Allegra Vance, una joven heredera criada entre lujos y excesos en la costa californiana, es enviada contra su voluntad a un internado aislado en las montañas del norte de Inglaterra tras protagonizar un escándalo que amenaza la reputación de su familia.
Lo que comienza como un castigo se transforma en un proceso de confrontación interna: el frío del lugar, la rigidez de las normas y el rechazo de sus compañeras actúan como catalizadores de una verdad que Allegra ha evitado durante años: el vacío dejado por la muerte de su madre y su incapacidad para construir vínculos reales.
En ese entorno hostil, donde cada gesto es observado y cada error tiene consecuencias, Allegra deberá decidir si sigue siendo una máscara brillante… o si se permite romperse para reconstruirse.
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Capítulo 19: Lo que eliges
El problema no era lo que sentía.
Era que ahora tenía que decidir qué hacer con ello.
Allegra no estaba acostumbrada a elegir sin tener todas las variables bajo control. En su mundo anterior, las decisiones eran simples: ganar o retirarse, impresionar o ignorar, avanzar o desaparecer.
Aquí… no funcionaba así.
Aquí, todo parecía más lento.
Más ambiguo.
Más real.
Y eso la ponía incómoda.
—Estás en silencio otra vez.
Maeve dejó su libro a un lado y la miró con atención desde la otra cama.
Allegra no levantó la vista del cuaderno.
—Estoy estudiando.
—No estás estudiando.
—Estoy fingiendo estudiar.
—Eso sí te creo.
Silencio.
Pero ligero.
—¿Qué pasa? —preguntó Maeve.
Allegra dudó.
Otra vez.
Pero ya no se escondía tan rápido.
—No sé qué hacer.
Maeve no respondió de inmediato.
—Eso es nuevo.
—Lo sé.
—¿Y qué te gustaría hacer?
Allegra levantó la mirada.
—Eso sería más fácil.
—Claro que no.
Allegra suspiró.
—Antes todo era más… directo.
—Porque no te importaba.
Silencio.
Directo.
Real.
—Ahora sí —añadió Maeve.
Allegra no lo negó.
—Sí.
Silencio.
Pero no incómodo.
—Entonces empieza por ahí —dijo Maeve.
—¿Por dónde?
—Por admitirlo.
Allegra ladeó la cabeza.
—Ya lo hice.
—A ti misma, sí.
—¿Y eso no cuenta?
—Cuenta.
—¿Pero?
—Pero no es lo mismo.
Silencio.
Allegra bajó la mirada.
—No me gusta esto.
—Lo sé.
—No me gusta no tener control.
—También lo sé.
—No me gusta que alguien pueda… —se detuvo.
Maeve esperó.
—Afectarme tanto —terminó.
Silencio.
Pero más suave.
—Eso no es una debilidad —dijo Maeve.
Allegra levantó la vista.
—Para mí lo es.
—No siempre.
—No estoy convencida.
—No tienes que estarlo todavía.
Silencio.
Pero más llevadero.
—¿Y si me equivoco? —preguntó Allegra.
Maeve sonrió apenas.
—Entonces aprenderás.
—Eso suena horrible.
—A veces lo es.
Allegra soltó una pequeña risa.
—Genial.
El día transcurrió con una calma engañosa.
Nada fuera de lugar.
Nada inesperado.
Y sin embargo…
todo parecía estar esperando algo.
Allegra lo sentía.
Como una pausa antes de una decisión que no podía evitar.
—¿Vas a seguir evitándolo?
Allegra no se giró de inmediato.
—No estoy evitando nada.
Rowan se acercó, apoyándose contra la pared junto a ella.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Lo sé.
Silencio.
Pero no cómodo.
No del todo.
—He estado pensando —dijo Allegra.
—Eso siempre es peligroso.
—Muy.
Rowan la miró de reojo.
—¿Y?
Allegra dudó.
Pero no retrocedió.
—No me gusta no saber qué hacer.
—Normal.
—No me gusta no tener control.
—También.
—No me gusta… —se detuvo.
Rowan no la interrumpió.
—Que esto dependa de algo que no puedo manejar —terminó.
Silencio.
Pero más profundo.
—No todo depende de control —dijo Rowan.
—Para mí sí.
—No siempre.
—Eso dicen todos.
—Tal vez todos tienen razón.
Allegra lo miró.
—Eso es preocupante.
—Un poco.
Silencio.
Pero más ligero.
—No sé qué esperas de mí —dijo Allegra.
Rowan levantó una ceja.
—Nada.
—Eso no es verdad.
—Lo es.
—Todo el mundo espera algo.
—Yo no.
—Eso es imposible.
—Tal vez.
Silencio.
Pero esta vez… más honesto.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Allegra.
Rowan la observó.
—¿Qué quieres hacer?
Allegra abrió la boca.
La cerró.
Pensó.
Otra vez.
Pero esta vez… no evitó la respuesta.
—Quiero… —se detuvo.
Rowan esperó.
—No arruinarlo —terminó.
Silencio.
Pero suave.
—Entonces no lo arruines —dijo él.
Allegra soltó una pequeña risa.
—Eso no ayuda.
—No intento ayudar.
—Lo sé.
Silencio.
Pero con una leve sonrisa.
—No quiero que esto sea complicado —añadió ella.
—No tiene que serlo.
—Para mí lo es.
—Porque lo haces complicado.
Allegra lo miró.
—Eso fue directo.
—Siempre.
Silencio.
Pero más claro.
—Entonces… —dijo Allegra, respirando hondo— voy a dejar de intentar controlarlo todo.
Rowan inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso sería nuevo.
—No te emociones.
—No lo hago.
Allegra sonrió apenas.
—Pero no prometo nada.
—No tienes que hacerlo.
Silencio.
Pero esta vez… más estable.
—Solo… —añadió ella— voy a ver qué pasa.
Rowan asintió.
—Suena bien.
—Suena arriesgado.
—También.
Silencio.
Pero sin tensión.
Sin peso.
Solo… posibilidad.
Esa noche, Allegra no estaba en su cama.
Estaba en la ventana.
Otra vez.
Pero diferente.
No estaba intentando evitar pensar.
Ni tratando de controlar cada idea.
Solo…
dejando que existieran.
—Estoy haciendo algo muy poco característico —murmuró.
Maeve levantó la vista desde su cama.
—¿Qué cosa?
Allegra sonrió levemente.
—No tener un plan.
Maeve se rió.
—Eso sí que es progreso.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Silencio.
Pero cómodo.
—No sé qué va a pasar —añadió Allegra.
Maeve la miró.
—Nadie lo sabe.
—Eso no me tranquiliza.
—No debería.
Allegra soltó una pequeña risa.
—Genial.
Silencio.
Pero ligero.
Allegra volvió a mirar la oscuridad afuera.
Y por primera vez…
no intentó descifrar el futuro.
No intentó adelantarse.
No intentó controlar.
Solo…
eligió quedarse.
En ese momento.
En esa incertidumbre.
Y eso…
aunque no lo entendiera del todo…
se sentía correcto.