En Valdoria, donde la mafia controla cada sombra de la ciudad, dos almas rotas se cruza sin saber que sus pasados están unidos por sangre, traición y secretos enterrados.
lo que empieza como desconfianza se convierte en un vínculo imposible de romper.... incluso cuando la verdad amenaza con destruirlo todo.
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Más cerca
Durante unos segundos, ni Alex ni Ian dijeron nada.
La puerta permaneció abierta.
El pasillo seguía en silencio.
Y ambos continuaban mirándose como si intentaran entender cómo habían llegado a aquella situación.
Fue Ian quien habló primero.
—¿Pasa algo?
Alex abrió la boca.
La cerró.
Y volvió a abrirla.
—No.
Ian arqueó una ceja.
—Son las tres de la mañana.
—Lo sé.
—Estás frente a mi habitación.
—También lo sé.
—Y tienes cara de haber visto un fantasma.
Alex suspiró.
Visto de esa forma sonaba bastante mal.
—Tuve una pesadilla.
La expresión de Ian cambió ligeramente.
No mucho.
Pero lo suficiente.
—¿Otra vez?
Alex asintió.
Durante unos segundos ninguno habló.
Luego Ian se hizo a un lado.
—¿Quieres pasar?
Alex parpadeó.
—¿Qué?
—Solo si quieres.
La oferta lo sorprendió más de lo que esperaba.
Sin embargo, antes de darse cuenta ya estaba entrando.
La habitación era exactamente como imaginaba.
Ordenada.
Demasiado ordenada.
Aburridamente ordenada.
—Tu cuarto refleja tu personalidad.
Ian cerró la puerta.
—¿Eso es un insulto?
—Tal vez.
—Entonces gracias.
Alex soltó una pequeña risa.
Y, para su sorpresa, aquella simple conversación ayudó un poco.
La presión en su pecho comenzó a disminuir.
La pesadilla seguía allí.
Pero ya no parecía tan asfixiante.
Pasaron casi una hora hablando.
De cosas sin importancia.
De libros.
De películas.
De anécdotas absurdas.
De cualquier cosa que evitara volver a las llamas y los recuerdos.
Y cuando finalmente Alex regresó a su habitación, ambos fingieron que aquello había sido completamente normal.
No lo había sido.
Pero ninguno quiso señalarlo.
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Los días siguientes transcurrieron de forma extraña.
Extraña porque las discusiones seguían existiendo.
Pero eran diferentes.
Más suaves.
Menos agresivas.
Como si ambos hubieran bajado una parte de sus defensas sin darse cuenta.
Alex seguía quejándose de las reglas.
Ian seguía respondiendo con paciencia limitada.
Sin embargo, ahora las conversaciones duraban más.
Y terminaban mejor.
Una tarde coincidieron en la biblioteca.
Alex estaba leyendo en uno de los sillones cuando Ian apareció con varios documentos bajo el brazo.
—¿No te cansas de trabajar?
Ian ni siquiera levantó la vista.
—¿No te cansas de hablar?
—No.
—Ya lo noté.
Alex sonrió.
Y siguió leyendo.
Diez minutos después continuaban en la misma habitación.
Ninguno había dicho una palabra.
Y aun así el silencio no resultaba incómodo.
Eso llamó la atención de ambos.
Porque antes siempre parecía existir una especie de batalla constante entre ellos.
Ahora no.
Ahora simplemente compartían el espacio.
Y, sorprendentemente, ninguno parecía tener problemas con ello.
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Por supuesto, Elena fue la primera en darse cuenta.
Una tarde los encontró sentados en la terraza.
Alex hablaba sobre algo relacionado con un libro.
Ian escuchaba.
Realmente escuchaba.
Y de vez en cuando respondía.
Sin sarcasmo.
Sin amenazas.
Sin ganas de estrangularlo.
Elena estuvo observándolos varios segundos.
Luego sonrió.
Una sonrisa peligrosa.
Muy peligrosa.
—Esto es fascinante.
Alex levantó la vista.
—¿Qué?
—Nada.
Ian la miró.
—Esa cara significa que sí es algo.
—Simplemente estoy viendo un milagro.
—¿Un milagro?
—Ustedes dos conversando durante más de cinco minutos sin discutir.
Alex soltó una carcajada.
Ian rodó los ojos.
—Qué exagerada.
—No lo soy.
—Lo eres.
—Muchísimo.
Elena ignoró ambos comentarios.
Porque estaba demasiado entretenida.
Aquello era exactamente lo que había estado esperando.
Los dos seguían sin darse cuenta de muchas cosas.
Pero la distancia que existía entre ellos comenzaba a desaparecer.
Y ella podía verlo perfectamente.
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Esa misma noche coincidieron otra vez en el jardín.
La temperatura era agradable y gran parte de la mansión ya dormía.
Por alguna razón terminaron sentados en uno de los bancos de piedra cerca de las fuentes.
Hablando.
Simplemente hablando.
Alex contó algunas historias del orfanato.
Ian habló un poco sobre su infancia.
Algo que rara vez hacía.
Y cuando se dieron cuenta, había pasado más de una hora.
Luego dos.
El silencio apareció finalmente.
Pero esta vez no era incómodo.
Era tranquilo.
Cómodo.
Familiar.
Alex observó las luces de la ciudad a lo lejos.
—Deberíamos entrar.
Ian miró el reloj.
Era tarde.
Muy tarde.
—Sí.
Ninguno se movió.
Pasaron varios segundos.
Luego un minuto.
Después otro.
Alex terminó sonriendo.
—Ninguno quiere irse, ¿verdad?
Ian permaneció callado unos instantes.
Y por primera vez no intentó negarlo.
—Supongo que no.
La sonrisa de Alex se hizo un poco más grande.
Y, por primera vez desde que se conocieron, ninguno tuvo prisa por terminar la conversación.