

Renata empujó la puerta entreabierta y se quedó helada en el umbral. No había ninguna agencia, ninguna entrevista. Había pétalos regados por el suelo, velas encendidas, una cubeta con champaña sudando hielo. Y, recargado contra la ventana con una copa en la mano, estaba Rodrigo.

—Bienvenida, corazón. —Sonrió—. Sabía que la curiosidad podía más que tú.

—Me voy. —Renata giró sobre sus talones.

La puerta se cerró sola. Otro hombre, uno de los matones de Rodrigo, le bloqueó la salida con los brazos cruzados.

—No tan rápido. —Rodrigo se acercó, sin prisa, saboreando su miedo—. Tenemos que hablar, tú y yo. De lo bien que te acomodaste en la casa de Montenegro. ¿Crees que no me enteré? Mi exmujer, viviendo bajo el techo de otro hombre. Qué fea costumbre.

—No es asunto tuyo dónde viva. Estamos divorciados.

—Para mí nunca vamos a estar divorciados. —La copa tembló en su mano—. ¿Sabes? Ariadna y yo hacemos buen equipo. Ella me contó todo: lo de Montenegro, lo de que vives en su casa, lo de cómo te mira. Ella me consiguió hasta esta suite. Las dos personas que más te odian en esta ciudad, trabajando juntas. —Soltó una risa—. Tú y ese tipo. Lo supe desde la fiesta. Pero ¿sabes qué, Renata? Antes de dejarte ir con él, prefiero recordarte a quién perteneces.

Le tendió una copa de vino.

—Brinda conmigo. Por los viejos tiempos.

—No quiero.

—Bébela. —La sonrisa se borró—. No me hagas pedírtelo de otra forma.

Renata miró la copa, miró al matón en la puerta, calculó. No tenía salida inmediata. Fingió un sorbo, apenas mojándose los labios, y bajó la copa. Pero Rodrigo no era tonto; le sujetó la mandíbula y la obligó a tragar, y ella alcanzó a sentir, demasiado tarde, el regusto amargo escondido bajo el vino.

El cuarto empezó a girar a los pocos minutos. Las velas se volvieron manchas. Las piernas se le aflojaron.

—Ahí está. —La voz de Rodrigo le llegó deformada, lejana, mientras la empujaba hacia la cama—. Tranquila. No te resistas. Vas a recordar lo que es ser mía.

El terror le despejó la cabeza más rápido que cualquier droga. Renata tenía una sola arma, la que cargaba siempre, por costumbre de médica, en el bolsillo interior de la bolsa: un bisturí en su funda. Lo había llevado encima desde los años de internado, cuando volvía sola de madrugada. Sus dedos lo encontraron mientras él se inclinaba sobre ella.

Cuando Rodrigo le sujetó las muñecas, ella sacó la hoja y se la clavó en la palma de la mano.

El alarido de él rebotó en las paredes. Se echó atrás, sangrando, y la furia le devolvió la lucidez en forma de violencia: le soltó una patada en el vientre que la dobló en dos sobre la cama, sin aire, viendo puntos negros.

—¡Maldita! —Se apretaba la mano herida—. ¡Te voy a…!

La puerta se vino abajo de una patada.

Max entró como una tormenta. Había rastreado la suite por las cámaras del hotel, había subido los pisos que no esperaron al elevador, y lo que vio —Renata doblada en la cama, los pétalos, Rodrigo con la mano ensangrentada inclinándose sobre ella— le borró de un golpe los últimos seis años de hielo.

Tomó la botella de champaña de la cubeta y la estrelló contra Rodrigo. El golpe lo tiró al suelo, aturdido, sangrando de la frente, pero medido: Max, incluso ciego de rabia, calculó la fuerza justa para no matarlo, porque un cadáver lo metía a él a la cárcel y dejaba a Renata sola.

El matón de la puerta vio cómo estaba el asunto y huyó por las escaleras.

—Rena. Rena, mírame. —Max ya estaba sobre ella, sosteniéndole la cara—. ¿Qué te dio? Dime qué tomaste.

—Algo… en el vino… —La lengua le pesaba, el cuarto giraba, pero su cabeza de médica seguía funcionando a tirones—. Sedante… no sé cuál. Max. —Le agarró la camisa—. El frasco. En su bolsa. Dáselo a él. Todo. Que pruebe… lo que iba a hacerme.

Max miró a Rodrigo, tirado y gimoteando en el suelo. Encontró el frasco. Y con una calma terrible, le abrió la boca y le hizo tragar el resto, una dosis pensada para someter a una mujer entera, vaciada de golpe en el cuerpo del hombre que la había planeado. Después lo amarró a la silla con el cordón de las cortinas y le tomó una foto al cuarto entero: los pétalos, las velas, el frasco, la mano herida. Pruebas.

—Para la fiscalía —dijo entre dientes—. Esto no se queda así. Te voy a hundir, Bracamonte. Con abogados, con pruebas, con todo lo que tengo. Y tengo mucho.

La cargó hasta otra suite del mismo piso, lejos de las rosas y la sangre, y la recostó en una cama limpia.

La droga golpeaba a Renata en oleadas. Tenía calor, frío, la cabeza ligera, el cuerpo extrañamente suelto, y una sola idea fija, animal, latiéndole: Max. Max estaba ahí. Max olía a seguridad. Se le colgó del cuello cuando él intentó acostarla.

—No te vayas —murmuró, arrastrando las palabras, buscándole la cara—. Quédate. Te extrañé tanto, mi amor. Tanto.

—Rena, estás drogada. —La voz de Max sonaba estrangulada—. No sabes lo que dices.

—Sí sé. —Le rozó la mandíbula con la boca, le mordió apenas el lóbulo de la oreja, y sintió todo el cuerpo de él tensarse como una cuerda a punto de romperse—. Siempre supe. Nunca dejé de saberlo.

Max cerró los ojos. Era un hombre, y la mujer que amaba desde hacía toda la vida se le ofrecía entre los brazos. Por un instante, uno solo, la razón se le tambaleó.

Y entonces la apartó.

Con firmeza, casi con dolor, le quitó las manos del cuello, se levantó de la cama y se alejó dos pasos, respirando hondo, agarrándose del respaldo de una silla.

—Así no —dijo, por segunda vez en pocas semanas, ronco—. No de esta manera. No contigo sin saber lo que haces. El día que te tenga, vas a estar tan despierta y tan segura como yo. No te voy a robar lo que tú no me puedas dar.

Renata seguía estirando los brazos hacia él, llorando sin entender por qué la rechazaba, y Max hizo lo único que se le ocurrió para protegerla de sí misma y a sí mismo de ella: le ató las muñecas, con suavidad, con su propia corbata, a la cabecera de la cama, lo justo para que no se lastimara ni se levantara mareada.

Después acercó una silla, mojó una toalla en agua fría y se la puso en la frente.

Y se quedó ahí toda la noche.

Cada vez que ella ardía, le cambiaba la toalla. Cada vez que temblaba, la tapaba. Cada vez que murmuraba su nombre entre sueños, él le apretaba la mano y le decía bajito que estaba ahí, que no se iba, que durmiera. No durmió ni un minuto. Veló su sueño drogado como se vela a un enfermo, con los ojos rojos de aguantar las ganas de hacer lo que no debía, hasta que el cielo empezó a clarear sobre la ciudad.

En algún momento de la madrugada, ella había hablado dormida. Frases sueltas, sin sentido, rotas por la droga: "perdóname", "no lo sabes", "es mi culpa, todo es mi culpa". Max se había quedado muy quieto, escuchándolas, sintiendo cómo cada una le abría una grieta. ¿Su culpa de qué? Una mujer no carga así con la culpa de un capricho. Una mujer no llora dormida pidiendo perdón por un juego. Por enésima vez, las cuentas no le cuadraron, y por enésima vez se prometió a sí mismo que iba a llegar al fondo de lo que esa mujer escondía, aunque le tomara otros seis años.

También había llamado a Ortega antes del amanecer, en voz baja, para que mandara la foto del cuarto y el frasco a un abogado y se levantara una denuncia formal. Rodrigo Bracamonte no iba a comprar su salida de esta. No esta vez.

Cuando los primeros rayos entraron por la ventana, Renata por fin descansaba, con la respiración tranquila. Max le desató las muñecas, le acomodó el pelo de la cara y se permitió, solo entonces, rozarle la frente con los labios.

—Algún día me vas a decir la verdad —susurró—. Y ese día no te voy a soltar.

Renata despertó pasado el mediodía, con la cabeza partida y un hueco negro donde debían estar las horas de la noche.

Estaba en una cama que no conocía, vestida, tapada con cuidado hasta los hombros. Tenía las muñecas levemente marcadas con algo suave. Sobre el buró, un vaso de agua, un analgésico y una corbata de seda doblada. Max dormía en una silla a su lado, derrumbado de cansancio, despeinado, sin afeitar, con una toalla todavía húmeda en la mano y unas ojeras de no haber pegado el ojo.

Renata se llevó una mano a la cabeza, tratando de reconstruir la noche y encontrando solo retazos: las rosas, el vino, el bisturí, la botella rompiéndose, y después un calor confuso, unos brazos, su propia voz diciendo cosas que ahora la hacían enrojecer de vergüenza. ¿Qué había dicho? ¿Qué había hecho? Bajó la vista a la ropa intacta, a la silla apartada de la cama, a la distancia que él había puesto entre los dos incluso dormido.

Y Renata, mirándolo, sintió que el corazón se le caía al suelo con una pregunta que no se atrevía a hacer:

¿Qué había pasado esa noche entre los dos?

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Graciela Mauchiere
la verdad media novela tirada al tacho....ahora de nuevo ja
Zoila
This!!! Tan real
Zoila
Mujer ya, me desesperas 🥹
Zoila
Pinche Gabriel venenoso, Renata no le hagas caso.
Blanca Ordaz
ya trilla en lo mismo y la protagonista no tiene el valor de decirle la verdad se repite lo mismo y el que no puede soltarla
Blanca Ordaz
creo que la escritora secuatrapio toda porque se supone que ya veía. cuando se volvieron a ver no entiendo está trama
Cliente anónimo
Inmadura.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭
Cliente anónimo
No entiendo ! Ya no veía pues ! Cuando la vio con el ex esposo ! Luego en su casa ! Después cuando Pelio con los 7 hombres ! No sé cómo sale ahora que la ve después de 6 años ciego !!
matyy
omggg
Graciela Saiz
pero si el ya veía! no es que estuvo seis años años , si verla , o peleo con siete hombres estando ciego 🤔
Graciela Saiz
Ay no ! que estrés! se les viene el cielo abajo?😭
Graciela Saiz
Ay no autora 🥺los vas a separar 😭
Graciela Saiz
no me digas que está enferma 🥺
Graciela Saiz
interesante 😉
Xochitl Rayas
Excelente
Carmen Malpica
Espectacular
MaReyanaga Maldonado
disculpen como se llamó la primera historia por favor me dicen 05 / 06/26
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