¿Qué pasa cuando tu peor enemigo se convierte en el dueño de tus gemidos?
Seis años de rivalidad académica. Dos promedios perfectos compitiendo por el primer lugar de la facultad de ingeniería.
Todo el mundo sabe que Seo-jun (Grupo A) y Min-jae (Grupo B) se odian o eso es lo que creen
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Señal Cruzada
El aire en el pasillo trasero del bar "El Filtro" se había vuelto una masa de calor asfixiante, neón rojo y jadeos ruidosos. Los labios de Min-jae estaban hinchados, encendidos en puro fuego por los mordiscos posesivos de Seo-jun, y sus manos seguían aferradas con desesperación al cuello de la playera de su novio. La fricción de sus jeans por debajo de la ropa era una tortura; ambos estaban completamente duros, doliendo por la necesidad de una liberación inmediata.
—Jun... ah... no me dejes así... muérdeme más —suplicó Jae con la voz rota por el vodka, frotando su pelvis con descaro contra el cuerpo imponente del líder del Grupo A.
Seo-jun soltó un gruñido ronco, enterrando los dedos en los muslos de Jae para detener el movimiento. Su autocontrol pendía de un hilo tan delgado que un microsegundo más en ese pasillo significaría arrancarle los pantalones ahí mismo, frente a la puerta de los baños públicos.
—No voy a tomarte en un pasillo asqueroso como si fueras un secreto del que me avergüenzo, sabelotodo —sentenció Jun, con los ojos oscuros brillando con una fijeza animal—. Nos vamos. Ahora mismo.
Jun lo acomodó de un tirón, le puso la mochila al hombro y, sujetándolo firmemente de la mano con los dedos entrelazados, lo guió a toda velocidad hacia la salida de emergencia trasera del bar, esquivando la mesa de sus amigos. En la acera, la brisa de la noche golpeó el rostro encendido de Jae, pero no logró enfriar el sistema. Jun sacó las llaves de su motocicleta de la chamarra de cuero, subió a Jae en la parte trasera, obligándolo a rodear su cintura con las piernas, y aceleró a fondo por las calles del campus rumbo a su departamento privado en el Bloque A de los dormitorios universitarios.
El trayecto duró escasos cinco minutos, pero para cuando la puerta de metal del departamento de Jun se cerró con un cerrojo seco, la tensión acumulada simplemente explotó.
En cuanto el pestillo cayó, Jun tiró las mochilas al suelo y acorraló a Min-jae contra la madera de la entrada. No hubo palabras, ni delicadezas. Jun lo atacó con un beso hambriento, rudo y profundo, metiendo la lengua con una saña carnal que le arrancó un gemido agudo a Jae. Sus manos grandes y llenas de venas bajaron con urgencia hacia la playera negra de Jae, tirando de la tela hacia arriba con tanta fuerza que se escuchó el crujido de las costuras rompiéndose.
—Maldita sea, Jae... me tuviste toda la noche al borde de la locura con tus provocaciones —jadeó Jun contra su boca, bajando los besos con desesperación hacia su mandíbula, dejando un camino de saliva caliente antes de clavar los dientes con fuerza en el músculo de su cuello, justo encima de las marcas anteriores—. Te gusta jugar con fuego en público, ¿verdad? Ahora vas a aguantar el cortocircuito completo.
—¡Ah! ¡Jun... muérdeme más duro! ¡Sácame los pantalones ya! —gritó Jae, con los ojos empañados por el alcohol y el deseo puro, enredando sus dedos en el cabello oscuro de Jun mientras alzaba las caderas para facilitarle el trabajo.
Jun desabrochó el cinturón de Jae con movimientos rápidos y brutales, arrancándole los jeans y la ropa interior de un solo tirón violento, dejándolo completamente desnudo de la cintura para abajo contra la madera de la puerta. Min-jae tembló cuando la superficie lisa y fría contrastó con la erección enorme, venosa y caliente de Jun, que ya presionaba contra su muslo a través de la tela gris de sus propios pantalones.
Sin perder un segundo, Jun se deshizo de su chamarra de cuero y bajó sus pantalones, liberando su miembro completamente endurecido, oscuro y lubricado por el propio fluido preeyaculatorio. Agarró un tubo de gel dermatológico lubricante de su mesa de noche cercana, vació una cantidad generosa en la palma de su mano y atacó la entrada estrecha y caliente de Jae sin la menor intención de ser paciente.
Introdujo dos dedos de golpe, estirando las paredes internas de Jae con movimientos circulares, rápidos y exigentes que hicieron que el menor arqueara la espalda por completo, soltando gemidos ruidosos que rebotaban en las paredes del departamento vacío.
—¡¡Ah, ah!! ¡Jun... duele... está muy profundo! —gimió Jae, con las mejillas empapadas de sudor y lágrimas de puro placer, apretando los hombros firmes de su novio mientras sentía los dedos buscar su punto más sensible.
—Apenas es el principio, sabelotodo —susurró Jun con una voz gélida y cargada de posesividad, reemplazando los dedos por la punta de su enorme miembro.
Sujetó a Jae firmemente de las caderas, levantándole una de las piernas para apoyarla contra su propio hombro, y se hundió en él de una sola estocada brutal, profunda y despiadada hasta la raíz, llenándolo por completo.
—¡¡¡AHHHHH!!! ¡¡JUN!! —el grito de Min-jae fue un desgarro de puro éxtasis. Sus ojos se abrieron por completo y las uñas se clavaron en la carne de la espalda de Jun, dejando marcas rojas inmediatas. El tamaño y el grosor de Jun lo estiraron a un nivel que lo hizo perder la noción de la realidad; el alcohol en su cerebro pareció disolverse, dejando únicamente la sensación abrasadora de estar siendo poseído por el líder del Grupo A.
Jun no le dio tiempo de recuperarse del impacto inicial. Comenzó a embestir con un ritmo rápido, violento e implacable contra la puerta. Cada estocada era un reclamo ruidoso de propiedad; el sonido de sus cuerpos chocando húmedamente llenaba la habitación, acompañado por los jadeos masculinos y rotos de ambos. Jun se movía con una fuerza animal, buscando el fondo de Jae con cada impacto, haciéndolo temblar de pies a cabeza.
—Dilo, Jae... dime quién te está abriendo así —exigió Jun, incrementando la velocidad de las embestidas, sus ojos oscuros fijos en la mirada perdida de su novio—. Dime a quién le pertenecen estos gemidos.
—¡¡Ah, ah!! ¡A ti! ¡Eres tú, Jun! ¡Eres mi novio... soy tuyo! ¡Más... dame más fuerte, juro que me voy a romper! —suplicó Min-jae, perdiendo por completo el orgullo, moviendo sus caderas de manera espasmódica para recibir el impacto completo de Jun en su punto más profundo. Los músculos internos de Jae se contrajeron de una manera tan salvaje alrededor del miembro de Jun que el mayor soltó un rugido ronco de pura estimulación.
Jun lo cargó por completo de los muslos, despegándolo de la puerta, y caminó con él sin romper la unión hasta la cama, tirándolo sobre el colchón de manera ruda. Se posicionó de rodillas entre sus piernas, abriéndolas al ángulo máximo, y continuó con el bombardeo carnal. Las estocadas ahora eran más profundas, directas y rítmicas, haciendo que la cama rechinara violentamente bajo el peso de la pasión.
El clímax los alcanzó en un torbellino de calor, fluidos y fluidos cruzados. Min-jae no aguantó la intensidad de la última embestida de Jun contra su próstata; soltó un grito agudo y se corrió masivamente en el aire, manchando su propio pecho y las sábanas oscuras mientras su cuerpo sufría espasmos violentos de puro placer.
Segundos después, con tres impactos brutales que buscaron el fondo absoluto del sistema de Jae, Seo-jun soltó un rugido ronco contra la almohada y se vino profundamente dentro de él, descargando oleadas de un semen espeso y caliente que llenó por completo el interior de Jae, sellando la posesión en una entrega total que los dejó temblando.
Se quedaron así durante largos minutos, unidos por la cadera, con los cuerpos sudorosos y las respiraciones tratando de estabilizarse en la penumbra del departamento. Jun se dejó caer al lado de Jae, jalándolo de inmediato hacia su pecho firme de manera protectora, entrelazando sus dedos con fuerza. Las líneas de interferencia habían sido eliminadas; el sistema estaba operando a su máxima capacidad de amor y posesión.