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"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Brujas / Maldición / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Claudette

En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.

Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.

Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.

Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.

NovelToon tiene autorización de Claudette para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 24: EL VÍNCULO ETERNO

La luna ya había descendido cuando la celebración terminó. Los lobos se fueron dispersando en pequeños grupos, algunos hacia el bosque, otros hacia la casa. El jardín quedó en silencio, solo iluminado por el resplandor plateado que aún flotaba sobre el lago.

Alessandra sintió que algo había cambiado. No era solo la bendición de Selene. Era algo más profundo. Algo que corría por sus venas como un río subterráneo.

Aeron seguía a su lado, con la mano en la suya. No hablaban. No era necesario.

—¿Qué pasó? —preguntó ella, con la voz más baja de lo habitual—. Cuando la luna me tocó. Sentí algo.

—El vínculo se selló —respondió Aeron—. Ya no es solo un hilo que nos conecta. Es algo más. Algo que no se puede romper.

—¿Duele?

—No. Pero se siente. Como si una parte de mí estuviera en vos. Y una parte de vos en mí.

Alessandra cerró los ojos. Lo sintió. Un latido que no era el suyo, una respiración que no era la suya, un calor que venía de algún lugar que no podía nombrar.

—¿Dónde está esa parte mía? —preguntó.

—En mi pecho. Donde está mi lobo. Desde ahora, siempre va a estar ahí.

Alessandra abrió los ojos. En la penumbra, los ojos de Aeron brillaban con una intensidad que ya no le daba miedo.

—¿Y la tuya? ¿Dónde está?

—En ti. Donde está tu magia. Donde están tus sombras. Donde está todo lo que eres.

Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No las contuvo.

—¿Qué significa esto? —preguntó—. ¿Para nosotros?

—Significa que ya no estamos separados. Que lo que sientas, lo voy a sentir. Que lo que me pase, lo vas a saber. Que pase lo que pase, vamos a estar juntos.

—¿Siempre?

—Siempre.

Aeron la tomó del rostro. Sus manos eran cálidas, firmes, pero suaves. Alessandra sintió que el mundo se reducía a ese momento, a esa mirada, a ese latido que compartían.

—¿Tienes miedo? —preguntó él.

—No. Por primera vez, no.

—¿Qué sientes?

—Que estoy donde debo estar. Con quien debo estar. Que todo lo que pasó, todo el dolor, todo el vacío, valió la pena para llegar hasta acá.

Aeron la besó. No fue un beso suave como los anteriores. Fue un beso profundo, hondo, que le quitó el aire. Alessandra sintió que las piernas le temblaban, que las sombras a su alrededor se agitaban, que algo dentro de ella se abría como una flor después de una larga tormenta.

—Ven —dijo él, separándose apenas—. Vamos a casa.

La habitación de Alessandra estaba en penumbra. Solo la luz de la luna entraba por la ventana, dibujando sombras plateadas en el suelo. Las cortinas se movían suavemente con el viento nocturno, y el lago brillaba a lo lejos, quieto como un espejo.

Aeron cerró la puerta detrás de ellos. El sonido fue suave, casi un susurro. Alessandra sintió que el corazón le latía con fuerza, pero no era miedo. Era anticipación. Era el eco de algo que había estado esperando sin saberlo.

—¿Estás segura? —preguntó él, con la voz ronca.

—Nunca estuve más segura de nada.

Aeron se acercó. Sus manos encontraron las suyas. Sus dedos se entrelazaron. Alessandra sintió que el vínculo entre ellos se tensaba, se hacía más fuerte, como si también estuviera esperando este momento.

—No quiero apurarte —dijo él.

—No me estás apurando. Estoy donde quiero estar.

Aeron levantó una mano. Rozó su mejilla, su cuello, el collar que brillaba contra su piel. Alessandra cerró los ojos. Sintió cada roce como si fuera la primera vez que alguien la tocaba. Porque en cierto modo, lo era.

Nunca había permitido que nadie la viera así. Nunca había querido. Pero con él era diferente. Con él, no quería esconderse.

—¿Qué ves? —preguntó, con la voz apenas un susurro.

—A ti —respondió Aeron—. A mi compañera. A mi Luna. A la mujer que esperé doscientos años.

—¿Y te gusta lo que ves?

—Me parece lo más hermoso que vi en mi vida.

Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No las contuvo.

—Yo también te veo —dijo—. A ti. Al lobo que me esperó. Al hombre que me encontró. Al compañero que me eligió.

—Siempre te elegí. Desde antes de conocerte.

Aeron la besó otra vez. Pero este beso era diferente. Más lento. Más profundo. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo y quisieran usarlo todo.

Las sombras de Alessandra se extendieron suavemente, envolviéndolos, creando un espacio íntimo donde solo ellos existían. El collar brillaba con una luz tenue, y el viento entraba por la ventana trayendo el aroma del lago y los árboles.

Aeron la sostuvo como si fuera lo más frágil y lo más valioso del mundo. Alessandra se dejó sostener. Por primera vez, no tuvo que ser fuerte. Por primera vez, no tuvo que fingir. Por primera vez, pudo ser simplemente ella.

—No me sueltes —susurró.

—Nunca.

Las sombras se cerraron a su alrededor, y la luna se ocultó detrás de una nube, como si también quisiera darles intimidad.

El tiempo dejó de tener sentido. Solo existía él. Solo existía ella. Solo existía el vínculo que los unía, más fuerte que cualquier maldición, más antiguo que cualquier miedo, más profundo que cualquier vacío.

Cuando la luna volvió a brillar, Alessandra estaba en sus brazos, con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando su corazón latir junto al suyo.

—¿Cómo te sientes? —preguntó él, con la voz suave.

—Completa —respondió ella—. Por primera vez en mi vida, completa.

—Eso es el vínculo. Eso es lo que hace. Te completa.

—No es solo el vínculo. eres tú. Tu paciencia. Tu espera. Tu forma de mirarme como si fuera la única luz en la oscuridad.

—Porque lo eres.

Alessandra levantó la cabeza. Lo miró a los ojos. En ellos vio algo que no había visto nunca. No era la intensidad de siempre. Era algo más. Algo que se parecía al amor. Al amor real, profundo, de esos que no necesitan palabras.

—Te quiero —dijo—. Te quiero más de lo que puedo decir.

—No necesito que me lo digas. Lo siento. En el vínculo. En cada latido. En cada sombra tuya que se acerca a mí.

—¿Y tú? ¿Tú me quieres?

Aeron sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero Alessandra la sintió en todo el cuerpo.

—Te quiero desde antes de conocerte. Te quiero desde que supe que existías. Te quiero más de lo que cualquier palabra puede decir.

Alessandra se acurrucó contra él. Cerró los ojos. Sintió su calor, su respiración, su corazón latiendo junto al suyo.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó.

—Ahora vamos a vivir. Juntos. Día a día. Como siempre debimos hacerlo.

—¿Y si viene algo malo?

—Entonces lo enfrentamos. Juntos. Como siempre vamos a hacerlo.

—¿Y si me equivoco?

—Entonces aprendes. Y yo aprendo contigo.

Alessandra sonrió. Era una sonrisa grande, libre, que no tenía que ensayar.

—Me gusta eso —dijo—. Aprender contigo.

—A mí también.

Se quedaron en silencio, escuchando el viento, el lago, los árboles. Las sombras descansaban a su alrededor, quietas, en paz. El collar brillaba suavemente contra la piel de Alessandra, y la luna entraba por la ventana dibujando figuras plateadas en la pared.

—¿Te vas a dormir? —preguntó él.

—No. Quiero quedarme un rato más. Despierta. Sintiendo esto.

—¿Qué cosa?

—A ti. A mí. A nosotros.

Aeron la abrazó más fuerte.

—Entonces nos quedamos. Todo el tiempo que quieras.

—¿Y si quiero toda la noche?

—Toda la noche.

—¿Y si quiero toda la vida?

—Toda la vida.

Alessandra cerró los ojos. Las lágrimas que corrían por su rostro ya no eran de tristeza. Eran de algo que no había sentido nunca. De algo que no sabía que existía.

Alegría. Alegría pura, simple, sin condiciones.

Porque por primera vez en veintiséis años, Alessandra Montenegro Valerius no tenía miedo de sentir.

Y esa noche, en brazos del hombre que la había esperado doscientos años, se permitió sentir todo.

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