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Sangre De Dragones Y Corona De Guerra

Sangre De Dragones Y Corona De Guerra

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Amor-odio / Dragones
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

un libro con personajes de ficción, dragones, ogros, un enemies to lovers y demás. ¿será que conseguirán enamorarse mutuamente? o solo seguirán en guerra. quién sabe depende de como ellos se traten a sí mismos

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

XVII. tres meses de ceniza y bilis.

Zhaeryntha Vaelkríass:

Tres meses. Han pasado noventa días exactos desde aquella noche de vapor, mármol y promesas susurradas en la oscuridad del baño real, y si pudiera retroceder en el tiempo, me clavaría mi propia daga en el muslo antes de dejar que Kaelthoryn Dravenkael me pusiera una mano encima.

Lo que en el calor de la batalla contra el Terror Negro pareció una conexión de almas, resultó ser el error más humillante de mi vida. No somos pareja. Nunca lo fuimos. Solo fuimos dos cuerpos colisionando por pura adrenalina, pero él... él parece haber decidido que ese encuentro le otorgaba el título de dueño y señor de mi voluntad.

La bruma matutina del campo de entrenamiento se me antojaba hoy más espesa, como si el mismo aire compartiera mi asco. Estaba ajustándome los protectores de antebrazo cuando sentí su presencia. No necesitaba verlo; el olor a cuero, humo y esa arrogancia masculina que desprende como un rastro de peste lo delataba a leguas.

—Vaelkríass, esa guardia está floja —soltó Kaelthoryn, pasando por mi lado con una sonrisa de suficiencia que me revolvió las entrañas—. Deberías dejar que los hombres nos encarguemos de la primera línea hoy. Estás pálida. ¿Es tu "semana delicada" o simplemente no puedes con el peso del mandoble?

Me giré con la velocidad de una cobra, sintiendo cómo el odio me tensaba cada músculo.

—Mi "guardia", Dravenkael, es lo único que impide que te arranque esa lengua bífida que tienes —siseé, apretando el puño sobre el pomo de mi espada—. Y mi "semana delicada" sigue siendo más letal que toda tu descendencia junta. Lárgate antes de que te demuestre por qué mi linaje no necesita protección de un salvaje de la frontera.

Él soltó una carcajada seca, esa que usa para recordarme que, para él, sigo siendo una "dama" que juega a ser jinete. En estos tres meses, su máscara de camaradería se había caído para revelar a un tipo rancio, un machista de manual que cree que porque una vez me tuvo gimiendo bajo su cuerpo, ahora tiene derecho a cuestionar mi capacidad en el combate.

—No te pongas histérica, Tormenta —dijo, usando ese tono condescendiente que me daban ganas de incendiar el castillo—. Solo digo que una mujer con tu... sensibilidad debería estar supervisando la logística, no recibiendo golpes en el barro. Es por tu bien. Al fin y al cabo, tienes un cuerpo que cuidar, ¿no? Sería una pena que se estropeara lo que tanto disfruté aquella noche.

El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral. Varios jinetes de la frontera se tensaron, mirando hacia otro lado, incómodos por la crudeza de su comentario. La humillación me golpeó en el pecho, pero no permití que se reflejara en mis ojos. Aquella noche... esa maldita noche era su única arma, el trofeo que sacaba a relucir cada vez que yo le ganaba en una carrera de dragones o le superaba en el tiro con arco.

—Esa noche fue un desliz de juicio, Kaelthoryn —respondí con una voz tan fría que el rocío pareció congelarse en el suelo—. Un error que cometí porque estaba cansada y vulnerable. No te dio poder sobre mí, ni te dio el derecho de hablarme como si fuera una de tus criadas.

—Un error muy ruidoso, por lo que recuerdo —replicó él, acercándose tanto que pude ver la chispa de despecho en sus ojos. Porque eso era: despecho. No podía soportar que, después de haberme tenido, yo no me hubiera rendido a sus pies—. Pero está bien. Sigue jugando a los soldados. Solo espero que cuando Balerion regrese, no esperes que sea yo quien te salve el pellejo mientras intentas demostrar que eres "igual" a nosotros.

—No soy igual a ti, Dravenkael —dije, dándole la espalda mientras me dirigía al círculo de combate—. Soy mejor. Y la próxima vez que te refieras a mi cuerpo o a lo que pasó entre nosotros, te juro por los huesos de mis ancestros que lo último que verás será el brillo de mi acero antes de que te castre.

Caminé hacia el entrenamiento con el corazón martilleando de rabia. Lo odiaba. Odiaba su forma de mirarme, odiaba cómo intentaba relegarme a un segundo plano bajo la excusa de mi "fragilidad", y sobre todo, odiaba que todavía, en los rincones más oscuros de mi mente, recordara el calor de su piel. Pero eso se había acabado. Si quería guerra, la tendría. Y esta vez, no habría agua tibia ni sábanas de seda para calmar el fuego. Solo sangre y el amargo sabor de una rivalidad que se había vuelto tóxica y destructiva.

El entrenamiento de combate cuerpo a cuerpo no tardó en convertirse en lo que realmente era: una carnicería personal disfrazada de disciplina militar. El Comandante Varek dio la orden y, antes de que el silbato terminara de sonar, yo ya me había lanzado contra Kaelthoryn con toda la bilis que había acumulado en estos tres meses.

No buscaba una técnica limpia. Buscaba daño.

—¡Viene con garras la gatita! —rugió él, bloqueando mi primer puñetazo con el antebrazo. El sonido del choque de nuestros huesos fue seco, sordo, un impacto que me recorrió el brazo como una descarga eléctrica.

No le di tiempo a recuperarse. Giré sobre mi eje y le propiné una patada circular que impactó directamente en sus costillas. Escuché el crujido del cuero de su armadura y un quejido ahogado que me supo a gloria. Pero Kaelthoryn no es un novato; es un animal herido que sabe devolver los golpes con el doble de saña. Me sujetó la pierna antes de que pudiera retirarla y, con un tirón brutal y falto de toda caballerosidad, me estampó contra el suelo de arena.

El aire escapó de mis pulmones. El sabor metálico de la sangre inundó mi boca mientras mi espalda protestaba por el impacto.

—Quédate ahí abajo, Vaelkríass —siseó él, poniéndose encima de mí, inmovilizándome las muñecas contra la arena con una fuerza que me dejaría hematomas morados durante semanas—. Reconoce que la fuerza bruta no es lo tuyo. Vuelve a la biblioteca, donde el papel no te devuelve los golpes.

—¡Púdrete! —le escupí directamente a la cara, mezclando saliva y sangre.

Aproveché su momento de asco para darle un cabezazo que le partió el labio. Sentí la dureza de su frente contra la mía, un dolor cegador que nos obligó a separarnos un segundo. Nos levantamos al mismo tiempo, jadeando, sucios de barro y sudor, pareciendo más dos bestias que dos jinetes de élite.

Él se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano, y su mirada cambió. Ya no había rastro de la burla de antes; ahora solo había una furia fría y machista, la rabia de un hombre que no soporta que una mujer lo mire desde arriba después de haber estado abajo.

—Vas a lamentar eso —amenazó, lanzándose de nuevo.

Esta vez fue una sucesión de golpes rápidos y pesados. Me alcanzó en el pómulo con un derechazo que me hizo ver estrellas, y luego un rodillazo en el estómago que me dobló por la mitad. Me dejó marcas, marcas reales. Podía sentir cómo mi ojo empezaba a hincharse y cómo la piel de mi cuello ardía por el roce de sus guanteletes.

Pero yo no me quedé atrás. En un arranque de rabia pura, le clavé los dedos en una de las cicatrices de su hombro, tirando con saña, y le propiné un codazo en la nariz que lo hizo retroceder chorreando sangre roja y espesa.

—¿Eso es todo lo que tiene el gran Dravenkael? —le provoqué, limpiándome la cara con la manga—. Eres patético. Necesitas rebajarme para sentirte hombre porque sabes que, en igualdad de condiciones, no eres más que mi sombra.

El estruendo del combate ya no era el de una práctica; era el sonido de dos piezas de hierro chocando hasta astillarse. La arena volaba a nuestro alrededor mientras nos revolcábamos en un nudo de extremidades, barro y odio puro. Yo tenía mis dedos enterrados en su cuello, tratando de asfixiar su arrogancia, mientras él presionaba su antebrazo contra mi garganta con una fuerza que buscaba doblegarme por completo.

—¡Basta! ¡He dicho que basta! —el rugido del Comandante Varek rasgó el aire, pero ninguno de los dos cedió.

Fue necesaria la intervención de cuatro cadetes de los más robustos para separarnos. Me jalaron de las axilas, arrastrándome hacia atrás mientras mis botas surcaban surcos en la tierra. A Kaelthoryn lo sujetaron entre tres, frenando su impulso de lanzarse de nuevo sobre mí.

—¡Suéltenme! ¡Voy a enseñarle a esta perra arrogante cuál es su sitio! —bramó Kael, forcejeando como un animal enjaulado, con la cara bañada en sangre y los ojos inyectados en rabia.

—¡Mi sitio es sobre tu cadáver, pedazo de basura fronteriza! —le grité de vuelta, escupiendo un coágulo de sangre hacia sus botas—. ¡Eres un cobarde que solo sabe usar la fuerza porque tu cerebro no te da para más que para oler el culo de tus dragones!

—¡Cierra la boca, Vaelkríass! —rugió él, con una vena saltándole en la frente—. ¡Solo eres una niña mimada que cree que puede jugar a la guerra porque una vez abrió las piernas para un hombre de verdad! ¡No eres más que un hueco vacío con delirios de grandeza!

El insulto me golpeó como un latigazo. El patio entero se quedó en un silencio de tumba. Los cadetes que me sostenían se tensaron, horrorizados por la crudeza de sus palabras.

—¡Hijo de la gran puta! —chillé, tratando de zafarme con una violencia ciega—. ¡Lo único "de verdad" que tienes es la estupidez que te supura por los poros! ¡Ojalá te pudras en el infierno antes de que vuelva a tocarte ni con el filo de mi espada! ¡No eres más que un animal que solo sirve para semental de cuadra, y ni para eso tienes gracia!

—¡A los calabozos! ¡LOS DOS! —Varek caminó hacia el centro, rojo de furia, golpeando el suelo con su vara de mando—. ¡Dravenkael, por insubordinación y lenguaje soez! ¡Vaelkríass, por desacato y conducta indigna de su linaje!

—¡Me da igual el calabozo! —siguió gritando Kaelthoryn mientras lo arrastraban hacia las celdas inferiores—. ¡Al menos allí no tendré que oler el perfume de una aristócrata que se cree reina por un polvo de una noche!

—¡Y yo no tendré que ver tu cara de idiota, machista de mierda! —le respondí, forcejeando hasta que me vendaron los brazos—. ¡Eres lo peor que le ha pasado a esta Academia, Dravenkael! ¡Te odio! ¡Te odio con cada gota de mi sangre!

Nos llevaron por caminos separados, pero nuestros gritos e insultos siguieron resonando por los pasillos de piedra, una sinfonía de veneno que dejó claro a toda la institución que lo que una vez fue fuego, ahora era una ceniza tan tóxica que amenazaba con consumirlo todo.

El eco de nuestros gritos se fue apagando por los pasillos de piedra húmeda, reemplazado por el sonido metálico de las rejas al cerrarse. Me arrojaron a una celda de aislamiento en el ala norte, un agujero frío que olía a salitre y olvido.

Me desplomé contra la pared de granito, ignorando el pinchazo de frío que recorría mi espalda. Tenía el labio partido, el pómulo palpitando como si tuviera un corazón propio y las manos me temblaban, pero no de miedo, sino de una rabia tan pura que sentía que podía prender fuego a los barrotes.

—¡Maldito seas, Kaelthoryn! —susurré, golpeando el suelo con el puño—. ¡Maldito seas mil veces!

Sus palabras seguían grabadas en mi mente como ácido: "Solo eres una niña mimada que cree que puede jugar a la guerra porque una vez abrió las piernas...". Cada vez que lo recordaba, el estómago se me revolvía. ¿Cómo pude ser tan estúpida? ¿Cómo pude pensar, aunque fuera por un segundo de embriaguez, que había algo de nobleza tras esa fachada de jinete rudo?

Me toqué el cuello, donde todavía sentía el calor de sus dedos de hace unas horas, cuando intentaba asfixiarme en la arena. No había rastro del hombre que me sostuvo en la tina. Ese hombre era una alucinación, un espejismo creado por la adrenalina. El verdadero Dravenkael era este: un tipo rancio que no podía soportar que una mujer fuera su superiora en el campo de batalla sin intentar pisotear su dignidad.

—¡Vaelkríass! —una voz ronca y familiar llegó desde el final del pasillo. Era él. Por supuesto que el Comandante nos había puesto en celdas enfrentadas, separados solo por un pasillo oscuro de tres metros.

—Cállate, Dravenkael —respondí sin levantarme, apoyando la cabeza en la piedra fría—. No gastes saliva. Guárdala para cuando tengas que lamerle las botas al Comandante para que no te expulsen.

—¿Expulsarme a mí? —escuché su risa seca, desprovista de toda gracia—. Soy el mejor jinete que ha visto esta frontera en una década. Tú, en cambio, solo estás aquí por tu apellido. Sin el sello de los Vaelkríass, estarías casada con algún barón gordo, bordando flores y pariendo herederos. Eso es lo que te duele, ¿verdad? Que en el fondo sabes que tengo razón.

Me puse de pie de un salto, pegando la cara a los barrotes fríos. Apenas podía verlo en la penumbra de la celda de enfrente, solo el brillo de sus ojos salvajes y la mancha de sangre seca que le cruzaba el rostro.

—Lo que me duele es haber desperdiciado una noche de mi vida con un animal que no sabe distinguir el honor de la prepotencia —le escupí con todo el veneno que me quedaba—. Te crees un hombre de verdad porque puedes levantar peso y gritar fuerte, pero eres un cobarde, Kaelthoryn. Un cobarde que necesita insultar a una mujer para no sentirse pequeño.

—¡No te insulté, dije la verdad! —rugió él, golpeando sus propios barrotes con un estruendo que hizo vibrar el pasillo—. ¡Te di todo lo que querías esa noche y al día siguiente me trataste como a un extraño! ¡Me despreciaste frente a todos para salvar tu maldito orgullo aristocrático!

—¡Porque no significaste nada! —mentí, con la voz quebrándose por la furia—. ¡Fue sexo, Dravenkael! ¡Un mal polvo para olvidar una batalla! ¿Qué esperabas? ¿Que te hiciera una corona de flores?

El silencio que siguió fue denso, pesado como el plomo. Podía oír su respiración agitada, el sonido de la rabia contenida.

—Si fue un mal polvo, Tormenta —dijo él, su voz ahora bajando a un tono peligrosamente bajo y ronco—, ¿por qué todavía te tiemblan las manos cuando me acerco? ¿Por qué me golpeaste hoy con tanta saña? No me odias por lo que soy... me odias porque no puedes olvidar cómo te sentías cuando estabas bajo de mí.

—Te odio porque eres un machista de mierda —sentencié, dándole la espalda y volviendo a la oscuridad de mi rincón—. Y te odio porque, a pesar de todo, eres tan idiota que crees que eso es amor.

—No es amor, Vaelkríass —susurró él, y esta vez su voz sonó cansada—. Es guerra. Y en esta celda, ninguno de los dos va a ganar.

Me acurruqué en el suelo, envolviéndome en mi propia capa sucia. Tres meses después de aquella noche, estaba en un calabozo, adolorida y humillada, odiando al único hombre que me había hecho sentir viva. Y lo peor de todo no eran los golpes, ni los insultos, ni el frío de la celda. Lo peor era saber que, incluso ahora, en medio de este odio tóxico, el fuego seguía allí, quemándonos a los dos desde dentro.

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Cliente anónimo
hay pobreeee😔😭🥺
Cliente anónimo
🥺😔😭
Cliente anónimo
no, 🥺 😔 ese no es cansancio, niño... eso se llama dolor pero tú terquedad y orgullo no lo haces que se deje ver 🥺🥺🥺
Cliente anónimo
pobres! 🥹😭 sufren muchísimo 🥺
Cliente anónimo
me encantó /Drool//Drool/
Adeilis
Me fascina, más capítulo por favor
Adeilis
La historia es muy interesante
Uma campo
🤣🤣🤣🤣 AMO A LA NARRADORA
Cliente anónimo
me va encantando. donde narra la narradora me hizo reir mucho 🥹💗🐉 además, me encanta como se desarrolla la historia
Uma campo
😂😂😂😂
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